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Cómo adoptar el amor de Dios por la diversidad:

una teología de pluralidad cultural y étnica

Por Craig S. Keener

Regularmente oramos que sea hecha la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. ¿Cómo se verá eso? En primer lugar, eso se percibe como unidad entre etnias y culturas en medio de diversidad. Por la eternidad, el pueblo de Dios de todas las naciones adorará al Señor alrededor del trono (Apocalipsis 5:9; 7:9). Dios puede usar a su iglesia, como heredera del Reino, para anunciar o prefigurar cómo será el mundo del futuro. La adoración de toda raza y cultura es parte de nuestra anticipada percepción de cómo será el cielo.

En 2006, los pentecostales y carismáticos conmemoraron el centenario del avivamiento de la Calle Azusa. Dirigido por el pastor afro-americano William J. Seymour, desde un comienzo este avivamiento se caracterizó por ser interracial. El nacimiento de una variedad de culturas en el moderno movimiento pentecostal no debe sorprendernos, puesto que fue así también en el primer Pentecostés.

EL BABEL INVERTIDO EN PENTECOSTÉS

En el primer Pentecostés de la iglesia, Dios comenzó a cumplir su promesa para los últimos tiempos de inspirar a su pueblo a profetizar (Hechos 2:17,18), pero al comienzo lo hicieron en idiomas de otros pueblos (Hechos 2:4–6). En esta ocasión, los judíos de muchas naciones reconocieron muchos de los idiomas locales que se hablaron (Hechos 2:9–11).

Muchos eruditos han manifestado que las localidades de donde venían estos judíos se asemejan mucho a la lista de naciones en Génesis 10 (excepto que se describen en términos del primer siglo). En Génesis 11, Dios esparció a estos pueblos en la torre de Babel al confundir su lengua. En cambio, en el Pentecostés, Dios nuevamente suplió una diversidad de idiomas, pero no para dividir a la humanidad. Esta vez, mediante el nuevo don de lenguas, Dios reunió una iglesia unida de entre muchas culturas, mostrando en el libro de los Hechos el resto de su plan.

¿Cuán importante es el asunto de la unidad entre culturas y etnias para la comprensión del Pentecostés? Recuerde la promesa de Cristo: el Espíritu nos dará poder para que seamos testigos hasta lo último de la tierra, para que seamos testigos a través de las barreras culturales (Hechos 1:8). Para esta investidura de poder del Espíritu es tan importante el testimonio sin barreras culturales que Dios decidió confirmarlo con la especial señal de que sus siervos lo adoraran en idiomas de otros pueblos. No es nada sorprendente que desde la Calle Azusa hasta ahora, la obra misionera haya sido la característica del pentecostalismo. Como resultado, mucho del mundo cristiano hoy consideran a los pentecostales como ejemplo de efectiva obra misionera.

POCOS VISIONARIOS Y MUCHOS DE LENTO APRENDIZAJE

Sencillamente porque el Espíritu nos ha dado poder para llevar el evangelio a todas las culturas, razas, y grupos étnicos, no significa que automáticamente comprenderemos y haremos uso del poder que Él nos ha dado. Muchos de la iglesia de Jerusalén fueron lerdos en comprender el plan de Dios.

Los primeros en captar la visión fueron los creyentes judíos helenistas, una minoría cultural dentro de la iglesia de Jerusalén. Como ellos ya estaban acostumbrados a más de una cultura, tenían un sentido de las dinámicas del ministerio sin barreras culturales. Felipe, uno de los predicadores helenistas, fue uno de los precursores de la iglesia que hizo obra misionera en Samaria (Hechos 8:5–13). Una vez que los apóstoles llegaron de Jerusalén y vieron que la obra era del Señor, ellos también participaron (Hechos 8:25). Pero fue Felipe quien abrió nuevos caminos.

Después del avivamiento en Samaria, Dios envió a Felipe a encontrarse con un importante funcionario de la corte de Etiopía (Hechos 8:26–39). Este ministro público, que como eunuco no podía llegar a ser del todo judío, llegó a ser el primer creyente gentil. Su conversión no produjo controversia. Como regresó a su tierra, aparentemente la iglesia de Jerusalén no se enteró acerca de él. De todos modos, él no vivía en el país de ellos y no sentaría precedentes problemáticos.

