Cómo criar hijos felices y saludables mientras se está en el pastorado
Por Henry Cloud

“Amo el ministerio más de lo que puedo decir”, me dijo el pastor Scott, en un retiro de adiestramiento para el liderazgo. “Pero el temor de lo que estar en el ministerio pudiera hacer a mis hijos impide que disfrute de lo que me gusta.”
“¿Qué quiere decir?”, le pregunté.
“En primer lugar, fui hijo de pastor. Recuerdo que odiaba mucho aquello. Me sentí como si yo representara a mi padre, y como si todo su ministerio descansara sobre mis hombros si alguna vez hacía mal cualquier cosa. No creo que haga eso a mis hijos, pero me preocupa que ellos pudieran sentirlo de esa manera. Además de eso, me preocupa el no tener suficiente tiempo. Me siento dividido entre el ministerio y la familia. Cuando un lado tiene lo que necesita, parece que el otro no. Esa es la parte más difícil para mí.”
Tuvimos una buena conversación, y me solidaricé con Scott. Aunque él estaba preocupado, yo no lo estaba. Habiendo trabajado con líderes en el ministerio por más de veinte años, conozco bien ese tipo de problemas. Él no estaba en peligro. Él se relacionaba muy bien. El hecho de que estaba preocupado lo pone en un campo diferente de aquel en que está la mayoría de quienes hacen daño a sus hijos. Sin embargo, son válidas sus preocupaciones. Es bueno que las personas en el ministerio estén vigilantes respecto de cómo sus hijos se están desarrollando. Eso suscita una pregunta:
¿Por quÉ cosa vale la pena preocuparse?
En mi experiencia, esa es la pregunta pertinente. Cuando las personas responden correctamente a esa pregunta, a sus hijos por lo general les va bien. Si no responden bien, pueden estar buscándose un problema sin siquiera saberlo.
A veces los padres creen que no hay peligro porque tienen aptitudes para la crianza de los hijos. Pero lo hay. Los padres ministros a menudo no ven ese peligro porque se concentran principalmente en la vida espiritual: oír el mensaje, aprender el sistema de creencias y mostrar buena conducta. Aunque son importantes, estas cosas deben mostrarse en la debida clase de relaciones que ayude a un niño a desarrollar el carácter.
Recuerde que su relación con su hijo es el medio para desarrollar su carácter y sistema de creencias. Su hijo está convirtiéndose en persona mediante su relación con usted. Cómo usted lo ame, discipline, trate con sus fracasos, y lo prepare, dará los ingredientes que lo convierta en lo que será. Estas experiencias diarias son la estructura de la formación del carácter.
La palabra traducida por carácter en el Nuevo Testamento significa experiencia. ¿Qué experiencias estamos dando a nuestros hijos en cada relación? Ellos las están asimilando y están dando forma a lo que son. Las voces internas que ellos siguen serán las que oigan de usted.
Cuando pensamos de esa manera, comenzamos a concentrarnos en el carácter de las relaciones con nuestros hijos, y en la estructura de carácter que esas relaciones están construyendo. Esa atención ayudará a proporcionar las relaciones esenciales en su hijo, el terreno apropiado en el que usted pueda ayudar a cultivar valores, creencias, y conducta.
En la crianza de los hijos, es fácil poner la carreta delante de los bueyes. Por ejemplo, pudiéramos pensar que el terminar las tareas o mantenerse alejado de la mala conducta son asuntos clave, una manera de tratar con el problema diario. Esos aspectos son importantes, y se convierten en un contexto para lo que hacemos. Pero a veces no nos concentramos en qué produce un niño que termine sus tareas y se mantenga alejado de una conducta destructiva. Podemos caer en el error de tratar de controlar a nuestros hijos para asegurar que las cosas vayan bien, en vez de criar hijos que tengan dominio propio. Esa es una de las virtudes bíblicas más elevadas. Tenemos que recordar que aunque es importante nuestra conducta, el carácter produce la conducta. Nuestra atención tiene que estar en las cosas que producen el carácter. He aquí algunas que deben tomarse en cuenta.
Amor: CÓmo relacionarse
El primero y el más importante objetivo en asegurarse de que su hijo es saludable es el ayudarlo a llegar a ser una persona que se relaciona. La Biblia nos dice repetidas veces que permanecer en amor con Dios y con nuestro prójimo es el aspecto más importante. Muchas veces he aconsejado a familias pastorales con problemas, tratando de saber cómo los padres y los hijos no se han relacionado bien. El resultado fue la conducta problemática. Cuando consideramos los orígenes de los problemas con los hijos, debemos primero preguntar: “¿Dónde y cómo se perdió la relación?”
