El consejo del apóstol Pedro a las parejas casadas
1 Pedro 3:1-7
Por George O. Wood

Sin duda, el matrimonio tiene dificultades, aun entre los líderes cristianos. Usted conoce las noticias y las víctimas. Pocos de nosotros somos inmunes al conflicto conyugal.
Pienso en la historia inventada de la joven pareja que fue a ver al pastor que los casó. Estaban a punto de divorciarse. El ministro recordó al esposo: “Pero usted la tomó para bien o para mal”.
“Sí”, respondió, “pero ella es peor que el mal para el que la tomé”.
Hace varios años Ann Landers recibió una carta de una perturbada esposa que se quejaba de que su esposo, con quien se había casado hacía cinco años, gastaba continuamente en sí mismo y descuidaba las cuentas de la casa. La situación se hizo tan extrema que ella sufría de dolores de cabeza toda la semana y de hipertensión arterial.
Ann respondió: “Olvídese de cambiarlo a él. No hay manera. Ahora que tiene una opinión de su médico, le sugiero que pida una opinión a su abogado. Puedo decirle esto: ningún hombre es digno de dolores de cabeza toda la semana y de la hipertensión arterial.”
¿Está de acuerdo con Ann? ¿Piensa que el apóstol Pedro estaría de acuerdo con Ann?
Las esposas a quienes Pedro se dirige en 1 Pedro 3:1–6 estaban, en su mayor parte, probablemente casadas con hombres no cristianos. Usted observará que dedica seis versículos a ellas y sólo un versículo a los esposos. ¿La razón? La vida de las mujeres era mucho más difícil socialmente que la de los hombres. Muchas de esas mujeres estaban en situaciones desagradables.
Me pregunto si Pedro recibió alguna vez una carta como ésta:
Estimado apóstol Pedro:
Me hice cristiana hace dos años. A mi esposo no le gusta lo que me ha ocurrido. Alguna que otra vez, me maldice a mí y maldice a Cristo. Se ríe de mi fe cristiana y de mí. Ha hecho de mi vida un infierno con su enojo imprevisible. A veces me da el tratamiento del silencio y no me habla por varios días. He tratado de darle testimonio, pero no me escucha.
En nuestro grupo de oración en la iglesia, he conocido a un hombre cristiano maravilloso y soltero que pudiera darnos a mis hijos y a mí un buen hogar cristiano. Mi esposo no quiere divorciarse de mí, y sé que me ha sido fiel, pero estoy cansada de que me trate de esa manera. Además, no somos compatibles. Quiero terminar con esto. ¿Qué piensa usted? ¿Y oficiaría en mi boda para volver a casarme con este maravilloso hombre cristiano si me divorciara de mi esposo?
Firmado,
Cansada de ser maltratada
¿Cuál sería su respuesta? Conocemos la respuesta del apóstol Pedro porque él la da en 1 Pedro 3:1–6. Él menciona los tres puntos esenciales de la esposa conciliadora.
Consejo a la esposa
La esposa conciliadora se somete (3:1,5,6)
Allí está — esa fea palabra— someterse. Es probable que ninguna palabra en el análisis contemporáneo del desempeño de una esposa en el matrimonio sea más vilipendiada o mal entendida que la palabra sometimiento.
Cuando el libro de Marabel Morgan, The Total Woman [La mujer completa], estaba en el apogeo de su popularidad, The Wittenberg Door lanzó una caricatura de una mujer cristiana hecha una ruina con sus cabellos con rolos y sus pies en una palangana con agua tibia y sal de higuera. La caricatura estaba subtitulada “La mujer destruida por completo”. Para muchos, esa es la imagen negativa de una mujer sometida.
Sin embargo, no tenemos ningún problema en saber lo que Pedro significa con sometimiento, porque emplea la palabra en sus instrucciones a los ciudadanos en 2:13 y a los esclavos en 2:18. Significa ponerse uno bajo autoridad de alguien. Nada tiene que ver con la valía inherente. Tiene todo que ver con vivir sin recurrir al escapismo ni a la violencia. Sometimiento es lo opuesto de salirse con la suya.
El sometimiento no implica el hacer lo que es moralmente indebido (Safira erróneamente se sometió a la mentira de Ananías en Hechos 5:2,7–10), abandonar su sensatez, o llegar a ser de una pasividad encogida y pisoteada.
