CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
Ningún tratado sobre el Espíritu
Santo el día de Pentecostés
es completo a menos que se estudien en su
totalidad los orígenes de este fenómeno
del Nuevo Testamento. El Espíritu
Santo es más que sólo la Tercera
Persona de la Trinidad. Su singular lugar
en el crecimiento y desarrollo de la Iglesia
va más allá de la relación
doctrinal que existe en la Trinidad. El Espíritu
Santo es enviado por el Padre; es obtenido
del Padre por el Hijo; es derramado por el
Hijo (Hechos 2:33).
El Espíritu que se movía sobre
la faz de las aguas se movió con tal
poder y convicción el día de
Pentecostés que los hombres se compungieron
de corazón y clamaron preguntando: “¿qué haremos?” (Hechos
2:37). Hombres y mujeres fueron llenos de
este Espíritu (Hechos 2:4). Él
estaría para siempre con el creyente;
sería el Consolador (Juan 14:16,17),
el Maestro, el fiel Guía. Él
es el que glorifica a Jesús (Juan
16:14) y el que convence de pecado a los
hombres (Juan 16:8). Él debía
dar poder a los hombres para ser testigos
(mártires) (Hechos 1:8). Los creyentes
serían santificados por el Espíritu
(1 Pedro 1:2). La Palabra de Dios debía
ser entregada por medio de hombres santos
según fueran inspirados por el Espíritu
Santo (2 Pedro 1:21). Y el Espíritu
afirmaría nuestra relación
con Dios como hijos suyos (Romanos 8:16).
Al considerar el tremendo y extenso ministerio
del Espíritu Santo, no es difícil
entender la declaración de Jesús: “Os
conviene que yo me vaya; porque si no me
fuere, el Consolador no vendría a
vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Juan
16:7). Siempre y cuando Jesús estuviera
con ellos, el Espíritu Santo no estaría
en ellos. Hasta que se llegó ese momento,
ellos habían sido poco más
que espectadores; pero se convertirían
en participantes. Habían sido observadores,
pero se convertirían en líderes
y testigos. Ellos lo habían acompañado
a Él; luego ellos irían en
el nombre de Él. Lo habían
oído; después debían
proclamarlo.
Fue en el día de Pentecostés
que este singular potencial se desató dentro
de la vida de los que fueron bautizados en
el Espíritu. Se convirtieron en los
plenipotenciarios del reino de Dios y del
Rey. Debían continuar lo que Jesús
comenzó. Esto nos trae a la pregunta
que posa el título de este artículo: ¿Qué es
Pentecostés? Es más que sólo
el día en que Dios derramó por
primera vez el Espíritu Santo. Es
más que sólo una experiencia
de la gracia del bautismo del Espíritu
Santo.
Pentecostés
es una oración
En Juan 14:16 Jesús dijo: “Y
yo rogaré al Padre, y os dará otro
Consolador, para que esté con vosotros
para siempre.” Jesús conocía
las necesidades más profundas de los
hombres que lo seguían. Él
conocía sus debilidades, sus temperamentos,
y su mal dirigido celo. Los había
observado de cerca por 3 años. Sabía
exactamente lo que necesitaban. En su oración
como sumo sacerdote Él dijo: “Yo
ruego por ellos” (Juan 17:9). Sólo
la inmanente plenitud del Espíritu
podría transformar a estos hombres
y hacerlos dignos representantes de una nueva
pasión, un nuevo Reino; por esto Él
oró.
Pentecostés
es una promesa
Cuando estaba con sus discípulos
en el monte de los Olivos justo antes de
su ascensión, Jesús declaró: “He
aquí, yo enviaré la promesa
de mi Padre sobre vosotros” (Lucas
24:49). Más antes había dicho: “Pues
si vosotros, siendo malos, sabéis
dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto
más vuestro Padre celestial dará el
Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas
11:13). El Padre había prometido este
enriquecimiento. Jesús además
prometió que Él personalmente
cumpliría con esta promesa. Ellos
podían depender de eso.
El intrépido Bautista, al predicar
a la asombrada multitud en el río
Jordán, dijo: “Viene uno más
poderoso que yo. . . él os bautizará en
Espíritu Santo y fuego” (Lucas
3:16).
Pentecostés
es una predicción
Isaías, el gran profeta de Israel,
profetizó acerca del Espíritu
Santo que vendría. “Porque yo
derramaré aguas sobre el sequedal,
y ríos sobre la tierra árida;
mi Espíritu derramaré sobre
tu generación, y mi bendición
sobre tus renuevos” (Isaías
44:3). El profeta Zacarías aseguró a
Israel que, aunque estuviesen rodeados de
destructivas fuerzas enemigas, Dios vendría
en su ayuda. “Y derramaré sobre
la casa de David . . . espíritu de
gracia y de oración; y mirarán
a mí, a quien traspasaron” (Zacarías
12:10). Aunque este suceso quizás
venga después de la Era de la Iglesia,
que termina con el rapto de la Iglesia, no
obstante es una de las principales predicciones
del derramamiento del Espíritu.