Las investigaciones muestran, por ejemplo, que comer en familia múltiples veces a la semana produce muchos buenos beneficios. Los niños cuyas familias comen juntos es menos probable que usen drogas o tabaco, que tengan amigos promiscuos, que sean presa de la depresión y de tendencias suicidas, o que sufran de trastornos digestivos. Además, obtienen mejores calificaciones escolares y presentan una mejor estabilidad psicológica en general. Eso resulta de una práctica de relación: una cena familiar.
Sin embargo, eso no quiere decir que cada cena familiar u otro tiempo en familia tienen como efecto una gran relación. Pero sugiere que por lo general quienes se relacionan bien hacen mejor que quienes no se relacionan. ¿Qué ingredientes construyen vínculos afectivos con sus hijos? Considere estas ideas:
- La relación viene de la seguridad. El escuchar y el hacer una relación emotiva le da el derecho de enseñar y corregir a su hijo. Un padre tiene que concentrarse en lo que su hijo está diciendo y escucharlo. La identificación es la clave para relacionarse con el corazón de su hijo, de modo que establezca la identificación. Refleje hacia su hijo que usted lo oye. Cuando él esté hablando, cerciórese de que se siente como si fuera la única persona en el mundo.
- Encuentre tiempo y actividades que se presten a relacionarse. Den paseos juntos, váyanse a pescar o a cualquier otra actividad recreativa. Practiquen un juego de mesa. Participe en actividades que requieran de usted que se concentre en cada uno y que se cree una buena relación.
- Lleve un diario personal para seguir la pista al tiempo que queda. Estoy pasmado cuando reviso el tiempo que empleo con mis hijos. Creo que empleo tiempo con ellos porque estamos muy unidos. Pero cuando observo que gran parte de ese tiempo fue en el ajetreo y el bullicio de ir aquí o allá, o haciendo actividades que no se prestan a una relación emotiva real, me asombro. Me doy cuenta de que pudimos haber estado juntos muchas horas en un fin de semana, pero aun así debía tener algún tiempo enfocado en ellos. Llevaré a un niño a un paseo de modo que podamos disfrutar del tiempo juntos. Revise sus momentos para relacionarse y asegúrese de que tiene suficientes cada día.
- No permita que su hijo aísle sus sentimientos. Haga que le diga qué está mal. Cuando un niño se desconecta porque algo lo está molestando, no deje que la incomunicación sea una opción. Anime a hablar a su hijo. Pero recuerde que él no hablará si no recibe la identificación y la comprensión de usted, o si recibe un sermón o una reprimenda antes de que cuente su historia. Una vez fuera, y que su hijo sepa que le ha escuchado y comprendido, usted tiene la oportunidad de aportar y guiar. Su hijo necesita su aporte, pero no lo escuchará hasta que sepa que usted lo escuchó.
Cuanto más se relacione con sus hijos, tanto más cultivarán un carácter que los prepare para relacionarse con los demás. Eso les servirá bien de por vida. Serán más saludables, menos propensos a problemas emocionales o de relación, más compasivos, y escogerán mejores personas a quienes amar. Ese es el fundamento del amor de Dios, la capacidad de crear un amor leal y duradero. Dios desea eso más que el sacrificio (Oseas 6:6), y ellos lo necesitan por el resto de su vida.
Disciplina: CÓmo establecer lÍmites
Los límites tienen que ver con un asunto principal: el dominio propio. Es probable que noventa y nueve por ciento de padres en el ministerio que he conocido crean que son importantes la disciplina y el establecer límites para sus hijos. Pero muchos no lo están haciendo aunque creen que lo hacen. Muchos padres creen que están disciplinando a sus hijos cuando, en realidad, los están enseñando a estar sin dominio propio. Por lo general los padres hacen esto a través del regaño, o de decirle repetidamente al niño “detente”, o “no hagas eso” Ellos se pueden enojar o disgustar y causar problemas emocionales tal como la culpa por la conducta del niño. Cada una de esas respuestas, aun cuando parezcan corregir la conducta, sólo sirve para empeorarla.
Lo que da resultado es la libertad, las opciones y las consecuencias. Dé a su hijo la expectativa o la regla, permítale hacer una elección, y entonces dé las consecuencias apropiadas. No añada una lucha de poder ni participe en ruido emocional. Haga cosas, haga valer las consecuencias e identifíquese. “Oh, Johnny, es triste. Te pedí que no hicieras eso, y lo hiciste. Ahora tendrás que estar de castigo un tiempo. Ocioso.” Cuando Johnny se disguste, identifíquese con él: “Lo sé, es difícil. Lo siento como tú. Pero tal vez estar de castigo un tiempo te ayudará a recordar la próxima vez que te pida que no haga eso. Ahora vete.”