Eso incluye el seguir el ejemplo de Sara, que a pesar de sus propias dificultades conyugales, respetaba a Abraham al llamarlo “señor”. En otras palabras, ella no lo desestimó. Siguió siendo fiel a Abraham a pesar de que con frecuencia cambiaba de lugar y que a veces la maltrataba. Ella ganó gracias a su conducta. Mantuvo la debida actitud, tomó las medidas correctas y conservó el afecto debido, bendiciendo a su esposo en vez de maldecirlo.
Algunos pudieran decir: “Bueno, si Sara viviera en la cultura actual, sin duda tendría opciones ahora que no tuvo entonces”. Pero, ¿las habría tomado? Cada uno de nosotros pudiera escoger el camino de lo que percibimos sea la autorrealización, o podemos oír el llamado de Jesucristo a que nos neguemos a nosotros mismos, tomemos nuestra cruz, y lo sigamos. El negarse a sí mismo para las esposas y los esposos significa permanecer comprometido con su cónyuge aunque el matrimonio sea menos que ideal.
También debemos observar que el consejo del apóstol Pablo acerca del sometimiento no es exclusivamente para la esposa. El esposo también tiene la responsabilidad de someterse: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21).
La esposa conciliadora es virtuosa y respetuosa (3:2)
Pedro aconseja a las esposas con matrimonios difíciles que ellas pueden ganarse al esposo “sin palabra” con su conducta cuando los esposos consideren la “conducta casta y respetuosa” de ellas.
La esposa del gran escritor ruso, León Tolstoi, escribió esto acerca de su vida de casados: “Hay tan poco afecto genuino en él; su bondad no viene del corazón, sino simplemente de sus principios. Sus biografías dirán de cómo ayudaba a los obreros a llevar los cubos de agua, pero nadie sabrá nunca que jamás dio descanso a su esposa y que nunca — en todos esos treinta y dos años — dio a su hijo un vaso de agua ni pasó cinco minutos junto a su cama para darme una oportunidad de descansar un poco de todas mis tareas.”
Cuando usted lee eso, ¿no puede sentir su dolor? Su esposo era tal vez como algunos pastores, muy bien considerado por el mundo de fuera, pero descuidado y egoísta en su relación con su esposa y con sus hijos.
Después de treinta y dos años, es evidente que esa falta de afecto atormentaba a la señora Tolstoi. Eso afectaría a cualquier esposa. Me compadezco de ella. Pero también me pregunto: ¿mostraba ella algún afecto hacia él? ¿Le miró alguna vez a los ojos, y le dijo: “León, te amo, pero necesitamos hablar acerca de tu conducta hacia mí y hacia los hijos”.
¿Se convirtió la señora Tolstoi en un termómetro o en un termostato en su matrimonio? ¿Negaba ella el cariño y el sexo como castigo? Un termómetro refleja la temperatura de la habitación mientras que un termostato cambia la temperatura. Si León era frío, ¿simplemente la señora Tolstoi devolvía frío? ¿Habría cambiado León si ella hubiera mostrado en cambio algún afecto?
El apóstol Pedro adopta este enfoque en su consejo a las esposas. No promete que siempre tendrá buen éxito. Él hace notar que los esposos “sean ganados” (cursivas añadidas). Pero es obvio que Pedro cree que vale la pena intentarlo.
La esposa conciliadora es interiormente hermosa (3:3,4)
Pedro aconseja a las esposas que tengan belleza interior. Sin embargo, a veces no se han entendido bien sus palabras acerca de la belleza exterior. Pedro no prohíbe que la esposa se vea bien exteriormente; sencillamente dice que la verdadera belleza es interna, “del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de gran estima delante de Dios”.
Cuando una esposa tiene un esposo difícil, ella pudiera dejar que su belleza interior desaparezca volviéndose porfiada, hostil, agresiva en un sentido desagradable o dominante. Sus intentos de cambiar a su esposo degeneran en continuos regaños. Cuanto más regaña ella, tanto más él se resiste.
Pedro dice que la esposa debe tener un espíritu afable y apacible. Un espíritu apacible no significa una personalidad pisoteada ni quiere decir silencio; significa un espíritu en reposo.
Hace años, la difunta Alice Reynolds Flower, una madre precursora en el pentecostalismo y en las Asambleas de Dios, escribió un libro acerca del matrimonio titulado The Home: A Divine Sanctuary [El hogar: un santuario divino]. Cuando era adolescente, me gané ese libro en un concurso. De todos los jóvenes, tomé las mejores notas de los mensajes del pastor acerca del noviazgo y del matrimonio.
Cuando crecí y llegué a conocer a los Flower, me di cuenta de que la frase — un santuario divino — describía su propio hogar. Cuando usted entraba en su modesta morada, siempre sentía tal presencia de paz. ¿Por qué? Porque había gran amor, mucha oración y servicio humilde a Jesucristo y a la familia.
