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De vuelta desde el límite: Precisamente cuando las cosas parecían sin esperanzas

Por Charlie y Sandy Salmon con Scott Harrup

Son una pareja joven y llena de energías con tres hijos y un próspero ministerio en una iglesia que ha disfrutado de un índice de crecimiento de tres cifras desde que abrió sus puertas hace apenas cuatro años. Pero Charlie y Sandy Salmon, pastores de la Iglesia en el Risco en Snoqualmie, Washington, nunca afirmarían ser la familia pastoral ideal del siglo veintiuno. Mientras esperan sus bodas de plata en 2009, estuvieron a punto de divorciarse después de sólo once años en su matrimonio. Las lecciones que aprendieron de esa experiencia han hecho de ellos el hombre y la esposa — y los pastores — que son hoy.

La historia de Charlie

En julio de 1995 llevé a cuarenta hombres de nuestra iglesia, la Iglesia en la Colina, anteriormente, Asamblea de Dios Autopista Turner en Turner, Oregón, a una reunión de Cumplidores de Promesas en el King Dome de Seattle. Reunimos a cincuenta mil hombres en un tiempo de alabanza y reafirmación. Esto fue durante el momento culminante del movimiento Cumplidores de Promesas, y millones de hombres de toda la nación estaban encontrando a Dios de una manera radical.

Durante una de las sesiones el orador quiso honrar a los pastores, de modo que los invitó a reunirse en el escenario. Yo estaba renuente a unirme a la multitud de ministros, pero todos los hombres de mi grupo me apremiaron a ir y fui andando ante el estruendo de los aplausos y las aclamaciones.

Mi renuencia me roía lo más profundo de las vísceras mientras estaba de pie y cohibido entre mis colegas pastores. Nadie en la conferencia, ni siquiera uno de los hombres de mi iglesia, conocía el pecado secreto que yo había ocultado durante años. Pero después de esa conferencia, ya no podía ocultarlo por más tiempo. Visité la oficina del distrito de Oregón para confesar a mi superintendente mi relación adúltera con una mujer de mi iglesia en 1990.

Entonces iba a irme a casa, suplicar a mi esposa que me dejara sacar mil dólares de nuestra cuenta bancaria, y dejar la faz de la tierra.

Casados para servir

Sandy y yo nos habíamos casado once años antes en junio de 1984 después que me gradué del Northwest Bible College (Instituto Bíblico). Ella se había graduado de la escuela de enfermeras en la zona de Seattle y estuvo dispuesta a respaldarme económicamente mientras yo seguía mis estudios en el Seminario Bautista del sudoeste en Forth Worth, Texas. Mi salario inicial como pastor de niños en la Iglesia Betesda de Fort Worth nunca pagaría las cuentas.

Nos mudamos a Texas en agosto, estando en la cresta de la ola del optimismo de los recién casados. No teníamos idea de cuán superficial era nuestra relación. En primer lugar, veníamos de ambientes opuestos. Sandy había nacido en una familia comprometida con Cristo y el ministerio. Mi padre era un alcohólico, y mis padres se divorciaron cuando yo tenía once años. Había sido salvado y llamado al ministerio, pero no sabía lo que era un matrimonio saludable.

En Texas, me sumergí en mis estudios del seminario todo el tiempo mientras mantenía un trabajo a tiempo completo en el ministerio de niños. Obtuve mi maestría e hice crecer el servicio social de nuestra iglesia en la comunidad circundante. El saber cómo servir en el pastorado no me preparó para ser un esposo cristiano y servir a las necesidades de mi esposa.

Después que me gradué, compramos una casa y Sandy participó más en mi ministerio. No había dudas de que podíamos servir muy bien en el ministerio. Ya fuera en los cultos semanales, en el Festival de Diversión del Otoño para millares de niños, o en el adiestramiento de otros en el ministerio de niños, éramos un equipo respetado.

En 1988 tuve la oportunidad de volver como pastor de educación cristiana a mi iglesia de origen, la Iglesia Popular en Salem, Oregón. Sandy y yo empacamos y continuamos lo que parecía el próximo paso en nuestro sueño americano. Mi salario subió de manera significativa, Sandy pudo encontrar trabajo a tiempo completo, y comenzamos a invertir en bienes raíces.

