CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
En la sociedad de hoy tan sexualizada, es más importante
que nunca que los pastores estén preparados para ayudar a
los que están atados por los hábitos del pecado sexual.
Profundamente dentro del ser de todo hombre hay dos pasiones intensas,
mutuamente relacionadas que exigen satisfacción: la sexualidad
y la espiritualidad. Dios creó el sexo para ser no sólo
una fuente de placer, sino también una expresión profundamente
espiritual de amor entre el hombre y su esposa. Por lo tanto, la
relación del creyente con Dios con frecuencia se asemeja
a la relación entre el esposo y la esposa (1 Corintios 6:15-20).
Desafortunadamente, algunos hombres cristianos se descuidan y permiten
que sus deseos carnales se desenfrenen salvajemente. En vez de buscar
ser uno con Dios por medio de la adoración y uno con su esposa
por medio de la intimidad sexual, se pasan de la línea de
la perversión sexual. Es en este punto que la adoración
abandona el camino recto. Contrario al diseño original de
Dios, de alguna manera su sexualidad y su espiritualidad se fundieron
en un corrupto e irresistible impulso de adorar en el altar de la
idolatría sexual.
Para los hombres que se abandonan en eso, volver a reclamar la
inocencia que de su propia voluntad entregaron no es algo fácil.
Lo que es más difícil de recobrar es su fracturada
relación con Dios, con su esposa, y con los demás.
No obstante, hay una manera de escapar. Es vitalmente importante
que los pastores ayuden a los hombres a ver que la restauración
sólo se puede encontrar por medio del profundo arrepentimiento,
una renovada y santa perspectiva sobre la sexualidad, y un entendimiento
de lo que es la verdadera adoración.
Un testimonio del poder de la Cruz
Hace veintiún años, yo era teniente alguacil
de policía en Los Angeles y trabajaba en una cárcel
de máxima seguridad. Estaba lleno de orgullo, ira,
y perversión sexual. En pocas palabras, era egoísta
en extremo y no me importaba nadie más que yo mismo.
Dios ha hecho en mí una obra maravillosa al liberarme
de la adicción sexual. Sin embargo, limitar su obra
en mí a ser liberado del pecado sexual habitual sería
una terrible injusticia a la misericordia que Él me
ha mostrado. Hay tres áreas de mi vida en las que Dios
ha tratado conmigo.
Primero, repetidamente me ha librado de mi obstinación.
Si se me dejara a mí mismo, mi naturaleza egoísta
simplemente buscaría otro medio para satisfacer sus
propios deseos. Cuando entré por primera vez al ministerio,
esto se manifestó en mí por medio de una agresiva
ambición propia. Me tomó años de puertas
cerradas, de estorbar mis planes, y crontradecir mi propia
voluntad para lograr cierto grado de control sobre mi vida.
Segundo, Dios ha sido diligente para crucificar la egoísta
naturaleza de la carne dentro de mí que permitía
que el pecado sexual dominara mi vida en cierto tiempo. ¿Cuán
libre sería si todavía estuviera lleno de odio
hacia los demás? ¿Cuánta victoria podría
tener si todavía fuera totalmente egoísta en
la vida? ¿Qué clase de testimonio en realidad
tuviera si mi vida todavía se revolviera en gratificar
la concupiscencia de mi carne? Tener una vida de victoria
significa más para mí que simplemente gozar
de la libertad de un pecado dominante en particular.
Tercero, Dios sigue exponiendo el orgullo que es tan natural
en mí. Este levanta su fea cabeza en mi vida a través
de la defensiva con los detractores, el gozo del aplauso del
hombre, y el deseo de ser visto bajo una luz favorable. A
veces siento como que Dios no ha logrado nada en esta área
de mi vida, pero luego recuerdo lo que era antes.
Considerando la profundidad de mi delirio y la terquedad
de mi voluntad, es verdaderamente admirable que el Señor
haya podido lograr algo de valor dentro de mí. Después
de todos estos años, mi testimonio no es de lo que
yo he hecho bien, sino de la misericordia de Dios hacia un
pecador que repetidamente ha probado estar más que
dispuesto a hacer lo malo.
