CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
El propósito
de la adoración no es exhibir el talento
musical, sino llevar a la gente ante la presencia
de Dios.
Por Mark Rutland
No existe ningún elemento de la subcultura
cristiana que sea más adepto en las
mecánicas de la adoración que
los pentecostales y los carismáticos.
Nuestra música es contemporánea,
la energía congregacional es feroz,
y la habilidad de nuestros músicos
en el altar no tiene rival entre los evangélicos.
Hemos dominado lo último en metodología.
Sin embargo, en todo lo que hacemos no nos
atrevemos a abandonar nuestro añoro
por el único variable que no podemos
contribuir: la presencia.
Considere las instrucciones
para la composición
del aceite y el incienso santos, una receta
sorprendentemente científica en términos
de su detalle (Éxodo 30:22-38, NVI).
Junto con los ingredientes y sus respectivos
pesos y medidas está incluído
el discernimiento sobre el método
de preparación. En estos versículos
se prescribe el arte del apotecario—distilar
especias para extraerles el aceite y luego
volverlas a colar para obtener un residuo
como ungüento pegajoso, dulce. Una composición
química así es una operación
sofisticada que exige tiempo, precisión,
y una esclavizada fidelidad al detalle.
Pero
el resultado era una goma aromática
que, al quemarla, impregnaba totalmente el
aire de cualquier espacio cerrado. En la
tenue luz de las velas en una tienda grande,
el humo del incienso —espeso y blanco
y exquisito— combinado con el aroma
del ungüento perfumado que se frotaba
en los muebles, en los accesorios, en las
vasijas, y en la piel de los sacerdotes era
seguramente un deleite sensual. Dios sabía
eso y prohibió su uso para propósitos
comunes (versículos 32,33,38).
El riesgo de lo sensual
Nuestro añoro por la intimidad hace
poderoso y peligroso al perfume de la presencia
de Dios. Hay una profunda necesidad de intimidad
dentro de la árida, colectiva alma
de nuestra alienada sociedad postcristiana.
Esta profunda necesidad atrapa a los necesitados
en el libertinaje, la disfunción,
y la desesperanza a medida que van tras un
tierno toque, la presencia de los demás,
y más específicamente, otra—la
presencia de Dios.
Tres valores que se derivan de
alabar a Dios:
1. Da al adorador un vocabulario hecho
para adorar.
2. Contribuye a la unidad
en nuestra respuesta.
3. Ayuda a soltar
las emociones internas que han estado
encerradas bajo llave
detrás de la apariencia de nuestra
cultura.
Cuatro beneficios de cantar alabanzas:
1. Trae sinceridad a la mente.
2. Engrandece
nuestros conceptos de Dios.
3. Nos mueve
de las actitudes negativas a las positivas.
4.
Cambiará nuestros cultos
de la identificación a la participación.
—Sacado de Let Us Praise por
Judson Cornwall, publicado por Logos
International. Usado con permiso.
Vivimos en una cultura desconectada. Los
occidentales añoran por tener intimidad,
pero permanecen incapaces de encontrarla,
generarla, o tan siquiera identificarla.
Lo que queremos es presencia, no sólo
presencia física, sino una que esté adentro,
con la cual comunicarnos, oír y ser
oído por otro.
Con frecuencia este
inspirador dolor interior por tener relaciones
significativas arrastra
al mundo por las puertas de la iglesia. Sin
embargo, los técnicos de la adoración,
y hasta aquellos que han dominado apasionadamente
su oficio, sólo pueden ofrecer un
poco más que píldoras de azúcar—bellas,
bien coreografiadas, emocionantes, inacentuadas
píldoras de azúcar. Pero de
azúcar, no obstante.
Cuando la adoración
se convierte en algo que no es más
que música
de alta técnica para establecer un
ambiente, las almas de los que tienen hambre
permanecen con la ausencia de un encuentro
divino. La atracción sensual, el tintineo
del ambiente, y el excesivo desgaste de energía
pueden dejar la experiencia de adoración
estancada al nivel de lo superficial. Ahí comienza
un ciclo que se acelera a sí mismo
hacia abajo. La superficialidad lleva a la
sensualidad, y la sensualidad, al pecado.
Además
de su negativo efecto en la adoración
y en los adoradores, la superficialidad sin
substancia impone en
los líderes una mentalidad de desempeño,
que es altamente destructiva y que aprisiona
la creatividad. Donde las exigencias de estilo
y/o sensación limitan la latitud,
los que dirigen la adoración no pueden
llevar a las congregaciones a buscar la presencia
de Dios en nuevos y deleitosos campos de
espiritualidad.
