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Cómo conducir en las aguas cambiantes del liderazgo

Nuestra cultura ha cambiado tanto que ahora estamos en aguas desconocidas donde debemos recobrar una visión misionera para ser el pueblo de Dios.

Por Alan Roxburgh

IntroducciÓn: Y no sÉ quÉ hacer

Los líderes de la iglesia de hoy afrontan retos que no existían hace una generación. Mucho ha cambiado muy rápidamente. Estamos viviendo en un mundo de cosas pasadas. Los mapas una vez conocidos de nuestro mundo están cambiando. Hay poco conocimiento de la tierra que está delante de nosotros. ¿Qué significa eso para la obra y el testimonio de las iglesias? ¿Qué tienen que hacer los líderes en ese nuevo lugar? Este artículo presenta algunas breves sugerencias y descripciones.

Las realidades transformadas

Mi esposa y yo acabamos de invertir cuatro meses y muchísimo dinero renovando nuestra casa en Vancouver, Columbia Británica. Ese proyecto era algo que ya no podíamos evitar. El tiempo y la urgente necesidad de varias reparaciones finalmente pudieron más que nosotros después de catorce años de vivir en esa vieja pero maravillosa casa de una planta. Recuerdo el día después de Semana Santa que pasamos metiendo en cajas los libros de nuestras dos bibliotecas. Cuando las cajas se amontonaron, llenando una habitación y llegando hasta el garaje, Jane y yo estábamos conscientes de que una de las grandes acumulaciones de cuarenta años de casados y de vida profesional como pastor (yo) y educadora (Jane) era una gran biblioteca. Estos libros representan las pasiones y los proyectos de nuestra vida. Cuatro meses después y con una gran renovación, estábamos poniendo las bibliotecas en las oficinas de la nueva casa.

Mientras estábamos organizando los libros en los estantes, se salió un pedazo de papel parecido a un folleto. Era un boletín de una iglesia de 1980, nuestro último año en la primera iglesia que pastoreé en Newmarket, Ontario. Estuvimos allí ocho años, un tiempo lleno de recuerdos maravillosos de buenas personas y de la sublime gracia de Dios, así como de profundo dolor que nunca desaparecerá.

Cuando abrí el boletín, vi el formato muy gastado de un culto de la iglesia con su llamado a la adoración, las invocaciones, las lecturas bíblicas, los himnos, las canciones contemporáneas, el sermón, y los anuncios. Era algo extraño después de veintisiete años. Recordé a algunas personas que estaban participando o que estaban hospitalizadas. Muchas ya están muertas. En la página de atrás estaban los programas presentados por la iglesia para aquella semana: el grupo de mujeres, los comités y la junta, las actividades de jóvenes. Era un tiempo que describía un modo de vida que, al menos para mí, ya no existía.

¿Cómo pudo haber sido esta mi vida durante tanto tiempo y ahora no tiene ninguna importancia? De alguna forma, ese boletín sigue simbolizando no sólo la forma de un culto de adoración del domingo por la mañana sino también la imaginación y las costumbres de muchas iglesias y sus pastores en todos los Estados Unidos. Ya pudieran no cantarse tantos himnos. Hoy habría una larga apertura con música de adoración y algún drama como fondo de la lectura bíblica. El sermón estaría de alguna forma (ahora con mucho esfuerzo personal más respecto a cómo puede la Biblia hacer que su vida funcione mejor), junto con los anuncios, las reuniones, y las muchas maneras en que las personas pueden servir al Señor al brindarse de voluntarias en el programa de una iglesia.

Las formas de adoración y la vida de la iglesia pudieran haber cambiado, pero algunas de las hipótesis más fundamentales siguen inmutables. En la actualidad describiríamos esas hipótesis como modelos de atracción de la vida de la iglesia. Sigue prevaleciendo la idea de que, si la edificamos, ellos serán convencidos. En realidad, algunas iglesias en todos los Estados Unidos construyen grandes templos y reúnen en ellos a muchas personas. Millares de iglesias más pequeñas tratan de imitarlas y se sienten mal cuando fracasan. El sociólogo canadiense Reginald W. Bibby acuñó una frase para describir lo que queda de la mayoría de esas iglesias. Describió las iglesias de atracción como que edifican su futuro sobre la circulación de los santos.

