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El blanco móvil: un nuevo marco de discipulado para la gente postmoderna

Por Earl G. Creps

En una reciente reunión celebrada en Seattle, estado de Washington, un amigo y yo nos estábamos riendo ante la gran cantidad de libros publicados a principios de la década de 1990 que teníamos, y que afirmaban explicar el postmodernismo. Él, como fundador de una iglesia, había confiado en esos recursos para que lo ayudaran a desarrollar el futuro de su joven congregación. Yo había usado aquellos materiales, y aun había escrito algunas cosas propias, para ayudar a los líderes cristianos a enfrentarse con eso que otro fundador de iglesias describía como un cambio que hace época  y que está avanzando con rapidez a lo largo de nuestra cultura.

Conforme fue en aumento el postmodernismo en la iglesia estadounidense en la década pasada, comenzaron a surgir conferencias y seminarios con títulos que terminaban con la frase “en un mundo postmoderno”. Los pastores y los demás líderes acudían en grandes cantidades a estos tipos de reuniones con el fin de aprender acerca del liderazgo en un mundo postmoderno, o el ministro con niños en un mundo postmoderno. La expresión “mundo postmoderno” se convirtió con rapidez en una forma de resumir todo aquello de nuestra sociedad que parecía aterrador o incomprensible. Y así, los jóvenes con tatuajes y los cultos en las iglesias durante los cuales la sala sólo se iluminaba con velas, fueron clasificados como postmodernos.

Diez años más tarde, algunas de estas primeras formas de pensar acerca del postmodernismo parecen anticuadas y carentes de utilidad. Este artículo describe algunos de los cambios producidos en mi propia manera de pensar acerca del postmodernismo, y sugiere que la labor de discipular a los ciudadanos de esta nueva cultura depende de nuestra manera de pensar acerca de ellos, y de nuestra capacidad de transformar ese pensamiento conforme cambian las circunstancias. La capacidad para admitir que mis ideas tienen vida limitada cultiva una humildad que hace atractivo el seguimiento de Cristo para aquellos que van andando por este cambio tan profundo.

Una Nueva ComprensiÓn Del Postmodernismo

Captar con firmeza un concepto como el de postmodernismo es como tratar de clavar gelatina a la pared. Se ha escrito tanto sobre este tema, que una casa editora de tipo académico tiene en estos momentos una enciclopedia de cuatrocientas páginas para facilitar una visión de conjunto acerca de las principales ideas en circulación. Con todo, comprender lo que está sucediendo en nuestra cultura es algo que tiene una importancia capital en nuestro discernimiento sobre cómo y dónde nos está llevando el Espíritu para alcanzarlo.

Mi punto de vista sobre el postmodernismo se ha ido transformando de muchas maneras significativas. Algunas de las conclusiones que me parecían obvias hace algunos años, ya no son tan útiles, lo cual demuestra que el camino a la nueva comprensión es muchas veces el de la incomprensión. Puedo identificar por lo menos tres cambios en mi esfuerzo por comprender de una forma nueva el reto que constituye discipular a aquellos que están navegando en el cambio a la vida postmoderna:

Primer cambio: del desplome del mercado de valores a la Escala de Turín

Hay observadores que definen el cambio a la vida postmoderna en el sentido de que la cosmovisión moderna (al menos en el hemisferio norte) ha quedado demolida por completo. En este sentido, postmoderno significa posterior a la modernidad, y sustituto de la misma. Todo, desde las maneras de vestir hasta las clases de literatura inglesa y la música popular, es postmoderno en la actualidad (signifique esto lo que signifique), y no podemos hacer nada al respecto. La batalla —si es que hubo alguna— ha terminado.

Esta afirmación, frecuente en la literatura cristiana de los años noventa, interpretaba nuestra situación cultural como algo semejante a un desplome del mercado de valores, en el cual la cosmovisión moderna perdió el valor que se le concedía en una baja de valores que básicamente acabó con el mundo moderno. La causa básica de este colapso fue el desengaño a causa de la disparidad entre lo que la modernidad proclamaba que daría (una utopía tecnológica) y lo que dio en realidad (la desesperación personal y la destrucción del ambiente). En aquellos momentos, esta idea me pareció irresistible, y tuve la tendencia de ver evidencias a favor de ella dondequiera que miraba (algo así como la forma en que uno comienza a notar que hay autos rojos por todas partes, tan pronto como se compra uno).

