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La santidad y los cinco llamados de Dios

¿Cuáles son los cinco llamados de Dios, y qué tienen que ver con la santidad?

Por Howard A. Snyder

¿Es la santidad algo aplicable en nuestro día? Creo que sí. Sin embargo, su pertinencia resulta más clara cuando revisamos lo que la Biblia dice acerca de este tema, y la examinamos a la luz de las preguntas y los desafíos de la actualidad.

Quiero estructurar mis pensamientos en torno a lo que llamo los cinco llamados de Dios. El Señor nos llama a ser santos. Pero necesitamos comprender este llamado en el contexto del completo testimonio bíblico de la intención de Dios para las personas, las culturas, y la creación.

En este artículo examino estos cinco llamados en la secuencia de la historia de la redención. Hay una historia que podemos trazar a través de las Escrituras. Si vamos a representar el papel que es el propósito de Dios en este gran drama, tenemos que ser personas santas.

¿Cuáles son, entonces, estos cinco llamados de Dios, y qué tienen que ver con la santidad?

Los cinco llamados de Dios

El llamado a cuidar de la creaciÓn

El primer llamado de Dios es a cuidar de la creación, un fiel cuidado humano y administración del orden creado.

Leemos en Génesis 2:15: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.” Esta es una comisión tanto a hombres como a mujeres; no sólo a los hombres. La comisión a una unidad se ve claramente en Génesis 1:28: “Y los bendijo Dios, y les dijo: … señoread” (énfasis del autor). “Señoread” aquí significa administrar o cuidar, y no explotación egoísta.

El llamado a cuidar de la creación fue dado antes de la Caída. Es una temprana comisión dada a toda la humanidad, y no sólo a los cristianos. Pero la Biblia llama a los cristianos en particular a que protejan y cuiden el ambiente físico.

Podemos considerar el cuidado de la creación como el más amplio círculo del llamado de Dios.

El llamado a ser un pueblo del pacto

El segundo llamado es a ser un pueblo del pacto. Este llamado aparece en las Escrituras después de la Caída, aunque está implícito antes y en la permanente intención de Dios. Este es el inicio de la obra de Dios en su iniciativa de restaurar y sanar a la creación caída.

Este llamado es la expansión, el parcial cumplimiento, y el desarrollo de la palabra de Dios a Abraham: “… y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3). Desde que la humanidad se rebeló contra Dios, Él levantó su propio pueblo para que le sirviera tanto en adoración como en testimonio. En el Antiguo Testamento, este testimonio tomó la forma de una sociedad contrastante entre las naciones, un “pueblo único” y “sacerdotes, y gente santa” (Deuteronomio14:2; Éxodo 19:6). Las Escrituras hebreas también señalan una misión a las naciones. Este es el trasfondo de la Gran Comisión de Jesús en el Nuevo Testamento a “[hacer] discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19).

Fíjese en los dos principales elementos de este llamado: pacto y pueblo.

Pueblo: el llamado no es sólo para individuos. Más bien es un llamado a formar, ser, y obrar como una comunidad de solidaridad interna y con Dios.

Pacto: el llamado no es simplemente a ser cualquier clase de pueblo, sólo otro pueblo entre las naciones y etnicidades del mundo. El asunto era ser un pueblo en pacto con Dios, tan íntimamente conectado con Él que su forma de vida fuera formada más por el carácter de Dios que por las naciones y culturas de alrededor.

El llamado a ser un pueblo del pacto es un llamado al arrepentimiento, la fe, la obediencia, y la comunión. Debido al pecado, no podemos por iniciativa propia llegar a ser el pueblo de Dios. Aquí nos encontramos con enseñanza bíblica acerca de la rebelión humana, de la profunda mancha de pecado que requiere salvación por medio de Jesucristo.