La mayoría de las personas que hoy vienen a las iglesias de atracción son cristianos que se trasladan a una iglesia que satisface sus necesidades de manera adecuada. El resultado es una cultura de la iglesia basada en satisfacer las necesidades de las personas. Esas iglesias se concentran en ser buscadoras sensibles para aumentar su marca particular de iglesias.

Los pastores se concentran en este modelo de crecimiento y en cómo atender las necesidades sin límites de quienes vienen. Aquí las personas pueden hallar felicidad y ser alimentadas. Sienten que los programas de niños y de jóvenes atenderán a sus hijos y los mantendrá seguros de las incursiones de un ámbito secular.

Son múltiples los problemas con esa imagen. Ese modelo de atracción es, en primer lugar, contrario al relato de Dios y al evangelio. En segundo lugar, este modelo pierde de vista el hecho de que las nuevas generaciones en América del Norte están cada vez más fuera de la iglesia y nada conscientes de la narrativa cristiana. Por último, según el libro de George Barna, Revolución, pierde de vista la realidad de que un gran cambio está ocurriendo en América del Norte en el que un creciente porcentaje de cristianos de todas las edades han dejado de asistir a la iglesia porque no tiene sentido alguno en su comprensión del evangelio y de la vida cristiana.

Una gran crisis enfrentan las iglesias de los Estados Unidos. Hay crisis al menos en dos niveles. En primer lugar, como la figura de una ballena, el enorme bulto de su cuerpo es hacia el frente mientras que es mucho más delgado hacia la cola. Personas que tienen cincuenta y cinco años y algo más forman la mayoría de las iglesias con menos asistencia de personas de las generaciones más jóvenes.

Conrad Kanagy, profesor universitario de sociología, hace poco terminó un importante proyecto de investigación para la Iglesia Menonita de los Estados Unidos. Si algún grupo ha tenido buen éxito en mantener a sus jóvenes y sustentar una comunidad de fe a lo largo de generaciones, es el de los menonitas. Las conclusiones de Kanagy son un llamado a despertar. La afiliación de la iglesia menonita de parejas jóvenes o de padres jóvenes ha caído bajo la capacidad de sustituir a los miembros mediante el nacimiento. Antes de descartar eso, debe recordarse que todos los grupos eclesiásticos en el siglo XX se desarrollaron con esos medios, no mediante el evangelismo.

En segundo lugar, si la misión de Dios es para el bien del mundo, para el extranjero y el de fuera, el modelo de atracción pierde de vista el propósito de la iglesia. La iglesia no tiene una misión; la iglesia es misión por su naturaleza misma. Esos modelos de atracción han criado a generaciones de cristianos que no saben lo que Dios está haciendo en el mundo. Esos modelos convierten el relato de Dios en un mito gnóstico de un dios que satisface las necesidades personales y garantiza un escape de este mundo. Pero es por este mundo que Jesús se encarnó y habitó entre nosotros como extranjero. Es por el otro que Jesús vino y formó una iglesia; una nueva comunidad que existe para el extranjero, el de fuera, y los demás.

En la actualidad, las personas ya no encuentran que la mayoría de las iglesias sean suficientes para satisfacer sus necesidades o proporcionarles al consumidor espiritual cosas que anhela comprar. Ellas pueden tener sus necesidades satisfechas por los terapeutas Oprah y Dr. Phil, o tomando una clase. Si un culto de la iglesia se transmite desde un sitio central de modo que un gran líder es el punto central de ser la iglesia, ¿por qué no esperar el DVD y verlo desde la comodidad del propio hogar?

El entendimiento del evangelio como el amor de Dios para el mundo, que crea un pueblo que entra en el mundo y lo ama en el nombre de Cristo, se ha perdido a través de años de esfuerzo por crear iglesias de atracción que aumentan la afiliación. Mientras tanto nuestra cultura ha cambiado tanto que ahora estamos en aguas desconocidas donde debemos recobrar una visión misionera para ser el pueblo de Dios.

Hace algunos meses estaba dirigiendo un cursillo acerca de la iglesia misionera para un grupo de veinte pastores en el centro de los Estados Unidos. El segundo día un joven pastor que se había mantenido en silencio hasta ese punto, dijo: “La iglesia que he estado pastoreando durante los últimos ocho años está frente al camino de una gran escuela de segunda enseñanza. Durante varios años hemos tenido programas para atraer a los adolescentes y a sus padres a nuestra iglesia. Preparamos comida para los juegos de fútbol; tenemos desayunos, almuerzos y cenas para actividades especiales en la escuela. A veces filmamos las actividades que los estudiantes quieren ver. Esas actividades son muy concurridas, las personas asisten. Pero yo acababa de tener una epifanía. Podemos seguir haciendo esas actividades, podemos gastar energía esperando que esas personas se unan a la iglesia; pero comprendo ahora que ellas no se unirán. Eso no sucederá. Y no sé qué hacer acerca de eso.”

