Los mayores desafíos en el cuidado pastoral
Un enfoque de la consejería pastoral para los que sufren de enfermedades y dolores crónicos
Por Doug Wiegand
Entre las incontables necesidades que los miembros de una iglesia presentan a su pastor, pocas son tan complejas y difícil de atender como las de las enfermedades crónicas y los dolores crónicos (EC/DC). Ambas cosas tienen un gran impacto en la calidad de la vida de una persona. Sólo saber que lo más probable es que vivan el resto de su vida (a menos que se produzca un milagro de sanidad) haciendo frente a los estragos de la enfermedad o del dolor constituye ya una inmensa carga. Así es cómo la cosmovisión de los que tienen EC/DC, aunque sean creyentes llenos del Espíritu, es muy distinta a la que tiene una persona sana. Los que tienen EC/DC pertenecen a un grupo de población enteramente distinto a la mayoría de las demás personas.
Los azotes gemelos que hemos llamado EC/DC existen en los Estados Unidos en proporciones epidémicas. Según el Centro para Control de las Enfermedades y el Centro Nacional para la Prevención de las Enfermedades Crónicas y el Fomento de la Salud, el número de personas que sufren de enfermedades crónicas en este país se encuentra entre los cincuenta y cuatro (uno de cada cinco estadounidenses) y los noventa millones (uno de cada tres estadounidenses). Se define la enfermedad crónica como toda limitación física, psiquiátrica o cognoscitiva que interfiere de manera significativa en la vida diaria. Por consiguiente, esta definición abarca un gran número de enfermedades, entre ellas las del corazón, la diabetes, la esclerosis múltiple, la distrofia muscular, la enfermedad de Parkinson, la ceguera, las lesiones traumáticas del cerebro, los defectos de nacimiento y un gran número de enfermedades mentales.
Según la Asociación Norteamericana de Dolor Crónico, se calcula que unos cincuenta millones de estadounidenses viven con dolores crónicos. Se definen estos dolores crónicos como incomodidades físicas continuas que son lo suficientemente graves como para interferir de manera significativa en las actividades normales de la vida. Entre los dolores crónicos se encuentran las lesiones en la espalda, la artritis reumatoide, las neuropatías, el cáncer, los desórdenes gastrointestinales, y las migrañas. Las dos terceras partes de los cincuenta millones de estadounidenses que viven con dolores crónicos, llevan ya más de cinco años en esta situación. Puesto que nuestra percepción del tiempo es relativa, imagínese lo largos que deben parecer cinco años de dolores constantes.
Muchos de los que sufren de EC/DC prefieren hablar de sus problemas con otras personas. El temor a no ser comprendidos, la vergüenza, y la sensación de fracaso son las razones más comunes para no buscar ayuda. Sin embargo, un pastor compasivo que esté dispuesto a enfrentarse a los abrumadores problemas de alguien que sufre de EC/DC, tiene una oportunidad única de ministrar esperanza a los que no la tienen.
Los dolores crónicos aumentan el tormento por el que pasan los que tienen enfermedades crónicas. Los dolores continuos, tanto si son moderados como si son muy fuertes, pueden agotar al cristianismo más fiel. Las siguientes palabras de uno de mis clientes demuestran lo enorme que es el daño que realiza en él su neuropatía crónica. "Algunos días me parece que ya no me voy a poder mantener de pie. Día tras día, el dolor me agota. Siempre está presente. Me destroza. Unos días es peor que otros, pero siempre está presente. A veces, el dolor es una punzada sorda, como un dolor de muela. Yo me digo: esto no es tan malo. Se puede soportar. Pero en cualquier momento, ese dolor sordo estalla sin advertencia alguna y siento que una puñalada de dolor me atraviesa, como si fuera un cuchillo tan afilado como una navaja de rasurar. Trato de no lanzar un grito, pero a veces jadeo sorprendido y me agarro la pierna. Peor que el dolor es ver la mirada de tristeza en el rostro de mi esposa."�1
A partir de las estadísticas antes citadas, hay una gran posibilidad de que lo llamen para ayudar a alguna persona que sufra de EC/DC. Tal vez la enfermedad crónica de esa persona haya limitado seriamente su movilidad. Es posible que sus dolores crónicos le hayan arrebatado su capacidad de trabajo. Cuando se enfrente al espinoso problema que significa ayudar a un miembro de su iglesia que tenga EC/DC, ciertamente le harán falta la sabiduría y la comprensión del Espíritu Santo para ser eficaz.
A los que tienen una salud relativamente buena les es difícil comprender las experiencias de vida tan única por las que pasan los que tienen EC/DC. Con todo, hay un esquema de actitudes, creencias, y formas de conducta comunes que se hallan presentes en la persona con una enfermedad crónica o llena de dolores. Al comprender estos asuntos comunes, el consejero pastoral estará mejor preparado para ayudar a los que tienen EC/DC.La angustia que causa el intento de soportar un dolor que no cesa, es dañina al ser humano. He dividido la personalidad humana en tres dimensiones fundamentales que reciben un impacto negativo cuando se tienen EC/DC.
