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Enriquecimiento teológico

El bautismo en el Espíritu Santo: la vida y el ministerio de Jesús

Por Edgar R. Lee

Nuestra intención en estos artículos es mostrar que derivamos la doctrina Pentecostal del bautismo del Espíritu Santo del canon total de las Escrituras, no sólo de unos pocos pasajes en el libro de Hechos. El Antiguo Testamento contiene crónicas del ministerio del Espíritu Santo en su obra carismática de conceder poder a los líderes escogidos por Dios para funciones particulares. Con frecuencia muestra que esos fenómenos sobrenaturales son la evidencia de la venida del Espíritu. Pero el Antiguo Testamento también promete que el Espíritu traerá vida espiritual y transformación moral. Podemos decir que el Espíritu en el Antiguo Testamento tiene un doble ministerio: carismático y de conversión.

Estos dos aspectos del ministerio del Espíritu, vívidamente profetizados en el Antiguo Testamento, llegan a un cumplimiento único en la vida y en el ministerio de Jesús, quien es por excelencia el ministro lleno del Espíritu, y quien, desde el comienzo de los Evangelios, es el bautizador ungido por el Espíritu.

El EspÍritu en el nacimiento y en la vida temprana de JesÚs

María era una jovencita que fue sorprendida por el anuncio del ángel Gabriel de que ella concebiría y daría a luz al Mesías, a lo cual ella respondió consternada: “¿Cómo será esto? pues no conozco varón” (Lucas 1:34).

Gabriel respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios (Lucas 1:35; compare Mateo 1:18,20). Luego siguió una concepción virginal milagrosa, en la que no intervino una paternidad humana, que fue cumplida por el Espíritu de Dios, el mismo que estuvo activo en la creación del mundo (Génesis 1:1). Quien fue concebido de ese modo es el único que puede ser “el santo”, “el Hijo de Dios”.

Aun cuando nació milagrosamente, en su vida temprana Jesús hizo muy poco para demostrar su inusual origen. Pero tempranamente, una breve oleada de profecías inspiradas por el Espíritu señalaron lo que era su verdadera identidad. El Espíritu que hizo que María concibiera milagrosamente es también el Espíritu de profecía que llenó a unos pocos piadosos profetas para que anunciaran la venida de Jesús, comenzando con Elizabet (Lucas 1:42-45). Simeón, “movido por el Espíritu”, halló al infante Mesías con sus padres en el templo y lo identificó como la “salvación” de Dios (Lucas 2:25-32). Luego vino la profetisa Ana, posiblemente movida también por el Espíritu, quien reconoció al Niño (Lucas 2:36-38).

Más allá de estos breves esquemas de Mateo y de Lucas, es poco lo que sabemos de la vida temprana de Jesús. Lucas pasa por sobre los primeros 12 años diciendo tan sólo “y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lucas 2:40). Ciertamente no se le muestra como el obrador de milagros como en algunos de los Evangelios Apócrifos se le presenta, con la precoz sabiduría del joven Jesús y la conciencia de Dios que le distinguía de otros niños. La primera señal de la auto-conciencia de Jesús se evidencia cuando sus ansiosos padres le hallan con los maestros en el templo. “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49). Pero luego Jesús vuelve a su identidad de niño obediente y Lucas pasa rápidamente sobre su temprana condición de hombre adulto, “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

Concebido y revestido por el Espíritu, Jesús fue desde el comienzo un niño extraordinariamente piadoso, que aparentemente creció en forma totalmente normal hasta llegar a ser un joven extraordinariamente piadoso. El Bautista reconoció la naturaleza y el carácter extraordinario de Jesús en su vacilación para bautizarlo (Mateo 3:14). La iglesia primitiva daría testimonio posteriormente que Él fue sin pecado (2 Corintios 5:21; Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22).

El Espíritu en el bautismo y en la unciÓn de JesÚs

El bautismo de Jesús ocupa un lugar prominente en los Evangelios, en especial, a la luz del descenso del Espíritu que le acompañó. Tal como aparece en los Evangelios, repentinamente, a la edad de 30 años, Jesús emerge de la oscuridad de su labor manual en Nazaret y aparece en el Jordán solicitando ser bautizado por su primo Juan. Desconcertado por la petición, e indudablemente iluminado por el Espíritu de profecía, Juan no acepta. “Yo necesito ser bautizado por ti” (Mateo 3:14). Sólo cuando Jesús aseguró a Juan que su bautismo era “para cumplir toda justicia” (3:15) el Bautista cambió de parecer.

