Una visión para la ciudad:
el paradigma de Jeremías para la ciudad
Por Eldin Villafañe
NUESTRAS CIUDADES — NUESTRAS NACIONES
Nuestras ciudades no son lo que fueron hace cincuenta años, hace veinticinco años, o ni siquiera hace diez años. Nuestras ciudades son multiétnicas, multiculturales, y cada vez más multilingües. Están cada vez más divididas entre los que “tienen” y los que “no tienen” y entre las personas de color y las blancas.
Aunque Marshall McLuhan hablaba de una “aldea global” para subrayar la comunicación y la interdependencia de la vida contemporánea, tenemos que ampliar la frase para que diga una “aldea global urbana”. La aparente contradicción de urbana/aldea subraya la realidad del proceso global de movimientos de pueblos y etnias desde la aldea hasta los principales centros urbanos. Este fenómeno mundial es también, dados nuestros modelos de inmigración, la experiencia de las ciudades en los Estados Unidos. Sea Boston, Nueva York, Filadelfia, Chicago o Los Ángeles, cada una está experimentando ese proceso de globalización: una realidad multiétnica y multicultural que define cada vez más su carácter distintivo.
Ben Wattenberg, el autor y demógrafo, habla de nuestras ciudades y de nuestra nación como que experimentan “el amanecer de la primera nación universal”. El concepto de que los Estados Unidos es una “nación universal” no es nuevo, ya que desde la perspectiva histórica el gran experimento norteamericano ha representado esa misma aspiración. Es importante observar que este desarrollo interno es compatible con la “misión global” externa de los Estados Unidos hallada en sus narrativas culturales, relatos que dan forma a las imágenes estadounidenses de sí mismo y del mundo.1
UNA SEGUNDA CIUDAD
Pueden describirse nuestras ciudades como lo hace Carlos Dickens en Historia de dos ciudades (“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), porque hay una segunda ciudad en todas nuestras zonas urbanas. Esta segunda ciudad es la clasificación apropiada del ex gobernador de Nueva York, Mario Cuomo, en la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard hace varios años (23 de febrero de 1999). Su elocuente discurso, calificado de “profético” por los medios de difusión seculares, subrayó la situación difícil de quienes viven en la segunda ciudad. Una segunda ciudad es una que cada vez más debe vivir con una educación de segunda clase, viviendas de segunda clase, seguridad de segunda clase, servicios de salud de segunda clase, y ropa de segunda clase. Una segunda ciudad es una que cada vez más debe vivir con el deterioro — la desintegración — de su fundamento moral y espiritual.
Estoy preocupado por la ciudad — en particular esa realidad de los barrios céntricos, la segunda ciudad. Y estoy profundamente interesado en una iglesia que necesita una visión superior para la ciudad.
UN PARADIGMA BÍBLICO
En vista del fenómeno de la urbanización y de la globalización, y los problemas y promesas que van junto con ella, tengo que formular algunas preguntas muy importantes: ¿cuál es el papel del pueblo de Dios en la ciudad? ¿Cuál es la visión de mi iglesia para la ciudad?
Un hombre muy sabio de antaño, un hombre que conocía poco de las complejidades de la ciudad, dijo: “Sin profecía el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18). La Nueva Versión Internacional dice: “Donde no hay visión, el pueblo se extravía.” La ausencia de visión (o revelación) resulta en una desaparición social, una desintegración moral y espiritual. Las personas y las instituciones — entre ellas la iglesia — que han de ser ejemplos y vivir una visión, a menudo no tienen visión alguna. Una visión, sea que la apliquemos a una persona o a una institución, da dirección, concentra energías, informa contenido y carácter, y establece el sistema para ver y valorar el verdadero sentido de la vida y de las metas. Da forma a la imagen de sí mismo y del mundo.
A través de los años, muchos libros y personas han inspirado y estimulado mi trabajo en el ministerio urbano. Sin embargo, repetidas veces he sido guiado por el Espíritu de Dios a buscar renovada inspiración como dice el profeta Jeremías: “Y procurad la paz [shalom] de la ciudad ... y rogad por ella a Jehová; porque en su paz [shalom] tendréis vosotros paz” (29:7).
Las palabras de Jeremías son instructivas. Presentan un nuevo reto al pueblo de Dios en una nueva realidad. Usted conoce los antecedentes históricos de Jeremías 29: el pueblo de Dios estaba cautivo, desterrado en Babilonia. Desde Jerusalén, Jeremías escribe una carta radical. Hace su pregunta, nuestra pregunta: ¿cuál es la función del pueblo de Dios en la ciudad? O, para hacerlo más inteligible: ¿cuál es hoy la función de la iglesia (el pueblo de Dios) en la ciudad? La respuesta de Jeremías — le llamo “El paradigma de Jeremías para la ciudad” — es una visión superior para la ciudad, una que puede inspirar nuestro trabajo en el ministerio urbano e intercultural.
