La iglesia saludable:
un compromiso para las relaciones de amor y afecto
Por Pablo Polischuk

Las relaciones saludables en el cuerpo de Cristo pueden definirse como una comunidad que por un lado experimenta bondad y por el otro la ausencia del mal. Un compromiso a las relaciones de amor y afecto requieren un empuje positivo, mutuo, incondicional, gentil, y misericordioso con el fin de conectarnos más allá de nuestras diferencias. La vida en este momento representa un desafío a esta premisa porque los factores divisivos presentan impedimentos a tal armonía.
Las barreras naturales para la verdadera comunión son alimentadas por las variables demográficas siempre presentes, como el racismo, el etnocentrismo, los estratos sociales, el nivel de educación, el poder económico, y el lauro personal basado en una naturaleza narcisista. Los aspectos pecaminosos que buscamos, aludidos en Eclesiastés, como las riquezas, el trabajo, la sabiduría, y una vida desenfrenada, nos llevan a las luchas terrenales de los mejores logros en un laberinto cultural saturado por un sentido de trivialidad y vanidad. Tales luchas competitivas nos aíslan el uno del otro. Nuestra cultura narcisista nos penetra con el egotismo y nos impide descentralizarnos y enfocar la atención el uno en el otro con amor y afecto.
EL DESAFÍO DE LA DIVERSIDAD
Las investigaciones en psicología social han demostrado que nos gustan aquellos que son como nosotros, como también a los que gustan de nosotros. Así, los grupos homogéneos representan la norma. Las iglesias generalmente se caracterizan por grupos de constitución definidos naturalmente o demográficamente. Sin embargo, el contexto en el que vivimos ha sido imbuido con diversidad cultural y étnica y ha cambiado la forma en que se han caracterizado los estereotipos estadounidenses desde el establecimiento de nuestro país y nuestra cultura. A partir de una mentalidad orientada hacia el blanco, anglosajón y protestante, sostenida por individuos que se componen socialmente sobre una base funcional, ha surgido una realidad multiétnica y multicultural. La historia general y los absolutos han sido reemplazados con la interpretación parcializada, tribal, y etnocéntrica de la realidad, abriendo el universo sostenido por largo tiempo en un versátil postmodernismo sin énfasis en la verdadera catolicidad.
No es nuevo el desafío de comprometerse a relaciones de amor y afecto en un contexto multiétnico y el multicultural. Desde la iglesia primitiva en el libro de los Hechos, la Iglesia ha enfrentado tales dilemas. La elección de diáconos fue en respuesta a las demandas exigidas por las distinciones interculturales en la distribución de alimento entre las viudas de ascendencia hebraica y griega (Hechos 6:1–6). La percepción renuente de Pedro al aceptar el desafío de evangelizar a un centurión romano se narra con tono franco y sin embargo poderoso que se dirigía a su etnocentrismo (Hechos 10:28,29, 34,35). El primer concilio de la Iglesia en Jerusalén trató el dilema de las prácticas y costumbres presentadas al unir a judíos y gentiles en el mismo Cuerpo (Hechos 15). Veintiún siglos después, nosotros, en nuestro presente statu quo intercultural, enfrentamos nuestros propios desafíos.
LOS ESFUERZOS DE DESARROLLAR UNA COMUNIÓN INTEGRADA
En el empuje de desarrollar en relaciones de amor y afecto y comprometernos a ellas, han surgido varios paradigmas de integración implícitos o explícitos. La comunión intercultural cae a lo largo de una continuación entre dos polaridades en sus esfuerzos por resolver la tensión presentada por los desafíos de aculturación, asimilación, y equilibrio inherente en cualquier proceso de adaptación mutuo. La etno-ceguedad (que afirma que no vemos ninguna diferencia racial o étnica) y el etnocentrismo (que se centra en la igualdad en una forma exclusiva) son los polos opuestos.
Por una parte, un ministerio abarcador que busca absorber y asimilar a todos —sin consideración de raza, etnicidad, o cultura—, parece estar afectado de ceguedad cultural y de color. Tal posición prefiere creer que no hay factores negativos y divisivos. Esta posición también profesa una aceptación y aprobación ingenua el uno del otro, bien en niveles conceptuales o prácticos. Frecuentemente, tales posiciones hacen aparecer los acontecimientos de importancia y conducta en los que las interpretaciones de los fenómenos responden a los criterios de unidad en la diversidad. Las minorías son recibidas y absorbidas en la cultura dominante. Como resultado, las minorías se desculturizan y asimilan las maneras de ser y los arbitrios del orden prevaleciente. Sin embargo, tal integración de conducta, enfocada en acontecimientos, puede perder la verdadera comunión en un nivel ontológico, sustancial, o sub-estructural.
