La gran controversia pelagiana

Augustine (354-430)
Por William P. Farley
La vida en la Roma del cuarto siglo era difícil aun en sus mejores momentos. Rodney Stara, señala: “Las ciudades romanas eran pequeñas, extremadamente saturadas, tan sucias que ni se puede imaginar, desordenadas, llenas de extranjeros, y afligidas con frecuentes catástrofes: incendios, plagas, conquistas, y terremotos… La amenaza de incendio era la obsesión entre los ricos y también entre los pobres… Los desagües eran zanjas que corrían por el centro de cada estrecha calle; zanjas en las que se tiraba todo, hasta de las bacinicas de noche.”1 La expectativa de vida era breve, posiblemente cerca de treinta años.
El 26 de agosto, 410 d.C., Alarico y sus ejércitos de godos irrumpieron a través de los vastos muros de Roma saqueando y violando. Por fin devino realidad una de las conquistas que los romanos siempre habían temido.
Muchos refugiados salieron de Roma hacia África del Norte, el granero de los pobladores romanos. Un monje secular llamado Pelagio (c. 354–420), con su discípulo, Celestio, se hallaba entre los que escaparon. Aunque su destino final era Jerusalén, se detuvieron en Hipona donde Agustín (354–430) era el obispo. Pelagio quería conocer al famoso maestro, pero el obispo estaba fuera de la ciudad. Pelagio le dejó una nota cortés, a la cual Agustín contestó más tarde con similar cortesía.
Continuando hacia Jerusalén, Pelagio se detuvo en Cartago, la capital de África del Norte, donde dejó a Celestio. Como portavoz de Pelagio, Celestio empezó a enseñar la doctrina de su maestro. Cuando la enseñanza de Celestio llegó a oídos de Agustín, empezó una controversia doctrinal. Estas olas controversiales han resonado a través de los siglos. Esta polémica fue significativa para la Reforma 1.100 años más tarde, y sigue siendo algo con que cada generación de creyentes tiene que luchar.
Para entender la controversia necesitamos familiarizarnos con Pelagio y Agustín. Ellos tuvieron mucho en común. Ambos nacieron en el año 354. Estaban en los cincuenta años de edad cuando empezó el debate. Pelagio era de las Islas Británicas, mientras que Agustín era de África del Norte. Ambos visitaron Roma en sus tempranos años treinta. Pelagio optó por la vida austera de un monje, ministrando a los pobres obreros y trabajadores de los puertos. Él vivió en Roma por muchos años hasta que el desalojo por lo godos lo convirtieron en refugiado. Ambos hombres fueron bien educados. Ambos estaban convencidos de que sus posiciones eran bíblicas. Ambos eran amantes de la paz; ninguno abogaba por el conflicto. No obstante, Agustín y Pelagio también difirieron en las críticas y cruciales coyunturas.
AGustÍN
Aunque Agustín vino a Roma en su juventud, a diferencia de Pelagio, pronto se mudó a Milán donde sería influido por la predicación del gran obispo Ambrosio (340–397 d.C.). Lentamente y paulatinamente Agustín sintió una gran convicción; pero le parecía imposible el cristianismo. ¿Cómo podría ser bautizado? Desde la juventud lo había dominado su apetito sexual. Una vida de castidad y pureza sexual parecía poco realista. Sintió desesperanza respecto de la conversión.
En un momento de desaliento oyó una voz al otro lado del muro del jardín que cantaba, diciendo: “Recoge y lee. Recoge y lee”. La epístola de Pablo a los Romanos estaba cerca. Cuando abrió el libro su vista cayó en Romanos 13:13,14: “No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.”2 Repentinamente, la fe en el poder de Dios emanó de su corazón abatido. Sintió la seguridad de que Dios le daría poder para cambiar.
Desde ese momento fue un converso por la gracia de Dios. Su experiencia de las garras del pecado en su interior y el poder de la gracia para romper las cadenas lo afectaron el resto de su vida.
Después de su bautismo, volvió a África, decidido a llevar una tranquila vida de celibato. Pero Dios tenía otros planes. En el puerto de Hipona pronto lo hicieron su obispo, y allí sirvió hasta su muerte cuarenta años más tarde.
Antes de morir, Agustín dejó a la iglesia un legado de cinco millones de palabras escritas con pluma y papiro. “Agustín dio forma a la historia de la iglesia cristiana —anota Juan Piper—. Su influencia en el mundo occidental es sencillamente asombrosa.”3
PELAGIO
Pablo advirtió a los creyentes corintios que Satanás a veces viene como un ángel de luz. Ese fue el caso con Pelagio. La gente se complacía con él. Era un hombre de claro intelecto, disposición afable, erudita cultura, y un carácter íntegro. Aun Agustín, con todo su rechazo a las doctrinas [de Pelagio], muchas veces habla respetuosamente de él”.4
Pelagio tenía un gran problema; no experimentó la lucha personal que tuvo Agustín con el pecado, lo cual probaría ser decisivo.
