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Cómo cultivar una actitud mental misionera

Afrontamos nuevos retos y oportunidades al abrazar nuestro pasado y participar en nuestro presente. Para hacerlo, los líderes del siglo XXI deben cultivar una actitud mental misionera.

Por Don Detrick

Haga esta pregunta en su próxima reunión de equipos de liderazgo de la iglesia: “¿Cómo definiría usted la misión de nuestra iglesia?” Tal vez su iglesia tenga ya definida una declaración de la misión, junto con una declaración de propósitos y de principios fundamentales. Si es así, compare las respuestas con lo que usted tiene en el papel. Sospecho que descubrirá una variada serie de respuestas, muchas de las cuales ejemplifican la preferencia personal sobre el mandato bíblico y tienen poco que ver con la misión de Dios.

La misión de Dios nunca ha cambiado. Aun antes de la caída de Adán, la prioridad misionera de Dios incluía la redención de la humanidad. Como el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8, Jesús presentó la missio Dei — la misión de Dios — para la humanidad perdida y por ella. Aunque no es un nuevo término (se ha empleado desde principios del siglo XX), el ser misionera describe la participación de la iglesia en la misión de Dios como el principal interés y objetivo. A veces las personas comparan la relación entre la iglesia y la misión con la relación entre fuego y ardor. Lo uno no existe sin lo otro.

Como oficial de distrito en las Asambleas de Dios, pasaba gran parte del tiempo resolviendo o dirigiendo conflictos de la iglesia. Con frecuencia las cuestiones divisivas no tienen la más remota semejanza con la misión de Dios, sino que se concentran en malentendidos sobre asuntos de estilo o de preferencia. Rara vez veo iglesias que se centran en el trabajo misionero o están orientadas hacia la evangelización protestar por actividades insignificantes. Como el divertirse haciendo cosas distintas de la misión de Dios requiere poco esfuerzo, parece importante ayudar a los pastores y a las iglesias a buscar nuevas estrategias que los estimulen a concentrarse en su objetivo principal y a evaluar sus programas y presupuestos de ministerio a la luz de los resultados misioneros.

Cuando analizan la misión de Dios para la iglesia, los líderes deben ser sensibles a la tensión experimentada por las personas que se sienten amenazadas por los términos misionero, con propósito, postmoderno, ministerio de encarnación, o incipiente. Creen que esos términos los identifican con la doctrina no ortodoxa o praxis. Aunque no representan la mayoría de los líderes de iglesias incipientes o misioneras, hay algunas personas que abogan por una versión postmoderna de la neo-ortodoxia que se acerca al abandono herético de los fundamentos de la fe cristiana. No debemos pasar por alto a esos líderes, pero tampoco debemos suponer que hablan por todos los que emplean la terminología antes mencionada (véase el Glosario de términos en la columna).

Desde un contexto evangélico y pentecostal, debemos estar claros en que las iglesias misioneras se ocupan de ganar a los perdidos por las mismas razones que Jesucristo vino a “buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Los perdidos están perdidos, condenados a la eternidad sin Cristo en el infierno. Ellos le interesan a Dios y deben interesarnos a nosotros. Los líderes misioneros que se concentran en el objetivo principal no se moverán fácilmente hacia el abandono de la doctrina.

¿Qué pudiera ser más bíblico que alinearse con la misión de Dios al predicar el evangelio y ganar a los perdidos para Jesucristo? A quienes se resisten a ver la iglesia como misionera o con un propósito, o ven esos términos como contrarios a la tradición pentecostal, pudiera recordárseles la historia de las Asambleas de Dios. En 1916, dos años después de fundarse las Asambleas de Dios, el Concilio General aprobó una Declaración de verdades fundamentales. Esos dieciséis puntos doctrinales han permanecido prácticamente inmutables desde entonces. En nuestra fraternidad, damos gran énfasis a la verdad fundamental No. 10: “La iglesia y su misión”. Ese principio de fe indica una triple declaración de misión y propósito:

Estos tres propósitos históricos armonizan con el modelo de la iglesia con propósito, que denota estos cinco propósitos: evangelismo, adoración, discipulado, compañerismo, y ministerio (servicio). Rick Warren popularizó el concepto, pero las Asambleas de Dios han sido iglesias con propósito desde el principio.

El pensamiento misionero abarca todos los propósitos de Dios en el cumplimiento de su misión en la tierra. Antes que se formaran las Asambleas de Dios, el avivamiento pentecostal de 1906 en Los Ángeles, California, en la misión de la Calle Azusa, ejemplificó una misión multiétnica, multicultural, y multifacética para evangelizar al mundo. Más de un siglo después, afrontamos nuevos retos y oportunidades al abrazar nuestro pasado y participar en nuestro presente. Para hacerlo, los líderes del siglo XXI deben cultivar una actitud mental misionera.