Por otra parte, en un esfuerzo por encontrar un lugar en el cristianismo norteamericano, los grupos étnicos y culturales tienden a congregarse según la igualdad, con modelos unificadores y egocéntricos que estructuran su comunión. El grupo en onda se une contra ellos, con límites impermeables o, a lo sumo, semipermeables que demarcan su existencia y función. El etnocentrismo tiende a aislar y atrincherar a los grupos étnicos y a dividir la iglesia en unidades basadas en sí mismas. Sean afro-americanos, hispanos, asiáticos, o de cualquier otra constitución, las iglesias étnicas tienden a conservar su estilo de culto y sus relaciones por medio de la cohesión, la estructura, y la función con su particular sabor y ritmo, junto con su sentido de dirección cultural. Al hacer esto, el orgullo etnocéntrico puede contribuir a la creencia de que nuestro grupo, servicio, culto, y comunión son mejores cuando se compara con el de ellos.
Un extremo mejora el problema intentando absorber a individuos o familias como si encajaran en la agenda dominante de la cultura expresada tradicionalmente. El otro extremo crea grupos de “adoptados tribales” con costumbres y códigos interpersonales que definen la realidad social a lo largo de una participación hermenéutica, aun una forma de pensar de nosotros versus ellos. A veces, tales diversas poblaciones pueden unirse para ocasiones especiales, pero después se vuelven a su plan separatista original.
CELEBRACIÓN DE LA UNIDAD DE AMOR Y AFECTO EN LA DIVERSIDAD
¿Qué podemos hacer para celebrar de corazón la unidad en la diversidad? ¿Qué podemos hacer para crear la unidad descrita en la oración Jesús en Juan 17? Aparte de nuestros sentimientos acerca del asunto, o de las tendencias actuales en la sociedad, nuestras actitudes, nuestros valores morales, y nuestras prácticas a menudo se alejan de lo que Dios ha definido como la realidad. Esto incluye la forma en que debemos relacionarnos, actuar recíprocamente, y el cuidado que debemos mostrar unos por otros. La Biblia enfatiza a los encuentros amistosos con propósitos saludables en mente. En el Nuevo Testamento, el término “unos a otros” (y similares) aparece 52 veces. Los mandamientos de las Escrituras apuntan al hecho de que pertenecemos a la familia de Dios, de quien derivamos nuestro nombre (Efesios 3:14,15).
El que nuestro nombre derive de Dios significa ser definido por el Creador, el Autor, y el Diseñador de la existencia humana. El “tomemos nombre” de Dios significa que estamos incluidos en los parámetros de su voluntad y propósito; el ser y hacer lo que Dios ha previsto antes de la fundación del mundo. La base de quiénes somos y lo que debemos hacer se da en las Escrituras y ha sido atestiguado por el Espíritu Santo desde el Pentecostés en adelante.
Todos somos descendientes del primer hombre, Adán. Pero desde el segundo Hombre, Cristo Jesús, derivamos una nueva humanidad. Aunque Dios escogió a Abraham para que fuera el fundador de un pueblo especial junto con mandatos explícitos dados en la Ley (el antiguo pacto), el Dios de relaciones ahora ha establecido un nuevo pacto con aquellos que creen en el evangelio. En vez de un nuevo conjunto de mandatos, el llamado es a aceptar el desafío de ser imitadores de Dios, y ser dotados con el poder de andar en amor como hizo Cristo, y desplegar conductas de amor características de los hijos amados (Efesios 5:1,2).Tales condiciones son implantadas en nuestro corazón y en nuestra mente (Jeremías 31:33; Hebreos 8:10; 10:16) y son unilaterales, incondicionalmente positivas, con gracia, misericordiosas, perdonadoras, que no guardan rencor, llenas de poder, que llevan a la comunión, y que dan lugar a constante renovación y transformación de nuestro ser.
Los efectos de ser convocados por Dios y de aceptar sus demandas son evidentes: de hoy en adelante no consideramos a nadie según el punto de vista humano. Es decir, no establecemos comunidad o comunión sobre la base de premisas culturales o etnocéntricas, sino en la nueva definición de nuestro ser en Cristo. Pablo agrega que aun cuando nosotros considerábamos a Cristo desde tal perspectiva, ya no lo consideramos así (2 Corintios 5:16). De tal modo, una posición sobrecultural regula la aceptación, la aprobación, y la promulgación de relaciones en sentido intercultural, con una extensa cobertura y una base unificadora para tal conexión. Nuestra comunión no depende de la igualdad cultural o étnica ni de la discreción cultural. Depende de nuestra conexión con un Dios que define, del que derivamos nuestro nombre, y a estar sujetos a un mandato sobrecultural de aceptarnos los unos a los otros en Cristo.
