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Recorrido por la senda del pródigo

Como padres y pastores de hijos que se apartaron de la fe y fracasaron, cuatro parejas del ministerio admiten que su punto en común era el dolor, pero su esperanza se hallaba en contar cómo encontraron la solución.

Por Judi Braddy

Sólo fue necesario hacer una pregunta: “¿Cómo ha afectado a su matrimonio y su ministerio la presencia de un hijo pródigo?” Parecía que alguien había desconectado un tomacorriente gigantesco, eliminando toda la alegre plática de la habitación. Ahora sólo quedaba el silencio; nadie quería reanudar la conversación. Todavía quedaba la pregunta principal que las cuatro parejas habían decidido analizar. Aunque esto significaba traer una vez más recuerdos dolorosos a la mente, nuestra esperanza colectiva era poder brindar ayuda a otras personas que actualmente se encontraban pasando por esas mismas aguas desconocidas.

Comenzando desde mediados de los cuarenta hasta principios de los sesenta, representamos diversas circunstancias y situaciones. John y Jennifer, la pareja más joven, sirven en una misión pastoral bastante nueva, y todavía se encuentran criando a sus hijos. Ken y Brenda son pastores mayores que sirvieron anteriormente como misioneros en Indonesia. Larry e Hilda criaron dos hijos biológicos en su pastorado y más de treinta hijos adoptivos. Después de más de veinticinco años en el ministerio pastoral, mi esposo Jim y yo hemos servido los últimos quince años como ejecutivos denominacionales del distrito.

Como la edad y la apariencia, nuestras historias también varían. Sin embargo, como pastores y padres de hijos que se han apartado de su fe y han fracasado, todas estas historias tienen tristes similitudes. Aunque el dolor es un factor común, nuestra esperanza estaba en contar cómo encontramos la solución.

CÓmo comenzÓ todo

Comencé nuestra sesión preguntando a cada pareja en qué etapa de su ministerio se encontraban cuando comenzaron los problemas con sus hijos. Tomando el aliento, Jennifer y John comenzaron a hablar.

Acabábamos de abrir una nueva iglesia y estábamos dirigiendo grupos hogareños. Para ser sincero, ya habíamos esperado que nuestro hijo mayor mostraría con el tiempo problemas de conducta, a causa de un período de cinco años de abuso al comienzo de su niñez por parte de un miembro de la familia.

Es lamentable que John y Jennifer notaron el abuso después de que sucediera. Debido a que quien cometía el abuso era menor de edad, su descubrimiento se convirtió en una lucha legal emocional e hiriente para determinar su castigo. Esto abrió una brecha en toda la familia, trayendo a la luz otras situaciones negativas todavía desconocidas. Por el tiempo en que su hijo se encontraba en la segunda enseñanza y había alcanzado la pubertad, las consecuencias de lo que había sucedido hicieron explotar sus emociones de forma repentina. Comenzó con el enojo y la rebeldía en la casa. Pronto John y Jennifer descubrieron que estaba robando y vendiendo drogas. Durante los siguientes ocho años ese conflicto trastornó la vida de ellos.

En el caso de Hilda y Larry, no fueron sus hijos biológicos quienes causaron el caos, sino una querida hija adoptiva de quien se habían hecho tutores legales.

Habían estado pastoreando una nueva iglesia por sólo un año cuando comenzó la confusión que estaría presente en los dieciocho años de su ministerio.

Los problemas con el hijo de Ken y Brenda comenzaron con rachas de mala conducta cuando él tenía catorce años. Al principio, lo consideraron la turbulencia normal de la adolescencia. Ellos se encontraban pastoreando también, con una diferencia, su trabajo era una tarea temporal con el fin de satisfacer los requisitos necesarios para ser misioneros. Sumergidos en su itinerario, nunca sospecharon cómo los problemas de su hijo estaban al estallar. No podían saber entonces que su senda del hijo pródigo se extendería por más de veinticinco años en un terreno crecientemente áspero.