El apóstol Pedro ruega a las esposas que hagan de sus hogares santuarios divinos. Mi propia madre ejemplificaba eso. Levantándose todos los días antes de la aurora, pasaba las primeras dos horas del día en la oración y en la Palabra. Ella hizo de nuestro hogar un lugar de paz, y era una mujer hermosa porque tenía un espíritu afable y apacible.
Consejo al esposo
Sin duda, toda iglesia tiene matrimonios con conflictos. Y si se dijera la verdad, muchos de los que tienen credenciales de ministro tienen matrimonios con conflictos.
William Barclay comentó: “Cualquier matrimonio en el que todos los privilegios están en un lado y todas las obligaciones están en el otro está destinado a ser un matrimonio imperfecto con muchas probabilidades de fracaso.”
Acto seguido, Pedro habló a los esposos (3:7). Es cierto que dedicó seis versículos para hablar a las esposas, y sólo uno para hablar a los esposos, pero rellenó ese único versículo con un buen consejo.
El esposo conciliador muestra consideración atenta por su esposa
Observe que 3:7 y 3:1 emplean palabras con el mismo significado: “asimismo” e “igualmente”. ¿Cuál es el antecedente de “igualmente”? El ejemplo de Cristo. “Para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (2:21).
El esposo y la esposa deben tomar el modelo de su respuesta del uno al otro conforme a la respuesta de Cristo. ¿Cómo Jesús trataría al esposo de usted? ¿Cómo Jesús trataría a la esposa de usted?
Puedo decirle algunas cosas que Jesús nunca le haría a la esposa de usted. Él nunca:
- la maldeciría.
- le gritaría.
- la insultaría.
- la golpearía.
- sería rudo con ella.
- le echaría bravuconadas.
- la trataría como una esclava.
- la mandaría a callarse.
- le permitiría o le exigiría que le hiciera de sirvienta.
- le daría el tratamiento del silencio.
- le insistiría en que sus exigencias se cumplan sin consideración de las propias necesidades de ella.
- le sería infiel.
Hace varios años un amigo no quiso asistir a la boda de un destacado autor cristiano que se había divorciado de su esposa sin una razón justificada en la Biblia y ahora se casaba con otra mujer. Cuando mi amigo le planteó el asunto cara a cara, este autor respondió: “Bueno, no puedo entender por qué Dios no querría que yo fuera feliz”.
¿Qué le sucedió a ese hombre? Apartó sus ojos de Jesús y falló en tratar a su esposa como Jesús lo haría. ¿Cómo trataría Jesús a la esposa de usted?
Él le daría una forma a la respuesta que deseaba. ¿Quiso Jesús que sus discípulos aprendieran a ser siervos? En vez de sermonearlos, les mostró cómo servir al tomar una toalla y lavarles los pies. Aunque la autoridad era suya por derecho, se la ganó. Así como hay quienes quieren un doctorado honorífico sin tener que trabajar para ganárselo, algunos esposos quieren el título de cabeza del hogar, pero nunca se lo han ganado.
Él iniciaría la comunicación y la reconciliación. ¿Quién repara la relación entre Jesús y Pedro después de la triple negación de Pedro? Jesús. Después de su resurrección, se le apareció personalmente a Pedro. Si el esposo va a seguir las huellas de Jesús, le corresponde al esposo dar los pasos necesarios para resolver los problemas en un matrimonio. ¿Por qué casi el ochenta por ciento de los que reciben consejo por dificultades en el matrimonio son esposas en vez de esposos? Los esposos tienen que tomar la iniciativa en reparar el daño conyugal y no dejárselo a la esposa.
Él mostraría responsabilidad, daría seguridad, y tomaría la iniciativa en mostrar ternura. Jesús no llegaría a la casa después de un día de trabajo, se sentaría en una butaca, y comenzaría a ladrar órdenes. Él descollaría en amar a otros, y siempre buscaría las maneras de ayudar, fortalecer, y animar.
El esposo conciliador es compasivo
Pedro pide a los esposos que traten a su esposa con delicadeza como compañeras más frágiles. ¿Qué significa con eso? No estaba diciendo que las esposas fueran más vulnerables espiritualmente o moralmente. Más bien se refería a que la mujer es más débil físicamente.
Cristo tiene la misma relación con nosotros. Nos trata con respeto como el compañero más débil.
Él no guía desde el poder de su posición. Jesús nunca ganó a las personas dando órdenes, sino atrayéndonos con amor.