Hoy entiendo que este punto de vista es excesivamente simplista. El dominio de la modernidad sobre nuestra cultura ha sido debilitado, y se ha producido un movimiento hacia lo postmoderno, pero esto último no ha barrido de ninguna manera con lo anterior. Por ejemplo, ¿me puede decir usted el nombre de alguien que rehúse usar la penicilina porque fue descubierta por la ciencia moderna?

La analogía que me ayuda a tener una comprensión nueva sobre este cambio es la Escala de Turín, usada por los científicos del espacio para calcular el riesgo de que nuestro planeta choque con otros cuerpos celestes, como los asteroides cercanos a la tierra. Esta escala, que va del uno al diez, calcula tanto las probabilidades que hay de chocar con un asteroide, y el grado de daño que resultaría, basándose mayormente en el tamaño de ese asteroide. De esta forma, un suceso cataclísmico, tema de incontables películas de ciencia ficción, se expresa en términos relativos.

Ahora veo el postmodernismo de la misma forma. El mundo moderno no ha desaparecido. Hay millones de personas que aún sostienen la perspectiva moderna con su optimismo, su fe en la ciencia y la tecnología, y un enfoque lógico a la resolución de los problemas. Además, el impacto del postmodernismo ha distado mucho de ser uniforme. Como sucedería con la posible llegada de un asteroide cataclísmico, necesitamos comprender el impacto con relación al lugar al que nos estamos refiriendo.

Por ejemplo, yo he visitado vecindarios como el distrito U de Seattle, en el estado de Washington; la calle Pearl, en Boulder, Colorado, y la zona llamada Uptown, en Minneapolis, Minnesota, donde le daría al impacto del postmodernismo un diez en la Escala de Turín. Aunque se mantienen algunos rasgos de la modernidad (por ejemplo, nadie elude detenerse ante una luz roja, porque dude de su existencia), la aceptación postmoderna de todas las formas de pluralismo se halla en pleno florecimiento. Por otra parte, mis viajes a otras regiones han hallado que algunas de ellas han sido mucho menos afectadas por las mayores tendencias de nuestra sociedad. Una política conservadora, la asistencia a las iglesias y los valores modernos siguen siendo lo común y corriente. Una región así podría clasificarse con un dos o un tres en la Escala de Turín. Hay un impacto postmoderno entre la gente joven, pero no es suficiente (aún) para cambiar de lugar el centro cultural de gravedad. Las investigaciones hechas mediante encuestas siempre presentan la existencia de ambos tipos de lugares.

El gran beneficio que tiene la analogía de la Escala de Turín es que puede ayudar a los pastores a desarrollar una estrategia en el ministerio que sea específica para su comunidad, en vez de ceder ante el temor de que todo su mundo ha quedado hecho añicos, y por tanto, deben descartar todo lo que saben acerca del ministerio para inventar algo que tenga un aspecto postmoderno. Muchos de los ministerios que tomaron esa dirección hace algunos años, han tenido que retroceder, o han desaparecido. La reacción automática ante un cataclismo postmoderno no es la manera de seguir adelante. No es posible ser líder de nada desde una postura de desespero o de paranoia. En vez de reaccionar de esta manera, vemos que la labor de hacer discípulos depende de que sepamos captar qué influencias ha recibido la cultura en el lugar donde estamos trabajando, y después moldeemos nuestro enfoque de acuerdo con ese contexto. Pensémoslo de esta forma: no hay nada que funcione en todas partes, pero todas las cosas funcionan en algún lugar. Entonces, ¿dónde se encuentra usted?

Segundo cambio: desde la lista organizada hasta el agujero negro

Gran parte de los primeros escritos sobre el trabajo de la iglesia en medio del postmodernismo eran de tipo analítico; es decir, se centraban en un intento por comprender el tema por dividirlo en las partes que lo constituían. Este modelo tipo autopsia trataba de mostrar lo que había dentro de la idea por sacar las ideas menores que la formaban. El resultado fue un pequeño ejército de conferencistas viajeros (entre los cuales estuve yo mismo) que presentaban centenares de composiciones en PowerPoint con listas organizadas por puntos, y destinadas a describir los rasgos de la gente postmoderna. Aunque este método trajo consigo una claridad que se necesitaba en un tema tan confuso, también trajo como sanción el que clasificó a inmensos grupos de personas con generalizaciones inventadas por otras personas ajenas a esos grupos. Lo raro es que el resentimiento postmoderno a las clasificaciones, de cualquier clase que fueran, rara vez aparecía en las listas de los oradores, y en esto incluyo las mías.