No obstante, es obvio que la aceptación de gentiles incircuncisos causara controversia. Dios pronto envió a Pedro a casa de Cornelio, un centurión del ejército romano que ocupaba Judea. A pesar de las  instrucciones de Jesús de que debían ser testigos hasta lo último de la tierra, fue necesario que Pedro recibiera una dramática visión para que cambiara su perspectiva acerca de los gentiles (Hechos 10:28,29). Después de enterarse de la visión que había recibido Cornelio y de ser testigo del derramamiento del Espíritu en casa de este oficial romano, Pedro y sus compañeros reconocieron que Dios había aceptado a los gentiles (Hechos 10:44–48). Solo después que Pedro refirió las múltiples confirmaciones del plan de Dios la iglesia de Jerusalén reconoció que Dios también recibía en su redil a los gentiles (Hechos 11:18).

LA TRÁGICA REACCIÓN

La aceptación de Dios de un puñado de conversos gentiles no preocupó mucho a la iglesia de Jerusalén siempre que no pasaran de ser eso; es decir, que se los pudiera considerar la excepción. No obstante, los informes de grandes números de conversos incircuncisos puso en riesgo esta “excepción”.

Los judíos insistían en que los conversos gentiles al judaísmo se circuncidaran. Los seguidores de Cristo en Jerusalén se veían mal ante sus iguales si no insistían en el mismo requisito. Frente a la continua opresión de parte de los gentiles, un loco emperador que trató de profanar el templo, y el breve reinado de un rey judío que incitó el fervor nacionalista, Jerusalén aumentó en conservativismo en los años 40, 50, y 60 del primer siglo. En casi todas las culturas la iglesia es un reflejo de la sociedad en lo positivo como en lo negativo, y la iglesia de Jerusalén no era una excepción. Algunos comenzaron a insistir en que los conversos gentiles se circuncidaran (Hechos 15:1,5; compárese Gálatas 5:11; 6:12). Aun en nuestro tiempo, las iglesias que envían misioneros muchas veces confunden su propia cultura con el evangelio e insisten en que los conversos del país donde hacen la obra se conformen a la cultura de la iglesia enviadora.

Por tanto, la iglesia debatía nuevamente si se debía recibir a los gentiles como gentiles sin requerir que ellos dejaran su propia cultura. Pablo y Bernabé refirieron que Dios había confirmado su ministerio con señales y maravillas; Pedro recordó a la iglesia de su anterior episodio con Cornelio, y Jacobo cerró el debate con un argumento de las Escrituras (Hechos 15:7–21), salvando nuevamente la unidad de la iglesia.

Sin embargo, siguió aumentando el nacionalismo en Jerusalén y escaló la tensión entre la iglesia solimitana y las jóvenes iglesias más allá de la Tierra Santa. Pablo quiso que su última visita a Jerusalén fuera una misión de paz, y llevó representantes de las iglesias de judíos y gentiles de la diáspora, junto con una ofrenda para los creyentes pobres de Jerusalén. Pronto se enteró de que algunos creyentes habían aceptado los falsos rumores acerca de él. Algunos argüían que si Pablo respetaba la cultura de los gentiles debía rechazar la cultura judía (Hechos 21:21). Pablo aceptó demostrar su identificación con su propia cultura judía para disipar estos falsos rumores (Hechos 21:23–26).

No obstante, en medio de la misión de reconciliación de Pablo, fue atacado por algunos que se oponían a su misión a los gentiles (Hechos 21:27–29). En ese ambiente hostil, Pablo hizo un último intento de explicar su misión. La multitud en el templo escuchó su proclamación de Jesucristo. Uno pudiera haber esperado una respuesta al mensaje de salvación como la que tuvo Pedro en el templo una generación antes. Dado el llamado de Pablo, no obstante, él no pudo dejar de hablar acerca de Cristo. Los que de corazón aceptaron el evangelio llegaron a ser parte de iglesia del Señor, y los verdaderos miembros de iglesia de Cristo tienen que recibir a otros miembros de la iglesia del Señor. De modo que Pablo habló acerca de su llamado a llevar el evangelio a los gentiles (Hechos 22:21) y de inmediato enfureció a su público y nuevamente se armó un alboroto (Hechos 22:22).

