El ciclo del evangelismo y el discipulado: un proceso que nunca termina
Por Randy Hurst
Cuando Jesús impuso a sus discípulos la Gran Comisión, ésta no fue nada nueva para ellos. A través de sus enseñanzas y sus ejemplos, Él ya los había estado preparando para esta tarea.
La misión que tenían ante sí no se limitaba a montar otro movimiento social y religioso. Debían participar en la actividad de Dios en el mundo con el fin de redimir para sí mismo a la humanidad perdida. Así como habían visto multiplicarse los panes y los pescados, aquellos discípulos participarían ahora en la labor de perpetuar y multiplicar el mensaje que Jesús les había encomendado.
Los cuatro Evangelios terminan poniendo de relieve la misión en la cual comprometió Jesús a sus discípulos al fin de su ministro en la tierra. Los pasajes de la Gran Comisión en los tres Evangelios sinópticos, y también en el de Juan, presentan con claridad una amplia misión que incluye el evangelismo y el discipulado.
William Temple, el nonagésimo octavo arzobispo de Canterbury (1942-1944), dio una definición precisa y amplia al mismo tiempo del evangelismo: “El evangelismo consiste en presentar a Jesucristo en el poder del Espíritu Santo para que los hombres puedan llegar a confiar en Él como Salvador y servirle como Señor en la comunión de su Iglesia”.
Cuando se trata por separado al evangelismo y al discipulado se está haciendo una distinción artificial. Así como no es posible trazar una línea entre los colores del arco iris, tampoco lo es separar el evangelismo del discipulado en las Escrituras. Evangelismo y discipulado no son dos partes de una progresión que comienza con el evangelismo y culmina en el discipulado. En vez de esto, lo que componen es un ciclo. El evangelismo se debe emprender con el objetivo del discipulado, y el discipulado debe preparar a los creyentes para el evangelismo.
El evangelismo prediscipulado
En la parábola del sembrador, Jesús enseña que la semilla —la Palabra de Dios, su mensaje— cae en diversas clases de suelo. Hay gente que oye el mensaje, y no responde, y hay gente que responde, pero no permanece.
Hay quienes enfocan la parábola del sembrador desde una perspectiva negativa, porque tres de los cuatro tipos de suelo no pudieron producir vida perdurable. Sin embargo, la parábola contempla por encima de esos impedimentos el triunfo de la Palabra de Dios en la producción del reino de Dios. Aunque en la parábola se dedica mucho espacio a mencionar las tres clases de suelo que son improductivas, en un campo verdadero sólo una pequeña parte de la semilla caería en terrenos así. Es decir, que la parábola no insinúa que la mayor parte de la labor del sembrador haya sido inútil.
La mayoría de las explicaciones tratan la parábola del sembrador como la presentación de cuatro clases de terreno: el terreno duro, el poco profundo, el lleno de espinos, y el bueno. Sin embargo, también se puede considerar que esta parábola sólo está presentando dos clases de suelo: el productivo y el improductivo. Se dan tres ejemplos por cada una de las dos clases de suelo. Cada persona tiene ante sí sólo uno de estos dos destinos. El resultado del evangelismo tiene que ver con el buen suelo; con aquellos en los cuales la vida no sólo comienza, sino que también crece y se multiplica.
Hay quienes enfocan el evangelismo bajo el único objetivo de hacer que un no creyente haga la oración del pecador. Pero la meta del evangelismo va más allá de una decisión para salvación. La meta del evangelismo consiste en un cambio en el estilo de vida; en que la persona siga a Cristo en obediencia a sus enseñanzas y sus mandatos. El objetivo final es obtener un discípulo; un seguidor fiel y comprometido de Cristo.
Lamentablemente, si la persona toma la decisión de recibir la salvación sin comprender el precio que hay que pagar por seguir a Cristo, puede comenzar bien, y dejar después de seguirlo y servirle. Esta situación está ilustrada por las tres primeras clases de suelo mencionadas en la parábola del sembrador. La persona recibe el mensaje, pero las aves se llevan la semilla, el sol la quema o los espinos la ahogan. Jesús explicó que las aves, el sol y los espinos representan los impedimentos que se presentan en la vida espiritual de las personas. Entre ellos se encuentran la persecución y el anhelo de riquezas. Estas cosas impiden que el mensaje tenga un efecto a largo plazo.
