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Bebiendo en el toma de agua

Anónimo

Acababa de aceptar el llamado a la Primera Iglesia.* Aunque el lugar de mi nuevo cargo era rural, la iglesia era grande e histórica. Algunos de los mejores y más brillantes pastores que la denominación ofrecía me habían precedido en ese púlpito. Durante sus días de gloria la iglesia se jactaba de un popular ministerio por televisión, mega producciones, y sobresalientes ofrendas misioneras. Había sido una de las iglesias más grandes dentro de la confraternidad. Pero todo eso estaba en el pasado.

Mi predecesor había sido despedido por su larga relación adúltera con una mujer de la iglesia. ¿Dije que había sido despedido? No, eso no lo dice todo. Fue despedido en el momento. Se le despojó de sus credenciales ministeriales. No volvió a la iglesia para despedirse ni para pedir perdón. Sin notificar al distrito, sacó todo de su oficina y de su casa a medianoche y se fue lejos. El periódico sacó una noticia sobre su partida en la página principal junto con una foto suya. Un domingo la iglesia tenía pastor; el próximo domingo la iglesia era informada por un líder de la denominación de cosas que ninguno quería oír, cosas que no tenían sentido.

Mi historial personal es bastante largo—varias iglesias, trabajo en comité, y un corto tiempo como profesor en un instituto bíblico prueban que existo desde hace mucho tiempo. Sin embargo, no estaba bien preparado para lo que me esperaba. Un amigo me dijo que pastorear en First Church sería como beber en el toma de agua. ¿Cómo lo sabía? Un conocido simplemente remarcó: “Que Dios tenga misericordia de tu alma.” Yo hubiera preferido un simple “felicidades”.

¿Quién de nosotros no ha sabido del trágico fracaso moral de algún predicador? Un artículo en la revista Newsweekde 1997 notó que varias encuestas sugerían que tanto como el 30 por ciento de ministros hombres protestantes habían tenido relaciones sexuales con mujeres aparte de su esposa. El Journal of Pastoral Care en 1993 informó de una encuesta entre pastores bautistas en la que el 14 por ciento admitió haber participado de “comportamiento sexual indecoroso para un ministro”. También informó que 70 por ciento había aconsejado a por lo menos una mujer que había tenido coito con otro ministro. Tan inquietantes como son estas estadísticas, lo más inquietante fue que sucedió en la iglesia a la que yo había llegado a pastoresar y a la gente a quien yo había llegado a amar.

Hay un gran golfo entre la realidad y los informes de los medios publicitarios. El reportero de la televisión comparte un dramático momento en 30 segundos. Quizás se muestre un breve video sobre el arrepentido ministro. La gente oye, pero no entiende el impacto total de lo que ha sucedido. La visión de la iglesia local fallece como a causa de un masivo y repentino infarto cardiaco. El dolor es parecido al dolor de muelas que nunca se quita. La confianza en el clero—todo el clero—es reemplazada por el enojo, la sospecha, y un sentido de traición.

Un caballero en la iglesia no me quería (¿dije uno?). Yo sabía que yo no había hecho nada para engendrar su animosidad, pero sus palabras y su actitud onfirmaron que yo no podía esperar nada de él el Día de Aprecio por el Pastor. Tratando de hacer el papel de pacificador, por fin decidí invitar al hermano a almorzar (yo pagué). Antes de sentarnos, su feo enojo se derramó como una taza de café caliente sobre un confiado cliente. Pronto me di cuenta que la especialidad del día sería pastor a la parrilla. No me había dado cuenta, pero mi antagonista había llevado consigo un libro para la reunión. Antes que yo tomara asiento, tiró el libro sobre la mesa y me dijo: “Pastor, quiero saber qué va a hacer usted acerca de esto.” Su huesudo dedo señalaba el título del libro, Integridad, escrito por el anterior presidente de PTL, Richard Dortch. Luego prosiguió a decirme cómo todos, desde el distrito hasta los diáconos, habían fallado en la prueba de integridad en sus tratos con mi predecesor. El quería saber qué iba a hacer yo para devolver a la iglesia esa virtud.

Debido a los grandes hombres que habían pastoreado First Church, yo me deleitaba en preguntar a la gente sobre los puntos fuertes de mis predecesores y cuál les había gustado más. Ciertos nombres surgían una y otra vez a medida que la gente recordaba. Sin embargo, me pareció muy raro que si acaso alguien mencionaba el nombre del errante pastor, lo hacía en un susurro. Era casi como si su nombre estuviera fuera de límites, como si la sola mención de su nombre contaminara. Era seguro que su recuerdo iba acompañado de cierta vergüenza.