Un puente entre el pasado, el presente, y el futuro

Cultivar una actitud mental misionera requiere poner en práctica modelos no amenazantes que ayuden a los líderes de la iglesia a llegar a una conclusión realista del ministerio. Esos modelos también los ayudan a sentirse seguros acerca del pasado, objetivos acerca del presente y motivados acerca del futuro. Esa no es una tarea fácil porque el camino del cambio está lleno de baches sensibles, a menudo en la forma de vacas sagradas que los líderes deben evitar con cuidado mediante la dirección especializada. Esos baches pueden fácilmente desintegrarse y convertirse en hundimientos que detengan por completo el progreso.

Los pastores necesitan constante supervisión en sus habilidades que les permita llegar a tener una mejor visión que pueda ayudar a los miembros a concentrarse en el destino, atenuando así los baches hallados a lo largo del camino. Los líderes deben recordar que son bíblicas las estrategias misioneras. Las estrategias misioneras siguen las mejores tradiciones de la fe cristiana al dar prioridad a la guía de las personas a una relación personal con Jesucristo.

Cuando repasan o preparan sus informes anuales, las iglesias tienen que hacer las debidas preguntas. En vez de, ¿pudimos empapelar las paredes de los baños, volver a pavimentar el estacionamiento, y mantener equilibrado el presupuesto?, una mejor pregunta sería, ¿cuánto de nuestro presupuesto invertimos en el evangelismo, en ganar a aquellos de nuestra comunidad que no conocen a Jesucristo? En vez de, ¿pudimos llenar las plazas de voluntarios en nuestros 47 programas para mantener ocupada a nuestra gente en la iglesia las veinticuatro horas del día los siete días de la semana?, una mejor pregunta sería, ¿evaluamos cada oportunidad de ministerio a la luz de nuestra declaración de misión, y nuestros propósitos y principios fundamentales para asegurar que estamos en la debida armonía con la misión de Dios?

¿Cómo pueden los pastores y las iglesias aferrarse a la tradición mientras pasan por alto el campo misionero que los rodea? Al hablar como alguien que valora la historia y la tradición, mi tendencia es valorar esas cosas que no han sido significativas para mí. En asuntos de la fe y de aquella cosas que facilitaron mi formación espiritual, un fuerte vínculo emocional afecta mis sentimientos. Crecí en una iglesia de las Asambleas de Dios donde mi madre como maestra de escuela dominical empleaba muy bien un franelógrafo y ejercicios abiertos para ganar a mis compañeros y a mí para Cristo. Pero mis recuerdos más queridos de aquellos vestigios del pasado no se traducen en una creencia de que los instrumentos o las estrategias de ayer darán resultado para ganar a los niños y a las familias en la cultura actual.

Cuando nuestros recuerdos del pasado son más emocionantes que nuestra visión para el futuro, hemos comenzado a morir. Esto se aplica a las personas y a las organizaciones. Es fácil entender el sentido de seguridad que sienten los que se han retirado a sus santuarios de tradición, donde la pátina consoladora de lo conocido impide el cambio. No obstante, los líderes misioneros reconocen que la comodidad de vivir en nichos nostálgicos tiene un precio. Las personas que viven en el pasado lo cambian por cosas sin importancia en el presente y la extinción en el futuro. Eso no parece un buen intercambio. Los líderes deben negarse a adorar los símbolos del pasado, y en cambio optar por adorar a Jesucristo, que es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Él siempre está alentando a su pueblo en la misión de Dios y capacitándolo para que participe en las generaciones presentes y jóvenes.

Un reto es ayudar a una generación más joven de pastores a celebrar realizaciones y aun alguna de la nostalgia del pasado, mientras se edifica en el presente con la mirada hacia el futuro. Requiere más paciencia, destreza, y diplomacia que la que algunos están dispuestos a ejercer para permitir cierto recuerdo que nos ayude a edificar sobre los fundamentos del pasado. Esa no es una tarea fácil. A veces aun los líderes más cuidadosos y convincentes tienen dificultad para presentar una visión del futuro cuando tantas personas ponen los ojos en el retrovisor.

Una iglesia saludable verá la evangelización de la comunidad como su principal misión. Las iglesias misioneras aceptan la idea de que el reino de Dios son personas, no un lugar (edificio o denominación). Esas iglesias viven los principios bíblicos de la misión dentro del contexto cultural del lugar en que la gente vive. Esto contrasta con la perspectiva tradicional norteamericana de la iglesia como un lugar donde se celebran cultos religiosos, principalmente para satisfacer las necesidades que siente la congregación. Eso describe la posición de muchas iglesias de las Asambleas de Dios que informan pocos de sus conversiones o bautismos.

