CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
Era el maratón del domingo por la mañana y yo ya
estaba corriendo.
“Bueno, pongan todos atención”, grité
mientras metía a la fuerza los brazos de la bebé en
las mangas del abrigo. “¿Ya se cepillaron los dientes?
¿Ya se peinaron?”
Con velocidad olímpica, iba por toda la casa reuniendo todo
el cargamento importante para acarrear a la iglesia.
“Beth, lleva el pastel”, dije, entregando nuestra contribución
para la cena de confraternidad en las manos de mi hija de 6 años.
“Chicos, ustedes pónganse la chaqueta. Hoy no podemos
llegar tarde.”
Desplegando un arranque final de velocidad al entrar a la última
vuelta, me colgué a la bebé de un brazo y tomé
el montón de materiales didácticos, la biblia, y los
libros de referencia bajo el otro.
“Y ahora, Pablo, sólo dame la ensalada. No, ponla
en la otra mano. En la que está pegada al brazo donde tengo
colgada a la bebé. Muy bien. Ahora cuélgame la cartera
en el dedo.”
“¿Mamá?” inquirió mi hijo.
“¿Sí?”
“¿Vas a ir a la iglesia con las pantuflas puestas?”
Estremeciéndome ante el casi desastre, volví al dormitorio
tambaleándome con toda mi carga. No quise deshacerme de ella.
No habría tiempo de volverla a tomar. Lancé las pantunflas
y busqué a tientas con el pie en el ropero. Ahencontré
un zapato, pero ¿dónde estaba el otro. Atisbé la
punta debajo de la cama. Estaba lleno de figuras de vaqueros plásticas,
pero con una agilidad que sería el orgullo de una gimnasta,
lo vacié y me lo puse sin se me cayera nada, aparte de la
cartera y un volumen de las notas bíblicas de Spurgeon.
“¡Buenovámonos!”
Esta vez íbamos a llegar a tiempo. Se supone que la familia
del predicador debe estar en la iglesia temprano, y hoy yo quería
hacer todo lo que se esperaba de mí. Este era el día
que tenía que dar por primera vez la clase dominical a las
mujeres adultas. Sólo pensarlo me hacía sentir por
dentro como la ensalada de gelatina que trataba de sostener.
Se espera que la esposa del pastor pueda enseñar sobre cualquier
tema, a cualquier grupo, con corta noticia; y con las clases de
los niños, yo no lo había hecho muy mal. Con cuatro
hijos menores de 7 años, me sentía con bastante confianza
con mi preparación en el hogar para salir adelante. Pero
los adultoseso era otra cosa. Las esposas de
pastores que yo había conocido antes de casarme con mi esposo
pastor eran mujeres calmadas, dulces, y santas. Tocaban el piano
y cantaban bellamente, y siempre tenían un aura de serenidad
y aplomo. Yo no podía tocar el piano ni podía cantar
bellamente.
Y temía no poder impartir una clase a los adultos.
Respiré hondo al llegar al aparcamiento. Serena,
me murmuré a mí misma. Piensa con aplomo. Mi calma
y mi comportamiento sereno duraron hasta que dejé a la bebé
en la sala cuna y a los otros niños en sus respectivas clases.
Corrí a mi salón de clase, todavía cargada
con el Sr. Spurgeon, la ensalada de gelatina, y, desafortunadamente,
la bolsa de pañales. El apresurado viaje de regreso a la
sala cuna me costó los pocos minutos con que contaba para
llegar temprano. Me deslicé en mi asiento justamente momentos
antes que llegaran las primeras hermanas a la clase.
Me arreglé la chaqueta y por casualidad eché un vistazo
a los pies. Me congelé horrorizada. En la hebilla del zapato
estaba montado un pequeño vaquero plástico, a estilo
de bronco, pero eso lo remedié fácilmente. El verdadero
problema era que los zapatos no hacían juego. En mi ligereza
me había puesto zapatos de dos pares diferentes. Los dos
eran negros, pero ahí terminaba la similaridad. No sólo
eran de estilos obviamente diferentes, sino que uno tenía
el tacón alto y el otro bajo. ¿Cómo no
pude haberme dado cuenta que caminaba en dos niveles?
Las hermanas iban entrando, y mis pies son, ¡ay de mí!,
demasiado grandes como para esconderlos. Déjeme asegurarle
que es físicamente imposible crear un aura de serenidad y
aplomo cuando se llevan puestos zapatos que no son pares. No había
nada que me ayudara. Mi desempeño como esposa de predicador
tendría que ser descartado hoy. Lo único que podía
hacer era renunciar del concurso de popularidad, dar al Señor
mi reputación, y hacer lo mejor que pudiera para impartir
la clase. Sin duda que eso era lo que el Señor tenía
en mente.
“¡Miren lo que hice!” exclamé, enseñándoles
mis pies impares. “Estoy tan nerviosa por querer impartir
tan bien esta clase, y quería tanto dar una buena impresión,
pero ni siquiera pude venir con zapatos que hacen juego.”
La clase prorrumpió en risa.
“No se preocupe”, me dijo compasivamente la mayor y
la más intimidante del grupo. “Todo le saldrá
bien. Todas le vamos a ayudar.”
Libre de mi necesidad de aparecer calmada y serena, impartí
la lección en mi natural estilo alocado. Toda la clase participó,
compartiendo cada una anécdotas divertidas y penetrantes.
“Lo hizo muy bien”, me aseguraron todas. “Esperamos
ansiosas la clase de la próxima semana.”
De repente, yo también la esperaba ansiosa. El absurdo error
de los zapatos desiguales me rescató de la trampa en que
en cierto momento caen la mayoría de los que están
en el ministerio.
Con frecuencia nos quejamos de que la gente no acepta al pastor
ni a su familia como las personas verdaderas, vivas que son. Esperan
que seamos criaturas medio humanas y medio angelicales. Sin embargo,
seguimos tratando de vivir según esas expectaciones no realistas.
Es muy tentador llevar puesto ese halo lo más posible, sin
darnos cuenta de que el halo viene con sus cadenas.
El Señor por su gracia me ha guardado de ese síndrome
dándome una propensidad a hacerlo todo mal. Siempre que comienzo
a ponerme ese halo, hago algo tan temeroso que me es inútil
seguir aparentando. Como la vez que asombré a la iglesia
durante una comida de confraternidad al decir: “Estoy simplemente
devastadora”. (Quise decir devastada de hambre, siempre confundo
esas dos palabras.)
Sin embargo, los de la iglesia siempre son amables conmigo y me
tratan con mucho cariño. No esperan que sea más de
lo que soy. ¿Y por qué han de esperarlo? Yo soy solamente
yo. Esto aquí para servirlos, no para impresionarlos.
Y ese es el asunto. Si queremos que la iglesia nos acepte como
personas de verdad, tenemos que aceptarnos a nosotros mismos como
personas de verdad y darles lo mejor que tenemos que ofrecer, no
importa cuán insignificante a veces parezca “lo mejor”.
La bendición es que el Señor puede tomar y usar al
siervo que se rinde a El, aunque sea el más alocado e ineficaz.
Suzanne Jordan Brown es esposa de pastor y reside
en Oklahoma City, Oklahoma.