Pero lo particularmente significativo en el relato bautismal es lo que sucedió después del bautismo de Jesús, cuando Él estaba orando: “Vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16,17). “Descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22). Los Evangelios nos dicen que Jesús vio el cielo abierto y que la paloma descendió. Juan el Bautista dijo: “Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él” (Juan 1:32). Pudiera ser, basado en el uso de tercera persona que hace Mateo, que algunos de los presentes también vieron este fenómeno.

La pieza central del evento bautismal es indudablemente el descenso del Espíritu sobre Jesús, quien muy pronto proveyó una explicación. En la sinagoga de Nazaret, Jesús leyó las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. . . pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). Luego de devolver el rollo al encargado de la sinagoga, Jesús dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21). Lucas colocó cuidadosamente esta escena al comienzo del ministerio de Jesús en Galilea para mostrar que el Espíritu, en cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, había ungido ahora a Jesús para su misión. Y “el Ungido” es por definición, el Mesías, el Cristo.

Pedro, con mucha posterioridad, se haría eco de este entendimiento de la unción de Jesús. Predicando en la casa de Cornelio, dijo: “Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). El Espíritu no vino para regenerar o purificar a Jesús. En su calidad de Hijo encarnado de Dios, sin pecado, Él no necesitaba nacer de nuevo o ser purificado espiritualmente. Ni vino tampoco el Espíritu para tener morada en Él de modo que tuviera comunión con Dios, pues eso ya Jesús lo disfrutaba. El Espíritu vino en el bautismo de Jesús a fin de dotarlo expresamente de poder para que comenzara y completara exitosamente su misión sobre la tierra.

Sin embargo, inmediatamente después del bautismo de Jesús y de su unción, Jesús encaró un desafío. Marcos escribe: “Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás” (Marcos 1:12-13). Marcos usó un verbo muy fuerte, ekballo, que significa básicamente “lanzar afuera” o “conducir afuera” para describir el nuevo y repentino ímpetu del Espíritu en Jesús. Nosotros notamos con frecuencia que durante esta permanencia de 40 días de Jesús en el desierto, Él se impuso al maligno mediante la Palabra de Dios. Pero también necesitamos recordar que ahora es Jesús el ungido por el Espíritu quien tan diestramente usa la Palabra contra su poderoso enemigo.

JesÚs, el Bautizador con el EspÍritu

Mientras Jesús estaba todavía trabajando como un carpintero en Nazaret, Juan el Bautista emergió del desierto y comenzó a predicar y a bautizar junto al río Jordán. Resalta en el llamado del Bautista para arrepentimiento el anuncio de que uno más poderoso que él estaba en camino. Tal como el Señor había anunciado a través de Malaquías varios años antes, “He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor” (Malaquías 3:1). Cumpliendo las profecías, el Bautista proclamó la venida del Mesías: “Yo a la verdad os bautizo en agua . . . pero el que viene tras mí . . . es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).

La profecía del bautismo en el Espíritu del Mesías es tan importante que cada uno de los evangelistas la coloca al comienzo de su Evangelio, dando su “primera lección sobre pneumatología desde el comienzo”.1 El fraseo de los sinópticos es casi idéntico (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16). En el evangelio de Juan, el Bautista mira en retrospectiva pensativamente y testifica: “El que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Juan 1:33).

Es importante entender que la práctica del Bautista de bautizar en agua a sus compatriotas era radical y escandalosa. Aun cuando los judíos tenían muchos lavados ceremoniales, ellos no eran bautizados. Solamente los gentiles convertidos a la fe judaica eran bautizados, y ni siquiera en esta forma. Como habría podido predecirse, los líderes judíos rechazaron el bautismo de Juan. Pero por muy radical que haya sido el bautismo de Juan, la actividad de Jesús como bautizador en el Espíritu es todavía más radical y significativa.

El poder de la metáfora bautismal es impelente. El verbo “bautizar” es baptizo, y se deriva del verbo bapto,2 que denota una inmersión total, como la de una tela en un tanque de teñido, o la de una persona en agua. El bautismo de Juan señalaba un cambio total en la vida de una persona, la que confesaba y abandonaba sus pecados, esperando la venida del Mesías. Pero en agudo contraste con el bautismo en agua de Juan, el bautismo del Mesías en el Espíritu había de ser más definitivo en cuanto al cambio de vida.