El llamado a ser un pueblo es por tanto el llamado a la salvación, a aceptar el ofrecimiento de salvación que en su gran amor Dios hace en Jesucristo por medio del Espíritu. Este es un llamado que Dios ahora hace a todos, en todas partes (Hechos 17:30).

En términos de los cinco llamados de Dios, podemos considerar el pueblo del pacto como un segundo círculo dentro del círculo mayor del llamado a cuidar de la creación.

El llamado al reinado de Dios

Para muchos cristianos, el llamado a ser un pueblo del pacto agota el significado del llamado de Dios a la humanidad. Muchas personas que se convierten a Cristo y se afilian a la iglesia, aún necesitan convertirse al reino de Cristo. Esto requiere una más profunda y completa conversión. Gran parte de la iglesia del Señor piensa que ha sido llamada sólo a ser la iglesia, es decir, a ser una comunidad u organización que dice: “Jesucristo es nuestro Salvador”. Ellos tienen un tipo de club religioso o una mentalidad de sala de espera de por vida para llegar al cielo. A esto hace falta otro esencial llamado divino. Escuche las palabras de Jesucristo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33).

Este es el llamado al reinado de Dios. Las Escrituras constantemente señalan el reinado de Dios, aun cuando no se usa dicho término. La Biblia tiene que ver con la autoridad providencial del soberano de Dios, su caritativo gobierno, su amoroso cuidado y firmes propósitos, y su preocupación por la justicia. El llamado al reinado, por lo tanto, tiene que ver con fidelidad y lealtad: fidelidad incondicional y lealtad sobre cualquier otra.

Más que un Dios que exige fidelidad y lealtad, es Aquel que promete su reino en toda plenitud. Él es el Dios que promete shalom, el que tiene medicina sanadora para nuestro cuerpo y nuestra alma, para nuestra tierra, y para todas las culturas del mundo. “Por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).

El llamado del Reino es un llamado a los principios y las virtudes del Reino, a la ética del Reino. Es un llamado a la iglesia para que “viva” el significado del reinado de Dios dentro de sus contextos socio-culturales. Es un llamado a sobre todo ser fiel y leal al Reino y sobre todo fiel a Jesucristo y sus propósitos, por tanto hay que considerar todas las demás identidades y lealtades como secundarias.

Así que nuestra lealtad es al Trino Dios y, por lo tanto, también a la solidaridad con su pueblo. La lealtad al reinado de Dios inspira nuestra lealtad a la patria. Como a discípulos de Cristo, nuestra principal lealtad no es a la patria, a cierto partido, al presidente de nuestro país, al estado, o a un grupo social o étnico sino a Jesucristo y la justicia de su reino. Eso significa que debemos discernir la diferencia entre lealtad a su reino y un debido patriotismo, cosa de gran prioridad para los evangélicos norteamericanos, y también para los cristianos en otros países.

Jesús fue explícito en que el llamado al reino es un llamado a la justicia del reinado de Dios. El Reino, por tanto, nos llama a justicia social y económica, la justicia en la familia y el vecindario, en las naciones y entre ella, y en las familias de la tierra. Es un llamado particularmente a los pobres y oprimidos de la tierra, porque Jesús mismo dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres” (Lucas 4:18).

En términos de los cinco llamados de Dios, consideremos este llamado al reino como el tercer círculo dentro de los más grandes círculos de la administración de la tierra y del pueblo del pacto.

El llamado a un ministerio específico

Jesús llamó a los Doce, pero ellos no son los únicos a quienes Él ha llamado al ministerio. Él llama a muchos discípulos, aunque relativamente pocos apóstoles. Por la ayuda del Espíritu Santo y el proceso de discipulado de la comunidad cristiana, estos seguidores de Cristo pueden discernir y cumplir el llamado especial de Dios en su vida.

Detrás de esta realidad de la iglesia del Nuevo Testamento hay una asombrosa y socialmente inquietante enseñanza: todos los llamados a la salvación son también llamados al ministerio. No hay excepción; no hay distinción sobre la base de riqueza, clase social, género, inteligencia, características físicas, raza, o nacionalidad.