En cuanto a Jim y a mí, hemos dado más detalles de la situación de nuestro hijo mayor en mi libro Prodigal in the Parsonage: Encouragement for Ministry Leaders Whose Child Rejects Faith. [El hijo pródigo en la casa pastoral: estímulo para los líderes del ministerio cuyos hijos rechazan la fe] Siguiendo la dirección del Señor, acabábamos de mudarnos de una ciudad a otra, dejando nuestro puesto en el equipo de trabajo de una gran iglesia para servir como pastores de una pequeña congregación. Nuestro hijo había acabado de cumplir los trece años. Por razones todavía confusas, la mudanza hizo que surgieran algunas inseguridades latentes que lo hizo caer en una rebeldía de proporciones no imaginadas, la cual se extendió por más de veinte años.

Las cuatro parejas estuvieron de acuerdo. Los acontecimientos desarrollados los tomaron completamente desprevenidos. Aunque su desarrollo sí lo hizo. Pronto nuestras situaciones se hacen evidentes para quienes se encontraban en los bancos.

Encubrir o no encubrir

Cuando surgen los problemas con los hijos, la tendencia natural de los padres es mantenerlos encubierto; queremos protegerlos. Sin embargo, también necesitamos tiempo para procesar lo que está ocurriendo. Luchando con sentimientos de fracaso y humillación, tememos lo que pudiera pasar cuando otros lo descubran. A veces no hay opciones.

“La apariencia exterior de nuestro hijo hizo su estilo de vida imposible de pasar por alto”, agregó Jim.

Buscando un lugar al cual pertenecer, casi de inmediato nuestro hijo se había unido a un grupo de adolescentes de la escuela que no iban a la iglesia. Para mérito suyo, trajo a muchos de ellos a la iglesia, principalmente porque insistimos en que asistiera mientras viviera en nuestra casa. Nuestro consuelo era que muchos de sus amigos pudieran oír el evangelio. Nuestra preocupación era cómo la congregación iba a tolerar la presencia de esos adolescentes con pinchos en el pelo, ropa de cuero y tatuajes. Exteriormente, la mayoría de ellos eran amistosos y hospitalarios. Poco después nuestro hijo se afeitó su cabeza debido a que se unió a un grupo llamado Cabezas de Piel. Pretender cualquier otra cosa no tenía sentido. “¿Qué íbamos a hacer?”, dijo Jim mientras reía, “¿obligarlo a usar una peluca?”

Jim decidió afrontar la verdad antes de que se convirtiera en un asunto público: explicó la situación a la directiva de la iglesia y ofreció su renuncia. Estamos eternamente agradecidos de que la rechazaran, y que en su lugar se hubieran comprometido a apoyarnos en oración.

Ken y Brenda estaban tratando con una distinta junta directiva, la directiva de obra misionera mundial de su denominación. No queriendo que la junta lo descalificara, Ken sintió que era mejor mantener en silencio los conflictos con su hijo, orando porque una vez que estuvieran en el campo misionero las cosas se arreglarían.

Cuando llegaron al país de su destino, y observaron cómo otras culturas tratan con el asunto de las drogas, de pronto comprendieron la gravedad de la situación de su hijo. En aquella parte del mundo esos delitos se castigaban con la muerte.

“El temor finalmente anuló la vergüenza”, observó Ken. “Supe que necesitábamos ayuda”.

Aun así, después que volvieron del campo misionero y se convirtieron de nuevo en pastores, Ken estaba determinado a preservar su ministerio y proteger la privacidad de su hijo. Sólo cuando vio que muchos en su congregación pasaban por problemas similares, se decidió a hablar francamente. A Brenda le tomó un poco más de tiempo.

“Todavía sentía todo lo contrario”, admitió ella. “Dada la oportunidad, no quería que nadie lo supiera”.

Con el tiempo Brenda aprendió que las personas que los amaban podían ser de gran ayuda y apoyarlos en momentos difíciles. Eso se hizo muy claro cuando su hijo se unió al ejército. La congregación permanecía junto a Ken y Brenda, orando por su hijo en su ausencia.

Permanecer en silencio no era una opción para Larry e Hilda.

“En un campamento de verano algunas muchachas de nuestra iglesia se habían dado cuenta del problema que tenía nuestra hija con las mentiras”, dijo Hilda.