Lo que los oyentes de Pablo no sabían era que su discurso posiblemente era su última oportunidad para una libertad nacional. Era difícil establecer una iglesia unida de judíos y gentiles, pero el curso alternativo de airado nacionalismo llevaría a la destrucción de Jerusalén solo algunos años más tarde. Es de admirar que la gran iglesia de Jerusalén estaba alcanzando eficazmente a su propia cultura (Hechos 21:20); pero su sospecha de la misión a los gentiles era falta de visión. En el plan de Dios, las emergentes iglesias de la diáspora eran la semilla del futuro.

OTRO MODELO

Los habitantes de Jerusalén eran casi exclusivamente judíos, de modo que no se puede esperar que las iglesias hayan llegado a ser multiétnicas, aunque hubiera sido propio que tuvieran mayor aprecio por las iglesias que lo eran. Pero la situación era distinta en la cosmopolitana Antioquía. Allí los judíos, los griegos, los sirios, y otros grupos constituían las minorías, y allí los esparcidos creyentes helenistas captaron la visión del Espíritu para la evangelización de los gentiles (Hechos 11:19–21).

Conforme la iglesia en Antioquía llegó a ser multiétnica, estableció un equipo de liderazgo diverso que podía ser sensible a las necesidades de todos los grupos representados en la iglesia. Saulo era de Tarso pero se crió en Jerusalén (Hechos 22:3). Su educación y sus contactos revelan que era de una familia prestigiosa, aunque la heredada ciudadanía romana posiblemente se remontaba a sus antecesores que eran esclavos que habían recibido su libertad. Bernabé era un levita de Chipre; Manaén había sido criado con Herodes Antipas; Lucio era de Cirene, una ciudad cosmopolitana del norte de África dividida más o menos igual entre griegos, judíos, y norafricanos. Simón tenía por sobrenombre “Niger”, un común nombre romano, pero que cuando se usaba como sobrenombre significaba “negro”. Muchos eruditos sugieren que él, como Lucio, era norafricano, tal vez descendiente de africanos conversos al judaísmo (Hechos 13:1).

La visión de la iglesia en Antioquía era edificar una iglesia de diversas etnias y culturas, no sólo en Antioquía, sino también por todo el mundo. La tarea era tan grande que sólo una fe inspirada por el Espíritu pudo haberse atrevido a imaginarlo: alcanzar a un mundo conocido de por lo menos cien millones de personas con apenas un puñado de gentiles entre ellos que creían en el único Dios. Pero la iglesia en Antioquía era de veras llena del Espíritu. Como el Espíritu anunció una iglesia diversa en el día de Pentecostés, envió a Felipe a hablar al funcionario africano, a Pedro a predicar al romano Cornelio (Hechos 8:29; 10:19), y confirmó que Dios recibía a samaritanos y gentiles al darles el Espíritu (Hechos 8:14–17; 10:44–46), aquí el Espíritu envía a Pablo y a Bernabé (Hechos 13:2,4). Ellos evangelizaron a Chipre y el sur de Asia Menor. En su siguiente viaje, cuando Pablo zarpó de Troas a Filipos, griegos y romanos consideraron que traía a Europa un mensaje asiático. Pero más importante, desde una perspectiva bíblica, Dios seguía llevando su mensaje universal a todas las naciones.

Guiado por el Espíritu, Pablo estaba listo a adaptar su cultura para alcanzar a todos los pueblos con el gran mensaje transcultural de Cristo (1 Corintios 9:19–23). Como su  mensaje rechazado en el templo de Jerusalén (Hechos 22:21,22), sus epístolas ofrecen un claro sentido de la importancia de la unidad multiétnica para el corazón mismo de su evangelio. La dominante división étnica en la iglesia de sus días permaneció como la división entre judíos y gentiles, una división que Dios mismo había establecido en la historia. Al observar cómo el evangelio de Pablo supera una división que había sido establecida por Dios mismo, nos invita a aplicar el mismo evangelio a otras divisiones establecidas por egoísmo y orgullo humano.