EJEMPLOS BÍBLICOS DE ENFOQUES ETNOCÉNTRICOS Y DE RECUPERACIÓN
Las fuerzas etnocéntricas son poderosas, ejemplificadas por la conducta renuente de Pedro cuando tuvo el privilegio de abrir la puerta a los gentiles en Cesarea (Hechos 10). Fue necesario que la misma visión se repitiera tres veces, con la invitación a comer algo que no era kosher (puro), porque sin esta visión hubiera sido difícil para Pedro aceptar la asignación.
Los judíos consideraban a los gentiles como indeseable, inmundos, y menos que los escogidos. Como tales, eran los proscritos del Reino. Sin embargo, Dios tenía otros planes, como se expresa en las Escrituras. El Dios que define ha llamado a todas las naciones y tribus a ser parte de su pueblo, y lo que Dios ha limpiado no debe llamarse inmundo, ni siquiera por un apóstol.
Para ejemplificar aun más la posición etnocéntrica sostenida por aquellos que se consideraban ser uno con Dios, Hechos 10:14 presenta la controversial respuesta de Pedro: “¡Señor, no!” (Si uno dice no, Él no es el Señor; si Él es el Señor, uno no puede decir que no.) Más excusas, que están al borde de ser una declaración repugnante, se registran en el primer encuentro entre el Apóstol y Cornelio, un centurión romano (Hechos 10:27–29). A pesar de la posición y conducta original de Pedro, Dios en su misericordia interrumpió el sermón bautizando en el Espíritu Santo a Cornelio y a los de su casa; un vívido y audible despliegue que se asemeja a la experiencia original del pentecostés en Jerusalén entre todos los discípulos judíos (Hechos 10:44–46). Después, en el primer concilio de la iglesia en Jerusalén, un Pedro arrepentido defendería el derecho de los gentiles a ser parte de las promesas y los beneficios del Reino (Hechos 15).
El primer concilio se reunió para enfocar los desafíos de las relaciones interculturales que se presentaban en el cuerpo de Cristo. Los esfuerzos de Pablo, Bernabé, Silas, y otros compañeros en la obra misionera tuvieron buenos resultados, y un gran número de gentiles fueron añadidos a la iglesia.
Cómo relacionarse con los convertidos gentiles, y qué hacer con ellos vino a ser el primer desafío que enfrentó la comunión intercultural e interétnica. Cuando surgieron las discrepancias, hubo perplejidad y tensión. El primer esfuerzo por resolver tales diferencias fue hacerlos como nosotros. Por lo tanto, discutieron lo que debía hacerse para asimilar, acomodar, y equilibrar la diversidad que proponía tal desafío. Sin embargo, la propuesta de acomodar a los gentiles en el molde judío no fue admitida por el Espíritu Santo, quien, por medio de una palabra de sabiduría, declaró que estos creyentes étnicos debían ser aceptados y tratados con dignidad en el Cuerpo, con tal que siguieran pautas que evitaran conductas ofensivas a los judíos. Estos pocos ejemplos de las Escrituras pueden servir de norma para el curso de acción que podemos seguir hoy (Hechos 15:5–21).
HACIA UNA IGLESIA SALUDABLE: PAUTAS CONCRETAS PARA CREAR UNA COMUNIÓN INTEGRADA, DE AFECTO Y AMOR
Cuando nos enfrentamos con barreras en la comunión —racismo, etnocentrismo, diferencias de clases, esnobismo, o narcisismo— necesitamos ser abiertos y sinceros, y tomar acción de saneamiento. Aunque esta lista no es conclusiva, los ingredientes de una comunión saludable pueden perfilarse como sigue:
Primero, la comunión presupone la aceptación abierta y sincera, y la aprobación el uno del otro desde el mismo núcleo. La comunión va más allá de un despliegue externo de conducta. Más bien, es asunto de actitudes, posiciones y procesos cognoscitivos, afectivos, y motivadores. Más aun, más allá de los eventos y procesos, es un ser subestructural, ontológico sustancial con características amorosas, de aceptación y validación.
Segundo, deje que el Espíritu Santo le dé conocimiento y convicción para que pueda tratar con su propio etnocentrismo. Descubra su propio racismo y sus prejuicios. Éstos normalmente son latentes, tácitos, y subyacentes a la apreciación cognoscitiva y a la percepción propia. Deje que el Espíritu limpie tales creencias y valores profundamente asentados, y sea transformado por la renovación de su mente.
Tercero, dé cuenta de todas las transacciones con personas de diversas culturas y etnicidad. Si cualquier transacción parece negativa, y usted reconoce la responsabilidad de mejorar las cosas, devotamente considere los siguientes pasos:
El pesar. Reconozca y estime cualquier hecho erróneo o actitudes o comportamientos de menosprecio, humillantes, de rechazo, y aislantes que tienen que ver con las relaciones interculturales en el Cuerpo.