Donde la tradición
reina suprema, las nuevas expresiones serán
rechazadas sin importar su valor espiritual
o artístico.
Al mismo tiempo, donde reinan la contemporaneidad
y las calesténicas y donde la extravagante
promoción se confunde con el aceite
consagrador, más y más de los
aspectos contemplativos de la adoración
se marcarán imprudentemente como peso
muerto. Por lo tanto, bajo el peso de hacer
que la congregación salga contenta
de todos los cultos, los que dirigen la adoración
se ven obligados a convertirse en el Dr.
Sesientebien con su Espectáculo de
Medicina Ambulante. El propósito de
nuestras reuniones es encontrarnos con Dios
y no la experta aplicación del perfume
prohibido en nuestra propia carne.
Ciertamente,
un encuentro divino es exactamente lo que
Dios promete y es el gran poder de
la adoración. Cerca del final de este
pasaje en Éxodo, después de
todas las detalladas instrucciones farmacológicas,
Dios hace la declaración más
admirable y maravillosa en un tono tan casual
que fácilmente podría pasarse
por alto —“donde yo me reuniré contigo.”
Nuestro
interior no añora estacte
ni gálbano, ni incienso puro, sino
presencia. La presencia es el dulce aroma
de la adoración. Todos debemos poner
en práctica lo que sabemos para mezclar
con cuidado una receta de adoración
que sea ordenada y bella. Pero si Dios no
está presente, el empalagoso olor
artificial —la intimidad hecha por
la carne— enfermará y no sanará.
En
la cima de la Montaña Chipinque
cerca de Monterrey, México, después
de un día de cabalgar junto a una
bella cascada, unos alumnos del instituto
bíblico y yo nos sentamos entre las
grandes piedras para contemplar las nubes
abajo. Alguien sacó una vieja guitarra,
y comenzamos a cantar un antiguo himno. “Maravilloso
es, maravilloso es, cuando pienso que Dios
me ama a mí.”
Cuán maravilloso
en realidad.
Luego la música comenzó a
fluír,
suave, libremente de coro en coro hasta que,
mientras cantábamos, una húmeda
nube blanca subió por la ladera de
la montaña y nos envolvió.
Primero uno, después otro, luego todos
comenzamos a llorar, a orar, o a prostrarnos
en la húmeda grama hasta que uno de
los muchachos susurró lo que todos
ya sabíamos: “Él está aquí.”
Ese
momento, ese impresionante, precioso, y casi
terrible momento —entre todos
los cultos de la iglesia y los avivamientos
y campamentos de mi vida— permanece
como un perfume en mi naríz.
Nuestra
ansia por la presencia
La adoración pública, aún
la que está diseñada con precisión
farmacológica, es totalmente incapaz
de fabricar el único elemento que
Dios nunca ordenó al hombre producir:
la presencia. Solo Dios puede darse a sí mismo.
La
intimidad de la adoración —intimidad
con Dios y los unos con los otros— puede
ser tan poderosa que podríamos ser
tentados a sentir el placer de la sensación
antes que el poder de la presencia. En el
tabernáculo, el aceite de la unción
y el blanco humo del incienso se mezclaban
en un solo aroma residente que impreganaba
el aire. Combinado con la belleza visual
del arte y con el magnífico espectáculo
de la adoración de sacrificio, debió haber
tenido un efecto arrebatador. Pero nada de
eso, ni todo ello, se combinaba con la esencia: “yo
me reuniré contigo.” La esencia
era la presencia.
Cómo
escribí “En la Presencia
de Jehová”
Era un tiempo de transición.
Para una joven pareja que todavía
estaba aprendiendo cómo balancear
el matrimonio con el ministerio, ese
tiempo puede infundir mucho temor.
Yo conocí a Becky Cannon en
la universidad, me enamoré,
y me casé con ella antes que
pudiera arrepentirse. Nuestra compartida
pasión por crear música
y escribir lírica sólo
fortalecía nuestra relación
y nuestro ministerio. Una iglesia en
Irving, Texas nos contrató cuando
todavía estábamos comprometidos.
Después de casarnos, nos mudamos
ahí y servimos por 2 años.
Fue un tiempo maravilloso que todavía
evoca tiernos recuerdos.
Pensamientos
de transición comenzaron
a tocarnos el corazón, pero
en realidad éramos felices dónde
estábamos. ¿Por qué quería
Dios que nos mudáramos? Con
todo, sentíamos que era tiempo.
