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Tabla de Contenido

Recupere su llamado al Ministerio

Por James K. Bridges

El llamado de Dios a salvación

El Nuevo Testamento dice claramente que la iglesia cristiana es una institución divinamente llamada. La palabra griega para iglesia, ecclesia, significa “llamado a salir”. Todo creyente que está en Cristo ha sido llamado.

Judas escribió su epístola “a los llamados” (versículo 1*). El llamado del creyente es “de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Es también un llamado a echar “mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:12). El apóstol Pablo rogó a los creyentes que “andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados” (Efesios 4:1). Estos llamados son en referencia al llamado que Cristo hace a todos los que reciben su gentil oferta de salvación, pues Dios no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

El llamado de Dios para ministerio

Pero hay otro llamado, y es al que presto atención en este artículo. Es el llamado de Dios al ministerio. Pablo reconoció este llamado cuando expresó su profunda gratitud a Cristo Jesús que lo “fortaleció. . . porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12). Más tarde Pablo identificó este llamado más específicamente cuando escribió: “Para esto yo fui constituido predicador y apóstol. . . y maestro de los gentiles en fe y verdad” (1 Timoteo 2:7).

El primer orden de importancia al ministerio es el llamado mismo. Esto se expresa en la serie de penetrantes preguntas que hace Pablo en su carta a los Romanos: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueran enviados?” (Romanos 10:14,15). Sin el nombramiento y la asignación del mensajero, el mensaje no se puede entregar.

Las Asambleas de Dios siempre ha reconocido que nuestro Señor ha hecho provisión para un “ministerio divinamente llamado y bíblicamente ordenado” (Constitución de Las Asambleas de Dios, Artículo V, Sección 11). Cuando se estudia el llamado de los profetas del Antiguo Testamento y el de los apóstoles del Nuevo Testamento, es obvio que ninguno de ellos solicitó su trabajo. Dios los llamó a todos ellos, aunque sus llamados fueron de diversas maneras. Tenemos por sagrado el soberano derecho de nuestro Señor Jesucristo para llamar a sus mensajeros.

El llamado de Jesús a los doce

El llamado de los apóstoles originales por nuestro Señor nos da un modelo para el llamado al ministerio hoy. Marcos 3:13-15 relata ese suceso: “Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios.”

“Subió al monte” (Marcos 3:13). Cristo buscó el ambiente del monte para hacer su llamado. Dio a los discípulos un sentido simbólico de la fortaleza, la supremacía, y la santidad del nombramiento que recibían. Jamás debemos olvidar que el llamado de Cristo al ministerio es un llamado supremo (Filipenses 3:14), un llamado santo (2 Timoteo 1:9), y un llamado celestial (Hebreos 3:1). Jamás se debe tratar como algo mundano o insignificante.

Jesús llamó “a sí a los que él quiso” (Marcos 3:13). Como la cabeza de la Iglesia, Cristo se reserva para sí el derecho de determinar quiénes serán sus embajadores. El llamado a predicar todavía proviene directamente del Maestro mismo. A Jeremías Dios dijo: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

“Y vinieron a él” (Marcos 3:13). Cristo siempre tendrá gente que predique su Palabra, que responderá a su llamado y que aceptará con gusto su desafío. El asunto es, “¿Seré yo?” ¿Diré “heme aquí, envíame a mí”? (Isaías 6:8). ¿Obedeceré cuando El llame?

“Y estableció a doce” (Marcos 3:14). Había muchos discípulos más, pero El comisionó a 12. Cristo es el que ordena al ministerio. El declaró: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Otra vez dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto” (Juan 15:16).

El llamado de Dios hoy

Las Asambleas de Dios otorga credencial para predicar el evangelio, reconociendo así el llamado de Dios en la vida del ministro. Pero sólo la Cabeza de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, tiene la autoridad de asignarnos un deber tan sagrado. Solo El puede otorgar el divino derecho de representar su causa.

En nuestro ambiente cultural norteamericano de hoy, el ministerio se enfrenta con tiempos muy perturbadores. Los ministros están pasando por el desaliento y la desilusión en proporciones mayores. La investigación de James Dobson ha indicado que 40 por ciento de todos los pastores estarán fuera del ministerio dentro de 5 a 10 años.

Para los ministros que están contemplando dejar el ministerio este es un momento oportuno para volver a evaluar el llamado que Dios les ha hecho y cumplir con ese llamado. El título de este artículo, “Recupere su llamado al ministerio”, indica al ministro el camino hacia una renovación de su** llamado original, cuando el Señor le dio por primera vez una comprensión de su propósito para su vida.