LA UNIDAD ÉTNICA Y EL CORAZÓN DEL MENSAJE DE PABLO

Si somos tentados a preguntarnos si el evangelio tiene implicaciones para la unidad étnica y racial en  la iglesia de Cristo, no tenemos que mirar muy lejos. La epístola de Pablo a los santos en Roma se dirigió a una iglesia étnicamente dividida. Algunos años antes, el emperador Claudio había expulsado al pueblo judío de Roma. Los creyentes judíos, como Aquila y Priscila, se habían mudado a otro lugar (Hechos 18:2). Debido a esta expulsión, la iglesia en Roma posiblemente consistía en gran parte de gentiles durante muchos años antes de la muerte de Claudio y hasta que retornaron los creyentes judíos. Las congregaciones judías y las gentiles, con distintas normas y costumbres, ahora tenían que unirse, pero sus diferencias produjeron conflicto cultural.

Pablo les recordó que su unidad en el evangelio debía trascender a sus diferencias (Romanos 1:16; 10:12,13). Él estableció que los gentiles estaban perdidos en sus pecados (Romanos 1:18–27), pero que también lo estába el pueblo judío (Romanos 2:12–29). Todos somos pecadores y estamos bajo el juicio de Dios (Romanos 2:9; 3:9). Pero si todos estamos igualmente perdidos, entonces todos tenemos que ser salvos bajo los mismos términos: por la fe en Cristo.

Los judíos muchas veces creían que eran salvos por ser hijos de Abraham. Consideraban que eran parte de los salvados porque tenían el pacto de la circuncisión. No obstante, Pablo recordó a los creyentes en Roma que la circuncisión espiritual y la descendencia espiritual de Abraham no es lo que contaba para la salvación (Romanos 2:25–29; 4:9–12); ellos tenían que creer como Abraham (Romanos 4:11,12,16). Además, en caso de que alguien todavía quisiera apelar a su descendencia de Abraham para la salvación, Pablo les recordó que todos eran descendientes de Adán (Romanos 5:12–21). El pueblo judío consideraba su posesión de la Ley como señal de superioridad sobre los gentiles, pero Pablo señaló que aunque la Ley podía enseñar la diferencia entre el bien y el mal, no tenía poder para justificar (Romanos 7:7–12).

El pueblo judío tenía privilegios especiales (Romanos 9:4,5), pero éstos no garantizaban la salvación. Ni Ismael ni Esaú recibieron la promesa; la mera descendencia genética de Abraham no garantizaba participación salvadora en el pacto de Dios (Romanos 9:6–13). Los judíos enfatizaban que eran linaje escogido de Abraham; pero para la salvación, Dios podía escoger sin consideración de etnia (Romanos 9:19–29), únicamente sobre la base de la fe en Cristo (Romanos 9:30–10:15). Todos somos salvos de la misma manera. Por lo tanto, el evangelio que nos reconcilia con Dios también nos reconcilia unos con otros.

El problema que tenían en Roma, no obstante, no era sólo que los creyentes judíos menospreciaban a los gentiles. Pablo amonestó a los creyentes gentiles a no despreciar al pueblo judío o a su herencia (Romanos 11:17–24). Los gentiles de Roma menospreciaban al pueblo judío en parte debido a sus costumbres alimenticias y sus días santos, que se diferenciaban de las prácticas romanas. Pablo enfatizó que no debemos menospreciarnos unos a otros debido a esas diferencias; podemos mantener las diferencias culturales y sin embargo estar unidos en Cristo (Romanos 14:1–23). La unidad no significa uniformidad, que por lo general significa asimilación en la cultura dominante. En cambio, debemos apreciar los dones que ofrece cada cultura, y mantener la unidad no por alguna cultura superior sino por nuestra común fe y por el Espíritu.

Cerca del fin de la epístola, Pablo menciona a Jesús (Romanos 15:8,9) y a sí mismo (Romanos 15:16,25) como ejemplos de siervos de todos los pueblos. Su final exhortación en Romanos incluye la advertencia contra los que causan división (Romanos 16:17). En la práctica, esto significa que no debe haber segregación racial (compare con Gálatas 2:11–14); tenemos que trabajar, vivir, y amar unidos. En Romanos, Pablo llama a los creyentes a superar una barrera que Dios mismo ha establecido en la historia, la barrera entre judíos y gentiles. En este caso, ¿cuánto más nos llama a superar las barreras establecidas meramente por el pecado y la intolerancia humana?

