Dios considera todos los pecados de la misma manera:
¿Se trate de una sana enseñanza bíblica o de un sensiblero parachoques teológico?
Por W.E. Nunnally
IntroducciÓn

“Todo pecado es pecado”. “Dios trata todos los pecados de la misma manera”. “Ningún pecado es peor que los demás”. “Todo pecado es igual ante los ojos de Dios”. La mayoría de las personas ha oído alguna versión de esta opinión popular que Dios es tan perdonador, imparcial y misericordioso que no considera que haya pecados que sean peores que otros. En los círculos eclesiásticos estas declaraciones estuvieron en otro tiempo restringidas a la conclusión de reuniones de evangelismo para animar a los que no estaban bien con Dios a que pasaran al frente. La intención era proclamar que Dios aceptaría a todos los que acudieran con sincero arrepentimiento, a pesar de lo abominable de sus pecados. Lamentablemente, esta seguridad ofrecida una vez a los no creyentes fue repetida con tanta frecuencia que llegó a ser parte del lenguaje de los cristianos también. Se oye en conversaciones privadas entre cristianos y en comentarios de los estudios bíblicos. Se recita en el púlpito y en las clases de la Escuela Dominical como si fuera un versículo para memorizar o una doctrina fundamental cristiana. Tristemente, se usa a menudo para disculpar conducta antibíblica y para probar las riquezas de la misericordia de Dios. ¿Es saludable para el creyente individual o para el cuerpo de Cristo este énfasis corriente? ¿Refleja la voluntad de Dios para su pueblo?
De tiempo en tiempo, debemos recordarnos que la verdad absoluta se determina no por lo que es popular o lo que se repite con frecuencia. En cambio, en materia de fe y de práctica, las Escrituras determinan lo que es la verdad absoluta.1 Lo que debemos aprender a anhelar es lo que la Palabra de Dios nos dice acerca de cualquier cosa que esté en discusión. Es allí solamente que podemos estar seguros de que estamos escuchando lo que Él piensa sobre el asunto. Por consiguiente, dejando atrás las mantras, las opiniones personales, las palabras de los garúes, y la corrección política de la tolerancia y de la aceptación, volvemos nuestra atención a las Escrituras para descubrir si desde la perspectiva de Dios todos los pecados son iguales.
en el Antiguo Testamento
LA LEY DE MOISÉS
La primera porción de evidencia importante que encuentra el lector de las Escrituras es una serie de acontecimientos en los cuales Dios ejecuta juicio irreversible sobre grupos de personas. Algunos ejemplos para considerar son el diluvio (Génesis 6-9), la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 18:16 hasta 19:29), el Éxodo (Éxodo 7:14 hasta 12:41), las conquistas de Josué (Josué 2:1 hasta 21:45), la cautividad asiria (2 Reyes 17:1-41), y el exilio babilónico (2 Reyes 24:1 hasta 25:21). El punto es que Dios soportó el pecado, la rebeldía, la opresión, la violencia y el amotinamiento de estas gentes hasta un punto. Sin embargo, cuando cruzaron una línea —bien haya sido en grado, número, o frecuencia— el amor de Dios, la misericordia, la paciencia y el perdón de Dios se agotaron (compare Génesis 6:5-7; 15::14, 16; 18:20; Éxodo 3:7, 9; 2 Reyes 17;7-20, 23; 2 Crónicas 36:16). Con anterioridad a este punto, Dios había extendido su gracia a los involucrados, pero después que su auto-determinación había traspasado el umbral, Él trató a esta misma gente de un modo enteramente distinto.
Aun más, en el Antiguo Testamento, cuando los individuos pecaban había diversos sacrificios disponibles para tratar los detalles de cada situación (Levítico 1:2 hasta 6:7; 16:1 – 17:16). Evidentemente, distintas personas y categorías de pecado requerían sacrificios distintos. Cuando se llega a castigo por ciertos pecados, las Escrituras son todavía más específicas. Por ejemplo, para los pecados más abominables, tales como homicidio premeditado y adulterio, se requería la pena de muerte (Éxodo 21:12-14; Levítico 20:10). Por ofensas menos graves, sin embargo, se imponían multas o castigos corporales (Éxodo 22:3-7; Deuteronomio 25:1-3). En todos estos ejemplos debiera observarse que existía una clara estratificación de ofensas y penalidades (similar al principio de jurisprudencia estadounidense, en que el castigo está de acuerdo con la gravedad del delito). Para aquellos que toman la Biblia en serio, debe ser concluyente el hecho de que Dios fue el origen de toda la legislación bíblica. Por consiguiente, es un reflejo preciso de su voluntad y de la estratificación que Él mismo hace de las infracciones humanas como que a veces son más y otras veces menos graves.