Por mucha que sea la pasión que sintamos por ver a la gente tomar decisiones por Cristo, es posible empujarla a tomar unas decisiones prematuras, en vez de colaborar con el Espíritu Santo mientras Él guía a esas personas, primero a una decisión y después a un discipulado.
El comprender la necesidad de que el discipulado sea el objetivo del evangelismo afectará nuestra forma de anunciar el mensaje. Jesús enseñó que sus seguidores deben comprender que hay un precio que pagar por ser discípulos suyos: “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?” (Lucas 14:27, 28).1
El no creyente debe comprender lo importante que es la decisión de recibir el perdón de Cristo y seguirlo. Los creyentes deben tener el cuidado de no manipular emocionalmente a las personas para que tomen unas decisiones que ni comprenden ni están listas para tomarlas. Cuando oremos con una persona para que reciba a Cristo, debemos asegurarnos de que comprende lo que está haciendo. Esto exige prudencia, y en ocasiones aun moderación.
Nosotros no tenemos la responsabilidad de convencer a las personas de que consagren su vida a Cristo. El evangelismo no es un asunto de simple persuasión humana; es una obra del Espíritu Santo. Jesús prometió que el Espíritu Santo convencería al mundo “de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Nuestra responsabilidad consiste en anunciar con claridad el mensaje, pero es el Espíritu Santo quien convence y persuade en su corazón al que lo escucha. Cuando comprendemos que es Dios quien toma la iniciativa y se mantiene activo en el proceso del evangelismo, esto nos capacita para actuar con osadía, porque dependemos de su obra de persuasión. También necesitamos ser pacientes, y confiar en que Él tiene su momento perfecto, en vez de tratar de empujar a la gente a que tome una decisión prematura. Esto permite que no seamos ni indecisos ni precipitados con nuestro testimonio.
El discipulado preevangelismo
El ciclo entre evangelismo y discipulado se completa cuando los discípulos se convierten en mensajeros que evangelizan y hacen más discípulos.
En cuanto a esto, la Iglesia de los Estados Unidos y de otros países prósperos puede aprender de la Iglesia en otras partes del mundo. En los últimos cincuenta años, el crecimiento de las iglesias en las confraternidades de las Asambleas de Dios de muchos países ha sobrepasado con mucho el de las iglesias nuestras. Esto es especialmente cierto en cuanto a la América Latina, el África, y partes del Asia. Una de las razones de este crecimiento explosivo, exponencial, es que en la mayor parte de los países del Tercer Mundo a los creyentes se les enseña a evangelizar, y se espera de ellos que lo hagan. Son muchos los creyentes de los Estados Unidos que esperan que sea el personal profesional y pagado de las iglesias el que haga la labor de evangelismo. En los países que no tienen un número notable de personal pagado en las iglesias, las congregaciones son mucho más activas en el evangelismo.
El que alguien llegue a ser un testigo eficaz no depende por fuerza del tiempo de que haya seguido a Cristo; ni siquiera depende de lo espiritualmente maduro que sea. Una indagación exhaustiva en miles de iglesias demuestra que la mayor parte del evangelismo personal que se hace en las congregaciones es obra de aquellos que llevan menos de un año de ser cristianos. El evangelismo personal es una parte esencial de la vida para el seguidor de Cristo. Necesita convertirse en parte del estilo de vida de todo creyente, a fin de causar un impacto en los no creyentes que lo rodean.
El objetivo
El objetivo del evangelismo y del discipulado quedó claramente descrito en la carta de Pablo a los Colosenses: “Ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído” (Colosenses 1:21-23). Después de esto, Pablo describe el objetivo que tiene la proclamación del evangelio: “A quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Colosenses 1:28). A veces esto significará la adopción de unos métodos que tal vez no produzcan tantas decisiones al principio, pero que resultarán en un número mayor de discípulos.
El interés de Jesús se centra en las consecuencias eternas del pecado y el destino eterno de cada persona. El evangelio llama a cada uno de sus oyentes a decidir y dar una respuesta ante la proclamación de la Palabra de Dios. El enfoque central del evangelio está en la salvación de aquellos que serán parte de la esposa de Cristo. La misión de la Iglesia consiste en participar en la misión de Cristo de “llevar muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10).
El ciclo formado por el evangelismo y el discipulado es un proceso interminable destinado a alcanzar y retener a las personas para que se conviertan en ciudadanos del reino eterno de Cristo.
NOTA
- Las citas bíblicas están tomadas de la Versión Reina-Valera de 1960, © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960; © renovado en 1988 por United Bible Societies.