Con una introducción tan vigorosa al prometido bautismo en el Espíritu de Jesús, especialmente dentro del contexto mayor de la profecía del Antiguo Testamento y del cumplimiento en el Nuevo Testamento, parece que la teología cristiana histórica ha hecho demasiado poco en relación con ella y que ha rebajado el lenguaje del bautismo en el Espíritu Santo refiriéndolo solamente a la conversión y, en algunos casos, a la experiencia de santificación de los creyentes.

El EspÍritu en el bautismo de JesÚs

La venida del Espíritu significó una dramática diferencia en la vida de Jesús. Lucas describió vívidamente el cambio. “Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor” (Lucas 4:14). Desde allí, Jesús comenzó un sorprendente ministerio de enseñanza y predicación, de sanidad y expulsión de demonios. Sus antiguos vecinos en Nazaret estaban asombrados por el cambio en quien había sido su habilidoso vecino. “Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?” (Marcos 1:27). Incidentalmente, respecto del exorcismo, no hay indicación de que los malos espíritus hayan reconocido a Jesús con anterioridad a su unción con el Espíritu, o que Él los haya echado fuera. Después, eso era una ocurrencia común.

A veces se supone erróneamente que Jesús desarrolló su ministerio en el poder de su deidad. Hablando sinceramente, nosotros no podemos sondear la interrelación entre las naturalezas divina y humana de Jesús. Su deidad parece ciertamente presentarse en forma incidental en la transfiguración, por ejemplo, y es ciertamente implicada en su perdón de pecados. Algunos podrían ver su deidad en función también en milagros naturales tales como cuando calmó la tempestad en el mar. Pero junto a los Evangelios también tenemos el testimonio de Pablo, “el cual (Cristo), siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó (kenoo – se hizo nada) a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7). “Vaciado” es la traducción literal del verbo griego kenoo. Pero no debemos pensar que el Hijo de Dios, en su encarnación, se “vaciara” de su deidad, como erróneamente algunos eruditos han enseñado. Dios no puede dejar de ser Dios. Lo que parece ser la enseñanza de Pablo es que el Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, en forma intencionada y voluntaria se limitó en el uso de sus atributos divinos para vivir y servir como un ser humano.

La estructura narrativa de los Evangelios, como también las propias palabras de Jesús, dan prueba de su dependencia del poder del Espíritu. Recuerde, no hay ministerio mesiánico por parte de Jesús con anterioridad a la venida del Espíritu en su bautismo. En medio de los conflictos de Jesús con los fariseos, Mateo insertó otra de las profecías de Isaías: “He aquí mi siervo, a quien he escogido; mi Amado, en quien se agrada mi alma; pondré mi Espíritu sobre él, y a los gentiles anunciará juicio” (Mateo 12:18, citando a Isaías 42:1-4). Puesto que los fariseos no podían negar el poder de Jesús para sanar y echar fuera demonios, ellos dijeron que el poder que Él tenía provenía de Belcebú, el príncipe de los demonios. En una sarcástica respuesta, Jesús señaló al Espíritu de Dios como la fuente de su poder (Mateo 12:28).

Lucas indicó en su narrativa acerca del regreso de los 72 discípulos que Jesús experimentó una intimidad personal con el Espíritu. Cuando Jesús oyó los informes de ellos, “Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17), Él parece haber estado casi embargado de emoción. “En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó” (Lucas 10:21).

Las enseÑanzas de JesÚs acerca del Espíritu en los SinÓpticos

Los escritores de los Sinópticos, después de haber puesto dramáticamente su pneumatología del bautismo en el Espíritu al comienzo de sus Evangelios, es muy poco lo que dicen acerca de las enseñanzas de Jesús sobre el Espíritu. Lucas registra que Jesús, mientras enseñaba sobre la oración, dijo que tal como los humanos dan buenas dádivas a sus hijos, el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan (Lucas 11:13). Luego Lucas apareó ese dicho con su relato del exorcismo donde los críticos judíos insistían en que Jesús echaba fuera demonios por Belcebú (versículos 14-25; comparar con Mateo 12:22-37). Jesús replicó que Él lo hacía por el “dedo de Dios” (versículo 20; “Espíritu de Dios”, Mateo 12:28) y que, por consiguiente, el reino de Dios había llegado (Lucas 11:14-26). El desarrollo de Lucas de este pasaje en su contexto parece indicar que la “buena dádiva” del Espíritu bien puede venir después de la conversión y con obras de poder carismático.

