Hacer discípulos para unos tiempos y unas iglesias cambiantes
Por Michael J. Wilkins

Estoy de pie en un acantilado cercano a mi hogar del sur de California, desde el cual veo el océano Pacífico. Veo las líneas del oleaje que se forman muy lejos en el horizonte. Esas olas que terminan rompiendo cerca de la orilla son hoy mucho más grandes de lo normal.
El tiempo está asoleado y tranquilo donde yo me encuentro. Pero cuando consulté el informe sobre la resaca, me enteré de que aquellas olas habían sido formadas muchos días antes, y a miles de millas náuticas de distancia por una feroz tormenta con fuerza de huracán frente a la punta de Nueva Zelanda.
Para navegar con eficacia sobre esas olas, se necesita saber todo lo que sea posible acerca de su tamaño, poder, dirección, y velocidad.
Las olas del ocÉano y las olas de la Iglesia
En la primera década del siglo XXI, las olas de diversas prácticas, modas y estilos siguen rompiendo sobre la Iglesia. Como las olas del océano, unas fuerzas muy lejanas en el espacio y el en tiempo generan con frecuencia las oleadas de discusiones y problemas que causan un impacto en nosotros hoy.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento paraeclesiástico produjo diversas organizaciones, como los Navigators, Campus Crusade for Christ, InterVarsity, y la Asociación Evangelística de Billy Graham. Estas organizaciones revolucionaron la labor en los recintos universitarios y el evangelismo. Durante las décadas de los sesenta y los setenta, el Movimiento de Jesús transformó las formas tradicionales para expresar la adoración. Las décadas de los ochenta y los noventa vieron llegar el movimiento de búsqueda con unas megaiglesias que alcanzaron personas que nunca habían pasado por la puerta de una iglesia convencional. En la década de los noventa y la primera década del siglo XXI, estamos presenciando el movimiento de formación espiritual. Este movimiento va más allá de los límites entre iglesias para causar un impacto en las iglesias, tanto tradicionales como carismáticas, bíblicas y emergentes con la búsqueda de una espiritualidad significativa.
Todos y cada uno de estos movimientos generaron un poder que impacta a la Iglesia hoy. Vemos distintas oleadas de discipulado y de disciplina que rompen sobre ella. La idea de hacer discípulos no es un fenómeno reciente ni único. Comenzó hace cerca de dos mil años, cuando Jesús llamó hombres y mujeres, y les dijo: “Sígueme”.
Pero hay otras fuerzas que impactan la labor de hacer discípulos tal como la conocemos en la Iglesia hoy. Las palabras discipulado y hacer discípulos son expresiones relacionadas entre sí, que se refieren a ayudar a crecer como discípulo de Jesús y ayudar a otros a crecer de la misma forma. Todos y cada uno de nosotros tenemos nuestros conceptos muy diversos sobre el discipulado y la labor de hacer discípulos, que reciben la influencia de nuestras experiencias.
Las tradiciones en el discipulado y la labor de hacer discÍpulos
Las oleadas de materiales para el discipulado que han inundado a la Iglesia en los últimos sesenta años, han hecho en muchos casos que la gente de hoy se sienta más confundida que antes cuando piensa en lo que significa ser discípulo de Jesucristo. Estas tradiciones se desarrollaron a partir de un anhelo de semejarnos más a los discípulos de Jesús en el Nuevo Testamento. No obstante, con frecuente se centraban de una manera tan rigurosa en sus propias prácticas, que sólo un pequeño grupo exclusivo se podía adherir a ellas.
El aprendiz. Hay quienes insisten en que el discípulo es alguien dedicado a un intenso estudio de la Biblia. El discípulo se halla activamente ocupado en momentos de devoción personal, memorización de la Biblia, y estudio bíblico como hábito regular de vida. Esto implica que el cristiano se convierte en discípulo cuando se consagra al aprendizaje de la Palabra de Dios y a su aplicación.
El comprometido. Otros insisten en que el discípulo es alguien comprometido con Cristo. Ha rechazado el estilo de vida del mundo. Esto significa que el cristiano es discípulo cuando se niega realmente a sí mismo, toma su cruz y sigue activamente a Jesús todos los días.
