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El poder de la presencia

El propósito de la adoración no es exhibir el talento musical, sino llevar a la gente ante la presencia de Dios.

Por Mark Rutland

No existe ningún elemento de la subcultura cristiana que sea más adepto en las mecánicas de la adoración que los pentecostales y los carismáticos. Nuestra música es contemporánea, la energía congregacional es feroz, y la habilidad de nuestros músicos en el altar no tiene rival entre los evangélicos. Hemos dominado lo último en metodología. Sin embargo, en todo lo que hacemos no nos atrevemos a abandonar nuestro añoro por el único variable que no podemos contribuir: la presencia.

Considere las instrucciones para la composición del aceite y el incienso santos, una receta sorprendentemente científica en términos de su detalle (Éxodo 30:22-38, NVI). Junto con los ingredientes y sus respectivos pesos y medidas está incluído el discernimiento sobre el método de preparación. En estos versículos se prescribe el arte del apotecario—distilar especias para extraerles el aceite y luego volverlas a colar para obtener un residuo como ungüento pegajoso, dulce. Una composición química así es una operación sofisticada que exige tiempo, precisión, y una esclavizada fidelidad al detalle.

Pero el resultado era una goma aromática que, al quemarla, impregnaba totalmente el aire de cualquier espacio cerrado. En la tenue luz de las velas en una tienda grande, el humo del incienso —espeso y blanco y exquisito— combinado con el aroma del ungüento perfumado que se frotaba en los muebles, en los accesorios, en las vasijas, y en la piel de los sacerdotes era seguramente un deleite sensual. Dios sabía eso y prohibió su uso para propósitos comunes (versículos 32,33,38).

El riesgo de lo sensual

Nuestro añoro por la intimidad hace poderoso y peligroso al perfume de la presencia de Dios. Hay una profunda necesidad de intimidad dentro de la árida, colectiva alma de nuestra alienada sociedad postcristiana. Esta profunda necesidad atrapa a los necesitados en el libertinaje, la disfunción, y la desesperanza a medida que van tras un tierno toque, la presencia de los demás, y más específicamente, otra—la presencia de Dios.

Vivimos en una cultura desconectada. Los occidentales añoran por tener intimidad, pero permanecen incapaces de encontrarla, generarla, o tan siquiera identificarla. Lo que queremos es presencia, no sólo presencia física, sino una que esté adentro, con la cual comunicarnos, oír y ser oído por otro.

Con frecuencia este inspirador dolor interior por tener relaciones significativas arrastra al mundo por las puertas de la iglesia. Sin embargo, los técnicos de la adoración, y hasta aquellos que han dominado apasionadamente su oficio, sólo pueden ofrecer un poco más que píldoras de azúcar—bellas, bien coreografiadas, emocionantes, inacentuadas píldoras de azúcar. Pero de azúcar, no obstante.

Cuando la adoración se convierte en algo que no es más que música de alta técnica para establecer un ambiente, las almas de los que tienen hambre permanecen con la ausencia de un encuentro divino. La atracción sensual, el tintineo del ambiente, y el excesivo desgaste de energía pueden dejar la experiencia de adoración estancada al nivel de lo superficial. Ahí comienza un ciclo que se acelera a sí mismo hacia abajo. La superficialidad lleva a la sensualidad, y la sensualidad, al pecado.

Además de su negativo efecto en la adoración y en los adoradores, la superficialidad sin substancia impone en los líderes una mentalidad de desempeño, que es altamente destructiva y que aprisiona la creatividad. Donde las exigencias de estilo y/o sensación limitan la latitud, los que dirigen la adoración no pueden llevar a las congregaciones a buscar la presencia de Dios en nuevos y deleitosos campos de espiritualidad.

Donde la tradición reina suprema, las nuevas expresiones serán rechazadas sin importar su valor espiritual o artístico. Al mismo tiempo, donde reinan la contemporaneidad y las calesténicas y donde la extravagante promoción se confunde con el aceite consagrador, más y más de los aspectos contemplativos de la adoración se marcarán imprudentemente como peso muerto. Por lo tanto, bajo el peso de hacer que la congregación salga contenta de todos los cultos, los que dirigen la adoración se ven obligados a convertirse en el Dr. Sesientebien con su Espectáculo de Medicina Ambulante. El propósito de nuestras reuniones es encontrarnos con Dios y no la experta aplicación del perfume prohibido en nuestra propia carne.

