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Enriquecimiento teológico

El bautismo en el Espíritu Santo: Promesa del Antiguo Testamento

Por Edgar R. Lee

Según lo que parece, al menos en ciertos lugares, nuestra fraternidad está perdiendo mucho de su pasión por el bautismo en el Espíritu Santo. Si es así, nos vemos tentados a echarle la culpa a la influencia de una creciente cultura materialista. Pero tal vez nosotros, que somos los responsables de predicar, enseñar, y conducir pastoralmente a nuestra gente hayamos llegado a ser teológicamente deficientes en cierto modo, y por otro lado tal vez intimidados por las emergentes teologías no pentecostales. ¿Planificamos la predicación, los servicios de adoración, y otros ministerios con el deliberado e intencional propósito de perpetuar el bautismo en el Espíritu Santo y la vida llena del Espíritu?

Este artículo es el primero en una serie en que Tim Enloe y yo presentaremos lo mejor de la reciente reflexión teológica pentecostal, que clarifica y amplía los fundamentos de nuestra doctrina, y también daremos sugerencias prácticas para fortalecer la predicación y la formación espiritual dentro de las iglesias locales. En este artículo, yo repaso brevemente las facetas prominentes de la enseñanza del Antiguo Testamento que constituyen la base de la doctrina y de la práctica pentecostal en toda la revelación bíblica.

Promesa del Antiguo Testamento

Lo que Dios hizo en el Nuevo Testamento, lo inició en el Antiguo. El Antiguo Testamento fue la primera Biblia de la iglesia primitiva. Ésta usó el Antiguo Testamento para apoyar su entendimiento del nacimiento, el ministerio, la muerte, y la resurrección de Jesús. También el Antiguo Testamento introduce la obra del Espíritu de Dios, cuya identidad y funciones emergen claramente a través de las sucesivas edades y llegan a su pleno cumplimiento en el Nuevo Testamento. “La neumatología del Antiguo Testamento presenta las siluetas de gran parte de lo que aparece en el Nuevo Testamento. Sería difícil entender algunos de los pasajes del Nuevo Testamento si no fuera por la luz que el Antiguo Testamento arroja sobre ellos.”1

El Nuevo Testamento identifica al Espíritu Santo como “el Espíritu Santo de la promesa”. Antes de su ascensión, Jesús dijo: “Enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros” (Lucas 24:49).2 Pedro hizo uso de este tema en su inspirado discurso de Pentecostés: “Exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” (Hechos 2:33). Pablo habló de “la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:14) y del “Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). Aunque en los Evangelios Jesús habló acerca del Padre como dador del Espíritu (véanse Lucas 11:13; Juan 14:16), el uso que Pedro hace de Joel indica que Dios primero dio la promesa del Espíritu por medio de las grandes profecías del Antiguo Testamento (Joel 2:28,29; véanse también Isaías 32:15; 44:3-5; Ezequiel 11:19,20; 36:26,27; 37:1-14; 39:29; Zacarías 12:10).3

Un conocimiento de la obra del Espíritu en los tiempos de la antigüedad ayuda a nuestra comprensión de su obra en los Evangelios, en Hechos, y en las Epístolas. Este artículo tendrá su enfoque en varias narrativas y profecías clave del Antiguo Testamento que proporcionan claves notables de la obra del Espíritu4 en la era del Nuevo Testamento.

MoisÉs y los ancianos de Israel

Moisés fue el profeta por excelencia del Antiguo Testamento. Sus milagros durante las plagas en Egipto y aquellos que se manifestaron durante las jornadas de Israel por el desierto son testigos de la manera extraordinaria en que el Espíritu de Dios obró a través de él. Sin embargo, la función del Espíritu en su ministerio no se revela en el Pentateuco hasta Números 11. Allí, el continuo refunfuño y las quejas del pueblo habían acabado con la vitalidad y el entusiasmo de Moisés. Expresado en manera más moderna, él estaba “agotado”. Enervado y deprimido, Moisés clamó al Señor: “No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte, si he hallado gracia en tus ojos; y que yo no vea mi mal” (Nm 11:14,15).

El Señor puso un sorprendente e inesperado remedio: “Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel… tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos” (vv. 16,17). ¿Qué se esperaba con ello? Ellos “llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo” (v. 17). Se pretende que entendamos que la sabiduría y el poder excepcional de Moisés habían sido ministrados a través de él por el Espíritu de Dios. Moisés es un destacado portador del Espíritu.

Dios está mostrando que el mismo Espíritu de Dios que reposaba sobre Moisés y que lo dotaba de energía es inextinguible y que también está disponible para ser colocado en un cuerpo de líderes, además de Moisés, y esto sin disminuir el prestigio o el poder de Moisés (suponemos que Aarón y María, ambos profetas, también eran movidos por el Espíritu).

El Señor es específico respecto de la función que el Espíritu había de desempeñar en la vida de estos setenta ancianos. Ellos “llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo” (v. 17). El Espíritu les proveería de energía y dirigiría las funciones de su liderazgo en un grado mucho mayor de eficacia y de ayuda.