Steve Gallagher, Dry Ridge, Kentucky
Cómo tratar con el pecado sexual en la iglesia
Fomente un ambiente de verdad y sinceridad. Los hombres que
luchan deben sentir que pueden confesar su pecado sin indebidas
consecuencias. Quizás tenga que quitar a un hombre
de un puesto como líder, pero jamás debe hacer
nada que falte respeto al hombre o que traicione su confianza.
Denuncie el pecado. El pecado destruye vidas, corrompe iglesias,
y debilita al cuerpo de Cristo. Vivir y predicar santidad
quizás ofenda a los que desean avenirse, pero atraerá
a los que sinceramente tienen hambre de Dios.
Eduque a su congregación sobre la sexualidad que es
correcta y la que es indebida. Si los hombres que luchan ven
que el pastor no se siente cómodo con el tema, jamás
pedirán ayuda.
Establezca y fomente el ministerio para los hombres. Los
hombres tienden a aislarse, y una de las más grandes
ayudas para un hombre que lucha con un pecado secreto es participar
en el santo compañerismo con los demás.
Discipline a los que lo necesiten. Hemos aprendido cómo
construir iglesias grandes, pero en el proceso hemos perdido
nuestra habilidad para formar madurez espiritual en la vida
de los individuos. Esta falta de atención personal
es una de las principales razones por las que los hombres
no viven en más libertad.
Ofrezca restauración para los líderes y miembros
de la iglesia que han caído en pecado. Tenga establecido
algo a lo que pueda referir a los hombres, como un asesor
bíblico o un ministerio que trate con el pecado sexual
desde una perspectiva bíblica.*
Modele un carácter santo y consagración. Su
andar personal con Dios determinará el nivel de autoridad
espiritual que usted tenga para hablar a la vida de los demás.
*Los programas The Pure Life Live-in y Overcomers-At-Home
son dos opciones que tiene disponibles.
Steve Gallagher, Dry Ridge, Kentucky
Comprender el alcance total de la adoración
En hebreo y en griego, la palabra adoración comunica
la idea de postrarse físicamente ante otro. La palabra griega
da el sentido de una persona que hace reverencia con suma humildad
para besar la mano de alguien que es superior.
La gente continuamente se postra ante algo o alguien en su corazón.
¿Cómo es esto? Dentro del alma del hombre hay un altar
espiritual, y sentado en ese altar está el objeto más
importante de su vida. Pueda que cante himnos y coros los domingos
por la mañana, pero se dé cuenta de ello o no, el
concepto de adorar tiene que ver con mucho más que simplemente
una media hora de cantar. La adoración no es sólo
un acto; es un estilo de vida en el que uno rinde honor al objeto
de su deseo que puede o no puede ser Dios.
La verdadera adoración está fuera de balance cuando
la persona permite que algo que no sea Dios tome la preeminencia
en su vida. El objeto de adoración se convierte en un ídolo
porque quita a Dios el lugar en el corazón que por derecho
le toca a Él. Para la mayoría de las personas, las
cosas o experiencias que se convierten en ídolos son las
que el espíritu de este mundo ofrece y que satisfacen la
concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y el
orgullo de la vida, y por lo tanto dictan el curso que ha de tomar
su vida. Sin embargo, el pastor debe ser pronto a indicar que el
segundo mandamiento dice claramente que Dios no tolerará
esto: “No te inclinarás a ellas [cosas, ídolos],
ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte,
celoso” (Éxodo 20:5).
Jesús lo dijo de esta manera: “Porque donde esté
vuestro tesoro, allí estará también vuestro
corazón” (Mateo 6:21). Reemplazar a Dios con un ídolo
en el corazón de uno es algo muy perverso porque tiene que
ver con la decisión voluntariosa de apartarse del Señor
a favor de otra cosa. Es muy peligroso adorar a alguien o algo que
no sea Dios porque la naturaleza de la adoración es terriblemente
poderosa.