Lentamente, comencé a sentir que mi hábito de describir a los postmodernos usando un conjunto de rasgos, no estaba haciendo favor alguno ni a ellos ni a la Iglesia. Esto no quiere decir que no existan esos rasgos, sino que los debemos comprender de una manera distinta. Una segunda analogía me ayudó a colocar las diversas clases de personas que se hallan bajo la influencia de esta cosmovisión en una relación mutua. Así, comencé a pensar en el postmodernismo como en un agujero negro; un torbellino de gravedad en el espacio sideral, tan intenso que ni siquiera la luz misma puede escapar de él. El centro del agujero negro es la palabra no, un lugar donde se niegan la existencia de la verdad y la posibilidad de una comunicación. En otras palabras, podemos pensar en el postmodernismo más acérrimo como una especie de religión popular del no, en contraste con la fe en un Dios cuyas promesas son “Sí en Cristo” (2 Corintios 1:20). Los que se hallan más cercanos al centro de este agujero postmoderno son los postmodernos filosóficos, quienes rechazan la posibilidad de que haya algo absoluto, ni en la verdad, ni en el lenguaje. Aunque este grupo, según considero, es relativamente pequeño, parece atraer la mayor parte de la atención de los cristianos. Los más alejados de las profundidades de ese pozo de gravedad son los que parecen y se sienten postmodernos, quienes, aunque mayormente sientan desinterés en esas filosofías negativas, están ansiosos por adoptar el estilo cultural de la era. Aunque su sentido de la moda diga “postmoderno”, sus actitudes y formas de conducta podrían ser sorprendentemente conservadores. Entre ambos extremos se hallan los moderados, que tienden a ver la importancia que le dan al estilo sus iguales que parecen y se sienten postmodernos, como cosas triviales, al mismo tiempo que consideran la rígida idea de que nunca es posible llegar a conocer la verdad como absurdamente falta de sentido práctico. A pesar de esto, comparten la desconfianza de los postmodernos filosóficos en cuanto al poder y la autoridad. Para deshacer aun más la teoría de los rasgos postmodernistas se halla el hecho de que estas tres clases de personas pueden cambiar de posición dentro del agujero negro, según la etapa de la vida en que se encuentran, y el asunto que estén considerando.

El valor de la analogía sobre el agujero negro es que disminuye la tendencia a estereotipar como idénticos a todos los ciudadanos de la postmodernidad. Lo opuesto es lo cierto: el rasgo central de esta cosmovisión es la falta de un rasgo central. De la misma forma que la Escala de Turín nos ayuda a comprender que nuestras comunidades son afectadas de formas distintas, el agujero negro lleva implícita la idea de que debemos pensar en las personas individuales, más como personas que han recibido la influencia del postmodernismo de distintas maneras, que como postmodernos. Jesús no murió por ninguna cosmovisión; murió para salvar personas.

El hecho de tratar a los nativos de la postmodernidad como individuos, en vez de como estereotipos, tiene también un  gran valor práctico. Al principio de estar batallando con este tema, conocí a muchas personas que usaban de este razonamiento: a la gente postmoderna le gusta las cosas visuales. Si añadimos elementos visuales a nuestros cultos, los postmodernos van a asistir. En realidad, por lo general esta táctica hizo poco más que atenuar las luces, o añadir unos cortes de video a un culto diseñado en los años setenta.

En su gran mayoría los ciudadanos del agujero negro no se interesaron en esto. Sarah, una joven profesional, hacía esta observación: “Nosotros sabemos que ustedes han tratado de llevarnos a la iglesia. Y eso es parte del problema. Muchas de las cosas hechas para atraernos, han sido calculadas con todo cuidado para alcanzar el buen éxito, y eso nos revuelve a todos el estómago. Fíjese, por ejemplo, en la adoración. Ustedes creen que unas liturgias a la última moda posibilitan una conexión con nosotros a nuestro propio nivel, cuando lo cierto es que podemos encontrar mejores diversiones en otros lugares. Lo mismo sucede con todas esas cosas que ustedes llaman “contemporáneas”. Nosotros nos damos cuenta en seguida. Están al día sólo por estar al día, y a nosotros no nos impresionan los resultados”. ¿Qué habría sucedido si a Sarah se la hubiera tratado de manera individual, en vez de tratarla como parte de un grupo meta o un segmento del mercado? La relación que se habría podido crear con ella como persona habría cambiado por completo su punto de vista en cuanto a las reuniones corporativas del pueblo de Dios.