Durante sus largos años en Roma, Pelagio atrajo discípulos, y aun llegó a ser popular con algunos romanos de clase alta, entre ellos Celestio, un abogado perteneciente a una familia adinerada, quien llegó a ser su discípulo más aventajado. La vida austera de Pelagio y su pureza moral atrajeron a Celestio. A Pelagio le disgustaba la controversia, pero Celestio tenía un temperamento distinto. “Pelagio era el autor moral”, pero “Celestio era el autor intelectual del sistema representado por ellos”.5
La dependencia de la gracia era la columna vertebral del cristianismo de Pelagio. En cambio, su cristianismo dependía de un legalismo externo. Era una espiritualidad de salir adelante sin ayuda. Él era el John Wayne espiritual del siglo quinto. Él creía que Dios espera la perfección; pero creía que cada ser humano tenía la capacidad de alcanzarla. Razonaba que Dios da a todos los hombres el poder de obedecer sus mandatos. Si no, Dios sería injusto. El mensaje de Pelagio “era simple y aterrador” anota el biógrafo de Agustín, “ya que la perfección es posible para el hombre, es obligatoria”.6
Él creía que cualquier hombre que querría ser perfecto podría serlo, y que muchos santos del Antiguo Testamento lo fueron. Pensaba que el hombre podía alcanzar la perfección con voluntad y determinación. Su texto favorito era: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos” (1 Juan 5:3). “Para los pelagianos, el hombre no tenía excusa por su pecado, o por la maldad que lo rodeaba”.7
En resumen, Pelagio rechazó completamente la doctrina del pecado original, la idea paulina de que todos los hombres heredan el pecado y la culpa de Adán en el momento mismode la concepción. Este pecado paraliza la voluntad, los deseos, las emociones, y el intelecto. Por tanto, el hombre nunca puede satisfacer por esfuerzo humano los requisitos de la justicia de Dios.
Las suposiciones de Pelagio lo convirtieron al ascetismo. Dedicó su vida al ayuno, al sacrificio, y a la moralidad exterior. Pensaba que todo creyente debía hacer lo mismo porque solo un estilo de vida austero le podría garantizar la salvación.
En resumen, el interés de Pelagio era la ética, no la doctrina. Ese era su talón de Aquiles. Él quería una reforma moral de la Iglesia Católica Romana, y estaba convencido de que el problema era el malentendido de la gracia. Se preguntaba: ¿por qué uno, salvado solo por gracia, cambiaría hasta llegar a ser semejante a Cristo? En la Iglesia Católica Romana veía una moral laxa y aun indiferente. Consideraba que el culpable era Pablo por su exagerado énfasis en la gracia.
Cerca de 405 d.C., Pelagio escuchó a alguien leer la famosa oración de Agustín en sus Confesiones: “Ordena lo que quieras: da lo que ordenas”. Pelagio estaba horrorizado. Si el hombre tiene que apoyarse en la gracia de Dios para obedecer sus mandamientos, entonces el hombre no tiene responsabilidad moral. Los creyentes pueden culpar sus pecados a la indisposición de Dios para dar gracia. Él estaba convencido de que Agustín pensaba que el hombre era un robot, completamente determinado por Dios, sin ningún incentivo moral de reforma.
El TEMA
Antes de que Agustín se relacionara con Pelagio “la antropología de la iglesia era bastante tosea e indefinida”.8 Aunque la mayoría de los cristianos creían que el hombre era pecador, la naturaleza del pecado y cómo nos afecta no había sido del todo definida.
En el Salmo 8 David claramente pregunta: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8:4). “¿Qué es el hombre?” Esa era la pregunta. ¿El pecado y la culpa de Adán lo corrompen desde la concepción, o ha heredado el bien, en completa posesión de sus facultades morales, y capaz de salvase a sí mismo mediante esfuerzo propio?
Si la caída de Adán nos afecta, ¿hasta qué punto y en qué medida los hace? ¿Causa esta caída la muerte espiritual, impidiéndonos a responder a Dios, o meramente nos paraliza, dejando intactos nuestras capacidades y el deseo de volvernos a Dios?
¿Murió Jesús para ayudarnos a hacerlo nosotros mismos? ¿Murió Él porque el hombre estaba esclavizado por el pecado, incapaz de ayudarse a sí mismo, y en ansiosa necesidad de la salvación divina?
Detrás de estas preguntas se ocultaba la idea de la gracia ¿Cuánta gracia necesitan los hombres? ¿Cuán dependiente es el hombre de la gracia de Dios? ¿Da Dios gracia para hacer a los hombres santos? ¿o la santidad del hombre lo califica para recibir la gracia divina?
