CD [Disco Compacto] de
Advance/Pulpit
Agotadas desde hace mucho tiempo pero recordadas con afecto, las revistas
Advance [Avance] y Pulpit [El púlpito] bendijeron a miles de ministros.
Ahora el archivo entero de Advance/Pulpit casi 40 años de información,
inspiración, ayudas, e historia está disponible para usted en CD separados.
En inglés solamente.
¿Hay algo más devastador para un ministro que está tratando de lanzarse a la conquista del mundo, que descubrir que está perdiendo a sus propios hijos? Vaya paradoja. Aquí está él, el gran defensa espiritual del partido, corriendo con el balón hasta la zona final, mientras sus hijos están echando abajo los postes de la portería y quemándolos como protesta delante de la multitud. Aunque a los nuevos en la fe se les permite que hagan una mala jugada aquí o allí, del pastor se espera que sea el estratega, y que lo tenga siempre todo bajo su dominio.
A la primera señal de que haya problemas, las preguntas se convierten en espectros silenciosos que nos asaltan continuamente en nuestros pensamientos y oraciones. ¿Cómo es posible que esté sucediendo esto? Nosotros hemos tratado de hacerlo todo correctamente. ¿En qué nos hemos equivocado? Más aterrador aun es escuchar el eco de estas mismas preguntas que nos llega desde las bancas de la iglesia.
Este escenario nos es familiar a mi esposo Jim y a mí. Como ministros y padres de un hijo pródigo adulto, comprendemos por experiencia propia el dilema al que se enfrenta un pastor cuando se ve atrapado entre la iglesia y su familia, y las cuestiones que se deben resolver para que él pueda equilibrarlas entre sí, sin perder a ninguna de las dos.
Para nosotros, este devastador drama comenzó hace cerca de veinte años. La primera señal de que había un problema apareció poco después de aceptar el llamado a pastorear una nueva iglesia con un gran potencial, pero con recursos limitados. Esto significaba que tendríamos que sacar a nuestros hijos de la escuela cristiana para volverlos a poner en escuelas públicas. Para nuestros dos hijos varones que estaban en primaria, el cambio no fue drástico. En cambio, nuestro hijo mayor, que acababa de cumplir trece años y entrar al octavo grado, fue lanzado así a la crisis de la adolescencia. Al principio, tuvimos la esperanza de que este trauma fuera temporal. Al fin y al cabo, nuestros hijos habían superado muchos cambios de ministerio anteriores. Nuestro hijo se había adaptado antes. Se volvería a adaptar.
Pero no lo hizo.
Por razones que tal vez nunca entenderemos por completo, su desdicha fue en aumento hasta convertirse en una rebelión de proporciones sin paralelo. Durante los meses que siguieron, fuimos adentrándonos con dificultad por un territorio aterrador y desconocido, a medida que nuestro hijo se iba encerrando en su ira y frustración. Pronto, toda nuestra familia se vio envuelta en sus luchas. Sin haber visto ningún cartel que nos lo advirtiera, entramos a un oscuro túnel de angustia y de dolor que pronto nos empujaría desenfrenadamente por un largo camino donde se iban esparciendo sus malas decisiones, con las consecuencias resultantes. Era un viaje inesperado, para el cual nunca habríamos podido estar preparados. Como descubrimos, ese viaje tiene su paralelo en el que han tenido otras familias ministeriales.
Es triste que muchos cristianos estén sufriendo hoy el dolor de tener un hijo o algún pariente cercano que se aparta de la fe. ¿Puede haber duda alguna de que el enemigo ha tomado como blanco, tanto a los hijos como a los padres? Sin embargo, en este conflicto espiritual es de vital importancia para el reino de Dios que nosotros no sucumbamos ante el desaliento y la derrota; que nos mantengamos fieles a nuestro llamado y a nuestra familia.
Gracias a Dios, a lo largo de los años, hemos llegado a ver el gran propósito de Dios en ese sufrimiento. Hemos aceptado la misión de compartir estos puntos de vista prácticos sobre la forma en que los retos derivados de la presencia de un hijo pródigo pueden afectar los asuntos del ministerio. Pero más aun, presentar las formas en que nuestra vida, familia, y ministerio se pueden enriquecer si mantenemos el rumbo y llevamos a la práctica las lecciones.