John y Jennifer también optaron por la filosofía del libro abierto, notando que tener reuniones en su casa lo hacía evidente.

John estuvo de acuerdo: “Hubiera sido más difícil tratar de ocultarlo”.

No obstante, aunque las personas más cercanas a ellos conocieron más de los detalles personales, John y Jennifer evitaron que los que no eran tan cercanos tuvieran más información que la necesaria.

El acuerdo común del grupo, en realidad, era la importancia de usar la sabiduría en todo lo que compartían, en todo momento y con todas las personas. Más que evitar la vergüenza personal, no querían que otros se sintieran desanimados.

Las personas de la congregación no eran las únicos que necesitaban aliento. Algunos de los líderes de nuestro ministerio también necesitaron ser alentados. Yo asocié la primera invitación de Jim para hacer una sesión inicial acerca del apadrinamiento de hijos pródigos con una conferencia del ministerio. No esperando que asistieran muchas personas, Jim quedó asombrado cuando entró en la habitación llena de colegas pastores.

Escuchar nuestra historia ayudó a otros a encontrar la valentía para afrontar su dolor. Eso también estimuló mi futura decisión de escribir un libro acerca del tema.

La verdad y las consecuencias

Nosotros tenemos una percepción particular para la forma en que las personas reaccionan frente a los problemas con nuestros hijos pródigos. A veces es mejor de lo que esperamos, a veces peor.

“La mayoría de las situaciones con nuestra hija se escenificaron en casa”, dijo Larry, “De modo que la congregación no participó en nada de eso. Cuando se dieron cuenta de algo, pareció que lo tomaron con calma.”

John y Jennifer afrontaron diversas reacciones. “Algunos se sintieron mal, casi compasivos, por lo que nos estaba sucediendo”, recordó Jennifer. “Sé que muchos oraban por nosotros”.

Algunos también se fueron de la iglesia.

“Simplemente no entendían por qué teníamos que poner a nuestro hijo en un programa de rehabilitación”. Cuando Jennifer habló, el dolor se impregnó en sus palabras.

John lo describió como la tormenta perfecta que azotó simultáneamente desde varios lugares. Como se ha dicho, estaban estableciendo una nueva iglesia cuando comenzó la lucha de su hijo. Su iglesia de origen, en la que John había servido por dieciocho años, se comprometió a ayudarlos económicamente y materialmente. Lo lamentable es que eso no dio resultado debido a problemas infraestructurales.

“Al fin y al cabo, el mayor apoyo vino de personas del área del distrito”, reflexionó John. Siguiendo el consejo colectivo, John y Jennifer decidieron cerrar la iglesia, ayudaron a su joven congregación a encontrar otras iglesias, y regresaron a su iglesia de origen.

Después de un año fuera del ministerio, la próxima iglesia que pastorearon tenía su propia desventurada historia de problemas. Combinado con todo lo demás, era casi imposible de dirigir. Describiendo la presión que esto puso en sus relaciones personales, John admitió sentirse como si estuvieran viviendo una doble vida, una en el hogar y otra distinta en la iglesia.

A veces nos preguntamos cuánto mejor habríamos resuelto las cosas si no hubiera sido por las presiones externas. Otras veces nos aferrábamos a nuestras esperanzas. Eso es más evidente cuando se refiere a las muchísimas opiniones acerca de la mejor forma de disciplinar.

El decidir cÓmo disciplinar

Como varias generaciones de padres que nos antecedieron, hicimos nuestro mejor esfuerzo para disciplinar, a menudo siguiendo el modelo de nuestros padres. El problema es que estamos tratando con dificultades que ellos nunca imaginaron: drogas, promiscuidad desvergonzada, falta de respeto, sin mencionar la influencia liberal de los medios de difusión. Lo que daba buen resultado para ellos, no siempre lo da para nosotros. No es de asombrarse que estuviéramos debatiendo, aun acerca de las formas de disciplinar.

En la educación de John y Jennifer hay dos distintas tendencias: el padre de John gobernaba la casa con severa disciplina, mientras que Jennifer fue criada por adolescentes hippies.