Antes de dejar este breve análisis de la Ley de Moisés, consideremos un pasaje más. Números 15 describe dos clases de pecado. El pecado involuntario (accidental, sin intención) es perdonable y se describe una ofrenda por él (versículos 22 y 29). El pecado insolente (premeditado, intencional, soberbio), sin embargo, no puede ser perdonado y por tanto no hay sacrificio en conexión con él. Tal conducta, por su misma naturaleza, es rebeldía persistente, deliberada. La actividad blasfema arroja una sombra permanente sobre toda la comunidad del pacto y sobre la reputación de Dios. Esto no es una mera infracción aislada. Va más allá del quebrantamiento de un mandamiento (específico) hasta el punto de un rechazo total, o desprecio, de la palabra del Señor (versículos 30, 31). Evidentemente, en la Ley de Moisés todos los pecados no son iguales.
ProFETAS
Según los profetas, Dios hace una diferencia entre aquellos pecados que pueden ser perdonados y aquellos para los cuales ya no se ofrece perdón. Por ejemplo, Dios le dijo a Amós que los pecados de Israel y de Judá habían colmado la medida, y que ya no los perdonaría (1:4-16; 8:2). En tres ocasiones Dios le dijo a Jeremías que cesara en su intercesión por el perdón de su pueblo, porque ya no estaba dispuesto a escuchar (7:16; 11:14; 14:11). Evidentemente, ellos habían traspasado la línea establecida por Dios, y su destino estaba sellado. Ninguna cantidad de sacrificios, actos de contrición, y ni siquiera oraciones del profeta podrían evitar el juicio en ese punto. Según Ezequiel, ni siquiera la intercesión o la justicia de Noé, Daniel o Job hubiese tenido algún efecto en ese punto en la declinación espiritual de ellos (14:14, 20). Evidentemente para estos santos del Antiguo Testamento, no todos los pecados eran iguales.
APLICACIÓN
En este punto de nuestro estudio, algunos podrían pensar: eso fue entonces; esto es ahora. Dios era así en el Antiguo Testamento. Ahora, por cuanto tenemos el ejemplo del paciente y perdonador Jesús, su muerte una vez por todos, y un nuevo y mejor pacto, podemos tener la seguridad que Dios siempre está listo para perdonar cualquier y todo pecado. Aun cuando a primera vista este concepto tiene la apariencia de profunda espiritualidad y parece poner a Dios en una situación favorable, está cargado de peligros prácticos y teológicos.
Primero, es esencialmente la misma cosa que la herejía de Marción, que a comienzos del siglo segundo enseñaba que el Dios del Antiguo Testamento era fundamentalmente diferente del Dios del Nuevo Testamento. A causa de esta enseñanza la iglesia primitiva lo honró con la excomunión.
Segundo, este concepto de Dios no es diferente que el del proceso teológico liberal y del postmodernismo, es decir, que Dios está siempre evolucionando para ser un Dios más iluminado, bondadoso y amable.
Tercero, un concepto como este abandona la clara enseñanza de ambos Testamentos: que un aspecto importante de la naturaleza de Dios es su inmutabilidad (Salmo 55:19; 102:27; Isaías 46:4; Malaquías 3:6; Hebreos 1:12; 13:8; Santiago 1:17).
Cuarto, tal argumento repudia las muchas declaraciones de las Escrituras de que es consecuente respecto de cómo describe a Dios (Salmo 18:30; 117:2; 119:89, 152, 160; 138:2; Isaías 40:8; 2 Timoteo 3:16).
Quinto, si nos permitimos ir en la dirección de un Dios y una palabra de Dios que evolucionan, no hay razón de suponer que Él no cambiará finalmente las cosas que tanto apreciamos, tales como el modo de la salvación o la promesa del Espíritu Santo para todos los que la buscamos.
Finalmente, si desdeñamos pasajes que nos parecen incómodos o anacrónicos, nos hacemos culpables del mismo error cometido por muchos grupos cristianos que hemos criticado en el pasado que escogían ciertas cosas para creer, y que al proceder de este modo crearon su propia religión, de estilo cafetería.