El esposo no puede decir: “Yo soy el jefe; tú sigues órdenes”. El orgullo de la posición y un espíritu autoritario destruyen las relaciones.
En 1551, el obispo Becke tradujo 1 Pedro 3:7 como sigue: “Y si ella no te es obediente, intenta por todos los medios de inculcar el temor de Dios en su cabeza, de modo que sea obligada a aprender su deber y a hacerlo”. Es obvio que no leyó bien el texto y puso mucho en él.
Los esposos no deben guiar desde el punto ventajoso de superior a inferior (“soy mejor que tú”), de una necesidad para tener el control o usando el temor para obtener el acuerdo. Jesús nos dice que cualquiera que guíe tiene que ser siervo de todos.
El esposo conciliador comprende la igualdad espiritual de su esposa.
Pedro dice a los esposos que sus esposas son “coherederas de la gracia de la vida”. La esposa, por lo tanto, no es una cosa o una propiedad. Es igualmente un hijo de Dios, y una coheredera de todas las bendiciones que vienen con el pertenecer a Cristo.
Esto significa que el esposo tiene que ver a su esposa como una compañera integral de la vida: su amiga, con la que conversa, hace planes, ora, y juega.
El esposo tiene que estimular el pleno desarrollo de todos los dones y gracias que el Espíritu Santo ha dado a su esposa. Antes que estar celoso de sus fortalezas, tiene que gozarse en ellas y proveer cada oportunidad para que su ministerio madure.
El esposo conciliador guarda la relación del matrimonio para Dios
Si los esposos no se relacionan debidamente con la esposa, Pedro dice que sus oraciones serán estorbadas. Fallar por no vivir consideradamente y debidamente con su esposa afecta negativamente su relación personal con Dios.
Paul S. Rees, dijo: “El matrimonio no es un fin en sí mismo; es un medio por el cual podemos crecer en el Señor, y comprender su gloria. El egoísmo quiebra la comunión y destruye la oración.”
El padre de la iglesia primitiva, Tertuliano, escribió esta carta a su esposa alrededor del 202 d.C. Representa para todos los tiempos la relación ideal entre esposo y esposa.
“Cuán bello, entonces, el matrimonio de dos cristianos, dos que son uno en la esperanza, uno en el deseo, uno en la forma de vivir que siguen, uno en la religión que practican.
“Son como hermanos, ambos siervos del mismo Amo. Nada los divide, ni en la carne ni en el Espíritu. Ellos son en realidad, dos en una carne; y donde no hay sino una carne, tampoco hay sino un espíritu.
“Oran juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se fortalecen el uno al otro.
“Codo con codo afrontan las dificultades y las persecuciones, comparten sus consolaciones. No tienen secretos el uno con el otro, nunca rehúye el uno la compañía del otro; nunca el uno le trae pesar al corazón del otro.… Salmos e himnos se cantan el uno al otro.
“Oyendo y viendo esto, Cristo se goza. A los tales Él les da su paz. Donde hay dos juntos, allí también está Él presente, y donde Él está, el mal no está.”
Conclusión
¿Cuán bien está su hogar? ¿Es usted una esposa conciliadora? ¿Un esposo conciliador?
A diferencia de Tertuliano, Sam Shoemaker habló una vez acerca del hecho de que pudiéramos no hallar la utopía en el hogar cristiano, que “el hogar cristiano no es uno en que las relaciones son perfectas … sino uno en que se reconocen las imperfecciones y donde se resuelven los problemas con oración y obediencia a la luz que Dios envía. En tales hogares hay gran libertad para que las personas digan lo que piensan y expresen lo que sienten. … A las personas se les permite crecer, cometer errores, ser ellas mismas, reír.”
Oro por eso para su hogar.
Hace varios años oficié en un matrimonio en el cual la niña que llevaba las flores se robó el espectáculo. Cuando venía por el pasillo, se detenía después de cada paso, cuidadosamente extraía unos pocos pétalos de su cesta, y cuidadosamente los ponía sobre la alfombra. Era una larga senda de dieciocho hileras de asientos hasta el altar, y pensé que ella nunca lo alcanzaría. La congregación se reía con disimulo mientras esa niña cuidadosamente realizaba su tarea de preparación para la novia.
Cuando terminó la boda, me volví al novio, y le dije: “Ahora tienes la misma tarea que la niña de las flores. Tu tarea, como esposo, es esparcir flores en la senda por la que caminará tu esposa.”
Todos tendremos buenos matrimonios cuando hagamos eso el uno por el otro.