El obrero. También hay quienes proclaman que el discípulo es alguien que participa de manera activa en el servicio cristiano. Su servicio lo distingue de los que son cristianos de nombre, quienes se limitan a asistir a un grupo o a una iglesia. Esto implica que el cristiano se convierte en discípulo cuando está activo, trabajando para Cristo.
El mentor. Hay quienes están ocupados en una relación de persona a persona, en la cual un cristiano de más edad y más maduro los disciplina. Es frecuente que a esto se le dé el nombre de mentoría. Muchas personas creen que quienes se ocupan en este tipo de relaciones pueden decir que han experimentado el verdadero discipulado.
El pequeño grupo. Los pequeños grupos son uno de los medios más eficaces para facilitar el crecimiento en los cristianos, porque aprendemos de los ejemplos de otros, les abrimos nuestra vida, y se nos hace responsables ante ellos por el crecimiento que deseamos. Muchos sugieren que, puesto que Jesús discipuló a un pequeño grupo de seguidores, hay un verdadero discipulado cuando la persona participa en un pequeño grupo.
Una definiciÓn del discipulado
En cada una de las posiciones anteriores hay verdad, porque todas fomentan el crecimiento en la vida cristiana. No obstante, con frecuencia se ha cometido el error de presentarlas como las formas en que alguien se convierte en discípulo. Se sostiene que, una vez que la vida de un cristiano se caracteriza por uno o más de estos compromisos, ese cristiano se ha convertido en discípulo.
La raíz de gran parte de la confusión que hay hoy en cuanto al discipulado es la idea implícita de que el discipulado es una segunda etapa dentro de la vida cristiana. Hay una expresión que se oye decir a muchos: “Todos los discípulos son cristianos, pero no todos los cristianos son discípulos”. Según este punto de vista, el discipulado es para un grupo selecto de cristianos, más comprometidos o formados de una manera más especial.
Sin embargo, no es esto lo que Jesús quiere que comprendamos acerca del discipulado y de la obra de hacer discípulos. Vemos una manera más precisa de ver estas cosas en la Gran Comisión, donde comprendemos que aquel que cree en Jesús se convierte en discípulo al convertirse. Jesús dijo que debemos hacer discípulos de todas las naciones (Mateo 28:18-20); no que debamos convertir a los cristianos en discípulos. Por tanto, en el momento en que alguien cree en Jesús y recibe la vida eterna, se convierte en discípulo suyo. El progreso en la vida cristiana es el discipulado de todos los creyentes.
Por consiguiente, todos los creyentes genuinos son discípulos de Jesús; el asunto está en ver si son discípulos obedientes, o no lo son. Además, en esta manera más completa de comprender el concepto, la labor de hacer discípulos no se limita a ser un aspecto dentro de la misión de la Iglesia, sino que abarca todo cuando una iglesia hace. La labor de hacer discípulos es el ministerio de la iglesia para ayudar a los creyentes a crecer en su discipulado respecto a Jesús.
La forma en que ha prevalecido el elitismo en muchas de nuestras tradiciones explica por qué hay gente que se siente frustrada en su vida cristiana. La manera de concebir la vida cristiana en dos niveles fomenta la apatía entre aquellos que aún no se han decidido a comprometerse. Esto sugiere que el nivel más elevado de compromiso es optativo. En el mundo de la vida diaria de muchos cristianos, significa que no es obligatorio que nos comprometamos a asemejarnos a Cristo.
La insistencia en el discipulado y en la labor de hacer discípulos durante los sesenta años pasados se ha centrado en aislados pasajes de las Escrituras sobre el discipulado, o en temas bíblicos particulares al respecto, para crear un ministerio especializado. No obstante, esta especialización viene con frecuencia a expensas de una completa descripción bíblica del discipulado. A continuación presento una definición completa de lo que significa ser discípulo de Jesucristo:
El discipulado significa vivir en unión con Jesucristo, creciendo a su semejanza, conforme el Espíritu nos transforma desde nuestro interior hacia fuera, alimentados y cuidados dentro de una comunidad de discípulos que están dedicados a ese proceso de toda la vida, y además, ayudar a otros a conocer a Jesús y hacerse semejantes a Él.