Debemos comprender que no es el Señor el que ha cambiado sus intenciones para con nosotros. Como dice James Moffatt en su traducción de Romanos 11:29: “Puesto que Dios nunca se arrepiente de sus dones y su llamado.” Nos toca a nosotros recuperar lo que hemos dejado que se nos escape. Lo bueno es que es posible reavivar, reinvigorar, y reponer lo que hemos perdido si nos arrepentimos y volvemos a dedicarnos a nuestro soberano Señor.

Por supuesto que lo mejor es atesorar y proteger nuestro llamado para no permitr que el mundo, la carne, ni el diablo nos roben aquello a lo que el Señor nos ha llamado.Todo ministro debe permanecer alerta para mantener el llamado y evitar la erosión que tanto prevalece hoy.

Recupere la divina asociacion

Jesús llamó a sus discípulos “para que estuviesen con él” (Marcos 3:14). El primer elemento de un llamado es que podamos tener una divina asociación con el que nos llamó. Jesús quiere que sus ministros tengan una relación especial con El para que lo conozcamos, no que sólo sepamos algo sobre El. Y El quiere estar cerca de nosotros, y El quiere que nosotros estemos con El.

Los judíos, al ver la conducta y el ministerio de los apóstoles, “les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13). Jesús quiere que nos contagiemos de El para que nos comportemos, pensemos, y vivamos como El. Cristo habló de una relación especial con sus ministros: “Tenía en su diestra siete estrellas. . . las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias” (Apocalipsis 1:16,20). Los ministros están en su mano derecha para ser observados, animados, instruídos, corregidos, y ungidos para el servicio al que han sido llamados.

Es importante que el ministro vuelva a examinar lo que lo motivó a entrar al ministerio. Si ha entrado al ministerio como a una profesión, una preferencia sobre otras profesiones, un deseo de hacer el bien, un medio de ganarse la vida, o por la influencia o el consejo de amigos o ministros, entonces por favor salga de él. Debemos evaluar sinceramente nuestros motivos. Si el ministerio es sólo nuestra ambición personal, hay razón para concluir que no es un llamado divino.

El llamado divino exige que pasemos tiempo en oración y en comunión con nuestro Señor. Los apóstoles señalaron esto cuando dijeron: “Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hechos 6:4). El Dr. Chalmers declaró que la mayoría de los fracasos en el ministerio se deben, no a una falta de visión, de estudio, o de actividad organizacional, sino a la falta de oración.1 Esto es cierto hoy. Una falta de pasar tiempo con Jesús pronto llevará al ministro al desconsuelo y a abandonar el ministerio.

El ministro que quiere recuperar su llamado al ministerio debe volver a establecer la vital íntima relación con el que hizo el llamado. El consumidor celo del apóstol Pablo por su llamado lo hizo decir: “Porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16).

Recupere la divina asignacion

Marcos nos dice que Jesús llamó a sus discípulos “para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:14). El segundo elemento de un llamado divino es que aceptemos la divina asignación de ir “por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15), y de hacer “discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19).

Predicar es una parte vital del evangelio. Pablo declaró que Dios no lo había mandado a bautizar “sino a predicar el evangelio” (1 Corintios 1:17). Añadió que Dios “a su debido tiempo manifestó su palabra por medio de la predicación” (Tito 1:3). Como dijo el pastor Odunaike de Nigeria, “Los apótoles tomaban en serio la predicación y así debemos hacerlo nosotros los pentecostales. No es sólo un poquito de aderezo en la ensalada de un culto evangelístico. La predicación es el plato principal.”

Predicar no está en declive como sugieren algunos. Jesús no ha anulado esta divina tarea. El dijo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo; para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

En su libro A Guide to Preaching, R.E.O. White señala lo que la predicación ha llegado hoy. “Para algunos es dogmatismo opinionado, una agresiva expresión de sí mismo que busca el ego, un pavo real paseándose para relucir su plumaje y el inocente alivio de un esposo tiranizado.” Pero identifica lo que debe ser la predicación: “Un acto de adoración en el que la verdad divina se explora y se proclama de fe a fe, en el poder del Espíritu Santo con miras a la persuasión y a la decisión.”2