El proceso de restauración

Un día, mientras me encontraba en mi oficina, recibí una nota de Dios. Encontré la nota metida en las palabras de 2 Corintios 2:6-11. El apóstol Pablo escribió:

“Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este fin os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo. Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues ignoramos sus maquinaciones.”

Yo fui lo suficiente inteligente como para comprender lo que decía el Señor. Ya era tiempo de restaurar y perdonar al hermano caído. Satanás había ganado una victoria, pero Dios tenía un plan por el que El ganaría la guerra. El plan de batalla se basaría en la habilidad de la iglesia para perdonar y ofrecer gracia.

En su libro, The Bondage Breaker, Neil Anderson nota: “Perdonar es estar de acuerdo en vivir con las consecuencias del pecado de otro.” Como el pastor, no ha habido ni un solo día desde que tomé el puesto como líder de esta iglesia, en que no he soportado las consecuencias del pecado de mi predecesor. La congregación también ha tenido que tratar con las consecuencias del pecado de él. Algunos ya no asisten a la iglesia. Otros usaron el pecado como una excusa para hacer lo mismo. Por lo tanto algunos matrimonios fueron negativamente afectados. Otros fueron ofendidos por compañeros de trabajo que los acusaban diciendo que la iglesia estaba compuesta de nada más que un montón de hipócritas. Los enemigos de la cruz estaban de fiesta. Ahora estaba claro que el Señor llamaba a los creyentes a perdonar este gran pecado ¿Lo harían? ¿Cómo podrían?

Contacto inicial

Fue poco después de la Navidad cuando hice mi primer contacto con el ministro caído. Me sentí un poco raro al escribirle una carta, comunicándole mi interés en comenzar un proceso de restauración. Miles de preguntas me pasaron por la mente. ¿Cómo responderá? ¿Responderá? ¿Cómo reaccionará la junta directiva?¿Y qué de la congregación? ¿La comunidad? ¿Mi superintendente? ¿Mi esposa? ¿La otra mujer? ¿Mi personal?

Yo comprendía totalmente que los riesgos eran grandes. El viejo dicho advierte: “Los necios se apresuran a entrar donde los ángeles temen poner el pie.” ¿Era yo uno de esos necios? ¿Estaba a punto de dejar que saliera algo que no se podría volver a meter? No lo sabía. Sin embargo, sentía que el Señor había hablado. Eso era suficiente.

El proceso no fue fácil, ni tampoco lo fue cada paso sucesivo claramente marcado. Hubieron ocasiones en las que no sabía si caminaba sobre cáscaras de huevo o en medio de un campo de minas. Siempre supe que el Señor era mi luz, pero hubo momentos en los que deseaba que El hubiera usado más kilovatios. Pero una cosa sí estaba clara. Como el pastor principal, era yo el que tenía que supervisar el proceso. No podía delegar esta tarea a uno de mis asociados. No importaba si quería o no tener la bola en mis manos. Era mía.

El hermano me llamó poco después de la Navidad. Me dijo cómo había llorado después de leer mi carta. Por primera vez en varios años tenía un rayo de esperanza de que su larga pesadilla quizás por fin llegaría a su fin. Dijo que se sometería al proceso y que haría cualquier cosa que yo creyera necesaria. Su esposa había permanecido con él. Ella también tenía esperanza, pero también estaba cautelosa.

La investigación en el asunto de restaurar a un individuo así probaba no ser muy alentadora. Un amigo en capacidad de saberlo me advirtió bruscamente que si el predicador había cometido un fracaso moral, cometería otro.

Otro asesor me adivirtió que no prosiguiera. Su razonamiento: “¿Y qué si vuelve atrás?” Otra vez recibí una nota. Esta vez era de 1 Samuel 17. David estaba ante el rey Saúl. Goliat esperaba. El joven pastor expuso su caso sobre la razón por la que se le debía permitír enfrentarse con el gigante. “Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo” (versículo 37). Como David, yo también recordé ciertas victorias. La gente había dicho que un homosexual no puede ser cambiado, y que “una vez se es adicto a la heroína, siempre se será adicto”, sin embargo yo había visto a ambos ser liberados y restaurados por el poder de Dios. ¿Qué era un fracaso moral en las manos de la omnipotencia?