Los puntos esenciales del discipulado para una iglesia que hace discÍpulos
Teniendo presente esta definición, podemos explorar los siguientes rasgos esenciales del discipulado bíblico y de la labor de hacer discípulos que deben caracterizar nuestros intentos por desarrollar un ministerio de este tipo.
El discipulado debe tener sus raÍces en una relaciÓn personal y costosa con un Salvador que nos busca
La nueva vida que nos viene con la regeneración le costó a Jesús, y también nos cuesta a nosotros. Aunque no es algo que podamos comprar, con todo, tiene su precio. El precio es la vida: la vida de Jesús y la nuestra. Jesús pagó el precio de su vida cuando murió en la Cruz. Vino con el fin de hacer aptos para su Reino a los que estábamos espiritualmente enfermos. Esta iniciativa sólo se podía convertir en realidad por medio del pago que Él hizo por nuestros pecados en su amoroso acto de redención en la Cruz. Él dio su vida para que nosotros tuviéramos vida (1 Corintios 6:19, 20; Marcos 10:45).
En nuestro caso, el precio es también nuestra vida. Aunque la muerte de Jesús en la Cruz es algo único, nosotros también perdemos nuestra vida cuanto cada cual toma su propia cruz (Mateo 16:24-26).
La labor de hacer discípulos comienza con un agresivo evangelismo que reta a las personas a calcular el precio que tiene el aceptar el llamado de Jesús a vivir en el reino de Dios, que las prepara para dedicarse a una transformación personal y esperar esa transformación como la vida cristiana normal.
El discipulado debe comenzar con una identidad transformada en JesÚs, y esforzarse por llegar a ella
Desde el momento en que recibimos la salvación, Dios nos ve distintos. Nacemos con una nueva identidad de hijos suyos (Juan 1:12, 13). Somos nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17). Somos transformados en imagen de Cristo (2 Corintios 3:18) y conformados a esa imagen (Romanos 8:29), conforme Cristo es formado en nosotros (Gálatas 4:19).
Nuestra identidad de discípulos de Cristo afecta todo lo que somos, incluyendo nuestra forma de vernos a nosotros mismos, nuestra forma de relacionarnos con Dios, y nuestra forma de relacionarnos con los demás. Las iglesias dedicadas a formar discípulos deben ayudar, tanto a los cristianos nuevos como a los que llevan más tiempo, a encontrar su identidad en el hecho de ser discípulos de Cristo en sus relaciones en el hogar, en el lugar de trabajo, en la comunidad, y en la iglesia.
Es el Espíritu de Dios quien debe tener la iniciativa e infundir el poder en el discipulado
El Espíritu de Dios es el que tiene la iniciativa en esa vida espiritual que acompañó la inauguración del reino de Dios hecha por Jesús (Juan 3:5, 6). Este fenómeno es descrito desde puntos de vista distintos por diversos autores del Nuevo Testamento: “regeneración” (Tito 3:5);1 “renacer” y “renacidos” (1 Pedro 1:3, 23), resurrección espiritual (Romanos 6:13; Efesios 2:5), “nueva criatura” (2 Corintios 5:17; Efesios 2:10) y “la simiente de Dios” en nosotros (1 Juan 3:9).
Cuando el Espíritu nos da nueva vida, nos convertimos en otras personas. La obra sobrenatural de Dios implanta en lo más profundo de nuestra alma una nueva vida espiritual, y a partir de ese momento, nuestra vida toma una dirección que la lleva hacia Dios, mientras el Espíritu comienza a producir en nosotros una nueva vida: la vida de Jesús.
El Evangelio de Juan nos da tres características del discipulado movido por el Espíritu que da una dirección a nuestro ministerio de hacer discípulos:
1. La verdad de Jesús nos libera de las mentiras del mundo (Juan 8:31, 32). Esta libertad es la capacidad que nos da el Espíritu de hacer lo que es recto y bueno, la posibilidad de escoger a Dios y de quedar libres de la esclavitud al pecado. La labor de hacer discípulos significa ayudar a los discípulos a rechazar las mentiras del mundo acerca de nuestros principios y metas. También nos ayuda a hallar la libertad que necesitamos para vivir de la forma que Dios quiere, escuchando continuamente la verdad de Jesús respecto a la realidad.