Algo más ocurrió, que, por estar incluido en la narrativa, es importante en la experiencia de los ancianos. “Y en cuanto se posó sobre ellos el espíritu, profetizaron, y no cesaron [en el original griego y en otras traducciones de la Biblia dice: “pero no volvieron a hacerlo]” (Números 11:25). Los ancianos no fueron llamados a ser profetas, y según entendemos tampoco actuaron más adelante en esa capacidad. Más bien, el Señor eligió usar una experiencia dramática temporal de profecía como una señal de confirmación de que el Espíritu había venido sobre los ancianos. La señal de hablar proféticamente fue convincente para Moisés, para los ancianos mismos, y para quienes presenciaron el acontecimiento o para los cuales el acontecimiento les fue relatado en forma confiable. La experiencia pública y retrasada (¿providencialmente?) de Eldad y Medad fue un testimonio a la comunidad, un mini pentecostés anticipado (11:26).

SaÚl y David

Los fracasos espirituales de Saúl perjudicaron tanto su reputación que tendemos a pasar por alto, o tal vez le restamos importancia, a la obra temprana del Espíritu en él. El Señor escogió a Saúl para que fuese el primer rey de Israel; reveló su elección al profeta Samuel, y luego ordenó a Samuel que ungiera a Saúl como rey (1 Samuel 9:16; 10:1). El acto de ungir era simbólico de la elección de Dios, y administrado bajo la dirección de Dios era garantía de la venida del Espíritu en poder.

Después de ungir en privado a Saúl, Samuel le dio tres señales que habrían de cumplirse. La última de ellas fue: “Encontrarás una compañía de profetas… el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre. Y cuando te hayan sucedido estas señales, haz lo que te viniere a la mano, porque Dios está contigo” (1 Samuel 10:5-7). La naturaleza y el orden de los acontecimientos que siguen son significativos. “Aconteció luego, que al volver él la espalda para apartarse de Samuel, le mudó Dios su corazón” (10:9). Más tarde, cuando Saúl encontró la compañía de profetas, “el Espíritu de Dios vino sobre él con poder, y profetizó entre ellos” (1 Samuel 10:10).

El historiador sagrado describió cuidadosamente la obra de Dios en Saúl en su cumplimiento en dos etapas consecutivas. Primero ocurrió un cambio de corazón; segundo, el Espíritu vino con notable poder y con evidencia profética que nos hace recordar a los setenta ancianos.

Ni Saúl ni los ancianos fueron llamados o reconocidos como profetas, pero en cada caso hubo una experiencia temporal de profecía que fue una señal de la venida del Espíritu sobre ellos con poder para sus tareas de liderazgo. Aun más, Saúl experimentó al Espíritu Santo en una manera bien definida en dos etapas. Los pecados de Saúl y su apostasía durante un reinado de cuarenta años no invalidan el hecho que Dios lo eligió para que fuese el primer rey de Israel y que le proveyó el cambio de corazón necesario y el poder milagroso para que dirigiera y liberara a Israel.

Las Escrituras también dan testimonio de otra obra notable del Espíritu, en el llamamiento de David. Samuel, bajo el mandato directo de Dios, “tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el espíritu de Jehová vino sobre David” (1 Samuel 16:13). A diferencia de Saúl, las Escrituras no dicen que a David le fuera dado un corazón nuevo. También, a diferencia de Saúl, el Espíritu vino sobre David “desde aquel día en adelante”. Así David, a diferencia de otros sacerdotes, profetas, y reyes en el Antiguo Testamento, tuvo la presencia continua del Espíritu en su vida.

Cuando aun era muchacho, David parece haber tenido una relación precoz y poco usual con Dios. Por consiguiente, el Espíritu, que sin duda ya obraba en él, vino sobre él de un modo visible y poderoso, sin necesidad de que hubiera un cambio de corazón. La derrota de Goliat, que vino poco después en la narrativa, demostró públicamente la sabiduría, la pasión, y el poder del Espíritu en David (1 Samuel 17). Vemos la continuidad y la importancia del Espíritu en la vida diaria de David, en su oración quebrantada después que Natán lo confrontó con su adulterio y homicidio: “No me eches de delante de ti, y no quites de mi tu santo Espíritu” (Salmo 51:11).

Es evidente que el Espíritu dotó a David con un amplio espectro de habilidades: guerrero y líder militar, administrador, músico y cantor, poeta y profeta, arquitecto y constructor (véanse 2 Samuel 23:2; 1 Crónicas 28:12,19). David es uno de los más grandes hombres del Antiguo Testamento, el precursor del Señor Jesucristo, a quien se identifica como el “hijo de David”. Saúl y David, juntamente con Moisés y una hueste de otros grandes hombres del Antiguo Testamento, se consideran entre los más grandes líderes carismáticos de Israel, a los que se les designa así por la manera en que el Espíritu vino sobre ellos en poder dinámico.