UN NUEVO TEMPLO

El conflicto de Pablo en el templo de Jerusalén comenzó cuando algunos judíos de Éfeso erróneamente acusaron a Pablo de haber traído a un efesio gentil al sagrado templo (Hechos 21:28,29). Como tanto los acusadores de Pablo como sus compañeros gentiles eran de Éfeso, seguramente la iglesia en Éfeso se enteró de cómo Pablo terminó en custodia romana.

Cuando Pablo escribió la epístola a los Efesios, la iglesia sabía que él había sido acusado de introducir a un en la corte interior del templo donde sólo se permitía entrar a judíos. No había esta división en tiempos del Antiguo Testamento, sino que fue establecida en el templo de Herodes para acomodar la comprensión de los sacerdotes de los requisitos de pureza. Para Pablo, y para su público en Éfeso, no había mayor símbolo de la barrera divisiva entre judíos y gentiles que esa pared. Por eso el  mensaje de Pablo a ellos es tan enfático. En el contexto de hablar de un nuevo templo, Pablo declara que la pared de separación ha sido derribada por la cruz de Cristo (Efesios 2:14,19–22).

Pablo no fue el primero que puso en tela de juicio esta división en el templo. Una generación antes, Jesús derribó las mesas en el templo y proclamó que el templo debía ser “casa de oración para todas las naciones”, pero que los presentes encargados lo habían convertido en “cueva de ladrones” (Marcos 11:17). En esta declaración Jesús entretejió dos pasajes. El primero declaraba el plan de Dios de recibir a los gentiles (Isaías 56:3–7); el segundo declaraba juicio para aquellos que pensaban que el templo les ofrecía refugio del juicio aun sin arrepentimiento (Jeremías 7:4–14). En parte, Jesús estaba anunciando su juicio sobre una institución religiosa segregada. Cuarenta años más tarde, el templo terrenal se hallaba en ruinas.

Cuando una mujer samaritana reconoció que Jesús era profeta, ella comprendió que los judíos tenían razón acerca de la religión. Después de todo, los samaritanos no creyeron en profetas entre Moisés y el Mesías. Lamentablemente, ese reconocimiento la dejó en el aire porque los samaritanos no eran bienvenidos en el templo de Jerusalén. Así que Jesús le habló acerca de un nuevo templo que no estaba en Jerusalén (donde adoraban los judíos) ni en el Monte Gerizim (donde habían adorado los samaritanos), sino “en Espíritu y en verdad” (Juan 4:20–24). Esta morada del Espíritu era el nuevo templo donde, según Pablo, eran bienvenidos judíos y gentiles (Efesios 2:14–22).

ANTES DE LAS IGLESIAS DE JERUSALÉN Y ANTIOQUÍA

Aunque el plan de Dios para un pueblo multicultural era algo nuevo para la iglesia primitiva, desde un comienzo era parte del plan de Dios, quien comenzó con la elección de Abraham para que por medio de él fueran benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12:3; 18:18; 22:18).

Dios había separado a la antigua Israel de los pueblos paganos para el propio bien de Israel, pero siempre había hecho excepciones. Los primeros creyentes muy pronto comenzaron a reconocer muchas de esas excepciones. Acusado de negar la centralidad del templo, Esteban recordó a sus acusadores que Dios habló a Abraham en Mesopotamia, que exaltó a José en Egipto, y que se reveló a Moisés en el desierto de Madián. De haber querido, Esteban también pudiera haber apelado a Jonás; a los siervos de Dios en el exilio, como Daniel y Ester o hasta a los muchos extranjeros bienvenidos en el reino de David (por ejemplo, 2 Samuel 6:10,11; 15:18–22; 1 Reyes 1:44).

Mateo también reconoció las excepciones en el Antiguo Testamento. Aunque la mayoría de las antiguas genealogías omiten a las mujeres, la genealogía al inicio del  Evangelio según Mateo menciona a cuatro. Éstas no eran, como se pudiera pensar, las más famosas matriarcas como Sara y Rebeca. En cambio, fueron Tamar, de Canaán (Mateo 1:3); Rahab, de Jericó (1:5); Rut, de Moab (1:5); y la viuda de Urías el heteo (1:6). Tres antecesoras del rey David y la madre del rey Salomón eran gentiles o, como en el caso de la esposa de Urías, tenían conexiones gentiles.