2. Ser amado por Jesús significa amar como Él (Juan 13:34, 35). Mostramos este amor cuando nos comprometemos de manera incondicional con gente imperfecta para llevar nuestra relación con ellas hasta el punto y propósito que se encuentra en la intención de Dios. La obra de hacer discípulos ayuda a esos discípulos a expresar este amor en su matrimonio, en su manera de educar a sus hijos, y en sus relaciones dentro de la iglesia y en el mundo. El hecho de ayudar a los discípulos a experimentar el amor de Jesús, los capacita para amar a los demás.
3. Llevar el fruto que produce todo el que se halla unido a Jesús (Juan 15:7, 8). Nuestra transformación continua a imagen de Cristo se produce por medio del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22, 23). El Espíritu de Dios es el agente central de esa infusión de poder para ser discípulos de Jesús. Las iglesias que hacen discípulos enseñan a la gente a andar en el poder del Espíritu, de manera que su vida produzca el fruto el Espíritu y el fruto de una justicia que viene de Dios (Filipenses 1:11; Colosenses 1:10).
El discipulado debe ser guiado continuamente por la Palabra de Dios
Las iglesias que hacen discípulos ayudan a las personas a adoptar un compromiso radical con la autoridad de la Palabra de Dios como verdad absoluta acerca de la realidad. Esto no se limita a la adquisición de la verdad, sino a su interiorización, de manera que exprese nuestra cosmovisión, caracterice nuestros principios, y comunique todo nuestro estilo de vida.
Cuando enseñamos la Palabra de Dios a las personas, las preparamos para que puedan comparar esa Palabra con los valores del mundo, de tal manera que puedan seguir obedientemente a Jesús en todas las circunstancias (Mateo 28:20).
El discipulado debe ser un proceso de toda la vida, por medio del cual nos volvamos más plenamente humanos
Puesto que los seres humanos son creados a imagen de Dios, son semejantes a Él, y lo representan de una manera que es imposible para todas las demás criaturas (Génesis 1:27-31). La imagen de Dios se encuentra en nuestra naturaleza misma. Es lo que nosotros somos —en nuestra mente, en nuestra moral, en nuestra vida espiritual, y en nuestras relaciones—, más que algo que tengamos o hagamos. El pecado distorsionó la imagen de Dios en nosotros al afectar todos los aspectos de nuestra semejanza a Él, pero comienza la restauración cuando somos redimidos en Cristo (vea Colosenses 3:10).
Por consiguiente, las iglesias que hacen discípulos ayudan a los creyentes a desarrollarse en todos los aspectos de su vida, al ayudarlos a hacer una resuelta transición a través de las dimensiones y las etapas de la vida, de tal manera que crezcan continuamente a su imagen. Los discípulos de Jesús tienen toda la intención de convertirse con mayor plenitud en discípulos en todos los aspectos de su vida.
Yo tuve una conversión a Jesús que fue radical y me llevó a alejarme de una vida de drogas y de búsqueda del placer. Descubrí que mi vida como discípulo de Jesús me ayudaba a convertirme en aquello para lo cual había recibido la existencia: una persona creada a imagen de Dios. Mi compromiso con Cristo sigue afectando todos los aspectos de mi vida, y esto incluye mi matrimonio y mi familia, mi manera de disfrutar de la Creación de Dios mientras navego, o subo por un sendero de montaña, y también mi crecimiento en cuanto a servir a Jesús en mi profesión.
El discipulado debe ser alimentado en las comunidades de fe
Cada discípulo disfruta de una relación personal con Cristo que facilita el que sea transformado a su imagen. Esta relación personal debe ser alimentada dentro de dos comunidades primarias de fe: la familia espiritual y la familia biológica.
La familia espiritual es la iglesia. La entrada a la iglesia se basa en la experiencia del nuevo nacimiento (Mateo 12:46-50; Juan 1:12, 13; Mateo 16:18). Los hermanos y hermanas en Cristo se necesitan unos a otros, como comunidad espiritual de fe, para estimularse al crecimiento, y hacer crecer al Cuerpo como un todo (Efesios 4:11-13; Hebreos 10:24-25).