Lo principal acerca de la disciplina es asegurarse de que no se vuelva un problema para el niño. Su conducta es el problema, no usted. Si usted se disgusta y sigue en aumento, entonces él pensará que usted es el problema: si no tuve esto, significa mamá o papá, todo estaría bien. Pero, si usted se queda fuera del camino y deja que la disciplina esté entre el niño, su conducta, y la consecuencia, él aprende que él y sólo él gobierna su calidad de vida. Esta es una importante enseñanza espiritual que Dios nos da cada día: Escoja vida, y vivirá, escoja muerte, y morirá (Romanos 8:13). Él nos da la libertad de hacer esa elección.
Este enfoque ayuda a prevenir la lucha de poder que los padres ministros pueden tener con sus hijos. Esas luchas fomentan la rebeldía contra la fe de la iglesia. Siempre que usted no sea el problema — y siempre que le permita a su hijo su conducta y las consecuencias de ser el problema — menos será la probabilidad de que su hijo se conducirá con rebeldía contra el control total, a veces confundido con Dios. No controle. Dé libertad, opciones, y consecuencias. Sea claro, firme, amable, y consecuente.
PerdÓn: Fomente la aceptaciÓn de ser menos que perfecto
Los niños saludables desarrollan la capacidad de vivir en la tensión causada por la existencia de lo bueno y lo malo. Pueden tener ideales y al mismo tiempo sentirse bien con sus imperfecciones y fracasos. Tratan de ser lo mejor que pueden, pero cuando fracasan, tienen que saber que hay gracia y perdón. Pueden aun aceptarse a sí mismos por lo que son. Saben que no es problema ser imperfecto. No se odian a sí mismos ni se dan una paliza cuando cometen un error.
Para aprender a perdonarse tienen que aprenderlo de usted. Al criar sus hijos, observe su propio nivel de sentirse bien respecto a las imperfecciones. Hasta el grado que seamos perfeccionistas, o personas narcisistas que están sólo satisfechas cuando nosotros, o nuestros hijos, son ideales, nuestros hijos se convertirán en lo que somos, o se quebrarán bajo la presión. Debemos tener una imagen bíblica de nosotros mismos. Eso incluye ambas realidades: Dios nos creó a su imagen, y somos pecadores caídos que a veces cometemos faltas. Si los padres han aprendido a aceptar el perdón de Dios y no a vivir en un estado de condenación cuando fracasan, es más probable que transmitan esa libertad a sus hijos.
Los principios siguientes ayudarán a su hijo a desarrollar un aprecio y a esforzarse por los ideales de Dios, y una habilidad para obrar por medio del fracaso:
- El tono, el tono, el tono. El mayor problema no es que usted corrija a sus hijos cuando falten. Ellos necesitan corrección. El problema mayor es cómo. Si su tono es amable, cariñoso, y firme, usted puede decir la verdad tanto como quiera. Pero si es enojado, que induce de culpa, torpe, espiritualista o vergonzoso, ellos tendrán problemas. Cuide no tan sólo lo que dice, sino también cómo lo dice. Cálmese y hable con tono cariñoso, aun cuando les esté diciendo que han hecho algo mal.
- Desarrolle una cultura familiar que admita el fracaso, los errores o los pecados. Tengo un sistema de puntuación para mis hijos cuyas edades son seis y ocho años. Cuando alguien hace algo malo, si admite que hizo mal, gana un punto. Si culpa a otro, pierde un punto. Cuando un niño gana diez puntos, recibe una recompensa. Recompenso a mis hijos por reconocer su culpa y por su confesión. La salida del fracaso es sentirse bien con ser sincero y confesar lo que anda mal, y después resolver el problema. Enseñamos eso a nuestros hijos cuando les mostramos que es normal el fracasar. La confesión y el hacerlo mejor se convierten en una forma normal de vida.
- Sea ejemplo de confesión, y sea ejemplo de aceptarse cuando comete una falta. “Hice eso mal. Fue mi falta. ¿Me perdonarás?” Esos mensajes dan a sus hijos un ejemplo tal que pueden llegar a ser como usted y enmendarse a sí mismos de la misma manera, con sinceridad y amabilidad consigo mismo.
- Tenga conversaciones acerca de “qué anduvo bien hoy” y “qué no anduvo tan bien”. Eso ayuda a sus hijos a entender que ellos y la vida no son sólo buenos ni sólo malos, sino que cada día es una combinación de ambos. Su hijo aprenderá a sentirse bien con sus virtudes y vulnerabilidades.
- Ayude a sus hijos a sentirse bien analizando sus sentimientos negativos y resolviéndolos. No deje sin espresar su enojo, tristeza, fracasos o dolor. Al mismo tiempo, requiera la debida expresión de esos sentimientos.
- Ría cuando cometa una falta. Desarrollar una cultura de ejercicio hace maestro al novicio. Haga divertido el aprendizaje. Si su hijo reacciona ásperamente ante el fracaso, o hace una mueca o se va, haga que regrese, participe, y detenga el drama. Haga que su hijo lo enfrente con usted.