Muchos ministros hoy se han desilusionado por lo que han permitido que se convierta su predicación y su consiguiente fracaso en el púlpito. El obispo Quayle pidió a sus ministros la definición de predicar: “¿Es el arte de hacer un sermón y entregarlo? ¿O es el arte de hacer un predicador y entregar eso?” Añadió: “No es problema predicar, pero es un vasto problema formar a un predicador. Recuerden que nada sucedió cuando Giezi fue enviado con el báculo de Eliseo para resucitar al muerto. El poder del báculo fue anulado por las manos que lo sostenían.”3

Para que un ministro recupere su llamado a predicar, debe permitir que el Espíritu Santo revele la verdad de las inspiradas Escrituras, que son el fundamento de la predicación. A menos que el ministro tenga la confianza de que la Palabra de Dios es inerrante, inspirada, e infalible, no se logrará la eficaz predicación. El ministro que es llamado de Dios debe saber que no sólo deber preparse el mensaje, sino que también se debe preparar al mensajero.

Recupere una divina autoridad

Jesús dio autoridad a sus discípulos “para sanar enfermedades y para echar fuera demonios” (Marcos 3:15). El tercer elemento del llamado divino es que reconozcamos la necesidad del poder de Dios para cumplir con el ministerio al que Cristo nos llamó. Recibimos autoridad por medio de la sangre del sacrificio de Cristo, el bautismo en el Espíritu Santo, y la Palabra de Dios.

Jesús dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Es en la utoridad de El que se espera que el ministro cumpla con su comisión. Pablo escribió que “el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Corintios 4:20), y que los siervos de Cristo han de fortalecerse “en el Señor, y en el poder de su fuerza” (Efesios 6:10).

Si es que el ministro ha de predicar con éxito esta verdad a los demás, debe conocer personalmente el poder que tiene la sangre de Cristo para redimir. Jesús prometió que “recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Sin embargo, algunos ministros pentecostales se han frustrado porque funcionan con un rito de Pentecostés sin las manifestaciones del Espíritu. Esto sólo puede llevar a la desesperanza y a la resignación. El apóstol Pablo nos ofreció un modelo cuando describió su predicación en 1 Corintios 2:4: “y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder.” Busquemos con ahínco el poder del Espíritu Santo en nuestro ministerio, y será el gozo de nuestro Señor ayudarnos a recuperar la unción en nuestra predicación.

El poder que existe en la Palabra de Dios predicada se ve en el testimonio de Jesús cuando visitó la sinagoga en Nazaret. El dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18,19). El pueblo “se admiraba de su doctrina, porque su palabra era con autoridad” (Lucas 4:32).

Sin el llamado de Dios el ministro no puede hacer frente a los poderes de las tinieblas en este mundo, pues la autoridad del ministro reside en el llamado. El ministro que ha perdido la unción en su vida debe tratar con ahínco de recuperar el llamado. Si no lo hace, experimentará continuo desaliento al tratar de ministrar el evangelio sin esa seguridad. Es lo mismo que tratar de funcionar en el ministerio con el llamado de otro. ¿Recuerda a los siete hijos del sacerdote judío llamado Esceva? Pensaron que podían echar fuera a un espíritu malo por medio del llamado de Pablo. El espíritu malo dijo: “A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?” (Hechos 19:15). Lo que sucedió después no es bonito.

El ministro no puede tener ningún ministerio aparte de su propio llamado en Cristo. Si ese llamado está en duda, es que el ministro se ha desconectado de su fuente de autoridad y poder.

Conclusión

El llamado de Dios es para ser cumplido por un hombre o una mujer de Dios. Cuando Pablo llamó a Timoteo “Oh hombre de Dios” (1 Timoteo 6:11), usaba un título que se refería al que estaba totalmente entregado a los propósitos de Dios. El ministro debe proteger el llamado de Dios al seguir “la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (1 Timoteo 6:11). Debemos mantener nuestra vida y nuestro ministerio sin mancha hasta que Jesucristo, el que nos ha llamado, aparezca otra vez (1 Timoteo 6:14).


James K. Bridges es tesorero general de Las Asambleas de Dios, Springfield, Missouri.

*Las referencias bíblicas son de la Nueva Versión Internacional.

Endnotes

  1. James S. Stewart, Heralds of God (Vancouver: Regent College Publishing, 2001), 202.
  2. R.E.O. White, A Guide To Preaching (Grand Rapids: W.B. Eerdmans Publishing, 1973).
  3. Stewart, 190–91.