Aunque algunos ministros y algunas iglesias se consideran amigables, sus cifras indican que ser amigables los unos con los otros no es en sí mismo una estrategia que gane a los perdidos. Tanto la asistencia como los presupuestos revelan la desagradable verdad de que muchas de nuestras iglesias están más interesadas en mantener lo que está ocurriendo dentro de las cuatro paredes de su edificio que en traer personas de afuera.

Parece significativo que el día de Pentecostés el Espíritu Santo sacó a los creyentes de la relativa comodidad y seguridad del espacio de su reunión congregacional a las calles donde les dio un nuevo mensaje en el idioma del pueblo. Los misioneros pentecostales se atreven a no perder el mismo enfoque exterior para ganar a las varias culturas, idiomas, y personas representadas en el siglo XXI.

¿Mantenimiento o misiÓn?

Cultivar una actitud mental misionera implica entender la tensión y el resultante conflicto de la iglesia entre mantener los sistemas tradicionales y adaptar las nuevas estrategias para las actividades misioneras. Sin que importe el tamaño de la iglesia o de la comunidad, los pastores guiados por el Espíritu equilibran lo mecánico del ministerio contextualizado y misionero con la dinámica del Espíritu Santo. Algunos en nuestra fraternidad dan énfasis a la mecánica sobre la dinámica, y viceversa. Esas personas y esas iglesias se agobian, (conscientemente o inconscientemente, adrede o sin intención) con una perspectiva condicional de ministerio: o lo hace a mi manera (la manera correcta) o fracasará (la manera incorrecta). El peligro está en la creatividad agobiante, lo que lleva a la arrogancia y a la ignorancia.

No debemos definir el pensamiento misionero como algo condicional. Antes bien, reconocemos la importancia de los modelos, estilos, y métodos alternativos, creados por el Espíritu Santo y dirigidos al ministerio y a la evangelización exitosa en la comunidad. Todo lo que se hace tiene que tratar de combinar el esfuerzo humano con la obra del Espíritu Santo. Jesús dijo: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Por otra parte, sin nuestra cooperación, el Espíritu Santo no realizará los propósitos de Dios por medio de nosotros.

Cuando yo era un joven creyente de pelo largo, sentado en un círculo, tocando la guitarra, con las manos unidas y cantando Somos uno en espíritu, era una estrategia eficaz participar con otros jóvenes y ayudarlos a encontrar a Jesucristo. En la actualidad, una estrategia eficaz pudiera incluir reuniones en Starbucks, en periódicos de la Internet, encender velas, y tener lugares de oración. Cada generación de cristianos o sector de la iglesia cristiana tiende a pensar que los métodos y estilos empleados con eficacia para atraer a los demás siguen siendo los métodos eficaces o estilos más eficaces. Eso se exagera cuando cualquier grupo cree que su enfoque es el único modelo bíblico válido, y que dará resultado con todas las personas, en todas las culturas, en todo tiempo, y en todos los lugares.

Tal idea lleva a sistemas disfuncionales porque no hay un solo modelo que dé resultado con todas las personas en todas las culturas, en todo tiempo y en todos los lugares. Si lo hubiera, no habría necesidad alguna de adiestramiento transcultural para los misioneros, algo que casi todos los cristianos aceptan. Aunque sin pasar por alto al resto del mundo, los pastores y las iglesias tienen que comprender que Norteamérica representa el nuevo campo misionero del siglo XXI. Los líderes deben estar conscientes de que la diversidad cultural y étnica ha cambiado por completo el rostro de nuestra población.

Liderazgo estratÉgico

Cultivar una actitud mental misionera requiere la disposición de conducir y negociar el conflicto cuando las estrategias misioneras chocan con las estructuras tradicionales. Es significativo que la mayoría de las iglesias misioneras que tienen buen éxito son iglesias nuevas. Esto no es sorprendente, ya que las iglesias nuevas pueden desde el principio integrar las estrategias misioneras a su ADN. Es por lo general un proceso doloroso transformar una iglesia existente porque la iglesia debe quitar los odres viejos o al menos desplazarlos antes de poner en práctica las innovaciones del vino nuevo. Como dijera Jesús, los odres viejos explotarán si echamos vino nuevo en ellos. No pueden tolerar la transformación. Lamentablemente, muchas iglesias tradicionales existentes no tolerarán el cambio y están explotando con conflictos.