Pero sólo se intensificó la falta de comunicación y el aumento del resentimiento que habíamos visto surgir en nuestra relación los últimos cuatro años. Seguí no haciendo caso a los problemas del hogar mientras trataba de probarme a mí mismo en mi nueva iglesia. Esto sólo creó más problemas. No sólo era un mal esposo, sino que era un arrogante graduado de seminario que pensaba que podía enseñar al pastor principal dos o tres cosas acerca del ministerio. Me despidió antes del año.

Perder mi trabajo fue duro, pero habíamos ahorrado dinero y no lo sentimos económicamente. Mi hermano, Adán, nos invitó a trabajar con él en la iglesia de las Asambleas de Dios en Livermore, California. Él y yo también construiríamos casas juntos. Esa ocupación fue efímera, cuando un bajón en el mercado de viviendas nos costó a ambos muy caro. Desde el punto de vista económico, lo perdimos todo.

El recibir dos golpes en el mentón me hizo algún bien. Me hizo humilde. En 1989, estaba listo para aceptar una invitación al ministerio dondequiera. Eso fue cuando la iglesia Turner Freeway Assembly of God abrió. Esta vez el puesto fue de pastor principal.

La iglesia había estado allí desde 1923. La congregación estaba más allá de la ancianidad, y aun asistían muchos miembros fundadores. Al principio no disponían de dinero para pagarnos. Pero Sandy estaba dispuesta a trabajar otra vez, y nos mudamos al remolque en la propiedad de la iglesia y comenzamos a tender la mano a la comunidad.

Yo tenía veintiséis años, Sandy tenía veinticinco. Yo había predicado exactamente tres sermones a adultos en toda mi vida.

Desmoronamiento y espejismo

Cualesquiera que fueren los impedimentos en nuestro matrimonio entre bastidores, éramos algo digno de verse en la plataforma de una iglesia. Sandy guiaba la adoración y yo predicaba. La gente comenzó a llegar y a salvarse. Establecimos un segundo culto bastante rápido, luego un tercero. Construimos un nuevo santuario y le añadimos un sitio para la educación.

Yo estaba en la cresta de la ola. La gente me amaba. Uno tras otro, los miembros hallaban una oportunidad para decirme qué gran pastor era. Disfrutaba de la adulación y me hallé participando en mi ministerio en expansión en porciones cada vez mayores.

Sandy, mientras tanto, se estaba deshaciendo. Cuando no estaba trabajando, muchas veces estaba regresando a una casa vacía. Y cuando yo entraba por la puerta, esperaba que mi esposa continuara el masaje a mi ego que la iglesia me daba. Yo era demasiado bueno para sacar la basura; en la iglesia tenía personas que sacaban la basura por mí.

Nunca había llegado a conocer en realidad a mi esposa. No tenía idea de que ella luchaba con la confianza en sí misma, magnificaba terriblemente sus defectos, y disminuía sus éxitos. Estaba ciego a su creciente trastorno digestivo, aun a los moretones que descubrí más tarde que eran autoinfligidos.

Cuando llegué a casa para encontrarme a Sandy en posición fetal en nuestro armario, debí haber izado todas las banderas rojas en mi espíritu. En vez de eso, le dije que tenía que orar más, estudiar más la Palabra, para vencer su desánimo a través de la paz y el gozo de Dios.

Me duele todavía hoy cuando recuerdo que me suplicaba: “Necesito un esposo, no un pastor”. En vez de responder a su llamada de ayuda, la descarté como la loca con la que me había casado, como un impedimento a mi pastorado obviamente exitoso.

La iglesia seguía fuerte. Así que empleé más tiempo, menos en la casa, y finalmente desvié mi atención en la iglesia a otra mujer. Nueve meses después esa relación se fue a pique. Ella finalmente dejó a su esposo y abandonó la iglesia. Ella no habló. Yo no hablé. El choque de lo que había hecho me hizo reconocer cuán lejos había caído de las normas de Cristo.

Así comenzó un período de ilusión en mi relación con Sandy. Sabía que lo había echado todo a perder como esposo. Comencé a leer todos los libros acerca del matrimonio que llegaran a mis manos. Comencé a trabajar tiempo extra en el frente del hogar en medio del continuado crecimiento en el frente de la iglesia.

Pero desde la perspectiva de Sandy, era demasiado poco y demasiado tarde. Ella no sabía acerca de mi aventura, pero aún no confiaba en mí. Por demasiado tiempo me había visto ponerme la fachada de un esposo afectuoso y no estaba preparada para creer que estaba genuinamente comprometido con ella. Teníamos ahora dos hijos, Stephen y Hannah. Yo estaba probando cada sugerencia en todos los libros que estudiaba para descubrir qué hacía a mi esposa ser así. Pero ella había dejado la relación y levantado paredes que no mostraban señales de agrietamiento.