También hay dos pasajes en Lucas donde Jesús promete sabiduría y capacidad de hablar carismáticas. En Lucas 12:13, Él dice a los discípulos que, ante la amenaza de los tribunales, ellos no deben estar ansiosos, “porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12). De igual modo, en Lucas 21:15 Jesús promete una vez más que cuando los discípulos sean llevados ante los magistrados, “yo os daré palabra y sabiduría (probablemente por el Espíritu, como en 12:12), la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan”.

Las narrativas de Lucas con posterioridad a la resurrección son particularmente significativas. “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros”, dijo Jesús, “pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49). Cualquier duda acerca de la naturaleza de la promesa del Padre es resuelta rápidamente en la introducción de Lucas a los Hechos, donde él vuelve a citar a Jesús: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:4-5). Lucas ha estructurado cuidadosamente su narrativa para mostrar que Jesús concluyó su ministerio terrenal reiterando la promesa del Bautista acerca del bautismo en el Espíritu Santo. Jesús, en su calidad de bautizador con el Espíritu, estaba ahora preparado para sumergir dramáticamente a sus seguidores en el mismo Espíritu que le había conferido poder a su propio ministerio.

La naturaleza carismática de la promesa del Padre es inequívoca. Cuando la promesa es cumplida, los discípulos serán “investidos de poder (dunamis) desde lo alto” (Lucas 24:49). En los Hechos, Jesús dijo: “Recibiréis poder (dunamis), cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8).

Poca duda queda respecto de que el bautismo en el Espíritu profetizado por el Bautista en el inicio del Evangelio de Lucas tenía la intención de describir una poderosa visitación del Espíritu que prepararía a los discípulos para un servicio dinámico como testigos de Cristo. Interpretar el bautismo en el Espíritu como regeneración (conversión-iniciación) y de allí despojarla de poder carismático está totalmente en desacuerdo con el desarrollo de las narrativas en los Evangelios.

La enseÑanza de JesÚs acerca del EspÍritu en el Evangelio de Juan

De todos los Evangelios, Juan es el que tiene la enseñanza más completa acerca del Espíritu. Comenzando con el testimonio del Bautista, este Evangelio refleja una pneumatología algo más plena, y arroja luz sobre las enseñanzas de Jesús acerca de la obra mayor del Espíritu. Generalmente, el énfasis de Juan tiende a ser más soteriológico que carismático, y él presenta matices de las enseñanzas de Jesús que no se encuentran en los Sinópticos. Los puntos destacados de la pneumatología de Juan, dicho brevemente, son:

Haciendo mucho del trabajo soteriológico del Espíritu para seguir la partida de Jesús, la narrativa de Juan señala a una dramática culminación. A diferencia de los otros Evangelios, Juan describe la repentina aparición del Señor resucitado a 10 ansiosos apóstoles que tienen todavía que verle (20:19-22). Jesús los calmó con una bendición de paz y les aseguró de su identidad y de la realidad de su resurrección. “Como me envió el Padre, así también yo os envío”, les dijo (Juan 20:21). Pero particularmente impactantes son las palabras siguientes: “Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22). Con esta exclamación, Juan parece traer las enseñanzas de Jesús sobre el Espíritu a un dramático cumplimiento.

Los primitivos pentecostales creían que este suceso fue el punto en el cual los primeros discípulos fueron renacidos por el Espíritu. Aun cuando esto permanece como un punto debatido, tanto entre pentecostales como entre los no pentecostales, parece que podemos hacer una buena presentación sobre el caso. Primero, como se notó anteriormente, el Evangelio de Juan ha dispuesto muy cuidadosamente las enseñanzas de Jesús sobre el Espíritu para señalar un punto definido, culminante, de encuentro dador de vida con el Espíritu Santo después de la resurrección y al final del Evangelio. Este pasaje parece ser la culminación de todo lo que ha venido anteriormente. Segundo, el lenguaje es impactante. El verbo griego para “soplar” es emphysao, que tiene un poderoso sentido en la teología bíblica. En la traducción griega del Antiguo Testamento (la Septuaginta) ampliamente usada en los días de Jesús, este verbo se halla en Génesis 2:7, donde “Dios . . . sopló en su nariz (de Adán) aliento de vida” (Génesis 2:7); en 1 Reyes 17:21, donde Elías “sopló” sobre el hijo muerto de la viuda y él recobró la vida; y en Ezequiel 37:9 donde Dios ordenó, “Espíritu [pneuma] . . . sopla sobre estos muertos, y vivirán” (Ezequiel 37:9).