Joel añadió una gran palabra
en su avivada profecía: “Y después
de esto derramaré mi Espíritu
sobre toda carne” (Joel 2:28). En el
gran derramamiento del día de Pentecostés,
Pedro apoyó y verificó los
dramáticos sucesos de fuego, viento,
y otras lenguas, citando las palabras de
Joel a la maravillada multitud (Hechos 2:16). “Esto
es lo dicho por el profeta”, anunció Pedro.
Pentecostés
es poder
Una de las grandes promesas de Jesús
fue: “Pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos” (Hechos
1:8). La palabra griega martyres, traducida
como “testigos”, se usa de vez
en cuando en el Nuevo Testamento para referirse
a los que han testificado aún hasta
la muerte (Hechos 22:20; Apocalipsis 2:13;
17:6). Para enfrentarse con la furiosa oposición
como representantes de Jesucristo, ellos
necesitarían de una abundancia de
fortaleza interior. Para conquistar sus propias
tentaciones de la carne y controlar las fuertes
pasiones humanas, necesitarían ser
especialmente investidos con el poder divino.
Sería necesario que los débiles
fueran fuertes; los indecisos, valientes.
Los necios ahora debían ser sabios;
los tímidos, intrépidos. Los
de doble ánimo debían convertirse
en personas de fuertes convicciones. Todo
esto, la plenitud del Espíritu les
impartiría.
Debían tener poder para enfrentarse
con un enemigo astuto y hostil. Debían
tener poder para contender inflexibles por
la fe. Debían tener poder para hacer
milagros y predicar resueltamente la Palabra
de Dios. Sus propias debilidades y temores
interiores podrían convertirse en
invencibles obstáculos que debían
ser conquistados. Este poder les había
sido otorgado siempre que mantuvieran una
vida llena del Espíritu Santo.
El libro de los Hechos es un testimonio
confiable del poder impartido a hombres
comunes e impredecibles
cuya vida estaba controlada y activada
por el Espíritu Santo.
Pentecostés
es orar
La oración es casi sinónima
con el Espíritu Santo. Pablo exhortó a
los efesios que oraran “en todo tiempo
con toda oración y súplica
en el Espíritu” (Efesios 6:18).
Así mismo Judas anima a sus oyentes
a que se edifiquen en su fe, “orando
en el Espíritu Santo” (Judas
20).
Orar en el Espíritu es el orden
de oración más alto posible.
La preposición “en” indica
lugar. El creyente ha pasado al campo del
Espíritu, está rodeado por
el Espíritu, está envuelto
por el Espíritu, ha pasado al reino
del Espíritu. Esta no es una experiencia
de entrar y salir o de encender y apagar.
Jesús usa la palabra “permanecer”: “Si
permanecéis en mí, y mis palabras
permanecen en vosotros, pedid todo lo que
queréis, y os será hecho” (Juan
15:7). De modo que muchas oraciones no son
contestadas porque las personas no han aprendido
a permanecer en el Lugar Santísimo
de Dios.
En Romanos 8:26 Pablo añade
otra palabra que aclara: “Y de igual
manera el Espíritu
nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos
de pedir como conviene, no los sabemos, pero
el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos indecibles.”
Qué descubrimiento
tan asombroso y humillante—no sabemos
cómo
orar como debemos. Nuestra propia falta de
espiritualidad nos abruma. Pero tenemos un
Ayudador, uno que viene en nuestra ayuda. Él
pone expresión a nuestros suspiros,
palabras a nuestros gemidos, y ora su voluntad
a través de nosotros.
En 1951 yo salía
de Japón.
Habíamos comenzado una iglesia en
Osaka, una ciudad devastada por los bombardeos
americanos. Hice reservaciones para mi vuelo
de regreso a Shreveport, Louisiana. Entre
más se acercaba la fecha de mi vuelo
a casa, más perturbado e inquieto
me sentía con la idea de volar en
esa aerolínea en particular. Traté de
conseguir un vuelo alterno pero se me dijo
que no había cupo en ninguna aerolínea
que salía de Japón por 30 días.
Sintiéndome tan seguro de que no debía
volar en la primera aerolínea, me
resigné a esperar los 30 días
más. Pero 6 horas después ya
tenía un asiento en otra aerolínea.
Al
llegar a San Francisco me enteré que
el otro vuelo se había estrellado
en una de las Islas Aleutianas. Mi padre,
que vivía en Canadá, se había
inquietado en extremo por mi seguridad, aunque
no sabía absolutamente nada de mi
dilema. Movido por el Espíritu Santo
se entregó a la oración—la
oración en el Espíritu. Literalmente,
en oración me pasó de un avión
a otro para que yo pudiera regresar a mi
familia y a mi ministerio.