En el Nuevo testamento
EVANGELIOS
Si Dios y su Palabra son consecuentes, debiéramos esperar la misma dinámica en el Nuevo Testamento que encontramos en el Antiguo Testamento. Gracias a Dios eso es cierto respecto de cada sección del Nuevo Testamento. Jesús retomó la enseñanza donde la había dejado el Antiguo Testamento, enseñando que ciertas situaciones muestran la imposibilidad de que un pecador reciba perdón de Dios. Por ejemplo, los que cometen el pecado de no perdonar no pueden recibir perdón de Dios por sus propios pecados (Mateo 6:14, 15; 18:23-35). En manera similar, según Jesús, cualquiera que comete blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonado (Mateo 12:31, 32). Mucho se ha escrito y dicho acerca de la naturaleza exacta de lo que constituye la blasfemia contra el Espíritu Santo, y yo también tengo mi opinión (compare este lenguaje con el de Números 15:30). Sin embargo, la presente argumentación sólo requiere que notemos que la enseñanza de Jesús está perfectamente de acuerdo con la del Antiguo Testamento: algunos pecados pueden ser perdonados, y otros no. Evidentemente, en la mente del Maestro no todos los pecados son iguales.
LOS HECHOS
En el libro de los Hechos, Dios también castiga a aquellos cuyo pecado es distinto. A algunos los reprende (7;51-53; 8:18-24); a otros los hiere con ceguera (9:7, 8; 13:8-11); a otros les provoca la muerte (5:1-10; 12:20-23). Aquellos que se apresuran a cuestionar la imparcialidad de Dios en estos asuntos, debemos recordarles que Dios todo lo sabe (Jeremías 17:9-11; Hechos 1:24), es justo (Deuteronomio 32:4; Hechos 17:31), y no hace acepción de personas (Deuteronomio 10:17; Hechos 10:34). La iglesia pentecostal del primer siglo, que presenció estos sucesos, conocía el Antiguo Testamento, y reconocieron que la obra de Dios entre ellos estaba de acuerdo con las Escrituras que ya habían revelado su carácter de manera muy precisa. En ningún momento se sintieron ellos impulsados a ofrecer el razonamiento: eso fue entonces; esto es ahora.
LAS EPISTOLAS
Las epístolas también dan testimonio de la competencia y disposición de Dios para ver y tratar los pecados según su diferencia. Por ejemplo, Pablo habló de algunos que persistían en su senda de rebeldía hasta el punto de que Dios los entregaba a “una mente reprobada” (Romanos 1:24-32, especialmente el versículo 28). Además, Juan describió dos categorías de pecado: uno que no es “para muerte” y el otro que “es para muerte” (muy posiblemente de acuerdo con las mismas dos categorías que aparecen en Números 15). Él animó a los cristianos a orar por aquellos que habían sido sorprendidos en un pecado de la primera categoría, pero (como una reminiscencia de la prohibición de Dios para que Jeremías siguiera orando) desalentó la oración por los de la segunda categoría (1 Juan 5:16, 17). Finalmente, la iglesia en años más tarde hizo listas detalladas de pecados específicos para estas dos categorías, los que fueron denominados pecados veniales y mortales. Si cada una de estas listas está de acuerdo con la revelación de las Escrituras no es asunto de importancia para nuestra exposición. Queda en pie el hecho de que tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento enseñan que Dios hace distinción entre unos pecados y otros. Evidentemente, los apóstoles, los autores del Nuevo Testamento, y la iglesia primitiva no creían que todos los pecados son iguales.
Negar la legitimidad de tales distinciones sólo enturbia las aguas y quita seriedad a la discusión. Cuando para sentirse bien se rechaza la enseñanza clara de las Escrituras a favor de una teología de letreros de parachoques, el campo de juego es nivelado de manera arbitraria. El abuso infantil puede ser trivializado y lenificado, como si no fuera más destructivo o inicuo que un desfalco. En consecuencia, no es de ayuda comparar una indiscreción verbal privada con el estilo de vida pecaminosa de Ted Haggard, que no sólo lo laceró a él, sino también a su esposa, a sus hijos, a su iglesia, a sus colegas ministros, al cuerpo de Cristo en general, y a la reputación de Dios. Únicamente baja las barreras para ofrecer: “Bien, yo tampoco soy perfecto. Si puedo jurar privadamente, supongo que soy capaz de cometer el mismo pecado que Haggard, o peor”.
La aptitud y la comisión no son la misma cosa. La tentación de pecar y la comisión de pecado no son la misma cosa. Seguramente no estaríamos tan prestos a admitir que podríamos tan fácilmente haber cometido los mismos pecados que Ted Bundy, David Berkowitz (el Hijo de Sam), John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer, el John Geoghan (el sacerdote pedófilo), o Mohammed Atta.