La idolatría no sólo seduce a la persona para alejarla
del Señor, sino que también transforma al idólatra
a la imagen del ídolo (Salmo 115:8). Dicho simplemente, la
persona se hace como aquello que más atesora. En vez de ser
“hechos conforme a la imagen de su Hijo”, se conforman
“a este siglo” (Romanos 8:29; 12:2). El hombre que adora
en el altar de la idolatría sexual exhibirá más
y más las características del endemoniado ídolo
del que se ha enamorado.
El amor del placer
Dios creó un mundo lleno de placeres sencillos, no adulterados
para el gozo de sus criaturas. Sin embargo, indecibles multitudes
incluso los que asisten a las iglesias rechazan el diseño
original de Dios y hacen del placer el dios de su vida. Se conocen
como hedonistas. Cuando el placer de cualquier índole aún
el placer sexual se convierte en el punto principal de la
existencia diaria de la persona, no sólo corroe la vida espiritual
de esa persona, sino que llega a contaminar todo lo que es sano.
Jesús dijo que el amor del placer ahoga la Palabra de Dios
(Lucas 8:14). Santiago dijo a sus constituyentes que su amor del
placer empequeñecía sus oraciones y los mantenía
en un espíritu de concupiscencia (Santiago 4:1-3).
Moisés es un ejemplo de la santidad porque él escogió
“antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de
los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:25). Y el
apóstol Pablo habló de los que eran “esclavos
de concupiscencias y deleites diversos” (Tito 3:3).
Aunque cada uno de estos pasajes es singularmente profundo, las
proféticas palabras de Pablo en 2 Timoteo 3:4,5 son muy alarmantes.
Hay algunos que viven en los últimos días que son
“amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán
apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella”.
Sin duda alguna, esta Escritura se refiere a los que hacen del placer
su razón de existir – su propósito supremo en
la vida. Aunque exhiben cierta forma de santidad, en realidad, el
objeto de sus afectos más fieles no es Dios sino el placer.
El verdadero arrepentimiento: precursor del cambio verdadero
No será necesario convencer a ningún ministro de
que el comportamiento sexual ilícito es pecaminoso. Sin embargo,
durante los últimos 20 a 30 años, una tranformación
en el modo de pensar ha hecho perder la cabeza a la iglesia. Bajo
la apariencia de progeso, el clamor por santidad, inspirado por
el Espíritu Santo, que una vez resonara desde los púlpitos
ha sido en gran parte suplantado por las racionalizaciones científicas
sobre el comportamiento del hombre. En vez de ser alentado a buscar
el santo arrepentimiento con lágrimas de contrición,
se da al enloquecido hombre lleno de concupiscencia una plétora
de racionalizaciones. Esto excusa su pecaminoso comportamiento,
y le evita asumir la debida responsabilidad por su comportamiento.
Este acto de silenciar la convicción del Espíritu
Santo es indeciblemente trágico porque el arrepentimiento
es la única solución que Dios ofrece para el pecado
habitual. Es imperativo que nosotros, como ministros, prediquemos
sin temor contra el pecado.
La triste realidad es esta: la mayoría de los hombres cristianos
que participan del pecado sexual habitual han pasado años
montados en el tiovivo de pecado y falso arrepentimiento, y jamás
encuentran la libertad que parecen buscar con tanta desesperación.
En At the Altar of Sexual Idolatry [En el altar de la idolatría
sexual], yo lo explico de esta manera:
A media que el adicto (sexual) entra en la primera etapa de remordimiento,
con frecuencia hará ciertas promesas a Dios jurando jamás
volver a cometer el mismo pecado: “¡Señor, te
juro que no volveré a hacer esto jamás!” A medida
que sus ojos se abren a la realidad del horrible vacío y
naturaleza de su pecado, pronto hace esa promesa; puesto que es
en este momento que en realidad ve el pecado por lo que verdaderamente
es.
Sin embargo, el problema con hacer una resolución así
es que emana de la propia fuerza y determinación del hombre
para resitir y vencer el mal. Esta clase de “cumplimiento
de promesa” jamás soportará las futuras tentaciones
de la misma índole. Es por esta exacta razón que el
adicto sexual antes ha tratado incontables veces de romper el hábito,
pero ha sido en vano. El hombre desesperadamente necesita arrepentirse.