Ciertamente, un encuentro divino es exactamente lo que Dios promete y es el gran poder de la adoración. Cerca del final de este pasaje en Éxodo, después de todas las detalladas instrucciones farmacológicas, Dios hace la declaración más admirable y maravillosa en un tono tan casual que fácilmente podría pasarse por alto —“donde yo me reuniré contigo.”

Nuestro interior no añora estacte ni gálbano, ni incienso puro, sino presencia. La presencia es el dulce aroma de la adoración. Todos debemos poner en práctica lo que sabemos para mezclar con cuidado una receta de adoración que sea ordenada y bella. Pero si Dios no está presente, el empalagoso olor artificial —la intimidad hecha por la carne— enfermará y no sanará.

En la cima de la Montaña Chipinque cerca de Monterrey, México, después de un día de cabalgar junto a una bella cascada, unos alumnos del instituto bíblico y yo nos sentamos entre las grandes piedras para contemplar las nubes abajo. Alguien sacó una vieja guitarra, y comenzamos a cantar un antiguo himno. “Maravilloso es, maravilloso es, cuando pienso que Dios me ama a mí.

Cuán maravilloso en realidad.

Luego la música comenzó a fluír, suave, libremente de coro en coro hasta que, mientras cantábamos, una húmeda nube blanca subió por la ladera de la montaña y nos envolvió. Primero uno, después otro, luego todos comenzamos a llorar, a orar, o a prostrarnos en la húmeda grama hasta que uno de los muchachos susurró lo que todos ya sabíamos: “Él está aquí.

Ese momento, ese impresionante, precioso, y casi terrible momento —entre todos los cultos de la iglesia y los avivamientos y campamentos de mi vida— permanece como un perfume en mi naríz.

Nuestra ansia por la presencia

La adoración pública, aún la que está diseñada con precisión farmacológica, es totalmente incapaz de fabricar el único elemento que Dios nunca ordenó al hombre producir: la presencia. Solo Dios puede darse a sí mismo.

La intimidad de la adoración —intimidad con Dios y los unos con los otros— puede ser tan poderosa que podríamos ser tentados a sentir el placer de la sensación antes que el poder de la presencia. En el tabernáculo, el aceite de la unción y el blanco humo del incienso se mezclaban en un solo aroma residente que impreganaba el aire. Combinado con la belleza visual del arte y con el magnífico espectáculo de la adoración de sacrificio, debió haber tenido un efecto arrebatador. Pero nada de eso, ni todo ello, se combinaba con la esencia: “yo me reuniré contigo.” La esencia era la presencia.

Cuando por nuestra excelencia de música, creatividad de composición, o belleza de arquitectura, nos atrevemos a usar el aceite para nuestros propios placeres, deshacemos todo lo que habíamos añorado en la receta. Esta no es una defensa de la desordenada, fea adoración en lugares descuidados. Debemos estudiar para hacerlo todo correctamente. La buena música, el excelente drama, los espléndidos coros, y los auditorios bien iluminados, con clima controlado son todos parte de la mezcla; son importantes. Sin embargo, Cristo profetizó una nueva adoración que va más allá del local y del estilo: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23).

La inversa de ese pasaje es sorprendente. La falsa adoración se hará en la carne y será engaño. Olvidemos las guerras de adoración. Este patético argumento no es nada más que Estilo vs. Estilo, un pleito entre familia que trae vergüenza a la casa. Ya sea que se canten solemnes himnos o coros nuevos y calientes, la verdadera pregunta permanece: ¿Está Dios en la casa? Si Él no está, entonces ni el contemporáneo vigor ni el litúrgico formalismo por igual no son más que carne y engaño. Ni las campanas ni los olores del orden litúrgico, ni tampoco el abandono de la libertad pentecostal pueden generar a Dios. No podemos hacerlo estar donde Él no está.