La respuesta de Jeremías, sobre todo en los versículos 4–7, incluye tres elementos teológicos fundamentales importantes para cualquier teología del ministerio urbano. Dicho de otra manera, el paradigma de Jeremías es producto de: (1) una teología del contexto, (2) una teología de la misión o del ministerio, y (3) una teología de la oración (o de la espiritualidad).
Correspondiendo con eso hay tres palabras clave: presencia, paz, y oración.
Es importante subrayar aquí que hace poco un erudito del Nuevo Testamento ha confirmado la importancia de este pasaje de Jeremías para la iglesia primitiva y para nosotros hoy. Bruce W. Winter en su Búsqueda del bienestar de la ciudad: los cristianos como benefactores y ciudadanos plantea como su tesis principal que de todas las cartas en el Nuevo Testamento, es 1 Pedro la que considera en detalles el tema del bienestar de la ciudad (en particular 1 Pedro 2:11–3:17). Afirma que el llamado de 1 Pedro a buscar “la paz de la ciudad” se basa en Jeremías 29 como el paradigma teológico clave de buscar la paz y seguirla (3:11) — un texto que informa que esos cristianos del primer siglo de la diáspora estaban comprometidos con la polis, la ciudad.2
UNA TEOLOGÍA DEL CONTEXTO
Presencia: Jeremías 29:4–6 habla a la iglesia respecto de su relación con la ciudad, con la cultura, y con la sociedad. Las palabras de Jeremías para aquellos desterrados en la “inicua” Babilonia siguen siendo pertinentes. Frente a los falsos profetas que pudieran exigir “asimilación”, “revolución”, o “escapismo”, Jeremías llama por un “compromiso”, por presencia.
Me ayuda la etimología de la palabra iglesia (ekklesia). En la antigua Grecia se refería a la congregación o asamblea de los “llamados” a analizar la situación de la polis. La iglesia se reúne para adorar y se prepara para influir en la polis. No vive para sí misma, sino para el reino (gobierno, soberanía, señorío) de Dios. La iglesia no puede ser indiferente a las necesidades humanas en la ciudad, sean físicas, políticas, económicas o espirituales. No se oculta; tampoco puede integrarse falsamente en la sociedad. El pueblo de Dios no compromete su identidad. Sabe que debe estar presente en la ciudad, con la ciudad, y por la ciudad; pero también sabe que no es de la ciudad. La iglesia está presente como sal y luz (Mateo 5:13–16) en todos los asuntos de la polis.
Además, una palabra y concepto clave que aclara la presencia de la iglesia en la ciudad es contextualización. Ésta define el requisito sine qua non de todo fiel y eficaz ministerio urbano. Pudiera definirse mejor con el paradigma bíblico de la encarnación (Juan 1:14; Filipenses 2:5–11). Aunque el ministerio urbano es para servir a toda la ciudad — los vecindarios como también la mayor zona metropolitana — comienza con un compromiso y expresa contextualmente solidaridad con aquellos con quienes los hizo Jesús. En las palabras de Leonardo Boff o de Gustavo Gutiérrez, eso manifiesta “una opción preferencial por los pobres”, para quienes viven en la “segunda ciudad”. El ministerio urbano está llamado a expresar humildemente una “kenosis urbana”. Debe luchar hasta vaciarse de las prerrogativas, del prestigio, y del poder tan valioso para el mundo, y armar su tienda entre las comunidades pobres marginadas de nuestras ciudades.3
UNA TEOLOGÍA DE LA MISIÓN / MINISTERIO
Paz: Jeremías 29:7 “Procurad la paz de la ciudad”, habla a la iglesia de nuestra misión en la ciudad. La palabra y el concepto “paz” (shalom) resume mejor para mí la misión y el ministerio de la iglesia. La Biblia nos presenta al menos tres dimensiones de shalom, tres dimensiones de la paz que se nos pide que busquemos. Pueden resumirse como: paz con Dios (Romanos 5:1), la paz de Dios (Filipenses 4:7) y (buscar) la paz de la ciudad (Jeremías 29:7).
En el Antiguo Testamento, shalom habla de sanidad, fortaleza, entereza, salud, armonía, integridad, prosperidad, reconciliación, bienestar, justicia, y salvación, tanto personal como social.4 La iglesia es un instrumento, un siervo, de paz en la ciudad. Predica y vive el shalom de Dios.
La esencia del evangelio es shalom. Cristo, la paz (eirene, en el Nuevo Testamento, es una palabra que ilustra muy bien la palabra del Antiguo Testamento shalom) ha venido (Lucas 1:79; 2:14); es dada o concedida por Él (Marcos 5:34; Lucas 7:50), y sus discípulos son sus mensajeros (Lucas 24:45). A la iglesia se le debe recordar, como lo hizo Pedro en la casa de Cornelio (Hechos 10:36): “Dios envió mensaje … anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de todos.” Pablo nos exhorta en Efesios 6:15 “Calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.”