Este es un ejemplo
de la oración en
el Espíritu que el Espíritu
Santo nos enseña y que todo cristiano
debe buscar.
Pentecostés
es purificante
Cristo vino a la tierra con el propósito
de asegurarse de una novia aquí en
la tierra que no tuviese mancha ni arruga
ni cosa semejante (Efesios 5:27). La Epístola
a los Hebreos insta a los creyentes: “Seguid
la paz con todos, y la santidad, sin la cual
nadie verá al Señor” (12:14).
El Espíritu Santo está para
santificar a los hombres. Hemos de participar
de su santidad (Hebreos 12:10) y perfeccionar
la santidad en el temor de Dios (2 Corintios
7:1).
El pecado era juzgado severamente en la
Primera Iglesia. Ananías y Safira
murieron por su duplicidad. Habían
mentido a Dios tocante a la ofrenda que habían
llevado a Pedro (Hechos 5:1-11). Elimas el
mago fue cegado por oponerse al testimonio
de Pablo a Sergio Paulo, el procónsul
romano (Hechos 13:8-12). El relato dice: “Entonces
Pablo . . . lleno del Espíritu Santo,
fijando en él los ojos, dijo . . .
he aquí la mano del Señor está contra
ti, y serás ciego, y no verás
el sol por algún tiempo” (versículos
9-11). Juan el Bautista había profetizado
anteriormente que Jesús bautizaría
con el Espíritu Santo y fuego (Lucas
3:16). El fuego purifica, limpia, purga.
Solíamos cantar: “Tú,
Cristo de ardiente llama que limpia, manda
el fuego, manda el fuego.”
Pentecostés
es predicar
Uno de los rasgos más singulares
de Pentecostés es que produjo predicadores
instantáneos. Los discípulos
predicaron con elocuencia y autoridad, brillantemente
usando las verdades del Antiguo Testamento
para apoyar el mensaje de la muerte y resurrección
de Cristo. Pocos días antes habían
desaparecido entre las sombras y habían
abandonado a su Señor cuando Él
más los necesitaba. Ahora ellos se
enfrentaban con esas mismas autoridades que
habían crucificado al Señor,
diciéndoles que con pecaminosas manos
habían crucificado y asesinado a este
hombre aprobado por Dios (Hechos 2:22,23).
Los exhortaron diciendo: “Arrepentíos,
y bautícese cada uno de vosotros en
el nombre de Jesucristo para perdón
de los pecados; y recibiréis el don
del Espíritu Santo” (versículo
38). La única explicación a
esta radical transformación es la
plenitud del Espíritu Santo—el
Espíritu de Cristo resucitado.
Esta
no fue una experiencia dramática,
aislada. En Hechos 4 leemos que los apóstoles
fueron arrestados y llevados ante el Sanedrín. “Entonces
Pedro, lleno del Espíritu Santo .
. .” (versículo 8). Debemos
suponer que ya era una plenitud fresca, subsecuente
a Pentecostés. En la gran reunión
de oración que siguió volvemos
a ver que “todos fueron llenos del
Espíritu Santo, y hablaban con denuedo
la palabra de Dios” (Hechos 4:31).
En cada caso, ser lleno del Espíritu
fue seguido por la predicación inspirada
y convincente. Predicar fue el método
que Dios usó para esparcir su Palabra.
En
la sinagoga de Nazaret Jesús dijo: “El
Espíritu del Señor está sobre
mí, por cuanto me ha ungido para .
. . predicar” (Lucas 4:18,19). En su
reunión con sus discípulos
después de la resurrección Él
les dijo: “Id por todo el mundo y predicad
el evangelio” (Marcos 16:15). En el último
encargo de Pablo a Timoteo le dijo: “Te
encarezco delante de Dios . . . que prediques
la palabra” (2 Timoteo 4:1,2).
Pentecostés
es predicar—predicación
ungida, predicación llena de gracia,
predicación inspirada, predicación
inteligente, predicación sincera.
Es predicar la gracia de Dios, el amor de
Dios, el poder y las misericordias de Dios,
los juicios de Dios, y la bendita esperanza
que Dios ofrece a todos los hombres en todas
partes.
Pentecostés es la respuesta
final de Dios a la tibieza y apostasía
de los últimos días. Pentecostés
significa corazones encendidos, vidas totalmente
dedicadas, motivadas por una ardiente pasión
por predicar a Cristo, y a éste crucificado,
a nuestro mundo antes que Él venga
otra vez a establecer su eterno Reino. Id
y predicad.
Paul E. Lowenberg
es anterior prebítero ejecutivo
del Concilio General de Las Asambleas
de Dios y superintendente del Concilio
del Distrito de Kansas. Reside en Springfield,
Missouri.