Con todo, el aprendizaje de este gran propósito de Dios tuvo sus tenebrosos momentos de dudas personales y de desesperación.
EL COMBATE CON LA SENSACIÓN DE FRACASO
Sin duda alguna, la reacción inicial que es común a todos los pastores cuyos hijos rechazan la fe, es la de sentirse personalmente fracasados por completo. Muchos ven la renuncia como la única salida honorable. Sólo hay un pequeño problema.
¿Dónde se presenta un pastor para renunciar? Le puede entregar a la junta de la iglesia un papel con membrete oficial en el cual indica sus intenciones, pero aunque fueran ellos mismos los que lo invitaron a su presente lugar en el ministerio, no fueron ellos quienes decretaron cuál sería la misión que Dios le daría. Esa misión le vino de Dios, cuyos dones y llamamiento son "irrevocables" (Romanos 11:29). Aunque un pastor deje la iglesia, no puede alejarse sin más de un llamado que es para toda la vida.
La renuncia puede sacar al pastor de las presiones inmediatas y de la vergüenza de su situación, pero no elimina su problema. Hasta es posible que comience un nuevo ciclo de culpa, frustración, y fracaso. Lo último que necesitan unos padres cuando sus hijos se enfrentan a una crisis de identidad, es tener ellos también su propia crisis. La seguridad de que nos mantenemos dentro de la voluntad de Dios nos proporciona un refugio cuando todo lo demás se derrumba a nuestro alrededor.
Entonces, ¿qué debe hacer un pastor cuando se hace evidente que los problemas que hay en la casa pastoral no desaparecerán? Son demasiadas las variables para poder dar una respuesta que sirva en todos los casos. Lo que puedo sugerir es que, a lo largo de los años, hemos visto a muchos ministros darse por vencidos demasiado pronto y perder su iglesia, su ministerio futuro, su familia, y en los casos extremos, su relación con el Señor. Eso nunca debería suceder.
Recuerde que no hay ningún pastor y padre más perfecto que Dios. Con todo, y a pesar de que lo tenían todo a su favor, no hizo falta mucho tiempo para que sus primogénitos cayeran en problemas. Como sucede a muchos hijos de predicador, el hecho de que se apartaran de Dios se reducía a un problema de identidad que tuvo por consecuencia una rebelión con diversas y graves consecuencias. Y ellos también tuvieron un apoyo que no habían perdido, procedente de una serpiente mentirosa.
Recuerde también que nosotros no somos los únicos pastores que luchamos por salvar el pasto de nuestra casa. Debemos dejar a un lado las comparaciones y los pensamientos críticos para podernos ayudar a nosotros mismos y darnos aliento mutuamente.
Dios ha llamado a los pastores con un propósito. No lo dude ni un instante. Necesitamos creerlo, cualquiera que sea el aspecto actual que tengan las circunstancias. En el cielo están pasando más cosas de las que nosotros podemos saber. Aun así, seguiremos luchando con las emociones terrenales.
EN LA MONTAÑA RUSA DE LAS EMOCIONES
Los ministros son llamados a hacer cosas difíciles, como consolar a los que están pasando por una enfermedad que amenaza su vida, o por la muerte de un ser amado. A través de este proceso, la mayoría de los pastores se han familiarizado con las cinco etapas de la aflicción: negación, ira, culpa, depresión, y aceptación.
El trato con un hijo pródigo puede pasar por ese mismo conjunto de emociones. Como cuando hay enfermedad o muerte, los padres están afligidos a causa de un cambio que los asusta, una separación que los destroza, y una pérdida real.
El problema está en que los ministros son buenos para encubrir sus emociones y arreglárselas para darles la vuelta. Al fin y al cabo, alguien tiene que mantener en movimiento a la iglesia. Temerosos de que los acusen de debilidad espiritual o de falta de fe, los pastores pueden llegar a hacer lo peor: dar una importancia mínima a sus sentimientos, o suprimirlos por completo.