Asuntos más complicados son las actuales limitaciones políticamente correctas, como qué tipo de disciplina los padres de esos jóvenes pueden aplicar legalmente. Cuando se trata con este tipo de rebeldía insolente, tener que estar cerca, sin poder tomar decisiones, hace a los padres sentirse inútiles para controlar la conducta de sus hijos. Seguramente muchos pueden decir que el lamento de Jennifer dio como resultado innumerables noches de insomnio.

“Su conducta finalmente tuvo malas consecuencias”, dijo ella con triste resignación, “y terminó en un tribunal para menores. Fuimos afortunados de que no agrediera a nadie más.”

Eso causa otra frustración porque la ley aún sostiene que los padres de niños menores de edad son responsables de la conducta de éstos.

Respecto a la disciplina, Larry e Hilda afrontaron aun más restricciones. Como tutores legales, el estado y el condado dictaban absolutamente cómo debían afrontar sus conflictos.

“Tuve que dar un paso atrás por ser hombre”, explicó Larry. Hilda tenía que ser la que principalmente impusiera la disciplina. Las reglas rígidas significaban convencer o quitar los privilegios.

“Hilda hizo un gran trabajo. Yo simplemente traté de apoyarla”, dijo Larry.

Ambos admitieron que fue difícil y que causó mucha tensión a toda la familia.

PresiÓn en las relaciones personales

“No hay dudas de que el comportamiento de un pródigo da el tono emocional en el hogar”, dijo Jennifer. “Nuestros hijos menores entendían con claridad lo que estaba pasando y sentían la tensión. Eso sólo aumentaba el trauma y el drama. Cada vez que entraba por la puerta, todos se preguntaban: ¿qué pasará?

Como resultado, los hermanos a menudo se adaptaban a la situación como camaleones, armonizando sólo para mantener la paz. A veces causaban distracciones para quitar la atención en el hijo pródigo, cualquier cosa para evitar el conflicto y la tensión.

Es lamentable que esos mismos hermanos se perdieran de muchas actividades debido al tiempo y al dinero empleado en la orientación y en la ubicación del programa.

Aunque Jim y yo determinamos no dejar que nuestro hijo pródigo fuera el centro, su comportamiento inevitablemente atraía la atención de todos. A veces sentimos que la situación mantenía a nuestra familia como rehén en nuestra propia casa.

“Usted titubea al poner más tensión o culpa sobre el hijo pródigo”, dijo Jennifer, “pero todavía desea que ellos tomen responsabilidad respecto a cómo su conducta afecta a los demás”.

Lamentablemente, hasta que se arrepienten, pocos hijos pródigos aceptan que han consumido mucho tiempo o que han causado un daño emocional a los demás.

“Esta es mi vida”, decía a menudo nuestro hijo. “No es acerca de ti, o de nadie más”.

Aun las consecuencias de las decisiones que toman nuestros hijos pródigos tienen una interminable influencia en los demás, sobre todo en quienes se encuentran cerca de él.

El caos puede afectar a toda la familia. Igualmente de doloroso fue para John y Jennifer que los miembros cristianos de la familia les sugirieran que debían renunciar a la iglesia debido a que su casa no estaba en orden. Para Jennifer, la reacción de sus padres, que no la habían criado en la iglesia, no fue tan cristiana como ella esperaba. Eso la desconcertó, se retrajo, se aisló, y finalmente sufrió un tiempo de depresión ¿Quiénes pueden ayudarme, pensó, si no ellos?

Además de eso estaban las presiones externas. Más de una persona que presuntamente venía a consolar, nos dijo: “Pongan sus maletas en la puerta y díganle que no regrese hasta que se haya enmendado”.

Compararnos con nuestros colegas también aumentó la presión. La mayoría de nosotros conoce a pastores con hijos al parecer perfectos, atractivos, bien arreglados, y que ganan en cada competencia. Es difícil no mirarlos y preguntarse qué le pasó a nuestro propio hijo.