Cuando se les enfrenta con el cambio, algunas iglesias se aferran a los métodos tradicionales que han sido parte de su ADN y de su historia desde su comienzo. Cuando surgen conflictos, y surgirán porque el cambio es inevitable, los líderes deben estar preparados para lidiar con esos conflictos de una manera bíblica y estratégica.

En nuestro mundo postmoderno, muchas personas piadosas tienden a ver la mayoría de los cambios en la sociedad desde una perspectiva negativa. Han pasado los buenos tiempos en que la vida era estable y las personas daban prioridad y celebraban las tradiciones; no las estigmatizaban ni las relegaban a un segundo plano. Cuando el nuevo pastor quiere incorporar una nueva estrategia — tal como una manera más casual en el vestir — los tradicionalistas se aferran a su ropa tradicional y condenan el nuevo concepto como herético. Después de todo, crecieron vistiéndose con la mejor ropa el domingo. El pastor Johnson siempre nos alentó a que buscáramos lo mejor de nosotros para el Señor. ¿Por qué este nuevo pastor quiere que demos a Dios algo menos que lo mejor de nosotros, sobre todo el domingo?

A fin de responder a sus objeciones y atenuar el conflicto resultante, los líderes deben ayudar a las personas a ver la diferencia entre el estilo y lo esencial. No hay ningún mandato bíblico de cómo vestirse el domingo como no lo hay para ningún otro día de la semana.

La gente vincula las tradiciones con la preferencia y el estilo individual, en lugar de vincularlas con lo esencial. A corto plazo, la preferencia individual de una persona o de un grupo se vuelve el estilo del grupo. Si esa tendencia continúa por un prolongado espacio de tiempo, se vuelve tradición y con el tiempo se institucionaliza. Con tiempo suficiente, se consagra como un icono sagrado.

Un nuevo órgano eléctrico Hammond con un altoparlante Leslie era una tecnología innovadora en la iglesia hace sesenta y cinco años. Esos órganos pudieron haber sido difícil de vender a una congregación conservadora. Después de todo, los mundanos escuchaban la música de órgano en el fondo musical de sus novelas de radio favoritas. También escuchaban la música de órgano en el teatro, en la pista de patinaje, en el estadio de béisbol y en otros lugares de diversión cuestionables. Muchos consideraron que la música del órgano eléctrico debía ser pecaminosa. “Y aquí están, ¡metiendo el instrumento del diablo en nuestra iglesia!”, deben de haberse lamentado algunos. En 1861, Carlos Spurgeon rehusó poner un órgano en su Tabernáculo Metropolitano de cinco mil asientos porque temía que las personas fueran a oír la música y no el mensaje.

Con el tiempo, el órgano y la música de órgano llegaron a ser la tradición musical más asociada con la iglesia. Cuando el hermano Jones compró el nuevo órgano para que la organista de la iglesia, la hermana Jones, pudiera tener los más modernos silbatos y campanas que un órgano pudiera tener, todo el mundo estuvo de acuerdo en que habíamos ganado. La iglesia obtuvo la última tecnología en órganos, la hermana Jones pudo tocarlo cada domingo, y su esposo pagaba por eso. Al mismo tiempo, la tradición del órgano se volvió parte institucional en la iglesia. Pero eso fue hace cuarenta años, y la hermana Jones tenía treinta y cinco años. Hoy tiene setenta y cinco y sigue insistiendo en tocar el órgano cada domingo. Pobre del pastor que quiera cambiar esa tradición sagrada.

A menos que los líderes transmitan con toda claridad que lo esencial es más importante que el estilo, las iglesias seguirán en constantes luchas por el estilo. Si no podemos cambiar el estilo mientras mantenemos lo esencial del mandato bíblico, nunca podremos contextualizar y comunicar el evangelio de una manera culturalmente pertinente. Es curioso que muchos líderes de la adoración contemporánea ahora valoran un órgano Hammond B2 o B3 como un instrumento de adoración viable. Lo que era viejo vuelve a ser nuevo, para el placer de algunos y el desconcierto de otros.

Los líderes afrontan el reto de la objetividad con lágrimas, enojo, sentimientos de traición, y conflictivas confusas percepciones de la realidad por parte de las personas. Sin embargo, si los líderes van a tener buen éxito en desarrollar iglesias misioneras, deben ayudar a las personas a ver más allá de su propia angustia por lo que era al presentar una clara visión de lo que puede ser. Esto requiere identificar con claridad las estrategias y los métodos que estén en armonía con nuestras doctrinas y nuestros principales valores bíblicos. Los líderes misioneros deben evitar la retórica manipulativa y emocional mientras hacen una presentación inteligente, bíblica, y guiada por el Espíritu del pensamiento misionero para quienes luchan con objeciones doctrinales, de procedimiento, o filosóficas.