Tercer cambio: del relativismo absoluto al Cubo de Rubik

Hace diez años, los cristianos comenzaron a hablar del postmodernismo como una amenaza equivalente a la peste negra, porque parecía poner el punto de vista individual de la persona por encima de la verdad absoluta, llevándola a la falta de confianza en la autoridad de la Biblia. Yo también vi esta amenaza en potencia. El hecho de que se socave por completo la verdad es dañino para todo el mundo, incluidos los postmodernos. Así que, aunque nunca acepté las versiones extremas de la teoría de la peste negra, sí tuve la tendencia a pensar en el postmodernismo mayormente como una filosofía de un relativismo total, en el cual la posibilidad de conocer la verdad se reduce hasta el punto de desaparecer. Según yo mismo enseñaba, esta nueva cosmovisión tiene un efecto primario en las personas: las inmuniza contra lo absoluto, haciendo imposible que se crea en nada.

No obstante, mi explicación del postmodernismo basada en un relativismo absoluto estaba desorientada, porque había recibido la influencia de diversos escritos europeos (más que de los Estados Unidos) sobre el tema, y porque llegué a esas conclusiones de una manera errada: las basé casi por completo en una indagación en la cual no escuché a ninguno de los ciudadanos de la cultura que estaba surgiendo. Cuanto más fui conociendo como personas a los postmodernos, menos digna de crédito me parecía mi interpretación única. En realidad, la gente afectada por la cosmovisión postmoderna cree en muchas cosas, sobre todo respecto a la espiritualidad. Por ejemplo, la actriz Sarah Michelle Geller, famosa por su papel en televisión como “Buffy, la matadora de vampiros”, dijo: “Yo me considero como una persona espiritual… Creo en una idea de Dios, aunque es mi propio ideal personal. Me parece que la mayoría de las religiones son interesantes, y he estado en todo tipo de denominación: católica, cristiana, judía, budista. He tomado un poco de aquí y un poco de allá y le he dado mi propia forma”. Esta reveladora declaración personal es ejemplo de la espiritualidad compuesta tan popular en esta cultura que está surgiendo.

Por consiguiente, ser postmoderno tiene mucho menos que ver con no creer en nada, que con creer en todo. Muchos amigos que participan en esta cosmovisión se sienten apasionadamente comprometidos con lo que ellos creen cierto, y a veces defienden su postura con mayor decisión que unos cuantos cristianos que yo conozco. La diferencia entre estos dos grupos está en que el postmoderno tiende a asignar valor a las cosas, casi sin límites. Lo único que no se puede valorar es ninguna afirmación sobre algo que explique de manera absoluta la situación del ser humano, como la afirmación de que Jesús es el único mediador entre Dios y el hombre. Un estudiante de cultura lo expresó de esta forma: “El único enemigo es la persona que no está abierta a nada”.

En virtud de su apertura a la verdad en casi todas sus formas, yo describo actualmente a los postmodernos como absolutistas relativos. Aunque muchos no creen que la verdad pueda adoptar una forma absoluta (a pesar de la aparente contradicción que lleva en sí misma semejante afirmación), un punto de vista más corriente es el de que las personas tienen el derecho a escoger qué verdades son absolutas para ellas… hoy. Un amigo describía esto en su propia vida como su “verdad absoluta personal”. Desde este punto de vista, por ejemplo, ofrecer la salvación al mundo a través de un solo medio —la Cruz— es algo impensable, porque quebranta el primer mandamiento del postmodernismo: no pondrás límite alguno a lo que puede ser verdad por un tiempo.

Conforme mis pensamientos han cambiado sobre este asunto, la analogía del Cubo de Rubik me ha ayudado a aclarar mi nueva perspectiva. El objetivo de este popular juego consiste en ir haciendo girar sus facetas multicolores hasta que cada una de las superficies del cubo tenga un color uniforme. El único problema es que las combinaciones posibles son tan complejas, que ganar el juego se ha convertido en privilegio de los genios y de las personas muy listas. Yo no soy parte de ninguno de los dos grupos.