La muerte y resurrecciÓn de JesÚs en el EspÍritu

Aun cuando los Evangelios nada dicen directamente acerca de la obra del Espíritu en la muerte y resurrección de Jesús, el más amplio testimonio del Nuevo Testamento nos ayuda a reconocer que Jesús vivió, murió, y volvió a levantarse experimentando el poder del Espíritu Santo. Según el escritor a los Hebreos, “Cristo . . . mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14).

El Nuevo Testamento nunca dice que Cristo se levantó de los muertos. Usualmente, es Dios (el Padre) quien levantó a Jesús de los muertos. La naturaleza precisa del papel del Espíritu en la resurrección de Jesús es incierta y el significado exacto de ciertos textos es debatible. Pero la naturaleza misma de la fe trinitaria exige la presencia y actividad del Espíritu, y varios textos parecen apoyarlo. De este modo, en Romanos 1:4, Pablo escribió: “[Jesús] fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”. En Romanos 8:11, el Espíritu Santo es “el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús” y el agente por medio del cual nuestros cuerpos mortales experimentan resurrección de vida. En 1 Pedro 3:18, Cristo fue “muerto en la carne, pero vivificado en espíritu”.

Las implicaciones de la experiencia y enseñanza de Jesús sobre el Espíritu Santo

Nuestro propósito en esta serie de artículos es mostrar que la doctrina Pentecostal clásica del bautismo en el Espíritu Santo está profundamente enraizada en un amplio estudio de la historia redentora, pasando por ambos testamentos. Las narrativas del Evangelio contribuyen una cantidad de información que nos ayuda a entender qué es el bautismo en el Espíritu:

La experiencia de Jesús del Espíritu, lo mismo como sus enseñanzas sobre la persona y obra del Espíritu, proveen una información decisiva que se añade a aquellas del Antiguo Testamento y de los Hechos, como también de las epístolas, cuando formulamos una doctrina bíblica del bautismo en el Espíritu Santo.

Neil B. Wiseman

Edgar R. Lee, S.T.D., decano académico emérito y profesor adjunto de formación espiritual y de teología pastoral, Seminario Teológico de las Asambleas de Dios; miembro de la Comisión de Pureza Doctrinal, del Concilio General de las Asambleas de Dios.

NotAs

1. La frase es de Craig S. Keener, The Spirit in the Gospels and Acts: Divine Purity and Power (Peabody, Mass.: Hendrickson Publishers, 1997), 50.

2. Ver el grupo de palabras bapto en F.W. Danker, ed., Léxico griego-inglés del Nuevo Testamento y otra Literatura Cristiana Primitiva, 3ª ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2000).

LECTURA ADICIONAL

El Bautismo en el Espíritu Santo: La vida y el ministerio de Jesús

Los siguientes libros tienen capítulos de ayuda sobre el Espíritu en la vida y el ministerio de Jesús (o los Evangelios).

Por pentecostales clásicos
Horton, Stanley M. “Lo que dice la Biblia sobre el Espíritu Santo”. Springfield, Mo. Gospel Publishing House.
Palma, Anthony D. “El Espíritu Santo: una perspectiva pentecostal”. Springfield, Mo. Gospel Publishing House.

De la tradición de renovación carismática
Rea, John. 1990. “The Holy Spirit in the Bible: All the Major Passages about the Spirit”. Lake Mary, Fla.: Creation House.

Estudios más técnicos
Keener, Craig S. 1997. “The Spirit in the Gospels and Acts: Divine Power and Purity”. Peabody, Mass.: Hendrickson Publishers.
McDonnell, Killian and George T. Montague. 1990. “Christian Initiation and Baptism in the Holy Spirit. Collegeville, Minn.: Michael Glazier Books.

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