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María Beulah Woodworth-Etter (1844-1924)

“El lugar de una mujer está en el púlpito”

Por Douglas Jacobsen

Nacida en 1844, María Beulah Woodwoth-Etter era en muchos sentidos una típica mujer estadounidense del siglo 19. A mediados de 1860 se casó con un veterano de la guerra civil. Luego pasó los próximos 15 años criando a sus hijos y cuidando de su marido. Su vida tuvo también penalidades – solo uno de sus seis hijos sobrevivió la niñez.

Alrededor de los 35 años, la vida de Woodworth-Etter tuvo un cambio dramático, pues Dios la llamó para que fuera una predicadora. Tal como con muchas otras mujeres líderes en la historia del cristianismo, esto requirió una experiencia poderosa – una visión divina de grano listo para la cosecha y el sentimiento de ser sumergida en el fuego líquido de Dios – para convencerla de que era llamada para transgredir las normas sociales de su época y que comenzara a predicar. Su marido no se sintió entusiasmado con la transformación de su esposa, pero finalmente tuvo que aceptarlo, y Woodworth-Etter comenzó lo que habría de ser una larga carrera de cuatro décadas como evangelista itinerante.

Durante los primeros años de su ministerio, Woodworth-Etter se manifestó ecléctica en cuanto a su afiliación con la iglesia. Sus conexiones de mayor duración fueron con la Iglesia de Dios, fundada por John Winebrenner y que tenía su sede en Findlay, Ohio. Pero también estuvo asociada en diversas épocas con los Amigos (Cuáqueros), los Metodistas, los Hermanos Unidos, y un grupo llamado Cristianos de la Biblia. En algunos círculos la gente consideraba que la idea de mujeres predicadoras era controversial. Finalmente, la Iglesia de Dios le retiró sus credenciales ministeriales. Después de eso, ella siguió por su cuenta, obedeciendo el llamado de Dios libre de ataduras a algún grupo o denominación en particular.

Casi desde el comienzo empezaron a manifestarse desusadas experiencias físicas en sus reuniones. Dios sanaba a la gente, ellos clamaban con palabras o sonidos extraños, y a veces caían en trances o en estados semejantes al trance. La misma Woodworth-Etter fue cogida en trances espirituales o visiones que podían durar minutos u horas, mientras el servicio seguía su curso. Estos acontecimientos estaban teniendo lugar entre 1880 y 1890, bastante tiempo antes que comenzara el movimiento pentecostal. Cuando tales cosas ocurrían, ni Woodworth-Etter ni los que participaban en sus reuniones sabían cómo explicarlas. Las aceptaban como la obra de Dios, pero no trataban de interpretarlas teológicamente. Más tarde, Woodworth-Etter explicaría estas ocurrencias como precursoras de las señales milagrosas y de las maravillas que llegaron a ser cosa común después del avivamiento de la Calle Azuza en el movimiento pentecostal de mayor proporción.

La propia transformación de Woodworth-Etter de una predicadora de santidad en un vocero pentecostal es algo obscura. Antes mismo de que el avivamiento en la Calle Azuza hiciera erupción en Los Ángeles, Woodworth-Etter se perdió de vista. Durante 7 años, comenzando en 1905, ella prácticamente no predicó. Luego, en 1912, reapareció súbitamente en el escenario religioso estadounidense como una nueva y poderosa predicadora pentecostal en una serie de reuniones en cooperación con Fred Francis Bosworth en Dallas, Texas. Después de eso, Woodworth-Etter fue una predicadora regular y respetada en los círculos pentecostales, hasta cuando murió, en 1924.

La selección reproducida aquí es un clásico de Woodworth-Etter. Tiene que ver con el corazón de su propio llamamiento como ministra de Dios. Se ha tomado de su libro “Señales y maravillas que Dios ha realizado en el ministerio durante cuarenta años”, publicado en 1916. Este sermón es una defensa del derecho de las mujeres a predicar. ¿Cuál es su base? No sólo que las mujeres debieran ser admitidas como predicadoras, sino que aquellas que han recibido un llamado profético de Dios se les debe permitir que su luz brille. Otros podrían tratar de disuadirlas o desalentarlas, pero las mujeres que han sido llamadas por Dios a predicar deben hacer caso a ese llamado y ser fieles en la obra que Dios, y no meramente una autoridad humana, les ha encomendado.

“Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:2-4).