La dimensión espiritual
La dimensión espiritual contiene los esfuerzos y anhelos sobrenaturales del alma humana. Muchas veces, los que tienen EC/DC albergan serias dudas acerca de la naturaleza, o aun de la realidad de Dios. Por consiguiente, es vital que muy pronto dentro del proceso de consejería, el pastor abra con todo respeto la puerta a una conversación sobre las creencias espirituales de su aconsejado, y su relación con Cristo. Conforme progresa la consejería, el pastor habrá ido preparando el escenario para ministrarle la salvación o para fortalecer su fe, si ya es creyente. Sólo permitiendo que Cristo sea quien lleve sus cargas, podrá esa persona hallar la suficiente fortaleza para soportar unos dolores o sufrimientos interminables.
¿Por qué?
Lo más problemático es que al consejero pastoral se le pida que responda a una serie de preguntas sobre los porqués de las cosas. Concretamente, éste: "¿Por qué debo sufrir este dolor y esta enfermedad?"� Hay muchas otras preguntas semejantes que se hacen con frecuencia: "¿Por qué no soy sanado?"�, "¿por qué un Dios amoroso permite que haya dolor y sufrimiento?"� Estas preguntas se encuentran entre las más significativas de todo el cristianismo. Las respondo de manera detallada en mi libro Struck Down But Not Destroyed!: A Christian Response to Chronic Illness and Pain ["Derribados, pero no destruidos: una respuesta cristiana a la enfermedad crónica y al dolor"�].
A continuación, tres explicaciones bíblicas sobre la razón de que las EC/DC se hallen presentes en este mundo.
En primer lugar, vivimos en un mundo manchado por el pecado. El paraíso terrenal perfecto creado por Dios (el huerto del Edén) se perdió. Pablo explica que "como el pecado entró en el mundo por un hombre [Adán], y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres"� (Romanos 5:12). Todos los habitantes del mundo, de una forma u otra, se enfrentan a las enfermedades, a los dolores, al envejecimiento y a la muerte, a causa del pecado original de Adán y Eva.
En segundo lugar, el hecho de que alguien tenga EC/DC no indica que Dios lo esté castigando por algún pecado personal. Pablo afirma lo siguiente en su carta a la iglesia de Roma: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios"� (Romanos 3:23). Si tener EC/DC fuera un castigo por los pecados personales, entonces todas las personas habrían sido azotadas por ellos.
La Biblia sí describe circunstancias en las cuales el pecado de una persona ha producido su enfermedad. No obstante, es esencial que sólo se llegue a considerar esta posibilidad después de mucha oración y de que el Espíritu Santo lo haya confirmado. Los que consuelan al estilo de los amigos de Job le pueden hacer un gran daño a la persona con EC/DC, que ya se siente apartada.
En tercer lugar, Dios podría estar permitiendo que experimentemos el sufrimiento para nuestro crecimiento y beneficio personal. Según el salmista, "bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos"� (Salmo 119:71). Muchas veces, sólo cuando nos vemos batallando con una carga, y no tenemos ningún otro lugar al cual acudir, es cuando buscamos a Dios con sinceridad y fe.
Cuando aconsejemos a los que tienen EC/DC, es importante que insistamos en el hecho de que el Señor comprende su dolor y se identifica con sus sufrimientos. Él conoció todo tipo de sufrimientos físicos, emocionales y espirituales. El profeta Isaías lo describió como "varón de dolores, experimentado en quebranto"� (Isaías 53:3). A pesar de los sentimientos de distanciamiento y de soledad que experimenta la persona con EC/DC, hay consuelo en saber que Jesús "llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores"� (Isaías 53:4). Él acompaña a lo largo del camino a la víctima de EC/DC, a fin de aliviar sus angustias.
Los sentimientos de ineptitud/una pobre autoestima
Cuando una persona con EC/DC se trata de adaptar a una vida en la que hay inmensas limitaciones, es típico que su autoestima sufra. Vivimos en una sociedad que premia el buen éxito y los logros. Con mucha frecuencia nuestro sentido del valor está atado a nuestro trabajo o a nuestras posesiones. Las personas que se hallan confinadas a una silla de ruedas, o que tienen que usar un perro guía, ya no tienen la misma capacidad para trabajar o para competir con las personas saludables. Por tanto, ya no son parte del grupo.
Es esencial que un consejero pastoral recuerde a la persona con EC/DC que en el mundo hay un falso sistema de valores. La gente necesita que se la anime a ver que su valor ante Dios es incondicional, y que no se basa en su actuación. En primer lugar, "y creó Dios al hombre a su imagen"� (Génesis 1:27). En segundo lugar, "el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios"� (Romanos 8:16). Todos y cada uno de los cristianos son parte esencial y única del cuerpo de Cristo, cualesquiera que sean sus limitaciones. Las enfermedades o los dolores no disminuyen la importancia del papel que desempeñamos en el plan de Dios.
La dimensión de las relaciones
El alejamiento
Los que tienen EC/DC muestran una irresistible tendencia a alejarse de sus amigos, vecinos, compañeros de trabajo, hermanos de la iglesia, y familiares. También se alejan de actividades en las que han estado ocupados continuamente, entre ellos la asistencia a la iglesia. Los pastores necesitan ser cuidadosos para no sentirse ofendidos o reaccionar con demasiada fuerza ante su ausencia. Aunque ellos se aíslan como forma de protegerse, esto sólo empeora sus sentimientos de separación y de soledad.