CÓmo resolver los desmoronamientos

En la olla de presión del hijo pródigo, finalmente estallan las emociones. La tensión afecta sus relaciones personales, discutiendo, culpando, y reprochando. Del enojo a la compasión, fue muy variada la escala de emociones que cada uno de nosotros experimentó, como también lo fueron nuestras reacciones. Si no somos reflexivos en nuestras decisiones, se puede crear una brecha en la relación entre el esposo y la esposa.

Brenda habló acerca de lo común que es para cada persona mirar la situación desde una distinta perspectiva. “Por ejemplo, debido a que yo no quise aceptar la situación durante mucho tiempo, no podía entender por qué mi esposo estaba tan enojado”.

“Eso a veces me hacía sentir que ella no me apoyaba”, dijo Ken.

“Mirándolo ahora, lo siento. Me doy cuenta de que no era siempre sensible a lo que ella estaba sintiendo”.

Él también se lamentó de actuar de una forma ante la congregación y de otra en casa. “Nuestra conducta debe ser consecuente”.

“Sin embargo, de algún modo”, añadió Brenda, “siempre nos las arreglábamos para estar de acuerdo en las decisiones importantes”.

Para Jim y para mí parecía una carrera de relevo en equipo, en el que cuando un padre se cansaba el otro lo sustituía. Tuvimos que tomar una decisión consciente para conservar nuestro matrimonio por encima de todo.

Jim lo dijo de esta forma: “Nosotros éramos esposo y esposa antes de ser madre y padre”. Nos aseguramos de que nuestros hijos entendieran que nada destruiría nuestra consagración a Dios, y la relación del uno con el otro. Como Ken y Brenda, cuando se trataba de decisiones importantes, determinamos actuar como uno solo.

Es difícil cuando usted se siente dividido entre el amor a su cónyuge, a sus hijos, y a la iglesia. No obstante, cuando su hijo no se expresa, ni comprende su compromiso, y toma decisiones contrarias a él, aun destructivas, usted se debe preguntar: “Si permitimos que las decisiones de nuestro hijo destruyan nuestro matrimonio, nuestro ministerio, y nuestra familia, ¿que quedará entonces?”

Aun en las mejores circunstancias, los adolescentes son inteligentes y nadarán entre dos aguas. Con el tiempo esos hijos se irán. Entonces algunas parejas luchan debido a que viven tan centradas en sus hijos que no queda nada. Las parejas deben encontrar tiempo para escaparse, renovar su relación, y permitirse un cambio de escenario para encontrar una nueva perspectiva, sobre todo si sienten que su matrimonio, su ministerio, o ambos, están en riesgo de desintegrarse.

“Por eso estuvimos un año fuera del ministerio”, dijo John, “y volvimos a nuestra primera iglesia”.

Con todo lo que había sucedido en tan poco tiempo, ellos necesitaban espacio para procesarlo. Durante ese tiempo, enviaron a su hijo a un programa cristiano en Colorado.

“Una de mis mayores luchas”, reflexionó John, “era sentir que para ser congruente en el ministerio, usted debe ser capaz de tratar con el perdón en su propia vida. De otra forma usted siente que está viviendo una mentira”.

Es verdad que le tomó un tiempo el poner las cosas en orden. En determinado momento, aun consideró abandonar sus credenciales de ministro. Por último, como resultado de conversaciones con otros consejeros del ministerio, halló una solución y no se sintió tan culpable.

“Sólo entonces pudimos poner a enfriar el asunto”, dijo John.

Aun así, se preguntaba si alguna vez podría volver al ministerio.

Por el contrario, Larry e Hilda fueron capaz de mantenerse en el ministerio mientras afrontaban los problemas de su hija. Creyeron en la franqueza y la buena comunicación, evitando que aquello se convirtiera en un conflicto real para su matrimonio y su ministerio.

“En realidad”, subrayó Hilda, “este fue un tiempo de fortalecimiento”.

Pareciera que hay sabiduría en ambos escenarios. Una persona sabia y valiente se da cuenta de cuándo debe retroceder y darse tiempo para procesar adecuadamente lo que está ocurriendo, para asegurarse de que su matrimonio y su ministerio estén a salvo. La decisión más difícil es si esa persona es capaz de hacer eso en el contexto del ministerio. Para ser sincero, mucho depende de la habilidad que tenga uno para sostenerse económicamente durante ese tiempo.