La iglesia debe ser una personificación y un agente de shalom en nuestras ciudades, sobre todo en aquellos lugares de quebrantamiento y desesperanza, la segunda ciudad. Expresado en las típicas categorías misiológicas de la misión de la iglesia, significa: kerygma — habla de una iglesia que proclama de palabra y obra las buenas nuevas de paz por medio de Jesucristo; koinonia — habla de una iglesia que vive en hermandad y en auténtica comunión, una que tiene experiencia y ejemplos para la sociedad— “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7); diakonia habla de una iglesia, y del ministerio cristiano del shalom a una humanidad sufrida y quebrantada, un agente de reconciliación, bienestar, y justicia; y leitourgia habla de una iglesia que celebra y adora al Príncipe de paz.
UNA TEOLOGÍA DE LA ORACIÓN (DE LA ESPIRITUALIDAD)
Oración: Jeremías 29:7: “y rogad por ella a Jehová”, habla a la iglesia de la espiritualidad necesaria para luchar y vivir en la ciudad. Una genuina espiritualidad urbana conoce la importancia de la oración. La oración es un acto radical y revolucionario. Karl Barth lo dice muy bien: “Darse la mano en la oración es el comienzo de una sublevación contra el desorden del mundo.”
Lea con cuidado las palabras de mi colega, Peter Kuzmic, distinguido profesor de la obra misionera mundial y de estudios europeos, acerca del tema de la oración: “En Europa oriental, hemos visto la mano de Dios destruir al comunismo. La oración es el más fuerte poder político en el mundo. A veces la hemos confinado a nuestra espiritualidad y a nuestras preocupaciones personales, pero nuestro Salvador no sólo satisface las necesidades individuales, sino que Él es también el Creador, el Sustentador del Universo. Él es el Señor sobre las naciones, y Él responde a las oraciones de su pueblo.
“El testimonio de la obra sobrenatural de Dios a lo largo de la historia nos muestra que la oración mueve la mano de Dios. La oración cambia el destino de las naciones. La oración trae victoria al borde de la derrota. Cuando la iglesia está en su momento más débil, sigue teniendo acceso al poder de Dios mediante la oración.”5
Una genuina espiritualidad urbana sabe que la lucha requiere la alimentación y el cuidado del alma. Los encuentros de poder espiritual están presentes en la polis. Preparados con toda la armadura de Dios, salimos y enfrentamos a los “principados y potestades”.
En la última parte de ese texto, Jeremías dice una gran verdad (y al parecer un llamado irónico al interés propio) cuando les dice y nos dice a nosotros que “en su paz [la de la “inicua” Babilonia] tendréis [el pueblo de Dios] vosotros paz” (7b). Nuestro llamado es claro. Debemos orar y buscar la paz de la ciudad, si no por la salud de “Babilonia”, al menos por la salud de la iglesia.
El doctor Eldin Villafañe, profesor de ética social cristiana, fue director fundador del recinto de ministerio urbano del Gordon-Conwell que tiene veintinueve años, el Centro de Educación Ministerial Urbana, que cada año sirve a casi cuatrocientos estudiantes multilingües y multiculturales. También ha servido como Ministro de Educación en la Iglesia Cristiana Juan 3:16 en el Bronx, Nueva York, entonces la iglesia hispana más grande de la nación. Se le ha considerado uno de los diez guías religiosos y eruditos hispanos de más influencia en la nación. Entre sus libros están El Espíritu liberador: hacia una ética sociopentecostal hispanoamericana; Buscad la paz de la ciudad: reflexiones sobre el ministerio urbano; y Una oración por la ciudad: reflexiones adicionales sobre el ministerio urbano.
NOTAS
1. Véase Roger G. Betsworth, Ética social: un análisis de la tradición moral norteamericana (Louisville, KY.: Westminster/Juan Knox, 1990), 107–37; véase también “Hacia la primera nación universal”, The Boston Globe, 16 de marzo de 1991, p. 22.
2. Bruce W. Winter, Búsqueda del bienestar de la ciudad: los cristianos como benefactores y ciudadanos (Cristianos del primer siglo en el mundo grecorromano) (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1994).
3. Véase Eldin Villafañe, Buscad la paz de la ciudad: reflexiones sobre el ministerio urbano (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing House, 1995).
4. Véase entre las muchas obras, Perry B. Yoder, Shalom: la palabra bíblica para salvación, justicia, y paz (Newton, Kan.: Faith and Life Press, 1987); Walter Brueggemann, Cómo vivir hacia una visión: reflexiones bíblicas sobre shalom (Nueva York: United Church Press, 1982); y Robert Banks, “Paz”, en el Diccionario de ética cristiana de Baker, ed. Carl F.H. Henry (Grand Rapids: Baker Book House, 1973), 494,495.
5. Peter Kuzmic, “La oración, la fortaleza de Dios”, Movedores de montañas, 36, no. 2 (febrero de 1994): 5,6.