Una vez que entendemos que el postmodernismo va más allá del simple relativismo, la imagen se vuelve más complicada. La analogía de la Escala de Turín nos dice que las comunidades varían notablemente, mientras que la analogía del agujero negro describe lo diversas que pueden ser las personas que pertenecen a esas comunidades. La analogía del Cubo de Rubik relaciona entre sí esas dos dimensiones, al multiplicar el número de combinaciones posibles casi hasta el infinito, y hacer imposible el que se llegue a unas conclusiones simples acerca del discipulado, sólo con el uso de los datos demográficos o con un análisis de las tendencias. Además de esto, cada vez que la cultura cambia, gira el cubo, y las combinaciones cambian también de una manera que es impredecible. Cuanto más postmoderna es una persona, tanto menos probable que crea que se puede llegar alguna vez a girar el cubo de tal forma que tenga un color uniforme en cada una de sus superficies.

Este desafío reforzó en mí la idea de lo poco que dependemos de la dirección del Espíritu Santo a la hora de formar discípulos en culturas nuevas. Recuerdo los retos con los que se han enfrentado durante muchos años los misioneros que han tratado de alcanzar a los musulmanes en otros lugares fuera de los Estados Unidos. Recientemente, hemos oído hablar de intervenciones sobrenaturales entre personas de fe islámica, que han abierto las puertas del ministerio de una forma que habría parecido imposible no hace mucho. Tenemos esa misma necesidad al tratar de alcanzar a las personas que se hallan bajo la influencia del postmodernismo. Sin la clase de dirección que Pablo recibió del varón macedonio que se le apareció en una visión nocturna (Hechos 16:6-10), nuestros métodos y análisis sólo nos llevarán a la inutilidad, o peor aun, a ministerios diseñados para atraer a jóvenes cristianos que prefieran nuestra música, creando una parodia de lo que es una verdadera misión. La obediencia de Pablo a la dirección del Espíritu fue la que llevó el evangelio a Europa. Esa misma clase de obediencia es la que necesitaremos para llevarle ese mismo mensaje a esta nueva cultura que surge.

El Contacto Con El Postmodernismo

Mi esposa Janet y yo decidimos hace poco irnos a fundar una iglesia en Berkeley, California. De inmediato, un amigo nos dio un detallado estudio demográfico de esta ciudad liberal y pluralista donde viven cerca de cien mil personas. Una de las cosas más asombrosas que se desprendían de aquel profundo informe era que casi el cincuenta por ciento de su joven población (la edad media es de poco más de treinta años), en su mayoría gente soltera, se pueden caracterizar como iniciadores de tendencias. Estas son las personas que inventan la cultura urbana que millones de estadounidenses más llegan pronto a aceptar como la vida común y corriente. Un amigo lo expresó de esta forma: “Esta gente es post, post, postmoderna”. En otras palabras, son “pre-todo” y viven perpetuamente en una carrera hacia el futuro que ellos mismos están inventando en el tiempo real. A su estilo de vida, le doy el nombre de proximocultural. Como los hombres de Atenas a los que les habló Pablo, se pasan el tiempo de tal forma que “en ninguna otra cosa se interesan sino en decir o en oír algo nuevo” (Hechos 17:21).

Si consideramos que los habitantes de Berkeley todo lo que tienen es que no se hallan bien informados acerca del evangelio, entonces discipularlos significa escoger el plan de estudios adecuado para ellos y preparar formas inteligentes de ponerlos en contacto con él. Si decido definirlos como enemigos de la Iglesia, el discipulado se convierte en un asunto de enfrentarlos hasta que vean las cosas como las vemos nosotros.

Sin embargo, ¿qué significaría que la gente de nuestra ciudad no estuviera falta de información ni fuera rebelde por completo, sino sólo que no haya conocido representantes de la fe cristiana que sean dignos de crédito? Hacer discípulos significaría entonces vivir nuestro testimonio entre ellos —tanto en el sentido personal como en el colectivo—, hasta que lo afirmado por Cristo adquiera visos de realidad; hasta que el poder del Espíritu haga latir la verdad. En ese caso, el dar ejemplo sobre la forma en que viven y adoran los creyentes es algo que puede comenzar antes de la conversión para continuar después de ella, como parte natural de una amistad espiritual. Nuestra predicación del evangelio sólo será tan eficaz como lo sea la forma en que vivamos ese evangelio en esta comunidad. Aunque nuestro mensaje permanece constante, necesitaremos que el Espíritu nos dispense el don de sabiduría y haga crecer en nosotros el fruto de la humildad para que podamos ajustar nuestro enfoque a la realidad de los tiempos. Con la ayuda de Dios, es posible dar hasta en un blanco móvil.

Earl Creps

Earl G. Creps, Ph.D., D.Min., antiguo director del Doctorado en Ministerio, Seminario Teológico de las Asambleas de Dios, Springfield, Missouri

 

 

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