Cuando 1994 dio paso a 1995, todo siguió extendiéndose en nuestro ministerio. Según la apariencia exterior, estábamos en la cima del mundo. Pero el pecado no se va simplemente porque lo entierres. Quería sacar mi aventura de mi mente, pero Dios quería tratar con ese asunto. La otra mujer decidió decir a algunas personas de nuestra iglesia lo que había sucedido. Aquellas personas vinieron a mí con un simple ultimátum: le podía decir a nuestra congregación de mi infidelidad, o lo harían ellas.

La historia de Sandy

Charlie y yo nos conocimos en 1983 y nos casamos un año después. Al comienzo de nuestro matrimonio todos nuestros esfuerzos iban dirigidos a hacer juntos un gran ministerio; ni con mucho hicimos lo suficiente para ser un excelente esposo o esposa. Simplemente nos sumergimos en la iglesia mientras nos distanciábamos más y más en nuestras relaciones y emociones. Había mucho resentimiento.

Al principio no reconocimos lo que estaba sucediendo. Simplemente desarrollamos y aumentamos un ministerio tras otro durante los primeros cinco años de nuestro matrimonio. Nos volcamos en todos y en todo lo demás salvo en nosotros mismos. Pero conforme pasaron los años y Charlie halló una creciente realización en la iglesia, comenzó a aparecer mi propio vacío.

Sabía que no cumplía con el perfil esperado de la esposa de un pastor. No era muy musical, aunque dirigía la adoración. Trabajaba fuera de casa, lo que me hizo una excepción del modelo más tradicional de cónyuge en el ministerio. Yo ni siquiera parecía la esposa del pastor.

Cuando reconocí que nuestro matrimonio estaba a punto de fracasar, me volví aun más obsesiva en otros aspectos de la vida. No pensaba más que en presentar la imagen perfecta a todos y tratando de ser todo para todos. Todo ese tiempo estaba resentida con Charlie por presuntamente hacerme sentir de esa manera. Mucho de nuestro tiempo juntos era una guerra silenciosa.

Sincera acerca del dolor

Toqué fondo en los diez meses de la depresión durante el posparto después que en 1991 naciera nuestro primer hijo, Stephen. Aun siendo enfermera, no reconocí la seria condición en que estaba. Me volví retraída y obsesiva por mi nuevo bebé, creyendo que yo era la única persona que podía cuidarlo como se debía.

Mi punto crítico, y el comienzo de mi recuperación, vinieron cuando me retrasé para una clase de discipulado que teníamos con el orador invitado Ray Brooks. Me deslicé en el fondo llevando a Stephen en un cochecito. Ray no sabía quién era yo, pero detuvo su lección y dijo: “Esta mujer sufre y está muy quebrantada. Tenemos que detenernos ahora. Quiero que pase adelante. Tenemos que orar por ella”.

Hasta ese punto, yo era siempre “Sandy la que lo atiende todo”. Aun mirar a estas treinta personas de la iglesia e ir al frente como alguien con una necesidad fue un paso que nunca imaginé que daría. Pero aquello se convirtió en el principio del fin de la duda de mí misma, del odio a mí misma, y del perfeccionismo crónico. Dios comenzó a tocarme y a sacarme de mí misma. Estaba muy quebrantada, pero antes tenía que llegar al fondo sin que importara quién viera cuán mal estaba para que Dios pudiera comenzar a tocarme.

Tendríamos muchos más años de nuestras relaciones tirantes antes de que el secreto de Charlie se revelara, pero aquel gran avance inicial dio comienzo a mi sanidad.

Optar por perdonar

En mi cumpleaños Charlie me recogió en el hogar de mis padres en Seattle después de la reunión de Cumplidores de Promesas. Yo había esperado que todos pudiéramos disfrutar de una cena familiar, pero Charlie me dijo que necesitaba hablar algo con el superintendente.

Dejé a Charlie en la oficina del distrito y me fui a casa a orar. Los niños estaban ocupados en otra habitación. Comencé a orar en el comedor por Charlie y cualquier situación por la que estuviera atravesando en la oficina del distrito y que Dios hiciera su voluntad. Entonces una cosa increíble sucedió.