Los ejemplos de Mateo son prudentes. En Josué (contra los que piensan que el libro se opone a todos los gentiles), Rahab contrasta con el israelita Acán. Por esconder a los espías en el techo de su casa, Rahab traicionó a su pueblo y salvó a su familia; por esconder bajo tierra en su tienda parte del despojo, Acán traicionó a su pueblo y destruyó a su familia. Asimismo, el libro de Rut se centra en una moabita que llegó a ser parte del amplio propósito de Dios en la historia.

Con esta genealogía Mateo da un extraordinario comienzo a su Evangelio y expresa un poderoso mensaje a sus compatriotas creyentes. Las antiguas genealogías judías normalmente enfatizaban la pureza del linaje israelita; Mateo deliberadamente subraya la naturaleza interracial de Jesús de la descendencia legal por medio del linaje de David. (La Biblia también menciona otras uniones interétnicas divinamente señaladas, como entre José y Asenat (Génesis 41:45); Moisés y Séfora (Éxodo 2:21); o Ester y Asuero (Ester 2:17).

Este énfasis de recibir a los gentiles continuó durante la vida terrenal de Cristo. Aunque los magos fueron enemigos de Daniel, Mateo informa acerca de los magos de Persia que fueron a adorar al rey de los judíos. En cambio, el rey judío Herodes se comportó como el faraón gentil de la antigüedad al matar a todos los niñitos (Mateo 2:1–18). La brutalidad de Herodes obligó a la familia de Jesús a convertirse en refugiados en África, en Egipto, tal como Moisés una vez huyó a Madián para escapar del faraón (Mateo 2:13–15).

El Evangelio según Mateo nos da otras claves acerca del compromiso de Dios con todas las naciones. Jesús se estableció en un lugar que una vez se asociaba con los gentiles (Mateo 4:15). Él sanó al siervo del centurión (Mateo 8:5–13), y también anunció que Dios incluiría en su pueblo a muchos del oriente —como los magos— y del occidente: como los creyentes romanos (Mateo 8:11). Jesús expulsó demonios en territorio gentil (Mateo 8:28–34; fíjese acerca de los cerdos en 8:30), y en una zona conocida por ser pagana suscitó la confesión de Pedro (Mateo 16:13–20). Más tarde, los verdugos gentiles fueron los primeros en reconocer la identidad del Cristo crucificado (Mateo 27:54). El Evangelio según Mateo termina con la comisión de Cristo a hacer discípulos de todas las naciones (Mateo 28:19,20), compartiendo así el cumplimientos de la promesa de que todas las naciones oirían el evangelio (Mateo 24:14).

Al clarificar el sentir de Dios ya presente en el Antiguo Testamento, Jesús preparó el camino para la misión a los gentiles en los Hechos, que a su vez señala la meta de una iglesia de Cristo de todas las naciones.

CUMPLIENDO EL COMETIDO

Estar convencido en teoría de la diversidad pudiera ser un paso hacia adelante, pero practicarlo requiere más esfuerzo. Como creyentes, tenemos que poner nuestros recursos donde expresamos que hay necesidad, y reconocer que donde están nuestros recursos, allí estará también nuestro corazón. Después del Pentecostés, la iglesia primitiva aprendió no sólo a compartir sus recursos con su prójimo inmediato (Hechos 2:44,45), sino también con los necesitados en otras partes del mundo (Hechos 11:28–30). Uno de los propósitos del último viaje de Pablo a Jerusalén fue llevar una ofrenda a los pobres de parte de las iglesias gentiles (1 Corintios 16:1–4; 2 Corintios 8:1–9:15), como símbolo de la unidad de las iglesias judías y gentiles (Romanos 15:26,27). Aunque las iglesias deben sostenerse a sí mismas, una hambruna y la educación teológica son distintos asuntos. Hoy hay regiones donde nuestros recursos pueden ser usados más eficazmente en el reino de Dios. Tal colaboración también puede subrayar la unidad de la iglesia de Cristo, cuando cada miembro de la iglesia comparte las bendiciones de Dios para beneficio de los demás.

No obstante, los temas interculturales no tienen que ver solamente con dinero, pero muestran dónde está nuestro corazón. Los creyentes en los Estados Unidos con toda razón sintieron horror cuando los jiadistas mataron a tres mil personas el 11 de septiembre de 2001. Pero los jiadistas comenzaron a asesinar a cristianos en el norte de Nigeria varios días antes, produciendo un total de muertes mucho más elevado. Asimismo, según cálculos, diez veces más de gente, en su mayoría niños, mueren cada día de malnutrición o de enfermedades que pudieran prevenirse.