Valeroso liderazgo

Cultivar una actitud mental misionera quiere decir alentar el liderazgo valeroso. Una de las características sobresalientes de la cultura de la iglesia incipiente es la disposición de los líderes jóvenes (y algunos no tan jóvenes) a probar modelos innovadores. Para muchos de ellos, salirse de la rutina no es una descripción apropiada. Ni siquiera reconocen la presencia de la rutina.

Una nueva generación de fundadores de iglesias no están interesados en las vacas sagradas ni tratando de complacer a quienes tienen un punto de vista de la iglesia que no sale de su propio ámbito natural y de sus propias necesidades. Adoptan una visión mayor: atraer a las personas a Cristo de una manera culturalmente pertinente. Para ellas, la iglesia en un comedor es tan legítima como el tener una iglesia en un edificio de vitrales con un campanario, y mucho más accesible.

A muchos pastores les encantaría ver cambios en sus iglesias, pero se estancan porque el liderazgo de la iglesia no puede o no quiere pagar el precio del cambio. El pastor sabe que la iglesia arremetió contra su predecesor y lo sacó por tratar de quitar a la hermana Jones del órgano. Sabe que la iglesia no puede sobrevivir a otra situación semejante, de modo que tolera el ruido y espera el día en que la hermana Jones se vaya al cielo.

Los líderes deben hacer todo lo que sea posible por cambiar las estructuras organizativas de la iglesia que la tradición ha paralizado. Los líderes valerosos no mantienen sistemas que han perdido su eficacia porque nadie quiere hacer olas. Los pastores paralizados por el temor no pueden dirigir con buenos resultados; ellos obstaculizan la obra misionera de la iglesia. Los pastores deben poner su seguridad en Cristo, no en un cheque ni en un falso sentido de unidad que puede resultar en conflicto siempre que él u otra persona reta una tradición.

Abnegado liderazgo

Cultivar una actitud mental misionera significa ocuparse más acerca del reino de Dios que de usted mismo. Eso se refleja mejor en la vida del Reino, no en el edificio del Reino. Dios respondió a la oración de sanidad del rey Ezequías dándole quince años más de vida. No obstante, su pobre juicio tuvo como consecuencia una seria reprimenda del profeta Isaías, y la próxima generación sufrió las consecuencias.

La respuesta de Ezequías a Isaías fue casi frívola: “‘La palabra de Jehová que has hablado, es buena.’” Pero el rey estaba pensando: al menos habrá paz y seguridad durante mi vida (2 Reyes 20:19). Ezequías representa a los actuales líderes de la iglesia que optan por vivir en el presente en el depósito del pasado, mientras pasan por alto los rendimientos decrecientes y la destrucción definitiva de las instituciones que aman tanto. Mientras todo siga igual durante mi vida, me siento feliz con el statu quo, piensan ellos.

Compare la actitud de Ezequías con el abnegado liderazgo de Jesús, que se interesaba no sólo en su círculo íntimo sino también en cada persona que habría de vivir, aun en usted y en mí. Para Él, no era su comodidad ni su conveniencia lo que importaba, sino nosotros. Nosotros contamos. Y Él cuenta con nosotros para terminar su misión.

Empleando la terminología tradicional, cultivar una actitud mental misionera significa hacer la voluntad de Dios. Pero debemos comprender que esto va mucho más allá de la típica prueba del tornasol pentecostal de tener buenos cultos. Significa hacer preguntas difíciles acerca de la influencia misionera de nuestra iglesia más allá de las paredes de nuestro templo, tanto en nuestra comunidad como más allá.

En idioma contemporáneo, cultivar una actitud mental misionera significa que la iglesia debe convertirse en los pies y las manos de Jesucristo, cruzando culturas y barreras socioeconómicas para ganar en su Nombre a las personas de todos los orígenes étnicos. Como misioneros del siglo XXI, necesitamos una renovada visión para el futuro, ganando una perspectiva del pasado, pero rehusando vivir allí. Debemos estar dispuestos a aceptar el malestar de despojarnos de las tradiciones cuando chocan con los propósitos misioneros. Sólo entonces nos extenderemos más allá de nuestro propio ámbito natural, dejaremos que el Espíritu Santo nos guíe, y acompañaremos a Jesucristo en su misión al cruzar la calle y alrededor del mundo.

Don Detrick, secretario/tesorero, Cadena de ministerios del noroeste, Snoqualmie, Washington

 

 

 

 

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