En este momento aceleró la comunicación entre mi predecesor y yo. Acordamos en una fecha límite. Yo necesitaba tiempo para arreglar ciertas cosas. El y su esposa también necesitaban algún tiempo. La fecha límite nos aseguraba a todos que el proceso no se prolongaría indefinivamente. Esta fecha se convirtió en la luz al final del túnel.

Proverbios 15:22 dice que “cuando falta el consejo, fracasan los planes” (NVI). Yo sabía que no podía fracasar, por lo tanto me rodeé de un buen grupo de hombres y mujeres sabios. Después de hablar con mi esposa, me dirigí a un hombre de la iglesia. Yo respetaba su sabio consejo. Este sabio diácono conocía quizás mejor que nadie los sentimientos de la iglesia. Cuando le dije lo que estaba en mi corazón, me animó a proseguir. Prometió guardar el asunto en estricta confianza y me ofreció su total y fiel apoyo.

Reunión con los líderes de la iglesia

En el transcurso de las siguientes semanas, me reuní en privado con todos los que habían sido diáconos y pastores del personal hasta el momento del incidente. En confianza, yo les abrí mi corazón. Les leí la Escritura, cartas, y compartí con ellos mis objetivos. Otra vez, hubo apoyo unánime para el plan. Pero un anterior diácono expresó ciertas dudas y sintió como que yo debía detener el proceso. Un anterior pastor miembro del personal dijo que no le importaba ni una cosa ni otra y que no quería tener nada que ver con la restauración. ¿Es necesario decir que estaba amargado? Sin embargo, yo sentía como que ya tenía la luz verde que necesitaba.

Varios otros individuos probaron ser muy valiosos, incluso el mejor amigo de mi predecesor. El me ayudó a determinar la sinceridad del arrepentimiento del errante, como también sus motivos para acordar pasar por el proceso. Hablé con George Wood, secretario general de Las Asambleas de Dios, con H.B. London de Focus on the Family, con Richard Dobbins de EMERGE Ministries, y con tres superintendentes de distrito que también eran amigos míos. Un santo misionero y su esposa me apoyaron con horas de oración. Cada uno de estos individuos me ofreció un poco de sabiduría que no recibí de ningún otro. Es interesante notar que aun con tantos participantes, la integridad del proceso nunca fue comprometida por ni tan siquiera un soplón. Cada una de todas estas personas se comportó sabiamente.

Contacto con la otra mujer

H.B. London me dijo que para que el proceso tuviera verdadera integridad, la otra mujer —Connie— tenía que participar. Ella también necesitaba ser restaurada. (Aunque yo sabía que esto era verdad, no era lo que quería oír.)

Había visto a Connie una o dos veces. Estaba divorciada y ya no asistía a la iglesia. Yo sabía que se sentía rechazada por el cuerpo de Cristo, y no estaba seguro cómo recibiría mi llamada telefónica. Connie contestó antes del quinto timbrazo. (Después de cinco timbrazos yo hubiera colgado y le hubiera dicho al Señor que no me pude comunicar con ella.) Ella me respondió calurosamente. Dijo que justamente la semana antes de mi llamada había tomado todas las tarjetas, cartas, y recortes del periódico que se relacionaban con ese tiempo en su vida y los había quemado en la chimenea. También dijo que una amiga le había recordado que todavía tenía tiempo para enjuiciar a la iglesia y al anterior pastor si quería. Ella no estaba interesada. En sus propias palabras, ya había causado suficiente dolor a la iglesia. Al comenzar a compartir mi propósito, Connie comenó a llorar. Había estado orando que esto mismo sucediera. Se emocionaba a medida que penetraba en su mente la verdad de que Dios había contestado las oraciones de una mujer adúltera. Connie cooperaría, pero lo más importante, ella también estaba en camino de ser restaurada espiritualmente.

Reunión con el distrito

Durante este tiempo era importante que mi predecesor se pusiera en contacto con el distrito y ofreciera reunirse con los líderes del distrito. Pedir perdón estaba en orden. Lo pidió y se le otorgó. Luego también se le instruyó que escribiera una carta a Connie. Sin pasar a específicos del pasado simplemente debía pedirle perdón. Yo leí y entregué personalmente la carta. Estaba correcta y profesional sin las comunes frases de “querida” ni “cariñosamente”. Aunque la relación había terminado años atrás, la carta ofrecía a los participantes un cierre formal. También le daba a él un medio para decirle que había fracasado como su pastor y que de verdad se arrepentía.