Afligirse y reconocer las emociones no es ser débil. Y en el caso de los ministros, tampoco es algo no espiritual. Un nivel normal de emoción es parte del proceso natural en el manejo de toda circunstancia difícil. En el ministerio, aprendí muy pronto a permitirme un sentimiento de aflicción por las frecuentes transiciones pastorales. De lo contrario, nunca habría podido aceptar por completo la siguiente transición.
Las emociones descontroladas pueden hacer ineficaces a los pastores, y llegar aun a ser contraproducentes para la obra de Dios en nuestra vida y en la vida de nuestros hijos. Entonces, ¿cómo seguir desempeñando nuestra funciones sin dejar que nos abrumen, nos amarguen, o nos paralicen?
Todo el que haya estudiado las Escrituras sabe que la respuesta se encuentra en la traducción. Tenemos que hallar una forma de traducir espiritualmente para nuestra congregación y para otros lo que está sucediendo al nivel más personal e intenso de nuestra vida. Si podemos hacerlo, nos relacionaremos de una forma más personal con la gente que cuando nos hallamos detrás de un púlpito.
Tal vez digamos: "Me está costando trabajo traducir esto para mí mismo. Debe ser que hicimos algo mal. De lo contrario, no estaríamos pasando por esto".
¿Cómo lo sabe?
Hace muchos años escribí en mi Biblia dos citas de un sermón, que las leo frecuentemente: "Dios demuestra la confianza que nos tiene con las circunstancias que nos envía", y "las circunstancias no revelan tanto quiénes llegaremos a ser, como quiénes somos ya". Tal vez a usted no le agraden las circunstancias, o la persona que ha sido revelada por medio de ellas. Por otra parte, es posible que se sorprenda de lo bien que ha sabido capear la tormenta. Cualquiera que sea el caso, en este proceso aprendemos mucho acerca de nosotros mismos. Y más aun acerca de la forma en que Dios nos ve. Después de muchos años de creer en Él, ¿no es motivo de asombro y de humildad el darnos cuenta de que Él también cree en nosotros?
La gran pregunta es ésta: ¿podemos aceptar el hecho de que Dios nos ha escogido a propósito para este gran desafío? Tal vez nos resistamos, pensando que la aceptación significa que nos hemos resignado a la situación de nuestros hijos. De ninguna manera. Por la propia Palabra de Dios sabemos que Él no quiere que nadie perezca, incluyendo a nuestros amados hijos pródigos (2 Pedro 3:9). Él nunca deja de buscar, así que nosotros nunca debemos dejar de orar y de creer en que regresarán seguros al camino. Lo que hacemos es llegar a ver la situación, no como una crisis celestial, sino como un designio divino.
Dios sabe lo que ha sucedido en la vida de nuestros hijos, y por qué. El reto que nos toca a nosotros es el de seguir creyendo que Dios no sólo está presente, sino que también está activo en nuestra vida. Esta seguridad nos libera para seguir adelante, comprometidos no sólo a cumplir con nuestro deber en el ministerio, sino también a consagrar nuestra vida a los propósitos celestiales de Dios en la tierra.
Para ser sincera, durante años pedí a Dios en mis oraciones que me ayudara a comprender. Analizaba nuestra situación hasta que me dolía el cerebro. Hice un surco pedaleando hacia atrás, hasta donde había comenzado el problema, sólo para pedalear de regreso, cargada con las mismas preguntas sin responder; muchas veces me hallé metida en ese surco. ¿Hemos soportado años de sufrimiento porque hicimos que nuestro hijo dejara la escuela que le gustaba? ¿Habríamos tomado unas mejores decisiones para su futuro si nos hubiéramos quedado? O bien, ¿había ya cosas en marcha que nosotros nunca habríamos podido predecir o esperar?
Mi conclusión, al ver los diversos factores que han intervenido, es que no hay una respuesta terrenal única. El trato con personalidades, percepciones y decisiones personales es mucho más complicado que todo eso. Tal vez lleguemos a comprender en parte lo que ha sucedido; otros factores sólo se nos revelarán en la eternidad.