Hubo una gran conmoción; la gente vino presurosa en grandes multitudes desde la ciudad para ver lo que estaba sucediendo. Ellos vieron a estos hombres y mujeres, con sus rostros iluminados por la gloria de Dios, todos predicando a la vez; todos ansiosos de contar lo que Dios había hecho por ellos y por un mundo moribundo. La convicción penetró como una daga en su corazón, y de la misma manera que en la actualidad, cuando el poder de Dios se manifiesta, en vez de rendirse, ellos exclamaron: “Mucho alboroto”, y comenzaron a luchar contra Dios: “Esta gente está loca”, -dijeron- “se han embriagado con vino nuevo”, y se burlaron.

Pedro se pone de pie para defender la causa de Cristo. Él se refiere a Joel 2:28,29. “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán” (Hechos 2:17,18; 1 Corintios 14:22-26; 1 Corintios 1 al 5).

Pablo habla como si fuera común que las mujeres predicaran y profetizaran. “Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza” (1 Corintios 11:5). “Éste tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban” (Hechos 21:9; Efesios 4:11).

Pablo trabajó con mujeres en el evangelio más que cualquiera de los apóstoles. Priscila y Febe viajaron con Pablo predicando y edificando las iglesias (Hechos 18:2,18; Romanos 16).

Él y Febe habían estado celebrando avivamientos juntos; ahora ella es llamada a la ciudad de Roma. Pablo no puede ir con ella, pero se muestra muy cuidadoso de la reputación de ella, y que sea tratada con respeto. Escribe una carta de recomendación: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo” (Romanos 16:1).

Esto muestra que ella tenía autoridad para hacer negocios en las iglesias y que había tenido buen éxito en ganar almas para Cristo. Él no se avergüenza de decir que ella lo había ayudado. Él habla del modo más elogioso de un número de hermanas que habían sido obreras fieles en la obra del Señor, que habían arriesgado su vida en el esfuerzo por salvar almas, y no sólo él, sino que todas las iglesias de los gentiles envían sus agradecimientos.

Pablo dijo: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones”. Así decía la ley. Nosotros no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. “Si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos”. ¿Qué harán aquellas que no tienen marido? ¿Suponen ustedes que permanecerán en ignorancia y se perderán? Y si algunas mujeres tuvieran que depender del conocimiento de sus maridos, con seguridad morirían en ignorancia.

Pablo se refirió a las contenciones en las iglesias. Él dice que sería mejor no casarse. ¿Cuántos están de acuerdo con Pablo? ¿Cuántos obedecen? Él se está refiriendo a las contenciones en las iglesias, que es una vergüenza presentar preguntas y tener discordias en la casa de Dios. Él escribe a los hermanos: “Oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo” (1 Corintios 11:18).

“Ayuda a éstas que combatieron juntamente conmigo en el evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3). También había varias mujeres que fueron profetisas (Lucas 2:36; 2 Reyes 22:13-15). Hulda, la profetisa, mujer de Salum, vivía en Jerusalén, en el segundo sector de la ciudad, y ellos tenían comunión con ella. Ella les dijo: “Así ha dicho el Señor Dios de Israel”.

Pablo dice que no hay diferencia, sino que el hombre y la mujer son uno en Cristo Jesús (Gálatas 3:28). Tomemos a Jesús como nuestro modelo y ejemplo, y no veamos al hombre, sino solo a Jesús.

Hubo mujeres que recibieron el llamado y la comisión de parte del ángel enviado del cielo, y por el Señor Jesucristo, para predicar el evangelio (Mateo 28:5-10).

Los cobardes discípulos habían abandonado al Salvador y huyeron. Pedro negó al Salvador y juró que no lo conocía, pero muchas mujeres lo siguieron y permanecieron junto a la cruz, y fueron al sepulcro y vieron el cadáver allí tendido; la gran piedra fue colocada contra la puerta (Mateo 27:55-61). Estas mujeres regresaron a sus casas tristes y con su corazón acongojado, pero volvieron para pagar un último tributo a su querido amigo. Pasaron la noche preparando las especias para embalsamar el cuerpo de su Señor. Volvieron al sepulcro cuando amaneció. El sepulcro estaba vacío. El Señor no estaba allí. Mientras estaban llorando, dos ángeles aparecieron junto a ellas y dijeron: “No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho”.

Ellas se fueron de inmediato con gozo, y regocijándose. No podían caminar todo lo rápido que hubieran querido; corrían para llegar donde los hermanos y contarles las buenas nuevas. Mientras iban de camino, Jesús se les apareció, y ellas cayeron postradas a sus pies y lo adoraron. Él les dijo: “No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán”. No eran sólo los Doce quienes habían de contar las buenas nuevas. Había varios centenares de hermanos; sí, millares de seguidores para este tiempo. Ellos nunca pensaron de soldados sedientos de sangre que habían dado muerte a su Maestro y que estaban buscando a sus amigos que se atrevieran a defenderlo.