La familia biológica sigue desempeñando un papel de importancia dentro del programa de Dios. El matrimonio es una relación en la cual el esposo y la esposa favorecen mutuamente cada cual las transformaciones por las que pasa el otro. El papel de los padres ha sido concebido para fomentar en los hijos el conocimiento de la voluntad de Dios respecto a su vida y ayudarlos a crecer como personas completas que reflejen la imagen de Cristo (Efesios 5:22— 6:4).
La iglesia que hace discípulos acepta su responsabilidad de equipar a las familias, de manera que los esposos puedan ayudarse a crecer el uno al otro, y los padres puedan ayudar a sus propios hijos. A su vez, la responsabilidad de la familia consiste en formar a la próxima generación de líderes dentro de la iglesia (vea 1 Timoteo 3:4, 5; Tito 1:6, 7).
El discipulado se desarrolla dentro de la familia espiritual y dentro de la biológica. Las iglesias que hacen discípulos unen estas dos familias y las ayudan a trabajar para ayudarse y fortalecerse una a otra.
El discipulado debe ser llevado a cabo permaneciendo en nuestro mundo de todos los días, que nos estÁ observando
En esta vida, el cristiano es un residente temporal, un extranjero (Salmo 39:12). La Creación espera su renovación, y gime bajo la esclavitud al pecado y el deterioro (Romanos 8:19-22).
En cambio, los discípulos regenerados hemos sido liberados de la muerte y del pecado; nuestra transformación ya ha comenzado. Por consiguiente, no somos de este mundo; nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20), y somos extranjeros y peregrinos en el mundo (1 Pedro 2:11).
No obstante, nuestro propósito consiste en propagar el evangelio que nos ha redimido y transformado; ser sal y luz en un mundo decadente y en tinieblas, y vivir como Dios quiere que vivamos, ante un mundo que nos observa (vea Juan 17:15-21).
Las comunidades de fe son lugares donde los creyentes se reúnen para ser fortalecidos y equipados. El crecimiento y la transformación que experimentamos nos capacitan para vivir con eficacia como discípulos de Jesús en este mundo. Nuestra transformación nos capacita para vivir como peregrinos en el mundo, y “manteniendo buena nuestra manera de vivir entre los gentiles; para que… glorifiquen a Dios al considerar nuestras buenas obras” (1 Pedro 2:11, 12).
Las iglesias que hacen discípulos ayudan a los discípulos transformados a llevar y manifestar el evangelio en sus actividades diarias, ofreciendo la vida del reino de Jesús a un mundo que perece sin ella.
La labor de hacer discIpulos no es un programa mÁs, sino una transformaciÓn
El inmenso privilegio que tenemos los cristianos es el de andar como discípulos de Jesús y ser continuamente transformados a su imagen, conforme crecemos en Él. El Espíritu Santo sigue hoy obrando para llamar a quienes quieran seguir a Jesús. Nuestra gozosa tarea consiste en moldear nuestro ministro de tal manera que le sirvamos para alcanzar ese fin.
No se trata de un programa optativo más (vea la barra lateral “Programas de discipulado y para hacer discípulos”). La obra de hacer discípulos es central en cuanto a todo lo que hacemos. Es la expresión de la forma en que Dios equipa y transforma a los cristianos para esta vida por medio del ministerio de la iglesia. Ahora que está rompiendo sobre las orillas de la Iglesia una nueva y poderosa oleada de discipulado, tenemos el privilegio de ayudar a la gente para que sepa montarse con eficacia sobre esas olas. Las iglesias que hacen discípulos ayudan todos los días a las personas que son transformadas como discípulos de Jesús, a fin de que sean una luz en las tinieblas y ejemplos vivos de la esperanza de esa transformación que nuestro mundo necesita con tanta urgencia.
Las iglesias que hacen discípulos ayudan a los discípulos, cualesquiera que sean su edad y su nivel de crecimiento, a aprender la manera de andar con Jesús y ser transformados por Él en todos los aspectos de su vida.
Nota
1. Todas las citas bíblicas proceden de la Versión Reina-Valera de 1960, a menos que se indique lo contrario.