Fue una epifanía, un momento en que vislumbré la realidad de que el modelo de iglesia de atracción había perdido su poder para comprometerse con la gente. Fue una gran revelación. Si las personas no se unían a la iglesia, este pastor no sabía qué más hacer. La epifanía era la confesión de una crisis. Las cabezas en la habitación asintieron en silencio.

La situaciÓn misionera

Tenemos que volver a concebir nuestra situación en América del Norte como campo misionero. En los siglos XIX y XX, América del Norte y Europa enviaron misioneros a otras naciones. En la actualidad, América del Norte es un campo misionero. En las famosas palabras del obispo Lesslie Newbigin, la pregunta es: “¿Puede convertirse el mundo occidental?”

Al volver a Inglaterra después de más de treinta años como misionero en la India, Newbigin trató de imaginar el reto de un renovado encuentro del evangelio con la moderna cultura occidental. Los retos que afrontó se expresan en su libro, Foolishness to the Greeks [Insensatez a los griegos], en la forma de una pregunta: “¿Qué estaría implicado en un encuentro misionero entre el evangelio y toda esa manera de percibir, pensar, y vivir que nosotros llamamos ‘moderna’cultura occidental?”1

En un contexto misionero, tenemos que volver a entrar en nuestra cultura, vivir entre las personas de nuestros vecindarios, sentarnos a su mesa y habitar en su vida y en su mundo. Esto es lo que indica Lucas 10:1–12 en el envío de los setenta. Entran sin equipaje alguno en cada pueblo y lugar. Los demás les dan la bienvenida y los reciben como extranjeros necesitados. Entran en las casas, se unen a una comunidad económica, se sientan a la mesa como invitados y compañeros de trabajo y escuchan las historias de la gente. La Palabra de Dios les dice que no vayan de lugar en lugar, sino que anuncien la visión de Isaías de la paz de Dios (del Reino) y que sanen a los enfermos.

He aquí una visión radicalmente distinta para ser la iglesia y para que el liderazgo nos rete. Esa visión misionera no tiene que ver con iglesias de atracción, líderes de personalidad, o tener satisfechas las necesidades de uno. Tiene que ver con hombres y mujeres comunes y corrientes que están dispuestos a salir en viajes arriesgados, no como salen algunos evangelistas sino para entrar, habitar, permanecer, comer, hablar, vivir, y ser el Reino. Observe el lugar: en los pueblos, aldeas, y vecindarios.

Esa visión misionera es un cambio de casi toda hipótesis acerca de la vida de la iglesia en las principales denominaciones desarrolladas en América del Norte por los últimos cincuenta años. No es un plan estratégico, método o programa, sino un modo de vida; vivir en, con, junto a, para y a veces contra el otro que es probable que nunca sea atraído a nuestras iglesias como ellas están diseñadas actualmente. Esa forma misionera de vida transformará no sólo cómo pensamos acerca de la iglesia sino también cómo practicamos el ser pueblo de Dios en la comunidad.

Iglesias participantes

¿Qué pueden y deben hacer los pastores, las iglesias y los sistemas que les sirven en esa situación?

Nueva forma de las perspectivas teolÓgicas

Una teología de las misiones es acerca de Dios y de la historia de Dios para el mundo, no acerca de mí, de la iglesia, o de nuestras necesidades. Ni la iglesia ni el individuo es el objetivo o el centro; más bien, es lo que Dios está haciendo en el mundo. Esa actitud misionera exige un cambio total en la visión no sólo de los miembros de la iglesia sino también de los líderes que con demasiada frecuencia son cautivos de las narraciones de poder, control, y buen éxito que tienen poco que ver con el evangelio.

Una teología misionera está arraigada en una profunda e inconmovible esperanza escatológica. Este es el mundo de Dios y el futuro de Dios. Por lo tanto, no perdemos la esperanza ni nos rendimos; vivimos hacia un nuevo futuro.