El remordimiento. Siga el pesar con el remordimiento (un corolario emotivo para el pesar) que incluye experimentar el dolor por los pecados correlativos cometidos contra el cuerpo de Cristo.
El arrepentimiento. Más aun, adopte una actitud de arrepentimiento (cambio de mente, un giro radical de dirección) y experimente una reforma cognoscitiva, afectiva, y de conducta en su estilo de vida.
La reparación. Repare cualquiera relación dañada, tomando una iniciativa de acción, unilateral e incondicional en un ambiente de gracia y misericordia, reforzando a los demás, y proporcione un sentido de aceptación y aprobación.
La restitución. Haga algo práctico bendiciendo a aquellos que en el pasado (o en el presente) han sido proscritos, marginados, o abatidos por la cultura dominante.
La renovación. Deje que el Espíritu Santo coparticipe en sus pensamientos, su razonamiento, sus percepciones, sus recuerdos, las atribuciones de sentido, las motivaciones, los sentimientos, y las motivaciones a cambios. Experimente nuevas atribuciones significativas a la realidad definida de Dios.
La restauración. Comprométase a restaurar las relaciones según el plan original de Dios, como se ve en los relatos del libro de los Hechos y en las proyecciones escatológicas en el Apocalipsis.
Cuarto, preste atención a la manera en que Dios define la realidad, sobre todo respecto a sus criaturas, y más aun, a aquellos que están en Cristo como herederos de su eternidad. No busque sólo en el pasado la teología y la base ortodoxa, sino también extiéndase hacia adelante por fe. Tenga un punto de vista escatológico, en que el cielo está lleno de una gran multitud comprendida de cada tribu, lengua, pueblo y nación que alaban a Dios, trayendo el futuro al presente, practicando hoy lo que Dios ha previsto para la eternidad (Apocalipsis 7:9,10).
Quinto, renueve su mente. Esté al tanto de pensamientos automáticos, de percepciones y sentimientos incrustados en el etnocentrismo. Deje que el Espíritu Santo vuelva a definir en su mente la realidad intercultural que ya ha sido definida por Dios. La santificación y el crecimiento exigen nuestra rendición al Espíritu de Dios, y nuestra participación en un proceso sinergético en el que el Espíritu y nuestra carne obran u operan recíprocamente para producir resultados de comunión contraculturales y deseables.
Sexto, en vez de reaccionar negativamente hacia los del cuerpo de Cristo que tienen diversos antecedentes, sea positivo en sus esfuerzos de mostrar un amor unilateral e incondicional. Trate de comprometerse primero. No lo haga con un espíritu condescendiente, sino con una motivación y determinación sinceras de amar a quienes Cristo ha amado y ha adoptado en el Cuerpo. Ore como el salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón” (Salmos 139:23). Tome la iniciativa de inspirar al amor y a las buenas obras, consciente de la jurisdicción del Supremo Perceptor y Definidor de la realidad, quien observa todas nuestras interacciones en su Iglesia.
ConclusiÓn
Para experimentar y actualizar las relaciones afectuosas y de amor en el contexto de una iglesia saludable, necesitamos ser imitadores de Dios como hijos amados, y andar en amor como Cristo nos amó y se dio a sí mismo por nosotros (Efesios 5:1,2). Al hacer esto, desarrollamos el verdadero yo como Dios lo define, más allá del individualismo, del narcisismo, y del etnocentrismo (la identidad en Cristo). Además, desarrollamos un yo sano formado por el Espíritu Santo (la integridad). Podemos compartir con otros nuestro amor y afecto en forma apropiada (intimidad), haciendo cada esfuerzo para cumplir los planes de Dios en relaciones significativas (diligencia).
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RECURSOS
Crabb, Larry. 1997. Connecting: Healing Ourselves and Our Relationships [Conexión: sanidad propia y de relaciones], Nashville: W. Publishing Group.
Kraft, Charles, and Marguerite Kraft. 2005. Christianity in Culture: A Study in Dynamic Biblical Theologizing in Cross-cultural Perspective [El cristianismo en la cultura: un estudio en teologización bíblica y dinámica en la perspectiva de otras culturas]. Maryknoll, New York: Orbis Books.
Lingenfelter, Sherwood G. 1996. Agents of Transformation: A Guide for Effective Cross-cultural Ministry [Agentes de transformación: una guía para un ministerio efectivo en otras culturas]. Grand Rapids: Baker Book House.
Polischuk, Pablo. 2004. Llamando las cosas por su nombre [Calling It What It Is]. Miami: Vida.