Bezaleel y Aholiab

La primera acción definitiva del Espíritu sobre los individuos registrada en el Antiguo Testamento se encuentra en el libro de Éxodo. Está incluida en la narrativa previa al relato de Números 11 de la obra del Espíritu en Moisés y en los ancianos. El trasfondo para este acontecimiento es la dirección de Dios a Moisés para la construcción del tabernáculo y de su mobiliario según un plan exacto (Éxodo 25:8,9). El Señor no sólo dio a Moisés un plan, también le proveyó gente llena del Espíritu en obras de construcción y de arte: “Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel… y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor. Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab…” (Éxodo 31:2-6; véase también 35:30-35).

Por primera vez vemos que el Espíritu creativo concede sabiduría y habilidad a personas particulares para tareas de instrucción y labor física que faciliten el plan redentor de Dios. En este caso, los dones espirituales tienen que ver con visión creativa, habilidad manual, y con las destrezas de enseñanza y liderazgo para hacer que la visión se vuelva realidad. Hay bastante similitud entre este relato y la mención que hace Pablo de los así llamados dones espirituales “de rutina diaria” de Romanos 12:6-8 (es decir, servicio, enseñanza, exhortación, contribuir para las necesidades de los demás, liderazgo, hacer misericordia).

JeremÍas, Ezequiel, y Joel

Mirando hacia el futuro, el profeta Jeremías predijo: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá… este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová, Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón” (Jeremías 31:31,33). Jeremías vio anticipadamente una “conversión” más profunda que había de acontecer al pueblo del Pacto. (Cuando el escritor a los Hebreos citó esta profecía, como también otros escritores del Nuevo Testamento, dijo: “Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo” [Hebreos 10:15].)

Ezequiel habló en términos similares, pero conectó con el Espíritu de Dios la anticipada obra soteriológica de la que habló Jeremías: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26,27). Antes que dar énfasis al poder carismático del Espíritu, estas dos profecías ponen su enfoque en el poder salvador del Espíritu.

En el caso del profeta Joel, hay una notable continuidad entre sus palabras y las de Moisés. Conscientemente o no, Joel toma el motivo profético que se halla en el deseo expresado en oración por Moisés cuando supo que Eldad y Medad estaban profetizando en el campamento: “Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Números 11:29). Mirando hacia el tiempo del cumplimiento, Joel expresó estas palabras del Señor: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días” (Joel 2:28,29). Aun cuando indudablemente Joel sentía inquietud por el cambio espiritual entre el pueblo del Pacto, vio anticipadamente una dotación profética universal para ellos. El énfasis de este texto trascendental, en el que Pedro fundamentó su discurso profético inicial para la era del nuevo pacto, es carismático: todo el pueblo de Dios llegará a ser profeta.

ProvisiÓn para el futuro

Estas destacadas características de la neumatología del Antiguo Testamento revelan varios aspectos de la obra del Espíritu que se presentan con un fuerte relieve en el Nuevo Testamento. Hay varios puntos que son particularmente relevantes en esta serie.

  1. En las narrativas del Antiguo Testamento, el Espíritu vino con frecuencia en forma poderosa y empírica, a las que nos referimos como carismática. El término viene de la palabra que Pablo usaba con más frecuencia para los dones espirituales (carismata) y que usualmente significa en la discusión teológica la presencia y obra del Espíritu más obviamente sobrenatural y empírica.
  2. Las narrativas también proveen huellas de la obra soteriológica del Espíritu. Con la expresión “soteriológica” nos referimos a la renovación espiritual y a la santificación, esto es la madurez del pueblo de Dios. Recuerde el “nuevo corazón” de Saúl y la experiencia especial de David con el Espíritu “desde aquel día en adelante”, como también a su preocupación de que el Espíritu no le fuese quitado como resultado de su pecado.
  3. Las promesas del Antiguo Testamento de la obra del Espíritu en los tiempos futuros incluyen tanto la obra carismática como la soteriológica del Espíritu. Ezequiel conecta directamente con el Espíritu Santo la experiencia de salvación personal del nuevo pacto. Joel, por contraste, delinea agudamente la obra carismática universal del Espíritu al derramar el don de profecía sobre todo el pueblo de Dios.
  4. Tanto en la narrativa histórica como en la promesa profética, la dotación carismática del Espíritu aparecen como acontecimientos observables y empíricos, acompañados frecuentemente de características expresiones proféticas.

Neil B. Wiseman

Edgar R. Lee, S.T.D., decano académico emérito y profesor adjunto de formación espiritual y de teología pastoral, Seminario Teológico de las Asambleas de Dios; miembro de la Comisión de Pureza Doctrinal, del Concilio General de las Asambleas de Dios.

NOTAS

1. Anthony D. Palma, The Holy Spirit: A Pentecostal Perspective (Springfield, Mo.: Logion Press/Gospel Publishing House, 2001), 33.

2. El texto bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

3. Véase Palma, The Holy Spirit, págs. 136, 137.

4. Este escrito se referirá al Espíritu con pronombres masculinos, de acuerdo con la teología tradicional protestante.

 

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