Dios me dijo la razón del dilema de Charlie tan claro como si yo hubiera oído una voz audible. El Señor recalcó en mi corazón que Charlie estaba en la oficina del distrito confesando una aventura amorosa. Toda mi angustia sobre nuestro matrimonio salió a la superficie. Al mismo tiempo, sentí alivio. De repente, después de once años tenía una salida. Podría dejar mi matrimonio y nadie me culparía por eso. Sentí como si una puerta enorme se hubiera abierto para mí.

Pero si alguna vez he oído la voz de Dios, la oí en aquel momento. El Espíritu Santo me mostró mi matrimonio como si fuera una pared con una puerta y una ventana. La puerta era mi esperanza de escapar. Pero alto en la pared podía ver la pequeña ventana, aunque no podía ver a través de ella. “Dios”, oré, “no sé qué hay al otro lado de la ventana, y la puerta está abierta y parece fácil. Creo que me iré a casa con mamá y papá. Ellos me cuidarán y me apoyarán. Puedo hacer que esos últimos once años simplemente desaparezcan.”

Pero Dios comenzó a hablar a mi corazón acerca de la ventana, instándome a que la escogiera en vez de la puerta. Quiero que atravieses la ventana, me susurró el Espíritu Santo. ¿Confiarás en mí de que mi manera es mejor que la tuya?

Charlie y Bill Gallaher, el superintendente del distrito, entraron y me encontraron arrodillada en nuestro comedor ya en lágrimas. Dios había estado preparándome para lo que Charlie iba a decir. Cuando surgió la historia, recuerdo a Bill Gallaher preguntándome: “¿Puedes perdonar?”

Con esa pregunta, me di cuenta de que la ventana que había visto era la ventana del perdón. Miré hacia arriba de inmediato y dije: “Sí, puedo perdonar.”

Descubrí que de veras quería atravesar la ventana de la restauración. Al hacer eso en obediencia, el amor increíble del Espíritu Santo fluyó sobre mí. El amor por Charlie me envolvió. Nunca había experimentado tal amor. Ese paso de obediencia abrió las compuertas. Yo amaba a Charlie más que nunca, aunque acababa de oír esa noticia devastadora.

La historia de Charlie

Yo estaba atónito. Cuando Sandy dijo que me perdonaba, no estaba seguro de que la entendiera. Su amor era abrumador. Aquel momento vino a ser una piedra angular para rehacer todo lo que habíamos perdido.

Irónicamente, íbamos a revivir nuestro matrimonio que había sido un caos. Por otra parte, íbamos a ser desarraigados de una iglesia floreciente. La noche siguiente en una reunión urgente de la junta confesé mi aventura amorosa. Todo se movía a gran velocidad. Se me daban dos minutos en cada culto el domingo siguiente para decirle a la congregación que lo sentía. Después de esas presentaciones, la junta me ordenó marcharme y nunca volver. El lunes, mientras viajaba a Seattle para hacer mi confesión a los padres de Sandy, los hombres de la iglesia se llevaron las cosas de mi oficina en una camioneta y las dejaron a la entrada de mi casa.Entré en el proceso de rehabilitación de nuestro distrito. Sandy y yo asistíamos cada semana a orientación durante dieciocho meses, otros seis meses de sesiones mensuales, y una semana en EMERGE con Richard Dobbins. Esas sesiones nos devolvieron la esperanza. Salimos de la orientación y rehabilitación ministerial con un matrimonio mucho más fuerte, un nuevo sentido de la gracia de Dios, y un hermoso tercer hijo, Caleb, nacido en 1997, un año fantástico.

Estábamos asistiendo a la Primera Asamblea en Albany, Oregón, cuando vino la oportunidad de regresar a Texas a la iglesia donde había comenzado mi ministerio. El pastor Des Evans quiso tomarme bajo sus alas como un asociado y me entregó la iglesia dos años después cuando planeó retirarse.

Servimos juntos seis años y Des estaba fuerte todavía cuando Dios nos llamó a Sandy y a mí a fundar una nueva iglesia. Pensamos que el proyecto tendría lugar en North Texas. Dios tenía otros planes. El distrito del noroeste hizo contacto con nosotros acerca de un edificio en Snoqualmie, Washington. En 2004 abrimos las puertas de la Iglesia en el Risco para apenas veinte personas. En Semana Santa de 2008, alrededor de mil cuatrocientas personas se nos unieron para adorar.