Aun así, es necesario que el proceso sirva para algo. En cuanto a nosotros, no hay duda alguna de que Dios ha estado usando las circunstancias para hacer una gran obra en nuestra vida. Una lección de valor incalculable que aprendimos es que no se debe ver la imperfección como un fracaso. Lo que debemos hacer es aceptar que ser humano es ser imperfecto, y al reconocer esto, admitir la gran necesidad que tenemos de Dios. Esta comprensión nos ha mantenido humildes ante nuestros propios ojos, de manera que hemos podido ser reales ante los demás.
A pesar del sufrimiento personal, Jim y yo mantuvimos el rumbo en el ministerio, y esto nos ha recompensado en diversos niveles. No ha sido fácil. Pero a medida que hemos luchado por nuestros hijos contra el enemigo y hemos buscado la sabiduría de Dios, los músculos de nuestra oración se han fortalecido, y hemos tenido que mantener afilada nuestra espada. Esas cualidades son buenas para un ministerio. Nuestra situación nos ha abierto puertas para ministrar, permitiéndonos tocar corazones y vidas de unas formas y en unos lugares que jamás nos habríamos imaginado.
He aquí algunas observaciones tomadas de nuestro andar que le pueden animar a usted en el suyo.
LA RESPUESTA A LA COMUNIDAD
Tener que responder ante la comunidad, la iglesia, y los colegas por las acciones negativas de nuestros hijos descarriados es algo que puede resultar doloroso y humillante. También puede proporcionar unas oportunidades increíbles para alcanzar a personas que de otra forma nunca habríamos podido conocer, y darles ánimo. Esto significa que en algún momento necesitamos dejar de preocuparnos por lo que piensen los demás, y en vez de esto, comenzar a buscar lo que Cristo pide de nosotros en cada situación.
LA REDUCCIÓN DE LOS DAÑOS COLATERALES
Es inevitable que los hijos de ministro se vean atrapados dentro del fuego cruzado de los problemas de la iglesia y las circunstancias dolorosas. Pero nosotros podemos desarmar al enemigo si nos tomamos el tiempo necesario para meditar con cuidado y en oración nuestras reacciones. Si el daño ya está hecho, entonces podemos pedir a Dios palabras y sabiduría para explicarles las duras realidades de la vida en el ministerio.
Aun así, es mucho lo que depende de la susceptibilidad de nuestro hijo. Y el diablo lo sabe.
CULPAR A QUIEN SE DEBE CULPAR
Cuando ruge la guerra contra la rebelión, es imprescindible que recordemos que el enemigo no es nuestro hijo, nuestra iglesia; ni siquiera los que nos hieren, de manera deliberada o no. Nuestro enemigo es Satanás, el acusador malvado, que quiere desalentarnos para que no sigamos a Dios ni cumplamos su voluntad. Todos los días debemos renovar nuestra decisión de centrar nuestra energía en derrotarlo, armados con las armas que Dios ha diseñado para demoler sus fortalezas (Efesios 6:12-18).
MANTENER UNIDOS EL CORAZÓN Y EL HOGAR
El hogar es el escenario donde se representan los dramas de la vida real, pero la actuación de un pródigo puede poner en peligro al teatro entero. Los matrimonios entran en situaciones de tirantez, porque los padres están en desacuerdo sobre la disciplina adecuada. Los hermanos se sienten divididos en sus lealtades. Las distintas formas de manejar el estrés pueden crear un abismo en las comunicaciones. De vez en cuando, la carga se complica a causa de unos consejos que nadie ha pedido y unas circunstancias atenuantes.
Por difícil que se vuelva el ambiente del hogar, vale la pena que mantengamos a nuestros hijos en él tanto como nos sea posible mientras sean jóvenes. Use todos los minutos de que disponga para ejercer una influencia positiva, construir tradiciones, y crear recuerdos; cosas que sus hijos van a echar de menos lo suficiente mientras recorren la senda del hijo pródigo, para que los traigan de vuelta al hogar. El hogar, aun un hogar del cual hay algunos recuerdos dolorosos, sigue siendo el lugar donde uno deja colgado el corazón.