Verdades que presiden

Habiendo dicho eso, es necesario que se manejen cuidadosamente las verdades importantes, con frecuencia ignoradas por todos los partidos en los infantiles argumentos sobre la adoración, a menos que en la pelea lleguemos a olvidarlas. He aquí siete de ellas:

1. La música no es la única expresión de la adoración colectiva.

Los pentecostales unánimes usan las palabras líder de adoración para significar el que dirige los cánticos. Hay otras formas válidas de adoración: oración, alabanza verbal, expresiones de fe, meditación, ofrendas, lavado de pies, y Santa Cena

2. Ningún estilo tiene más valor moral que otro.

Los ceremoniosos liturgistas, los cantantes de “gospel”, los himnólogos, y los modernistas que son sensibles al que busca, se lanzan feroces miradas unos a otros, habiendo todos olvidado que se trata de Él y no de las preferencias culturales de ellos. Un maestro hasta llega a decir que despés de cierto compás, la música se hace sensual y demoniaca. Ahora, ¿de dónde habrá sacado esta revelación? Enséñanos las tablas de oro para que podamos creer. Esas enseñanzas tan idiotas pueden degenerarse en argumentos étnicos, o hasta racistas, envueltos en lenguaje espiritual. Un islámico de Iraq convertido al cristianismo, por ejemplo, quizás no escriba música cristiana que suene como la de Agustus Toplady. Nosotros los pentecostales nos sentamos a una mesa que es lo suficientemente grande para todos los chicos.

3. No hay ninguna concesión espiritual en expandir los parámetros de estilo de nuestra experiencia de adoración.

Los que sólo quieren himnos no perderán su alma si cantan un coro nuevo. Ciertamente, quizás deberían considerar un cambio así. Al mismo tiempo, muchos que solamente quieren coros escritos durante los últimos 20 minutos desperdician descuidadamente la gran teología y el rico gozo poético de los grandes himnos. Los arrogantes que sienten desprecio por los grandes himnos con frecuencia son culpables de un cronocentrismo insigne y juvenil que escasamente nos podemos permitir.

Hay ocasiones en que es necesario que los obstinados pentecostales viejos abandonen la tradición, se relajen, y toquen jazz para Cristo. También hay momentos en que los adolescentes complacidos de sí mismos necesitan una dosis grande de Charles Wesley para que vean que hay tremenda música de adoración, cuyas palabras tienen más profundidad que “aleluya, du-gua, didi, didi, ya.”

Debemos recordar a quién es que buscamos, quién es el que desea encontrarse con nosotros, y por qué es que añoramos su presencia. Todos estamos hechos para la intimidad con Dios, pero, debido a las diferencias de edad, experiencia, fondo, o cultura, la buscamos de diferentes maneras. Debemos permitir que el amor sea la ley. En otras palabras, ser un poco más indulgentes los unos con los otros y con Dios.

4. La estructura no es enemiga de la libertad.

A veces, por un sincero y sano temor de apagar al Espíritu, nos hemos esforzado por obtener informalidad y hemos caído directamente en medio del caos. Que Dios nos guarde de ese antiguo modo de pensar que confunde el no estar preparados con la libertad del Espíritu. Al predicar y adorar, debemos estudiar para presentarnos “a Dios aprobado[s]”. Los coros deben ser disciplinados, la dirección de la alabanza debe ser cuidadosamente diseñada, y los músicos en el altar deben ser bien preparados. El desorden no produce mucho más que momentos embarazosos en los que las congregaciones sin participar observan confusas, los dirigentes perdidos en el espacio buscan inspiración al mismo tiempo que la disimulan con lenguaje espiritual y un buen teclado. El orden en la adoración no es una barrera para el Espíritu Santo sino un tabernáculo preparado en el que Dios se puede reunir con nosotros —y luego volver a diseñarlo según le plazca— para dirigirnos, por medio de líderes sensibles y dedicados.

5. La adoración cristiana siempre ha encontrado y siempre encontrará singular expresión en términos de la cultura.

¿Sinceramente creemos que los creyentes judíos del primer siglo que se reunían para adorar en el Templo de Salomón cantaban “Un paso más, un paso más”? Sin duda ellos cantaban música que sonaba más como Hava Nagila. Los cantos de Gregorio eran medievales porque él era medieval. Lutero escribió música que sonaba como la del “oktoberfest” alemán, y es obvio que nuestros antepasados que escribieron la música de “country gospel” [“evangelio ranchero”] escuchaban mucho a Hank Williams. Los cristianos de la India cantan música que suena admirablemente india, y los de Ghana bailan con alegres coros pentatónicos cantados en el idioma de sus tribus. Sin embargo, esta diversidad cultural es una amenaza sólo para un evangelio norteamericanizado, que después de todo no es bíblico.