Charlie y Sandy

Hemos aprendido algunas lecciones difíciles. Dondequiera que contamos nuestra historia, oramos para que (1) las parejas vean que con Cristo hay esperanza para aun el peor de los hogares; (2) las parejas busquen ayuda antes de que toquen fondo; y (3) el matrimonio puede ser la mayor de todas las relaciones.

Preparación: Si usted ve el matrimonio como un edificio, reconoce el noviazgo piadoso y la orientación matrimonial como el cimiento. Nuestro cimiento fue casi inexistente. Retrospectivamente, muchas de las herramientas de comunicación que hemos aprendido durante nuestro proceso de rehabilitación hubieran sido inestimables desde el primer día de nuestro matrimonio.

Equilibrio: Desde el principio no teníamos la menor idea de cómo equilibrar el ministerio y las responsabilidades familiares. Sirviendo hoy a una congregación de rápido crecimiento, estamos comprometidos a discernir cuando el ministerio comienza a importunar a la familia. Nos damos cuenta de que podemos dejar todo por algún tiempo. Después de todo, no es nuestro ministerio; es el ministerio de Dios. Podemos alejarnos por un par de días o un fin de semana. Podemos tomar un receso e ir a esquiar. Hacemos cualquier cosa que tengamos que hacer para permanecer relacionados.

Ideal bíblico: Quebranta nuestro corazón el ver a parejas pastorales cuya vida es análoga a nuestra vida anterior. Tal vez no terminen como nosotros, pero sabemos que no tienen la relación de que disfrutamos ahora. Satanás está robándoles el disfrutar del matrimonio que Dios ha planeado para ellos y la plena potencialidad de servicio de un matrimonio saludable. La idea de Dios sobre el matrimonio va más allá de cualquier cosa que una pareja posiblemente pudiera suponer o esperar. Pero llevar el matrimonio a ese nivel puede requerir la humildad de obtener ayuda. Los pastores deben estar dispuestos a reconocer cuándo un ministerio creciente se ha convertido en una amenaza para su matrimonio y su familia, y entonces buscar la ayuda de un consejero. No basta con decir: “Todo anda bien; estoy sirviendo a Dios”.

Responsabilidad: Sabemos que la historia de infidelidad en nuestro matrimonio lleva consigo el riesgo de un fracaso futuro. El mantener la responsabilidad es de gran prioridad para nosotros. Después de trece años, el nivel de confianza está establecido y es fuerte. Podemos llegarnos el uno al otro en cualquier momento que lo necesitemos. Pasamos tiempo con el Señor. Nos aseguramos que nuestras disciplinas espirituales estén en sus lugares legítimos. Amamos a Jesús y estamos andando con Él. Aunque nuestro compromiso acentuado con la responsabilidad es el resultado de crisis, instamos a las parejas a que establezcan medidas preventivas de responsabilidad antes de que una crisis se cierna siquiera en el horizonte.

Transparencia: Las personas bienintencionadas nos exhortan a que nos mudemos fuera de la zona en que perdimos nuestro pastorado. Pero quisimos que las personas a las que habíamos predicado, que habíamos llevado al Señor, y que habíamos compartido con ellas supieran que el amor de Dios es una realidad, que el perdón es una realidad. Sabíamos que si podíamos superar el desmoronamiento de nuestro matrimonio sería un testimonio para las personas a las que hemos hablado. Nunca habrían visto el poder de Dios para restaurar nuestro ministerio si nos hubiéramos marchado. Hoy ministramos más allá de nuestro dolor porque Dios nos ha sanado. No somos perfectos, sino que somos genuinamente perdonados.

Una motivación similar nos ha llevado a contar nuestra historia dondequiera que predicamos hoy. Además, hay personas bienintencionadas que han sugerido que nunca teníamos que mencionar nada de lo que atravesamos. Nuestro distrito nunca revocó nuestras credenciales del ministerio. Las pusieron en aplazamiento. Éramos ministros de las Asambleas de Dios con buena reputación, y eso es todo lo que cualquiera tenía que saber. Pero creemos que contar hoy nuestro pasado desde una posición de salud conyugal da esperanza para el futuro a otros que están luchando en su matrimonio.

Charlie y Sandy Salmon son pastores de la Iglesia en el Risco en Snoqualmie, Washington.

SCOTT HARRUP es subdirector de Today's Pentecostal Evangel [El evangelio pentecostal de hoy]

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