Muchas veces el alejamiento de una persona daña gravemente sus relaciones con su cónyuge. Según una encuesta reciente sobre salud a escala nacional, la proporción de divorcio de matrimonios en los cuales uno de los cónyuges tiene EC/DC, es superior a setenta y cinco por ciento. De manera que el cónyuge también es víctima de los EC/DC. Los pastores que aconsejan a personas casadas con EC/DC tienen una insoslayable necesidad de pensar en una consejería matrimonial y de familia (según las edades de los niños), además de las sesiones individuales.
La hipersensibilidad
La persona con EC/DC se muestra hipersensible ante la más mínima insinuación de desaprobación o de condescendencia. Por ejemplo, hay pocas cosas que la puedan alejar con tanta rapidez, como cuando alguien le dice: "Yo sé exactamente por lo que estás pasando"�. Aunque la diga el más amoroso de los pastores, esta afirmación hiere como un cuchillo a la persona que tiene EC/DC. Algo que es dicho con la intención de que sirva de consuelo y muestre empatía, es entendido como simple palabrería. A la persona excesivamente sensible que está batallando con EC/DC, esto sólo sirve para alejarla aún más de las personas normales. No obstante, el consejero pastoral que es espiritualmente maduro se puede mover en la compasión de Cristo. Puede salvar el abismo creado por alguna persona de pocos sentimientos. El pastor puede mostrar el amor y la aceptación de Dios. El salmista David se regocijaba con estas palabras en el amor eterno de Dios por sus hijos: "Porque grande es hasta los cielos tu misericordia, y hasta las nubes tu verdad"� (Salmo 57:10).
La dimensión emocional
La depresión y la ansiedad
En casi todos los casos de EC/DC, la vida emocional del que los sufre queda afectada negativamente. Conforme pasa el tiempo, cada vez es menos capaz de manejar el estrés. Se calcula que veinticinco por ciento de los que tienen EC/DC reúnen los criterios clínicos que definen la depresión crónica (distimia). La mayoría de las personas con depresión clínica también sufren de alguna forma de desorden de ansiedad. Ambas cosas juntas roban a la persona con EC/DC los recursos espirituales, la energía emocional, y el enfoque intelectual necesarios para combatir sus dolores y su enfermedad.
Las personas que tienen depresión crónica (distimia) van por la vida en cámara lenta. Sus reacciones emocionales se ven embotadas y sobre su cabeza flota una negra nube de pesimismo. Hasta la actividad más básica les parece por encima de su capacidad de acción. Nade les da gozo. Se sienten privados de toda esperanza.
Añadamos ahora los síntomas de la ansiedad a los de la distimia. La ansiedad hace que la persona se sienta nerviosa e incómoda. Se preocupa por todo. Su mente corre de un pensamiento negativo a otro. Hasta es posible que experimente un ataque de ansiedad aguda que cause que el corazón le lata mucho más deprisa y le tiemblen las manos mientras la adrenalina le corre por las venas.
Para combatir la depresión y la ansiedad, el pastor debe ayudar a los que tienen EC/DC a comprender que ambas cosas son reacciones comunes ante su crisis de salud. Debe recomendar a sus aconsejados que Dios es su fortaleza siempre presente y su esperanza en los momentos de desaliento. El salmista escribió: "Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvación"�. Cristo mismo nos exhorta, diciéndonos: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar"� (Mateo 11:28).
El desorden de adaptación
Esta categoría de síntomas se refiere a la confusión y la inactividad que inundan a los que sufren con EC/DC. Al sentirse abrumados y sin seguridad o certeza en cuanto a la forma de proceder, se paralizan y no hacen nada. Los que sufren de esto se vuelven pasivos e incapaz de ayudar en su propia recuperación.
Lo típico es que el desorden de adaptación se produzca durante la aparición inicial de su enfermedad o lesión. Es entonces cuando la persona debe enfrentarse por vez primera a las muchas limitaciones y a los muchos cambios con los cuales ahora tendrá que vivir. Es importante que el pastor se ponga en contacto con los miembros de su congregación tan pronto sepa que han pasado por una enfermedad debilitadora o que han sufrido un accidente. En esta etapa temprana se pueden poner las bases que ayudarán a acelerar el proceso de adaptación a su nuevo estado. Si el desorden de adaptación se llega a convertir en un estilo de vida a largo plazo, será mucho más difícil ministrarles.
Conclusión
Está claro que los problemas que rodean a las situaciones de EC/DC son muchos y complejos. A pesar de las dificultades, si el Espíritu Santo lo ha dotado de la capacidad y la compasión necesarias para aconsejar, lo exhorto a que se acerque a la persona que sufre y que muchas veces se halla aislada con su problema de EC/DC.
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Nota
1. Doug Wiegand, Struck Down But Not Destroyed!: A Christian Response to Chronic Illness and Pain (Rainbow End Publishing, 1996).