Las respuestas a estas y otras preguntas son importantes; afectan nuestro entendimiento de la libertad del hombre, de la condición de Adán antes de la caída, cómo la caída de Adán nos afecta, o cómo obra la gracia de Dios, la naturaleza de la regeneración, las doctrinas de predestinación y elección, si la voluntad del hombre es libre o atada, el juicio de Dios, y lo más importante, la naturaleza y el grado de dependencia del hombre de Dios.
La Victoria De AgustÍn
El debate se aceleró después que Celestio predicó sus ideas en Cartago. De 410-416 d.C. Agustín contestó a Celestio con una serie de cartas y disertaciones probando de las Escrituras la realidad y naturaleza del pecado original.
Con las cartas de Pablo, Agustín refutó a Pelagio. El pecado de Adán no era un asunto privado. Él representó a todos los hombres. Cuando Adán cayó, todos caímos. Nacemos debilitados por el pecado de Adán. (Para Agustín lo fundamental de ese pecado era el orgullo.) Nosotros también entramos al mundo con la culpa del pecado de Adán. En lenguaje teológico, Agustín enseñó que el pecado y la culpa de Adán nos son imputados. Por tanto, nacemos muertos en pecado, incapaz de creer o de responder a Dios. Agustín creía que por esta razón Dios escoge y elige a quienes serán salvos. A los escogidos Dios les da el don de la fe. Él los justifica y les da poder para crecer en santidad. Con el tiempo Dios los glorifica. Bruce Shelley resume así la antropología de Agustín: “En el punto de vista de Agustín, el pecado de Adán tuvo enormes consecuencias. Éste perdió su poder de hacer lo justo. En una palabra, murió; espiritualmente, y pronto, físicamente. Pero no estuvo solo en su ruina. Agustín enseñó que toda la humanidad estaba ‘en Adán’ y compartió su caída. La humanidad se convirtió en una ‘corrupción masiva’, incapaz de ningún bien [de salvación]. Cada persona, desde su temprana infancia a la vejez, no merece más que la condenación.”9
Lo más importante es que Agustín enseñó que Dios nos salva sin violar nuestra responsabilidad moral de buscarlo y obedecerle. Agustín abrazó el misterio de que Dios es soberano y que el hombre es responsable. Cuando yo era nuevo en el evangelio, le pregunté a un estudioso de los escritos de Agustín cómo el gran hombre pudo conciliar la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre.
“Él nunca trató de reconciliar a amigos cercanos”, respondió sabiamente mi amigo.
La teología de Agustín también generaba una profunda dependencia de Dios y de su gloriosa gracia. Su experiencia personal de la morada del pecado en él lo convenció de su gran necesidad de Dios. Su oración: “Ordena lo que quieras: da lo que ordenas”, tan detestada por Pelagio, expresa su profunda consagración. Conocía su dependencia de la salvación de Dios, de la santificación, y de todo otro bien.
Él también creía que su sistema teológico era la solución a la moral laxa. Fue solo cuando la iglesia enseñó acerca del pecado original, la impotencia de la humanidad, y de la obra de gracia de Dios que se produciría la transformación moral que Pelagio seriamente buscaba. ¿Por qué? Porque el creía que su doctrina de la gracia era profunda, que tocaba el corazón humano, transformándolo por gracia, produciendo una vida rendida a Dios en gozosa gratitud. Él creía que únicamente esta revolución interna produciría la virtud de corazón que Cristo tan fervientemente busca.
El Período Subsiguiente
Pelagio se mudó a Palestina. Allí se encontró con el gran erudito Jerónimo (c. 347–420), que también se oponía a las ideas Pelagianas.
En el ínterin, se aceleró el conflicto entre Agustín y Pelagio. Algunos cristianos se pusieron de parte de Pelagio; los demás apoyaron a Agustín. En las últimas décadas de la vida de Agustín, no obstante, la iglesia tomó cada vez máz partido con Agustín y Jerónimo. En el año 431 d.C., el Concilio Ecuménico de Éfeso, que se reunió un año después de la muerte de Agustín, denunció el pelagianismo y refrendó la teología de Agustín de la naturaleza humana. Un siglo más tarde, el *Concilio de Orange (529 d.C.) reafirmó esta decisión. Desde el siglo sexto, casi universalmente, el pelagianismo ha sido considerado una herejía y la doctrina de gracia de Agustín una ortodoxia.
Antes que él muriera, no obstante, una fuente inesperada se resistió a la enseñanza de Agustín: las comunidades ascetas que habían florecido en el desierto Egipcio. Habiendo construido su vida alrededor del ayuno, rigurosos sacrificios, y renuncias personales, a estos cristianos les pareció opresiva la libertad de la gracia pero suaves o llevaderas las doctrinas de Pelagio. No era nuevo el conflicto entre los que disfrutaban de las obras y los que se complacían en someterse a la gracia de Dios, y ha durado los siguientes siglos.