El verdadero arrepentimiento llega cuando el corazón del
hombre ha cambiado de parecer en cuanto al pecado. El hombre dejará
su comportamiento pecaminoso, destructivo sólo cuando se
haya arrepentido de verdad en su corazón.
Para entender lo que es el verdadero arrepentimiento, se debe comprender
la naturaleza del pecado. La persona peca cuando por voluntad propia
actúa impulsada por la carne para hacer algo que está
prohibido por Dios. En otras palabras, rechaza la voluntad de Dios
a favor de la suya propia. Todos los que tratan de encontrar libertad
del pecado habitual pero que permanecen dentro de su propia voluntad
están tratando de lograr lo imposible. El acto de arrepentimiento
tiene que ver con una confesión de que el comportamiento
de uno es malo, un compromiso de dejar ese comportamiento, y una
sumisión a la voluntad de Dios. “La tristeza que es
según Dios produce arrepentimiento para salvación,
de que no hay que arrepentirse” (2 Corintios 7:10). Esto ocurre
cuando la persona se da cuenta cuán malo ha sido su pensamiento
y su comportamiento y está de acuerdo en cambiar ambos.
El lugar de la adoración
Tan bello como es ver a una persona verdaderamente apartarse de
su pecado, los ministros comprenden totalmente que esto es sólo
la mitad del proceso de arrepentimiento. La otra mitad es cuando
se vuelve hacia Dios y deja que Él tome su debido lugar en
el trono de su corazón. En otras palabras, debe renunciar
a su adoración del sexo y comenzar a adorar de verdad a Dios.
Que el pastor diga al adicto sexual cristiano que es necesario
que aprenda cómo adorar a Dios con frecuencia es algo que
confunde a éste. Después de todo, él ha venido
cantando alabanzas de adoración en la iglesia por años.
Desafortunadamente, en su condición totalmente deludida,
él no se da cuenta de que su adoración ha carecido
de toda realidad espiritual. En esencia, ha estado viviendo en abierta
y porfiada resistencia de Dios. Pero a medida que pasa al proceso
de arrepentimiento por el que toma en serio dejar su dominante
pecado puede ahora comenzar a adorar al Señor “en
espíritu y en verdad.”
Esto es extremadamente importante en la guerra para determinar
quién o qué va a ocupar el trono de su corazón.
Su carne ama el pecado sexual, y no hay nada que pueda hacer para
evitar que su carne lo ame. Pero lo que puede hacer y debe
hacer es reemplazar el amor del pecado con un consumidor amor
de Dios.
La respuesta no es simplemente odiar el pecado, sino también
aprender a amar y temer al Señor.
Esto nos hace volver a examinar lo que es la verdadera adoración.
El hombre que está enredado en hábitos de inmoralidad
ha permitido que el placer sexual reine supremo en su corazón.
Como lo es con toda idolatría, cuando la persona adora algo
que no es Dios, su yo se engrandece en su corazón y el Señor
se empequeñece. De la misma manera, a medida que aprende
a reverenciar al Señor, Dios se hace grande en su ser interior,
y su yo se hace pequeño. La verdadera adoración sólo
sucede cuando la persona ve quién es en relación a
Dios y quién Dios es en relación a él. Tiene
lugar un gran acto de humillarse que debilita el poder de la carne.
Debemos ayudar al hombre a ver que el verdadero arrepentimiento
tiene lugar cuando se contrita por su pecaminosa y despreciable
condición ante un Dios santo y cae deshecho a sus pies. Ahí,
al pie del Calvario, es liberado de la esclavitud del pecado y ahora
está en la postura correcta ante Dios. Ahora puede poner
tras sí años de derrota espiritual y comenzar a poner
su sexualidad en su debido lugar. Lo más importante, ahora
puede amar a Dios con todo su corazón, alma y mente.
Steve Gallagher, Dry Ridge, Kentucky, es
presidente de Pure Life Ministries, un ministerio que ayuda
a los que están en hábitos de pecado sexual. Para
más información llame: 1-859-824-4444, o visite
su Web site: www.purelifeministries.org.