Comparativamente, el pecado de Haggard es eclipsado por el pecado de Adolfo Hitler. El pecado que puede cometer un niñito palidece ante el genocidio de Pol Pot en Cambodia. Un par de adolescentes de uno y otro sexo pueden quebrantar el toque de queda y enredarse en una relación sexual premarital, pero el potencial fracaso (la seriedad de efectos, el número de personas afectadas, el daño al testimonio cristiano) de uno y de otro acto de rebeldía no guardan comparación. Evidentemente, no todos los pecados son iguales.
Conclusiones
En este estudio no exhaustivo se ha demostrado que ambos Testamentos nos instruyen contra lo que es una gran parte de la teología y predicación populares. Por consiguiente, nuestra responsabilidad es declarar todo el consejo de Dios, a tiempo y fuera de tiempo, bien sea popular o impopular. No es responsabilidad nuestra hacer que cada jota y cada tilde caigan bien al paladar del hombre moderno.
Aun más, el mensaje unificado de las Escrituras nos desafía a evitar proveer a nuestros oyentes con una falsa sensación de seguridad. Como líderes, debemos saber cómo “convencer a algunos que estén dudando; salvar a otros, arrebatándolos del fuego; y de otros, tener misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne” (Judas 22, 23).2 Debemos recobrar la disposición de hablar “la verdad en amor” (Efesios 4:15), y reprender “a los que persisten en pecar . . . delante de todos, para que los demás también teman” (1 Timoteo 5:20). La salud espiritual y el destino eterno de la gente, la pureza y la eficacia del testimonio de la iglesia, y la reputación del santo Dios a quien servimos deberá ser nuestra motivación, no nuestra popularidad, el crecimiento numérico o la estabilidad financiera de nuestra iglesia, o la comodidad de la persona que está en pecado.
Los de nosotros que estamos en posiciones de liderazgo también debemos permanecer fieles a nuestra posición basada históricamente y bíblicamente en la libre voluntad y en la posibilidad de perder voluntariamente la debida relación con Dios.3 No es suficiente dar asentimiento intelectual a este importante principio de nuestra fe. Debemos estar dispuestos a ir contra las tendencias actuales y hacer de esta posición un énfasis regular de nuestra predicación y enseñanza. La mayoría de los adultos y jóvenes de nuestro Movimiento con los cuales he discutido este asunto ni siquiera están en conocimiento de que las Asambleas de Dios tenga una posición oficial. Sin embargo, aun más importante que la difusión de información es nuestra responsabilidad pastoral de advertir, a los que se han apartado, de su peligrosa posición espiritual y desafiar a la gente a vivir en forma que agrade a Dios y a ganar a los que no creen. Sobre esta materia, el sitio Web oficial de las Asambleas de Dios dice:
“En nuestra fraternidad creemos que el descuido puede llevar a la apatía, la apatía a la negligencia, y la negligencia a la decisión consciente de pecar. Con frecuencia nos referimos a esta declinación espiritual como apostasía. Creemos que alguien que apostata está en peligro de perder su salvación si el individuo persiste en rechazar el llamado del Espíritu al arrepentimiento y la restauración”.4
Si esto es lo que creemos, necesitamos comenzar a encarar la seriedad de una continua y consciente rebeldía contra el señorío del Señor Jesús sobre varios aspectos de nuestra vida y sobre la vida de nuestra congregación. Esto incluye (aunque no está limitada a ello) la murmuración, manipulación, autocomplacencia, glotonería, hedonismo, pornografía, e inmoralidad sexual. Renovemos nuestro compromiso de proclamar la perspectiva de Dios, según se encuentra en las Escrituras, en el tratamiento de los asuntos que estamos considerando. Sin importar cuán elevadas sean nuestras metas, ninguna motivación para alterar el mensaje de las Escrituras puede justificarse. Su Palabra produce convicción, renueva, transforma, y libera, pero no nuestra nueva y “mejorada” versión de ella. Disciplinémonos y ayudemos a nuestros oyentes a aprender a procesar nuestros asuntos y a construir sistemas de fe sobre la Palabra antes que sobre opiniones o sentimientos personales o sobre la teología o psicología pop. Tal vez entonces Dios nos dispensará el poder y el crecimiento numérico que hemos anhelado y por los que hemos orado por tanto tiempo.
NOTAS
- Statements of Fundamental Truths, art. 1. Verdades fundamentales de las Asambleas de Dios. Puede ser bajada en http://ag.org/Beliefs/Statement_of_Fundamental_Truths/sft_full.cfm#1
- Las citas bíblicas se han tomado de la versión Reina Valera 1960.
- General Council of the Assemblies of God Bylaws, art. 9b, sec. 1.
- “Security of the Believer (Backsliding)”, disponible en http://www.ag.org/top/Beliefs/gendoct_09_security.cfm; acceso el 19 de abril 2007.