El futuro de Dios surge en los lugares más inesperados y menos espectaculares. En esos lugares y entre esas personas a quienes tendemos a considerar como sin esperanza, aparece el asombroso futuro de Dios. La iglesia misionera se interesa en lo que el Espíritu quiere hacer entre hombres y mujeres comunes y corrientes. El futuro de Dios está en y entre lo común y corriente, lo inesperado. Aquí es donde aparece el nuevo futuro de Dios. El Nuevo Testamento es acerca de un futuro extraordinario que viene de mujeres estériles, de ancianos, de sacerdotes ciegos, de una joven, de pastores desconocidos, y de un niño nacido en el más absoluto anonimato. Por lo tanto, la iglesia local es el lugar de la asombrosa visión que debemos inspirar.

Desarrollo del liderazgo misionero

El liderazgo está cultivando ambientes que inspiran la visión misionera del sencillo pueblo de Dios, no acerca de modelos de gerente principal, de planes estratégicos, o de declaraciones de visión. La iglesia misionera no depende de líderes que mandan y controlan, del magnetismo personal, ni de líderes que ponen en armonía a los miembros de la iglesia con un gran programa, un programa de siete pasos, o las mejores prácticas.

El liderazgo misionero exige la formación de una visión que a menudo está lejos de lo que se enseña en los seminarios o que se ejemplifica con el culto a la personalidad de la vida de la iglesia. ¿Cuáles son las destrezas, capacidades, y habilidades de liderazgo que debemos desarrollar?

Debemos aprender a vivir conforme a las Escrituras e invitar a otros a que descubran formas que inviten a las Escrituras a leernos y a retarnos. Esas palabras parecen extrañas para una moderna actitud mental. ¿Qué significa que las Escrituras nos lean en vez de que nosotros las leamos?

Esto tiene que ver con cuestiones de poder y de control, y de administración previsible en el centro de la modernidad. Muchas veces los seminarios han preparado a pastores para dominar el texto, para estar en control de su contenido, para predicar o enseñar conceptos y principios preconcebidos con resultados claros e inequívocos (lenguaje codificado para poder y control). Pero la Biblia tiene muchas metáforas e imágenes que son casi imposible de resumir en las definiciones de un boletín. El Dios que se encuentra con nosotros en las Escrituras no será controlado ni se convertirá en una función de nuestros planes.

Una cultura de adaptación traduce y emplea la Biblia como un manual útil (instrumento) para satisfacer las necesidades de las personas o para explicar cómo la Biblia apoya con toda claridad los últimos cambios en quienes andan en busca de la verdad. La Biblia está controlada y convertida en un estudio semanal acerca de cómo Jesús hace mejor la vida de usted donde el pastor predica como un religioso Dr. Phil u Oprah, presentando un método de esfuerzo personal cristiano o pasos para una vida mejor. Cuán previsible y aburrido. ¿Por qué alguien necesita la Biblia y la iglesia cuando puede recibir los mismos consejos de los programas de televisión sin todos los rituales religiosos?

Todo eso abusa de la narrativa bíblica porque crea un sentido de que tenemos la Biblia bajo control; ya sabemos de qué se trata. Se adapta la Biblia y se vuelve cautiva de nuestras necesidades; se le silencia como un mensaje radical que nos lee y descentraliza nuestros mundos para el bien del Reino.

El nuestro es un tiempo en el que debemos recobrar algunas de las prácticas de la Iglesia a través de los siglos. Necesitamos aprender vivir conforme a la Biblia y dejar que la Biblia nos lea a nosotros a fin de que formemos una comunidad en la que invertimos la administración y el control. Un panorama que asusta para la modernidad y para Norteamérica.

Otra práctica significativa es la de escuchar las narraciones detrás de las narraciones en la vida de hombres y mujeres comunes y corrientes en nuestras congregaciones. Lo hacemos porque el Espíritu de Dios está entre el pueblo de Dios. Las claves y las formas de distinguir la misión y el testimonio también están entre el pueblo, no únicamente en la junta o en el pastor. Esto exige otra lectura radical de algunos pasajes paulinos acerca del liderazgo y del nombramiento de líderes. Eso pudiera requerir un profundo reordenamiento de las normas.

Tenemos que practicar el cultivo de algunas disciplinas y prácticas antiguas de la vida cristiana: el dar la bienvenida a los extraños, la hospitalidad con los demás (sin condición alguna), el ayuno, la oración, y el discernimiento comunitario. Eso incluye cómo nos formamos como pueblo, cómo nos volvemos a socializar en las prácticas de la vida del reino de Dios.