Muchos de los que mueren o que lloran la muerte de sus hijos son nuestros hermanos y hermanas. Aunque es justo que nos preocupemos por nuestra patria, ¿nos conmueve más lo que sucede a los ciudadanos de nuestra cultural o lo que sucede a nuestros ciudadanos del reino de Dios, sin pensar en nacionalidad, raza, u origen étnico? ¿Con qué reino nos identificamos primero? ¿Somos más como la iglesia de Jerusalén o como la iglesia en Antioquía?

Tampoco el principio se aplica sólo a los que están lejos. Si una minoría de creyentes aquí experimenta discriminación en el trabajo, tiene problemas de acostumbrarse a una nueva cultura, o no puede mandar a sus hijos a escuelas seguras, ¿estamos dispuestos a escucharlos y a colaborar para buscar soluciones? La unidad étnica y racial tiene que trascender nobles ideales; requiere que sigamos el ejemplo de sacrificio de Cristo de amar al prójimo como Él nos ha amado (Juan 13:14,15,34,35). Pero con el sacrificio viene bendición, porque en otras partes del cuerpo Cristo Él ha dispensado dones y recursos, de modo que ellos puedan compartir con nosotros (por ejemplo: cómo soportar gozosamente el sufrimiento; cómo restaurar a los quebrantados de corazón; o cómo ofrendar abnegadamente).

Nada enternecerá nuestro corazón hacia nuestros hermanos en Cristo de otras culturas como llegar a conocerlos y redescubrir la unidad que tenemos en Cristo. La superación de las diferencias, especialmente de cerca en la misma congregación, requiere más de nosotros. No obstante, si creemos el evangelio, creemos que podemos hallar gracia para vencer esas dificultades.

Aunque en el seminario aprendí acerca del ministerio sin barreras, comencé a comprender mejor muchos de los asuntos tratados en este artículo cuando, como pentecostal de raza blanca, me afilié a una iglesia en gran parte afro-americana. Allí escuché las historias de mis hermanos en Cristo, que muchas veces tenían que ver con abierto racismo, algo que nunca había percibido porque no me había sucedido a mí. Aprendí más cuando por algunos años viví en una comunidad afro-americana integrada sólo por mi presencia, a la vez que enseñaba en un seminario compuesto en su mayoría de afro-americanos. El ministerio en África, un matrimonio interracial, y amistades internacionales me han enseñado aun más.

La lectura de un artículo puede despertar nuestro interés, pero poner en práctica el ministerio sin barreras culturales, con todos los sacrificios, incomprensiones, y bendiciones que esto implica, es algo más profundo. Cuando comencemos a prestar atención y aprender de creyentes de otras culturas, origen étnico, y razas, comenzaremos a vivir la unidad sin barreras culturales.

ConclusiÓn

Comenzamos este artículo acerca de fundamentos bíblicos para la diversidad racial y étnica con referencia a la visión de Juan de la  unidad multicultural en cielo. Al enseñar en el Seminario Teológico de las Asambleas de Dios, Morris Williams, antiguo director de la obra misionera en África de Misiones Mundiales de las Asambleas de Dios, señalaba esta visión del cielo para enfatizar que Dios creó distintas culturas con propósito eterno. En los designios de Dios, era importante que estas culturas fueran un testimonio a su glorioso diseño a través de las edades eternas, todos unidos para servir al único Dios.

Babel ha sido invertida. En el don de lenguas, Dios nos ha dado, entre otras bendiciones, los idiomas de muchas naciones como señal de su propósito: una iglesia unida de cada raza, tribu, gente, y nación. Este es nuestro llamado; este es nuestro destino. Que se haga su voluntad ahora en la tierra, como en cielo. Amén.

Craig S. Keener

Craig S. Keener, Ph.D.,profesor de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Palmer, es autor de 14 libros, entre ellos tres que han sido premiados por Christianity Today. Él es pastor asociado en una iglesia afro-americana de seis mil miembros, y es graduado de Central Bible College y de Assemblies of God Theological Seminary.

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