Lo divertido comienza cuando experimentamos con los cánticos de nuestros hermanos. Los pentecostales de alta clase en Atlanta Norte de vez en cuando necesitan cantar “Soy feliz, Cristo me salvó”. Los adolescentes con pelo multicolor deben tratar de cantar “Poderosa fortaleza es nuestro Dios”. Bueno, no todas las noches, pero de vez en cuando. Así mismo, los cristianos ancianos en Wisconsin deben estar dispuestos a experimentar uno o dos cánticos de la Viña [Vineyard] sin experimentar una hemorragia cerebral.

6. Ni el entusiasmo ni la forma es lo mismo que la presencia.

En mis primeros años de evangelismo misionero, el camino a casa siempre estaba lleno de anticipación. Yo me imaginaba la reunión —mis hijos corriendo a abrazarme las piernas, los dulces besos de mi esposa— y nunca me desilusioné. No hay nada como los hijos que corren a los brazos de un cansado predicador gritando: “Llegó papito.”

Pero imagínese si yo hubiera llegado para encontrarlos sentados en silencio en la sala, las sillas colocadas en una ordenada línea. Al entrar yo muy alegre por la puerta y extender los brazos lleno de amor, mi esposa se pone de pie para dirigir a los niños. “Por favor pónganse de pie”, dice ella, después de lo cual cantan, sin tan siquiera darme una mirada, un aria sin sangre, “Llegó nuestro padre, llegó nuestro padre, a-a-le-lu-u-ya”. No hay ningún gozo para papito en un recibimiento tan formal y despegado.

Ahora imagínese que yo abro la puerta y que mis esposa y mis hijos se tiran al suelo en desenfrenado éxtasis, se golpean la cabeza en la pared, saltan sobre los muebles, y se gritan uno a otro diciendo: “Llegó papito.” Y en su desenfrenada celebración me ignoran a mí.

En ambas escenas yo permanezco sin ser recibido en el umbral de la puerta de su ensimismamiento. “Yo me reuniré contigo” es la promesa del tabernáculo.

7. El altar es un lugar peligroso.

Un pavoroso peso cae directamente sobre los hombros de los que dirigen la adoración. La carga de balance, difícil de encontrar y todavía más difícil de mantener, hace de dirigir la adoración un alto honor y una terrible responsabilidad.

La auténtica pasión mezclada con el diligente profesionalismo, la genuina espiritualidad entretejida con la experiencia, y el orden dispuesto a aceptar la libertad son posibles solamente cuando los motivos son constantemente crucificados y donde el amor aviva el fuego.

Hay grandes bendiciones en la poderosa adoración y, como con todas las cosas poderosas, también hay grandes peligros. El lugar más peligroso en un culto de adoración es el altar. Nos debemos acercar a él con temor y temblor, sobrios y conscientes de aquellos que, como los hijos de Aarón, tomaron las cosas en sus propias manos y murieron ahí.

Cuántas veces hemos visto llenos de dolor cuando los supremamente talentosos entre nosotros, al mismo tiempo que nos movían a adorar a Dios, perdieron sus propios ministerios y matrimonios. La vida interior del líder se hace más importante entre más adentro y más alto éste lleva al pueblo. Entre más nos acercamos a la llama, mayor es el calor, y mayor el peligro.

La presencia dispuesta

John Wesley dijo: “Lo mejor es que Dios está con nosotros.” En ningún lugar es eso más emocionante que en un culto de adoración cuando, por su gracia, la promesa se convierte en presencia. Él está dispuesto a dejarse encontrar por los que lo buscan. Él está dispuesto a ser Emanuel, Dios con nosotros, una y otra vez.

Dios está dipuesto a condescender a la alabanza de sus propias criaturas. Su terrible presencia es lo único indispensable que hace de la alabanza verdad y espíritu en vez de sensual perfume en la carne de extraños. Él está dispuesto a estar dondequiera que lo deseen, lo reciban, y lo atiendan.

En nuestro primer culto del año en Southeastern College el lugar estaba repleto, en realidad había demasiada gente, la emoción se podía palpar, y la música especial era exquisita. El grupo de estudiantes que dirigían la alabanza estaba lleno de juvenil energía y empapado de talento. Todo bueno. Muy bueno. Pero no suficiente. Luego a medida que orábamos, cantábamos, y entrábamos a la adoración, Dios vino en toda su gracia y llenó el lugar. De repente volvíamos a saber, y llorábamos ante el conocimiento, de que el poder está en la presencia, no en la presentación.


Mark Rutland

Mark Rutland, Ph.D., es presidente de Southeastern College de Las Asambleas de Dios, Lakeland, Florida.