Nunca
olvidaré el viaje por
tierra de Dallas a Alexandria, Louisiana.
Becky conducía el automóvil,
mientras yo conducía el camión
más pequeño que tenía
la compañía U-Haul (¡éramos
recién casados muy pobres!).
Yo me sentía nervioso. ¿Acaso
estábamos locos por dejar lo
que amábamos? ¿Nos nos
agotaríamos y nos consumiríamos
como resultado de mi estupidez? Mientras
conducía el camión pedí a
Dios que nos mostrara que estábamos
dentro de su voluntad. Al llegar, tuvimos
solo una noche para desempacar a medias.
A
la mañana siguiente salimos
en una gira de fin de semana con el
coral (un grupo más pequeño
de cantantes del coro). Durante el
fin de semana, a medida que pasábamos
tiempo con nuestra nueva familia, sentíamos
que Dios tejía nuestros corazones
en uno. Ya entrada la noche, durante
nuestros momentos para compartir, comenzó a
crecer en mi corazón una melodía
y su letra. En el bus de regreso a
casa, sucedió algo increíble.
Uno a uno todos comenzaron a compartir
testimonios. Irrumpió una reunión
de oración. Fluían las
lágrimas. En medio de todo esto,
yo comencé a cantar mi nuevo
cántico:
En la presencia de Jehová,
Dios Todopoderoso, Príncipe
de paz:
Los problemas se desvanecen, los corazones
sanan
En la presencia del Rey.
Cuando el grupo comenzó a cantar,
la dulce presencia de Dios llenó el
bus y nos saturó a todos. Era
algo poderoso. Poco después,
Dios ungió a Becky para que
escribiera el primer verso y juntos
escribimos el segundo verso. Eso fue
hace más de 18 años,
y Dios ha estado usándonos desde
entonces.
Jamás olvidaré que
este cántico en particular nació cuando
el Padre Celestial recordó a
un hijo suyo lleno de temor de que Él
todavía estaba en el trono.
Esa lección y ese cántico
nos han recordado muchas veces que
toda respuesta a toda pregunta siempre
se puede encontrar en la presencia
del Rey.
—Geron Davis, Brentwood,
Tennessee
Cuando por nuestra excelencia de música,
creatividad de composición, o belleza
de arquitectura, nos atrevemos a usar el
aceite para nuestros propios placeres, deshacemos
todo lo que habíamos añorado
en la receta. Esta no es una defensa de la
desordenada, fea adoración en lugares
descuidados. Debemos estudiar para hacerlo
todo correctamente. La buena música,
el excelente drama, los espléndidos
coros, y los auditorios bien iluminados,
con clima controlado son todos parte de la
mezcla; son importantes. Sin embargo, Cristo
profetizó una nueva adoración
que va más allá del local y
del estilo: “Los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu
y en verdad” (Juan 4:23).
La inversa
de ese pasaje es sorprendente. La falsa adoración
se hará en
la carne y será engaño. Olvidemos
las guerras de adoración. Este patético
argumento no es nada más que Estilo
vs. Estilo, un pleito entre familia que trae
vergüenza a la casa. Ya sea que se canten
solemnes himnos o coros nuevos y calientes,
la verdadera pregunta permanece: ¿Está Dios
en la casa? Si Él no está,
entonces ni el contemporáneo vigor
ni el litúrgico formalismo por igual
no son más que carne y engaño.
Ni las campanas ni los olores del orden litúrgico,
ni tampoco el abandono de la libertad pentecostal
pueden generar a Dios. No podemos hacerlo
estar donde Él no está.
Verdades
que presiden
Habiendo dicho eso, es necesario que se
manejen cuidadosamente las verdades importantes,
con frecuencia ignoradas por todos los partidos
en los infantiles argumentos sobre la adoración,
a menos que en la pelea lleguemos a olvidarlas.
He aquí siete de ellas:
1. La música no es la única
expresión de la adoración
colectiva.
Los pentecostales unánimes usan las
palabras líder de adoración para significar el que dirige los cánticos.
Hay otras formas válidas de adoración:
oración, alabanza verbal, expresiones
de fe, meditación, ofrendas, lavado
de pies, y Santa Cena
2. Ningún estilo tiene más
valor moral que otro.
Los ceremoniosos liturgistas, los cantantes
de “gospel”, los himnólogos,
y los modernistas que son sensibles al que
busca, se lanzan feroces miradas unos a otros,
habiendo todos olvidado que se trata de Él
y no de las preferencias culturales de ellos.