Tenemos que comenzar a innovar a una comunidad de experimento y riesgo. Las maneras en que no debemos formar comunidades misioneras incluyen: en el cambio de constituciones, en la redacción de declaraciones de la misión, o en el desarrollo de planes estratégicos basados en perfiles demográficos. Formamos comunidades misioneras cuando invitamos al pueblo de Dios a que arriesguen su visión e intuición al entrar en el vecindario y habitar entre los demás (Lucas 10:1–12). Esa es una gran tarea de adaptación.

A la mayoría de las iglesias evangélicas no les complace el riesgo. Vivimos en una cultura en la que seguir a Jesucristo significa que somos más semejantes a Cristo y más santificados, en la que los conceptos del perfeccionismo aparecen como un subtexto, y cuyo fracaso se percibe como negativo.

Hemos desarrollado varios métodos y medios (de gracia) para tratar con el fracaso, dejarlo atrás, o erradicarlo. A menudo presentamos estas cosas como formas de disciplinas espirituales. En tales contextos, el fracaso es difícilmente una opción mucho menos vista como una manera de desarrollar lo que significa ser pueblo de Dios. Queríamos resolver, no apoyar, el fracaso moral. Pero como resultado, la iglesia ha creado un ambiente en el que el fracaso de cualquier clase es incalificable.

Considere cuán difícil es en muchas iglesias afrontar la realidad de una familia que está teniendo problemas criando a sus hijos, dirigiendo su matrimonio, o haciendo que se cumplan sus propósitos. La iglesia guarda profundo silencio acerca de esos asuntos.

Sin un ambiente que proporcione un contexto saludable para admitir el fracaso, puede haber poco riesgo. Sin riesgo, habrá poca experimentación. Sin experimentación, no habrá nuevo aprendizaje y habrá poca adaptación.

Los hijos de Israel tuvieron que fracasar y experimentar y fracasar repetidamente mientras peregrinaban por el desierto a fin de desarrollar una nueva visión para ser el pueblo de Dios en la Tierra Prometida. Sin riesgo, fracaso, el comenzar otra vez y aprender de esos riesgos y fracasos, no habrían salido de Egipto sino que hubieran seguido siendo un grupo de esclavos que entraban en la Tierra de Promisión. Llevó años de riesgo, experimento, fracaso, y aprendizaje el sacar a Egipto de Israel.

Los líderes forman comunidades misioneras cuando invitan a su pueblo a un viaje en el que no hay promesa alguna al comienzo de lo que será cinco, diez, o cuarenta años de camino. Pero esa es la aventura en la cual ese extraño Espíritu Santo rompedor de fronteras constantemente invita a la iglesia a descubrir. Esa es la única forma de que tenga sentido lo que Lucas nos estaba diciendo cuando escribió el libro de los Hechos, los hechos del Espíritu de Dios.

ConclusiÓn

Hay mucho más que decir acerca del liderazgo en este contexto en que nos encontramos. Muchísimas necesidades que resolver en nuestra lucha con este Dios que se ha encontrado con nosotros en Jesucristo, y nos está haciendo una comunidad cuyo mandato es vivir para el bien del mundo. Vivimos en tiempos asombrosos; el tiempo de Dios.

El pueblo escatológico de Dios es el que no se lamenta en la nostalgia durante algún tiempo cuando la iglesia era precisamente lo que querían. Experimenta el dolor, el desplazamiento, y la confusión de un Espíritu que quebranta fronteras. En vez de lamentar lo perdido, exclaman con regocijo debido a que la gran narración de Dios en la Biblia y en la historia de la Iglesia les dice que Dios está haciendo algo. Ese movimiento de Dios aparecerá en los lugares más inesperados, entre las personas menos prometedoras; esa es la iglesia misionera.

Alan Roxburgh, Vancouver, Columbia Británica, trabaja con Allelon en la formación de líderes para la iglesia misionera/incipiente. Su Roxburgh Journal es una exposición regular en http://www.allelon.org donde presenta comentario y perspectiva acerca del movimiento internacional de la iglesia misionera.

Nota

1. Lesslie Newbigin, Foolishness to the Greeks [Insensatez a los griegos] (Grand Rapids, Mich.: Eerdmans, 1986), 1.

 

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