A veces Dios interviene. En nuestra situación, Dios sabía que si íbamos a sanar emocionalmente, tendríamos que mudarnos. En un punto crítico de nuestra parábola del hijo pródigo, nos llamó una nueva iglesia que estaba a varias horas de allí. Esta vez nuestro hijo decidió quedarse atrás.

CuÁndo considerar la orientaciÓn

Hable con un consejero de confianza en el ministerio, o con un consejero profesional cuando la situación no esté mejorando, cuando sienta que la situación lo está consumiendo y ya no se sienta capaz de resolverla. Busque orientación cuando la situación comience a afectarlo emocionalmente, tal vez aun físicamente, poniendo en peligro no sólo su matrimonio y su ministerio, sino también su salud y bienestar.

Aunque no había esos peligros para Hilda y Larry, de todas formas ellos decidieron reunirse con un consejero familiar y matrimonial profesional. Es verdad que no todos los problemas desaparecieron, pero la orientación ayudó en cada enfrentamiento.

Elija cuidadosamente un consejero, asegúrese de que encaje bien con su familia. Jim sonrió, recordando un consejero que se quedó dormido durante nuestra sesión.

“Eso impresionó a nuestro hijo”, dijo Jim. “Aun así, cuando esté en una crisis, no trate de resolverlo solo ni deje que malas experiencias eviten que busque consejería profesional”.

¿Por qué? Es imposible evitar el remolino de emociones. Durante nuestras dificultades, teníamos una junta directiva y una congregación comprensivas. Aun así, necesitábamos a alguien que fuera ecuánime y comprensivo. Alguien que no juzgara ni hiciera comparaciones como otro pastor hubiera podido hacer.

Jim admite que no recuerda mucho del consejo, pero que sí recuerda lo bien que se sintió poder descargar su fardo en alguien.

Recuerdo que asistí varias veces, cuando nadie de la familia podía estar en la cita de orientación y tuve que ir solo. Quizá parezca egoísta, pero me beneficiaba más cuando no tenía que compartir el tiempo del consejero con otros, debido a que podía tratar necesidades personales específicas. Me iba con una perspectiva más positiva. Esto al final beneficiaba a toda la familia.

CÓmo unirlo todo

Por muy distintas que sean nuestras situaciones, las actuales circunstancias de cada hijo pródigo varían también. Un hijo pródigo ha vuelto a casa finalmente; tres todavía se encuentran en su viaje. Aun mientras oramos por la restauración, cada uno de nosotros reconoce cuánto hemos aprendido. Recordando el pasado, nuestro panel ofreció las siguientes expresiones de ánimo.

El hijo de John y Jennifer tiene ahora dieciocho años, y ha entrado y salido del tribunal juvenil. Puesto en libertad otra vez hace poco, está viviendo en un estado cercano, con un amigo íntimo de John, a quien describe como un ángel disfrazado. Ese hombre también tuvo dificultades en su juventud, pero ha vivido sin problemas por más de veintiocho años. “Nuestro hijo no puede pedir más de él”, dijo John, mientras reía.

Parece cierto. Desde que está allí, su hijo ha alcanzado su diploma de secundaria y está ahora de aprendiz en la asociación de carpinteros.

John y Jennifer creen que ha comenzado a cambiar y que Dios lo ha puesto en un lugar donde finalmente pueda experimentar los cambios espirituales que tanto necesita.

El consejo de John para los padres ministros es que sigan sirviendo a Dios pase lo que pase. “El hijo pródigo bíblico volvió a un hogar laborioso” dijo él. “Su padre todavía se encontraba haciendo su trabajo, sin hacerse víctima de las decisiones de su hijo”.

Es fácil sentir que uno se rinde cuando se encuentra en medio del dolor, sobre todo como pastores, que indican a otros el camino de la cruz. ¿Qué ocurre cuando no podemos verlo nosotros? En momentos oscuros, Dios me recordó que también hubo oscuridad cuando murió su Hijo, pero ese no fue el fin.