Las Escrituras revelan una clara y rica doctrina de ministerio de todo el pueblo de Dios. Esta enseñanza descansa sobre tres pilares.

Primero, el sacerdocio de los creyentes (1 Pedro 2:4–10). Dios llamó al Israel del Antiguo Testamento a ser “un reino de sacerdotes” (Éxodo 19:6), un pueblo de sacerdotes de Dios entre las naciones. Dentro de este llamado general estaba el más restringido sacerdocio levítico.

Esta historia del Antiguo Testamento es el fundamento de la enseñanza del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento, el nuevo pacto trae dos importantes cambios en el sacerdocio del Antiguo Testamento. Por otro lado, el sacerdocio se limita a una sola persona: Jesucristo, nuestro gran sumo sacerdote, por medio de quien tenemos salvación y recibimos el llamado al discipulado. Pero al mismo tiempo el sacerdocio se expande para incluir a todos los creyentes, cumpliendo así el propósito original de un pueblo de sacerdotes fieles y santos.

Todos los cristianos ahora viven en la dispensación pentecostal en que el Espíritu Santo ha sido derramado sobre todos los creyentes, con el solo propósito de que seamos testigos de Dios, sacerdotes del Rey Jesús aquí en la tierra (Hechos 2:16–18).

Segundo, los dones del Espíritu. Así como todos somos sacerdotes, también todos hemos sido dotados espiritualmente. Aunque todos somos sacerdotes, no todos hemos recibido los mismos ministerios sacerdotales (1 Corintios 12:4–7). Hay un sacerdocio universal, pero diversidad de dones.

¿Cómo, entonces, debemos comprender la función que la iglesia llama ministerio ordenado? El pasaje clave es Efesios 4:11–13. La obra del ministerio ordenado es “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio” para que por medio de esta obra todos “lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios”.

Finalmente, siervos de Jesucristo. En el Antiguo Testamento leemos acerca de personas como Moisés, siervo de Dios; o David, siervo del Señor. Pero en el nuevo pacto en Cristo, todos somos siervos de Dios. Todos somos llamados a ser siervos, lo que el Nuevo Testamento llama diaconía.

El llamado a ser siervos y ministros de Jesucristo revela el espíritu, la actitud y carácter, y la manera encarnacional en que debemos llevar a cabo el ministerio. Las palabras de Jesucristo, “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21), no eran sólo para los primeros apóstoles. Nos dan ejemplo para todo ministerio en el nombre de Jesucristo.

Aquí, entonces, está nuestra comisión para el ministerio. Todos —cada uno de nosotros— somos llamados a ser sacerdotes de Dios, dotados por el Espíritu, y enviados como siervos de Jesucristo.

Podemos considerar este completo llamado de Dios —el llamado a un ministerio específico— como el cuarto círculo dentro de los llamados a cuidar de la creación, a ser un pueblo del pacto, y al reinado de Dios.

El llamado a la santidad

Llegamos ahora al corazón de las buenas nuevas: el llamado de Dios a la santidad. Este es el llamado a conocer a Dios en su plenitud; a entrar en la comunión del Trino amor de auto-sacrificio.

Este es el llamado —la asombrosa y amante invitación— a ser “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4), a conocer a la Santa Trinidad —Padre, Hijo, y Espíritu Santo—, que por su misericordia nos permite entrar en comunión con ellos.

La santidad significa ser participantes del carácter de Dios. Esto es lo que Jesús pidió en su oración de Juan 17:21: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.”

Aquí Jesús hermosamente combina el llamado a la santidad, la participación en el amor Trinitario, y la misión en el mundo. Esto es lo que significa la verdadera santidad bíblica, comprendida dentro de los cinco llamados de Dios. El llamado a la santidad debe entenderse dentro del contexto más amplio de los otros cuatro llamados, porque Dios es uno y su plan es uno.