Un maestro hasta llega a decir que despés
de cierto compás, la música
se hace sensual y demoniaca. Ahora, ¿de
dónde habrá sacado esta revelación?
Enséñanos las tablas de oro
para que podamos creer. Esas enseñanzas
tan idiotas pueden degenerarse en argumentos étnicos,
o hasta racistas, envueltos en lenguaje espiritual.
Un islámico de Iraq convertido al
cristianismo, por ejemplo, quizás
no escriba música cristiana que suene
como la de Agustus Toplady. Nosotros los
pentecostales nos sentamos a una mesa que
es lo suficientemente grande para todos los
chicos.
3. No hay ninguna concesión espiritual
en expandir los parámetros de estilo
de nuestra experiencia de adoración.
Los que sólo quieren himnos no perderán
su alma si cantan un coro nuevo. Ciertamente,
quizás deberían considerar
un cambio así. Al mismo tiempo, muchos
que solamente quieren coros escritos durante
los últimos 20 minutos desperdician
descuidadamente la gran teología y
el rico gozo poético de los grandes
himnos. Los arrogantes que sienten desprecio
por los grandes himnos con frecuencia son
culpables de un cronocentrismo insigne y
juvenil que escasamente nos podemos permitir.
Hay ocasiones en que es necesario que los
obstinados pentecostales viejos abandonen
la tradición, se relajen, y toquen
jazz para Cristo. También hay momentos
en que los adolescentes complacidos de sí mismos
necesitan una dosis grande de Charles Wesley
para que vean que hay tremenda música
de adoración, cuyas palabras tienen
más profundidad que “aleluya,
du-gua, didi, didi, ya.”
Debemos recordar
a quién es que buscamos,
quién es el que desea encontrarse
con nosotros, y por qué es que añoramos
su presencia. Todos estamos hechos para la
intimidad con Dios, pero, debido a las diferencias
de edad, experiencia, fondo, o cultura, la
buscamos de diferentes maneras. Debemos permitir
que el amor sea la ley. En otras palabras,
ser un poco más indulgentes los unos
con los otros y con Dios.
4. La estructura no es enemiga de la
libertad.
A veces, por un sincero y sano temor de
apagar al Espíritu, nos hemos esforzado
por obtener informalidad y hemos caído
directamente en medio del caos. Que Dios
nos guarde de ese antiguo modo de pensar
que confunde el no estar preparados con la
libertad del Espíritu. Al predicar
y adorar, debemos estudiar para presentarnos “a
Dios aprobado[s]”. Los coros deben
ser disciplinados, la dirección de
la alabanza debe ser cuidadosamente diseñada,
y los músicos en el altar deben ser
bien preparados. El desorden no produce mucho
más que momentos embarazosos en los
que las congregaciones sin participar observan
confusas, los dirigentes perdidos en el espacio
buscan inspiración al mismo tiempo
que la disimulan con lenguaje espiritual
y un buen teclado. El orden en la adoración
no es una barrera para el Espíritu
Santo sino un tabernáculo preparado
en el que Dios se puede reunir con nosotros —y
luego volver a diseñarlo según
le plazca— para dirigirnos, por medio
de líderes sensibles y dedicados.
5. La adoración cristiana siempre
ha encontrado y siempre encontrará singular
expresión en términos de
la cultura.
¿Sinceramente creemos que los creyentes
judíos del primer siglo que se reunían
para adorar en el Templo de Salomón
cantaban “Un paso más, un paso
más”? Sin duda ellos cantaban
música que sonaba más como
Hava Nagila. Los cantos de Gregorio eran
medievales porque él era medieval.
Lutero escribió música que
sonaba como la del “oktoberfest” alemán,
y es obvio que nuestros antepasados que escribieron
la música de “country gospel” [“evangelio
ranchero”] escuchaban mucho a Hank
Williams. Los cristianos de la India cantan
música que suena admirablemente india,
y los de Ghana bailan con alegres coros pentatónicos
cantados en el idioma de sus tribus. Sin
embargo, esta diversidad cultural es una
amenaza sólo para un evangelio norteamericanizado,
que después de todo no es bíblico.
Lo
divertido comienza cuando experimentamos
con los cánticos de nuestros hermanos.
Los pentecostales de alta clase en Atlanta
Norte de vez en cuando necesitan cantar “Soy
feliz, Cristo me salvó”. Los
adolescentes con pelo multicolor deben tratar
de cantar “Poderosa fortaleza es nuestro
Dios”. Bueno, no todas las noches,
pero de vez en cuando. Así mismo,
los cristianos ancianos en Wisconsin deben
estar dispuestos a experimentar uno o dos
cánticos de la Viña [Vineyard]
sin experimentar una hemorragia cerebral.