Aunque la teología de Agustín era ortodoxa, en el sentido de que afecta la vida cotidiana, a menudo y en la práctica la gente era pelagiana. Es decir, el pelagianismo era el punto de vista del hombre común. De 500-1500 d.C. la iglesia se allegó más al pelagianismo. Más y más el hombre se esforzaba por ganar la aceptación de Dios. Los siete sacramentos, la asistencia a la misa, y la obediencia al Papa se convirtieron en prioridades cruciales de la salvación.
Mucho de esto culminó en la Reforma Protestante del siglo dieciséis, una renovación del conflicto entre Agustín y Pelagio. Martín Lutero (1483–1546) era un monje agustino. Sus lecturas de las epístolas de Pablo, fortalecidas por los comentarios de Agustín, lo convirtieron a la doctrina de gracia del Apóstol. En realidad, de Agustín, tanto Lutero como Calvino, apelaron a las autoridades católicas para la aceptación de la justificación por la fe.
LeCCIONEs
¿Qué puede el pastor de hoy aprender del conflicto entre Pelagio y Agustín?
Primero, la cura de la tibieza que Pelagio grandemente temía no es más disciplina. En cambio, es la proclamación reiterada y clara del pecado de la humanidad, nuestra indignidad del favor de Dios, y la magnificente gracia de Dios que nos salva. Solo cuando vemos nuestra bancarrota, nuestra necesidad de la gracia, y nuestra dependencia de Dios, nos entregamos plenamente a Cristo y su reino.
Segundo, la historia del conflicto pelágico nos recuerda la importancia de los asuntos doctrinales. Las iglesias se levantan y caen sobre la claridad doctrinal respecto de asuntos básicos. La claridad referente a la profundidad, el poder, y la debilidad del pecado humano resulta en iglesias humildes, necesitadas, y fructíferas. Su fracaso en esta doctrina las deja tibias. Cuanto más comprendemos y aborrecemos el pecado, tanto menos nos controlará.
Lo opuesto también es cierto. Si no se enfatiza la doctrina del pecado generalmente se amplifica el mal. Cuanto mejor nos sentimos respecto de nosotros mismos, por lo general tanto peor llegamos a ser. En el siglo veinte, los ideales de Pelagio desataron muchos horrores. Todos los movimientos utópicos de los últimos cien años —comunismo, fascismo, y nazismo— empezaron y se edificaron sobre las suposiciones pelagianas acerca del hombre.
Tercero, cada generación debe librar otra vez la batalla de Agustín. El conflicto no terminó en el siglo quinto. El pelagianismo prolifera en la iglesia contemporánea. En una reciente encuesta, setenta y siete por ciento de evangélicos dijeron que creen que los seres humanos son básicamente buenos, y ochenta y cuatro por ciento cree en la salvación sobre la base de que “Dios ayuda a quienes se ayudan”.10 Sería necio suponer que este no es el caso en nuestras iglesias.
Por último, la historia del pelagianismo nos muestra que si no enseñamos agresivamente y regularmente a nuestras congregaciones acerca del pecado y sus múltiples efectos, proliferará el pelagianismo. ¿Por qué? Porque el hombre por naturaleza es orgulloso, y el orgullo lo lleva a los pies de Pelagio. Por eso decimos que el pelagianismo es la religión por defecto de la humanidad. Convencidos de su poder, los pastores sabios la resisten persistentemente.
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Notas
1. Rodney Stark, Cities of God: The Real Story of How Christianity Became an Urban Movement and Conquered Rome (San Francisco: Harper-Collins/San Francisco, 2006), 26–28.
2. Las citas bíblicas son tomadas de la Biblia Reina-Valera 1960
3. John Piper, The Legacy of Sovereign Joy: God’s Triumphant Grace in the Lives of Augustine, Luther, and Calvin (The Swans Are Not Silent) (Wheaton, Ill.: Crossway, 2006), 43.
4. Philip Schaff, The History of the Christian Church,vol. 3, (Peabody, Mass.: Hendrickson, 2006), 790.
5. Ibid., 792.
6. Peter Brown, Augustine of Hippo: A Biography(Berkeley, Calif.: University of California Press, 2000), 342.
7. Brown, Augustine of Hippo, 350.
8. Schaff, History of the Christian Church, vol. 3, 785.
9. Bruce Shelly, Church History in Plain Language (Dallas, Texas: Word, 1995), 129.
10. Michael Horton, “Pelagianism,” Modern Reformation,Enero/Febrero 1994, 31,32.