Una razón clave del llamado a la santidad es que podamos cumplir los otros cuatro llamados. Estos anteriores llamados nos dan una comprensión más completa del contexto más amplio y las implicaciones éticas y misioneras de la santidad.

La santidad y los cinco llamados

Consideremos, entonces, lo que significaría para nosotros cumplir el múltiple llamado Dios.

La santidad y el cuidado de la creaciÓn

El mandato a cuidar de la creación es parte integral del profundo llamado de Dios. Cuanto más participamos del carácter de Dios, tanto más nos ocupamos de las cosas de Dios. Así que queremos cumplir el llamado que fue dado a Adán y Eva a cuidar del Huerto. Queremos preservar, cuidar, y proteger el ambiente físico, cumpliendo nuestra parte para que prospere para la gloria de Dios y para sus propósitos creativos, estéticos, y redentores, y también para nuestra propia supervivencia.

En términos prácticos, esto abarca desde el reciclaje de papel y plásticos al apoyo de los esfuerzos de combatir el calentamiento global y la manera desastrosa en que afecta a los más pobres del mundo. Estas no son meras preocupaciones éticas secundarias o periféricas, ni son principalmente asuntos políticos. Son típicos asuntos de santidad.

El cuidado de la creación significa, también, que debemos cuidar de nuestro cuerpo como parte de una vida santa y holística. Nuestro cuerpo fue creado por Dios, y Él también instituyó el matrimonio y la familia, así que todo esto es parte del mandato de cuidar de la creación.

Las personas santas son aquellas que tienen un profundo sentir por todas las criaturas que Dios ha hecho. La santidad significa ser sensible al bienestar o al sufrimiento de toda criatura viviente.

Así que las personas santas andan con gozo y sin dejar una perjudicial huella en la tierra. Viven en armonía recíproca con Dios, y buscan vivir en armoniosa reciprocidad con la bondadosa tierra de Dios.

La santidad y un pueblo del pacto

Aquí las implicaciones de la santidad son obvias, pero profundas.

El pueblo del pacto nos recuerda que la santidad, aunque personal, no es individual; es social. Tiene que ver con el carácter de la comunidad cristiana, y la vida de cada uno de nosotros dentro de esa comunidad. Como el cuerpo físico de Jesús en la tierra fue santo, así el Cuerpo de Cristo en la tierra debe ser santo; debe amar a Dios con todo su corazón, toda su mente, toda su alma, y todas sus fuerzas, y amar a su prójimo como a sí mismo. La santidad, por lo tanto, significa una comunidad cariñosa, mutuamente responsable. Esta es la clave para mantener nuestra integridad individual tanto moral como ética. La santidad personal se experimenta más que nada en el contexto de la comunidad cristiana.

La santidad en la práctica es un asunto de un pueblo del pacto, por lo tanto, significa dar atención a las prioridades y las estructuras de la koinonía bíblica. Significa afirmar los dones y el fruto del Espíritu; es la práctica del ministerio y la misión como se enseña en las Escrituras y como fue ejemplificada por Jesucristo. Por medio del Espíritu Santo, cumpliremos las palabras de Jesucristo acerca de sus seguidores: “… las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12). Nosotros cumpliremos el llamado de Jesús de servir a otros, y no sólo a nosotros mismos, que es la esencia misma del carácter de Dios. Cuanto más comprendemos el significado de la Trinidad y de la encarnación de Jesús, tanto más vemos que el verdadero cristianismo no busca su propio bien sino que dignifica a los demás.