Considere la maravillosa misión que Jesús confió a estas débiles mujeres: predicar el primer sermón de resurrección; arriesgar su vida al reunir a los seguidores de Cristo, donde había de celebrarse la maravillosa reunión. Pero tal como muchos en la actualidad, ellos no querían creer. Pedro dijo: “No creeré el informe de ustedes”. Tomás dijo: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos… no creeré”.

En medio de todas estas situaciones desalentadoras, ellas siguieron con la tarea y tuvieron gran éxito. Jesús se reunió con ellas y les predicó; ellas se regocijaron. Fueron llamadas por ángeles y por el Señor de la gloria, y enviadas a predicar el evangelio. Se dieron los nombres de cuatro mujeres, y hubo muchas otras.

Dios está llamando a las Marías y las Martas hoy a través de todo nuestro territorio para que trabajen en varios lugares en la viña del Señor; quiera Dios que ellas respondan, y digan: “Señor, heme aquí; envíame a mí”.

Mi querida hermana en Cristo, mientras escuchas estas palabras, quiera el Espíritu de Dios venir sobre ti y hacer que estés dispuesta a cumplir la obra que el Señor te ha encomendado. Ya es tiempo de que las mujeres dejen brillar su luz; que muestren sus talentos que han estado escondidos oxidándose, que los usen para la gloria de Dios, y que hagan con su poder lo que sus manos encuentren para hacer, confiando que Dios les fortalezca, el cual ha dicho: “Nunca te dejaré”.

Oh, los campos están blancos, porque la cosecha es grande y está madura; está lista para la hoz del evangelio. Oh, ¿dónde están los obreros que han de recoger el grano en el granero del Maestro?

El mundo está muriendo, el sepulcro se está llenando, el infierno se está jactando; pronto todo habrá terminado.

Dios dejó la gloriosa tarea de salvar las almas en manos de la iglesia. ¿Quiénes son los que componen la iglesia? Hombres, mujeres, y niños. Estamos levantando un edificio de Dios; cada uno tiene una parte en este edificio; si no podemos ser un pilar o una piedra angular, seamos una punta, un clavo o un ladrillo; no despreciemos el día de las cosas pequeñas. Cualquier cosa que hagamos para Jesús, con el debido motivo, es preciosa ante sus ojos. La iglesia de Dios es un taller; aquí no se admiten holgazanes. Debiera haber letreros instalados: “Trabajad, trabajad. Cada uno en su puesto”. Usted y yo debiéramos decir, cuando Satanás nos tiente, como dijo Nehemías: “Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros. Estoy comisionado por el Rey del cielo para trabajar para Él”. La obra es grande y el tiempo es corto. Él ofrece una gran recompensa. Del mismo modo como el hombre ciego, nosotros diremos lo que Dios ha hecho por nosotros: “Una vez fui ciego, ahora veo”.

La sabiduría original de Woodworth-Etter para hoy:

Woodworth-Etter no se avergonzó al defender su derecho a predicar, lo mismo como los derechos de otras mujeres, y aun niños.

  1. ¿Concede su congregación libertad a las mujeres para que prediquen? Si es así, ¿cómo puede el mensaje de Woodworth-Etter estimular a esas mujeres? Si no, ¿en qué punto cree usted que el mensaje de Woodworth-Etter está errado?
  2. ¿Cuál es la mujer ministra más dotada que usted conoce? ¿Qué sabiduría o revelaciones ha ganado usted de ella?
  3. ¿En qué maneras estimula usted a mujeres y hombres para que oigan y respondan el llamado de Dios? ¿Tienen las mujeres y hombres distintas clases de llamado de Dios, o tal vez Dios llama a mujeres y hombres al trabajo del evangelio sin importar la diferencia de sexo?

 

Douglas Jacobsen es un distinguido profesor de Historia de la Iglesia y Teología, en el Colegio Mesías, en Grantham, Pennsylvania. Es autor de Thinking in the Spirit: Theologies of the Early Pentecostal Movement (Indiana University Press, 2003), que ganó el Premio Pneuma 2004 de la Sociedad de Estudios Pentecostales, y de Un Lector en la Teología Pentecostal: Voces de la Primera Generación (Indiana University Press, 2006) obra de la cual se ha adaptado esta serie de artículos. Él es también co-autor de una introducción a la teología, titulada Gracious Christianity: Living the Love We Profess (Baker, 2006).

 

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