BUSCAR CONSEJO SABIO
Hubo momentos en que Jim y yo quisimos salir corriendo de nuestro hogar. Pero por destruidos que tuviéramos los nervios, nos habíamos comprometido a mantener intactos nuestro matrimonio y nuestra familia. Para nosotros esto significó buscar a un consejero cristiano profesional. Este es un aspecto en el que algunos ministros batallan por diversas razones. Sin embargo, ¿qué puede ser más sincero y sentar un mejor ejemplo que el reconocimiento de nuestros propios problemas? Si no los reconocemos, sólo estamos engañando a los demás y a nosotros mismos, y retrasando de forma desastrosa la ayuda que necesita nuestra familia.
CONCLUSIÓN
Cuanto más tiempo andan descarriados nuestros hijos, tanto más se complican las cosas, y más necesitan los padres pedir a Dios una sabiduría especial para saber cuándo y hasta qué punto deben intervenir. Los padres deben pasar por encima de su propio dolor personal y de su sentimiento de rechazo. Esta tarea no es nada fácil. Sin duda, habrá quienes batallen con el dolor y la ira por lo que ha sucedido. Sólo cuando pidamos a Dios que corrija el rumbo en nuestra vida emocional, comenzaremos a ver las prometedoras posibilidades sobre la forma de usar el dolor para nuestro crecimiento y para su gloria.
Tal vez lo ayude tener en cuenta estas alentadoras estadísticas producto de la indagación:
El rechazo de la fe tiene que ver más con la búsqueda de la verdad, que con su rechazo.
Ochenta y seis por ciento de los hijos pródigos terminan regresando a la fe.
Noventa y tres por ciento de los pastores actuales y de los líderes cristianos que han pasado por un rechazo medianamente o extremadamente serio de la fe, han regresado con mayor fuerza que nunca.
No nos debería sorprender que los pródigos se encuentren entre los mejores pastores. ¿Quién mejor para predicar por experiencia propia sobre los peligros que hay en la pocilga?
Sin duda, cuando estamos, como dicen, "entre la espada y la pared", es cuando la vida es más difícil. Tener que decidir de qué manera vamos a vivir con las consecuencias de las decisiones que toman nuestros hijos, y tratar de mantener el buen ánimo cuando las circunstancias tratan de tirarnos al suelo, es difícil.
No obstante, sabemos que con la ayuda de Dios, todas las cosas son posibles. Todo se reduce a esto: confiar en Él y seguir poniendo un pie tras otro. Entonces, no se sorprenda si más adelante en el camino se encuentra usted "entre la espada y un lugar de Dios".
Nuestros hijos siempre serán para nosotros la gente más importante del mundo. No podremos llevar al cielo nuestras posesiones terrenales, pero sí podemos influir en nuestros hijos para que sirvan a Dios, y de esa forma, llevárnoslos al cielo. Por eso, creyendo que Dios ya está preparando el resultado final, comencemos a supervisar la celebración.
Mientras tanto, voy a permitir que usted tome prestado uno de mis versículos favoritos para la vida: "Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día" (2 Timoteo 1:12).
EN EL TRIMESTRE PRÓXIMO
En la próxima edición de " Enriquecimiento", mi artículo "Plan de batalla" tratará sobre la fórmula para las luchas por la familia que se halla en Efesios 6:12-18, desde la perspectiva del ministro.
Judi Braddy es oradora experta en motivar, ministra licenciada, columnista de la revista "Woman's Touch," y autora de tres libros: Prodigal in the Parsonage (del cual este artículo es una adaptación); Simple Seasons , y también It All Comes Out in the Wash . Judy y su esposo Jim viven en Elk Grove, California, donde él es el superintendente del distrito del Norte de California y Nevada de las Asambleas de Dios. Tienen tres hijos ya mayores y cinco nietos. Si desea más información respecto a sus escritos y sus conferencias, puede visitar el portal de Judi en la web: www.judibraddy.com.