Restaurar al hermano caído

Reunión con la junta directiva y el personal

Por fin llegó la fecha que habíamos fijado. Mi predecesor y su esposa comprendían que esa noche debían reunirse conmigo y con mi esposa, con los presentes y anteriores pastores del personal, y con los miembros de la junta desde la fecha en que se cometió la ofensa. Las esposas también fueron invitadas. En palabras muy gráficas y sinceras, él confesó su pecado y rogó ser perdonado. Sólo una vez antes había visto yo tanta agonía demostrada en arrepentimiento. No había ni un solo ojo sin lágrimas en el lugar. Uno por uno su anterior grupo de líderes se puso en pie y lo afirmó y le aseguró que estaba perdonado. Entonces él me pidió que dirigiera en una renovación de votos entre él y su esposa. El notó que había sido en esta iglesia donde había violado sus votos, y que era aquí donde quería restaurarlos.

Estuvimos de acuerdo en que estaba en orden una segunda reunión. Esta sería la grande. El y su esposa volverían en 2 semanas un domingo por la noche y hablarían a la congregación. El debía confesar su pecado (sin los repulsivos detalles) y pediría perdón. Al siguiente domingo por la mañana comuniqué a la congregación mi plan para la restauración de mi predecesor y el proceso que se había venido desarrollando. Otra vez, nadie tenía ni la menor idea. Luego prediqué sobre la gracia y el perdón. Les dejé saber que a través del proceso, mis dos preocupaciones principales habían sido caminar en obediencia a lo que yo creía que el Señor ponía en mi corazón, y salvar el bienestar de la iglesia. Les recordé que en la larga historia de First Church, sólo una mancha principal había empañado los testimonios de sus pastores. Esa mancha obviamente era el pecado de mi predecesor. Era momento de quitar esa mancha y reemplazarla con el gran amor de Dios. En el futuro, cuando alguno revisara la historia de esa iglesia, sería menos atraído al pecado que a la gracia que cubría el pecado.

Otra reunión con la congregación

Por fin llegó la noche del domingo de la reunión. El largo proceso ya se reducía a un culto. El y su esposa llegaron temprano. Mientras los dos se dirigían a la plataforma después de un lapso de 6 años, el lugar prorrumpió con expresiones de amor y gran aplauso. Todos se pusieron en pie. Luego casi todos soltaron el llanto. Después que él y su esposa compartieron entre lágrimas sus declaraciones, yo dije que permitiría a de 5 a 10 personas responder a lo que acababan de oír. Inmediatamente se llenaron los pasillos de personas esperando compartir expresiones de gracia, amorosos recuerdos, y sí—perdón.

Créamelo, ninguno de los que estuvieron ahí esa noche olvidará ese culto. La iglesia era verdaderamente la Iglesia—el cuerpo de Cristo. Parecían la iglesia, se comportaban como ella, y hablaban como ella. ¿Puedo confesar sentir orgullo? Me sentí y me siento muy orgulloso de ellos. ¿Recuerda al caballero que quería ver restaurada la integridad? Esa noche jamás dijo ni una sola palabra. Simplemente caminó frente a la plataforma y me dio la señal de aprobación. Yo comprendí.

Después que mi esposa y yo volvimos a casa, me senté en mi sillón. Me sentía como si por fin mereciera descansar. El cielo no se había caído y la iglesia no se había amotinado. Mi esposa estaba en la cocina cuando Dios se me manifestó otra vez. Esta vez no mandó una nota. Esta vez mandó a su precioso Espíritu Santo. Lo sentí tan cerca como jamás lo había sentido. Simplemente me habló al corazón y dijo: “Bien hecho.” No pude detener las lágrimas de complacencia ante el placer de Dios.

Conclusión

Desde esa noche, mi predecesor se ha convertido en un querido amigo de confianza. De verdad lo amo a él y a su bella esposa. El nunca volvió a caer. No caerá. La denominación le devolvió sus credenciales ministeriales, y un distrito lo recomienda regularmente a las iglesias. Yo lo he hecho venir a predicar a mi iglesia. Lo hace muy bien. Connie se mudó, volvió a casarse, y según se me ha dicho, ha vuelto a la iglesia. Como ve, Dios la amaba a ella también.

Al pensar en ese tiempo, veo que he llegado a comprender que beber en el toma de agua no es tan malo que se diga, si el agua que brota es el agua de vida de la gracia de Dios.

El nombre del autor permance en confidencia

*Todos los nombres, lugares, y fechas en este artículo han sido cambiados.

**Las referencias bíblicas son de la Nueva Versión Internacional.