- Cuando su hijo ha hecho algo malo, haga un análisis con él. Pregunte: “Antes que te vayas un tiempo de castigo, dime, ¿qué hiciste malo? ¿Por qué tienes ese tiempo de castigo?” Asegúrese de que pueda decirlo, de que sea claro acerca de aceptar su responsabilidad por su conducta, y luego pídale que se disculpe. Cuando se haya disculpado con todos los que tiene que disculparse, asegúrese de que sepa que todos lo perdonan.
Es un gran regalo el preparar a su hijo a perder bien, a fracasar bien, y a mantenerse en el camino. Haga eso combinando gentileza y verdad, como Dios hace con nosotros. Dé a su hijo amor y aceptación, y al mismo tiempo dígale con franqueza lo que hay que mejorar. De esa manera llegará a sentirse bien con su propia identidad y sin necesidad de ser perfecto ni ideal. Si usted hace eso, previene muchos problemas emocionales y de conducta, y ayuda a su hijo a aprender a tener buen éxito.
¿DÓnde encuentro el tiempo?
En la crianza de los hijos, el tiempo no tiene sustituto. La buena calidad del tiempo no compensa el no emplear suficiente tiempo. Sus hijos lo necesitan, pero usted está también ocupado. Este es el problema. En la actualidad, con la Internet y los teléfonos celulares, las relaciones de trabajo y del ministerio pueden volcarse por las noches en el hogar, en el juego de fútbol, e invadir cada aspecto de la vida. En mi libro, The One-Life Solution [La solución de una sola vida], analizo cómo ya no hay los límites de tiempo y espacio que había en nuestro trabajo.1
Se iba a trabajar porque había un lugar donde se desarrollaba el trabajo. Se iba al trabajo por un determinado tiempo, tal como de las ocho de la mañana a las cinco de la tarde. Cuando usted estaba allí, trabajaba. Cuando no estaba allí, no estaba trabajando por más tiempo: el tiempo de trabajo pasó, y usted estaba en casa dedicando el tiempo a su familia.
Ahora el trabajo lo sigue. El trabajo no tiene tiempo ni espacio donde se pueda estar respondiendo a un correo electrónico, o conversando con alguien acerca de un asunto del pastorado. No hay los límites inmanentes. Si usted no crea sus propios límites de espacio y tiempo alrededor del ministerio, su familia no tendrá al que necesitan. Si usted no pone ese tiempo — lo graba en piedra — dentro de su programa, eso no sucederá. Siempre habrá alguna urgente necesidad.
Trate a su familia como maneja su dinero cuando hace su presupuesto. Sólo tiene tanto dinero, y sólo tiene tanto tiempo. Así como paga primero su alquiler o su hipoteca, haga primero su cheque de tiempo para la familia, de modo que no esté usando el tiempo sobrante. Nunca habrá suficiente tiempo para dedicarlo a su familia.
Haga esos cheques con su cónyuge. “La noche del lunes será la noche de cine familiar”. O: “La mañana del sábado llevaré a desayunar a mi hijo de trece años.” Programe esas actividades como usted haría con otros asuntos importantes, tales como la reunión de la Junta de la iglesia. Si no emplea ese tiempo para otras cosas que se presentan, usted seguirá adelante con su familia.
Además, en La solución de una sola vida, explico la verdadera razón de que las personas no tengan suficiente tiempo: nuestras propias debilidades de carácter dejan que diversas actividades roben nuestro tiempo. No debemos permitir que esas actividades tengan ese poder sobre nosotros. Hallamos difícil decir que no a controlar a la gente, a nuestros propios mensajes de culpa, o a nuestra propia naturaleza exigente que nos hace contraer demasiadas obligaciones. No tener suficiente tiempo, salvo en tiempo de crisis, es por lo general un asunto de carácter. Cuando nos encontramos en patrones en los que contraemos demasiadas obligaciones, es el momento de ser sinceros y evaluar cuál vulnerabilidad de carácter nos está empujando a esa conducta.
Sea confiado
Dios no nos ha dado un espíritu de temor. Usted no tiene que temer por el futuro de sus hijos. Sus caminos nos protegerán a nuestros hijos y a nosotros, haciendo que prosperemos (Deuteronomio 6:20–25). Asegúrese de que las cosas principales sean las cosas principales: amor, dominio propio, y perdón. Guarde suficiente tiempo para formar constantemente esas cosas en sus hijos mediante su relación con ellos. Si usted hace eso, puede confiar en que cuando sus hijos sean viejos, no se separarán de ellas (Proverbios 22:6).
Nota
1. Véase Henry Cloud, The One-Life Solution [La solución de una sola vida] (Nueva York: Harper Collins, 2008).