6. Ni el entusiasmo ni la forma es lo
mismo que la presencia.
En mis primeros años de evangelismo
misionero, el camino a casa siempre estaba
lleno de anticipación. Yo me imaginaba
la reunión —mis hijos corriendo
a abrazarme las piernas, los dulces besos
de mi esposa— y nunca me desilusioné.
No hay nada como los hijos que corren a los
brazos de un cansado predicador gritando: “Llegó papito.”
Pero
imagínese si yo hubiera llegado
para encontrarlos sentados en silencio en
la sala, las sillas colocadas en una ordenada
línea. Al entrar yo muy alegre por
la puerta y extender los brazos lleno de
amor, mi esposa se pone de pie para dirigir
a los niños. “Por favor pónganse
de pie”, dice ella, después
de lo cual cantan, sin tan siquiera darme
una mirada, un aria sin sangre, “Llegó nuestro
padre, llegó nuestro padre, a-a-le-lu-u-ya”.
No hay ningún gozo para papito en
un recibimiento tan formal y despegado.
Ahora
imagínese que yo abro la puerta
y que mis esposa y mis hijos se tiran al
suelo en desenfrenado éxtasis, se
golpean la cabeza en la pared, saltan sobre
los muebles, y se gritan uno a otro diciendo: “Llegó papito.” Y
en su desenfrenada celebración me
ignoran a mí.
En ambas escenas yo permanezco
sin ser recibido en el umbral de la puerta
de su ensimismamiento. “Yo
me reuniré contigo” es la promesa
del tabernáculo.
7. El altar es un lugar peligroso.
Un pavoroso peso cae directamente sobre
los hombros de los que dirigen la adoración.
La carga de balance, difícil de encontrar
y todavía más difícil
de mantener, hace de dirigir la adoración
un alto honor y una terrible responsabilidad.
La
auténtica pasión mezclada
con el diligente profesionalismo, la genuina
espiritualidad entretejida con la experiencia,
y el orden dispuesto a aceptar la libertad
son posibles solamente cuando los motivos
son constantemente crucificados y donde el
amor aviva el fuego.
Hay grandes bendiciones
en la poderosa adoración
y, como con todas las cosas poderosas, también
hay grandes peligros. El lugar más
peligroso en un culto de adoración
es el altar. Nos debemos acercar a él
con temor y temblor, sobrios y conscientes
de aquellos que, como los hijos de Aarón,
tomaron las cosas en sus propias manos y
murieron ahí.
Cuántas veces
hemos visto llenos de dolor cuando los supremamente
talentosos
entre nosotros, al mismo tiempo que nos movían
a adorar a Dios, perdieron sus propios ministerios
y matrimonios. La vida interior del líder
se hace más importante entre más
adentro y más alto éste lleva
al pueblo. Entre más nos acercamos
a la llama, mayor es el calor, y mayor el
peligro.
La presencia
dispuesta
John Wesley dijo: “Lo mejor es que
Dios está con nosotros.” En
ningún lugar es eso más emocionante
que en un culto de adoración cuando,
por su gracia, la promesa se convierte en
presencia. Él está dispuesto
a dejarse encontrar por los que lo buscan. Él
está dispuesto a ser Emanuel, Dios
con nosotros, una y otra vez.
Dios está dipuesto
a condescender a la alabanza de sus propias
criaturas. Su
terrible presencia es lo único indispensable
que hace de la alabanza verdad y espíritu
en vez de sensual perfume en la carne de
extraños. Él está dispuesto
a estar dondequiera que lo deseen, lo reciban,
y lo atiendan.
En nuestro primer culto del
año en
Southeastern College el lugar estaba repleto,
en realidad había demasiada gente,
la emoción se podía palpar,
y la música especial era exquisita.
El grupo de estudiantes que dirigían
la alabanza estaba lleno de juvenil energía
y empapado de talento. Todo bueno. Muy bueno.
Pero no suficiente. Luego a medida que orábamos,
cantábamos, y entrábamos a
la adoración, Dios vino en toda su
gracia y llenó el lugar. De repente
volvíamos a saber, y llorábamos
ante el conocimiento, de que el poder está en
la presencia, no en la presentación.
Mark Rutland,
Ph.D., es presidente de Southeastern
College de Las Asambleas de Dios, Lakeland,
Florida.