John entendió cómo Dios comprende nuestros momentos de desaliento. Eso fue lo que lo hizo seguir adelante.

Jennifer subrayó la importancia de buscar a dos o tres personas con quien usted haya construido una relación, con quien pueda hablar de su situación.

“Lo peor que puede hacer”, dijo ella a partir de su experiencia, “es aislarse y romper la comunicación. Comuníquese constantemente, aunque esto signifique buscar ayuda profesional”.

Ella añade una palabra de advertencia: “No imponga su situación en quienes son demasiado débiles espiritualmente o emocionalmente para resolverla. No todos saben cómo reaccionar espiritualmente cuando las personas que aman se encuentran atravesando momentos de dolor.”

“Aun como pastores”, explica Larry, “no tenemos todas las respuestas. Por eso es importante encontrar a alguien que pueda correr la cortina un poco más hacia atrás y ayudarnos a ver”.

Su hija está ahora viviendo sola, tomando sus propias decisiones. Hilda sabe que ella nunca olvidará los momentos espirituales más especiales en su vida, momentos en que las personas oraron por ella y en las convenciones de jóvenes cuando ella pasó al altar.

“Mirando hacia atrás”, dijo Hilda, “ella recordará”.

Esos momentos brillantes sirven de luz para guiar el hogar de nuestros hijos. “Instruye al niño en su camino”, nos recuerda Proverbios 22:6, “y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”.

He llegado a comprender esto, como un principio de dos partes: nuestra parte es instruir, el resto es tarea de Dios. Sólo Él puede hacérselos recordar.

Jim y yo todavía oramos por el regreso seguro de nuestro hijo al redil. Él ha progresado considerablemente a través de los años, pero lamentablemente sigue viviendo con las consecuencias de sus malas decisiones. Como muchos padres, oramos cada día porque nuestro hijo rinda su voluntad y sus caminos al Señor.

Ken y Brenda también caminaron muchos kilómetros en la senda del pródigo cuando su hijo casi se destruye con las drogas. Al final, destrozó dos automóviles, y casi termina muerto.

Intentando aun otra intervención, Ken y Brenda fueron a su casa. Esta vez para su gran gozo, él respondió llorando y de forma positiva, aceptó al Señor y estuvo de acuerdo con ir a Teen Challenge para su rehabilitación.

Cuatro meses después, Teen Challenge les permitió verlo. Su hijo refirió cómo el deseo por las drogas y el alcohol lo abandonó cuando entró por las puertas de Teen Challenge, poco después el Espíritu Santo lo llenó y transformó su vida.

Ahora, tres años fuera de Teen Challenge y de treinta y nueve años de edad, pronto será miembro de la directiva de una Iglesia. Él esta viviendo un milagro.

Ken nos recordó que prácticamente todos los personajes del Antiguo Testamento tuvieron un pródigo con quien tratar. “En realidad, los primeros hijos de Dios fueron hijos pródigos. Entonces lo pastores no debieran preguntarse por qué no están exentos”.

La buena noticia es que conocemos las promesas de Dios mejor que cualquiera.

“Nunca pierda la esperanza”, añadió Brenda. “Dios sabe lo que es mejor y usa las situaciones que no entendemos. Sin que importe cuán difícil o desagradable, solo Dios conoce el futuro y lo que nuestros hijos deben pasar para llegar adonde deben estar. Dios sigue gobernando aunque no nos parezca así a nosotros.”

Su hijo es ahora un ejemplo alentador para quienes siguen confiando en Dios como la mejor salida. Mucho más está sucediendo en el reino celestial de lo que podemos ver o conocer.

Con ese propósito, digo el versículo de mi vida, 2 Timoteo 1:12: “Pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”.

La última palabra, después de todo, siempre es la de Dios.

Judi Braddy is a writer, motivational speaker, licensed minister, pastor’s wife, mom, and (very young) grandma. She is author of four books: It All Comes Out in the Wash, True North, Simple Seasons, and Prodigal in the Parsonage. She and her husband, Jim, live in Elk Grove, California. For more information about her writing and speaking, visit her Web site at http://www.judibraddy.com.

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