La santidad y el reinado de Dios

Ser santos significa que vivimos la realidad del reinado de Dios en el presente siglo. Esta fue una nueva comprensión que tuvo E. Stanley Jones en los años 1930. Jones creció en la tradición de la santidad; fue misionero de la santidad. Pero después de visitar Rusia en los días en que era fuerte la utópica visión comunista, Jones comprendió que él no tenía la debida teología del presente reinado de Dios. Estaba confundido, y de su búsqueda de la verdad emergieron dos de los libros más proféticos de Jones: La alternativa de Cristo al comunismo (1935) y ¿Es realismo el reino de Dios? (1940). La alternativa cristiana a la utopía comunista, dice Jones: es la liberadora visión bíblica del reino de Dios. Y sí, el reino de Dios es realismo: la forma en que debe ser el mundo, no sólo idealismo.

Jones concluye que el evangelio no es sólo acerca de “el Cristo que no cambia sino también acerca del ‘reino inconmovible’”. El evangelio es acerca de una Persona y un plan —Jesucristo y su reino— y debemos mantener unidos a ambos en nuestra teología y en nuestro discipulado.

Así debe ser para nosotros. La obra del santificador Espíritu es hacernos personas del reino de Dios, gente que, como Jesús, encarnamos la realidad y las prioridades del reinado de Dios en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestra economía, y en nuestra política.

La santidad y una vocaciÓn

El llamado a la santidad es el llamado a abrir nuestra vida al Espíritu de Dios para que sus dones y su gracia fluyan abundantemente en nosotros. Ser santo significa una vida dirigida por el poder del Espíritu Santo para que lo que dice de Jesús en Juan 3:34 llegue a ser cierto también respecto a sus discípulos: “Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida.”

¿Cómo podemos experimentar esta más profunda vida en el Espíritu? La recibimos por fe y obediencia, mediante la purificadora y fortalecedora presencia del Espíritu Santo. Aquí los pastores, los discípulos, y otros líderes tienen la responsabilidad de guiar a los creyentes a una más profunda vida en el Espíritu.

El énfasis wesleyano en la perfección cristiana señala dos énfasis vitales en este punto. Primero, el objetivo de la comunidad cristiana, y de cada vida dentro en esa comunidad, es que debemos crecer en la plenitud del carácter de Jesucristo. Este es el punto central de Efesios 4:7–16 y pasajes similares que hablan de la iglesia como el cuerpo de Cristo, animados por del Espíritu y llenos de su poder.

Segundo, este andar en el Espíritu debe ser nuestra presente experiencia, no sólo una esperanza para el futuro. Necesitamos ayudarnos unos a otros a entrar en esta plenitud del Espíritu, a ser llenos con el Espíritu de Cristo y andar diariamente con Él.

Así que este es el llamado a la santidad en relación con los otros llamados que hemos tratado. Vuelvo a enfatizar que la plenitud del Espíritu nos da poder y hace posible que la iglesia y cada uno de nosotros como discípulos de Cristo cumplamos los otros llamados que Dios nos hace.

Podemos considerar este quinto llamado de Dios —el llamado a la santidad— como el eje de todos los llamados de Dios. Este es el corazón de nuestra vocación, porque es el llamado al corazón de Dios. Es el llamado a amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con toda el alma y la mente, y por tanto a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es el llamado que nos ayuda a expresar nuestros dones y a cumplir nuestra vocación; a ver su majestad y a servir en su reino liberador; a ser el pueblo del pacto de Dios; y cuidar de esta buena tierra. Por consiguiente, al responder voluntariamente a todos los llamados de Dios, la iglesia y cada uno de nosotros personalmente glorificamos a Dios y servimos al mundo con los dones que Cristo nos da (cf. 1 Pedro 4:10,11).

Como la santidad toca y penetra cada esfera de nuestra vida, podríamos considerar la santidad no sólo como el círculo interior, sino como el círculo exterior que incluye todos los llamados de Dios. Es la dinámica obra del Espíritu que penetra en todas las dimensiones de la vida.

ConclusiÓn

Los cinco llamados de Dios pueden parecer como exigencias, pero en realidad son el aliento del Espíritu. Ellos no sólo nos impulsan, también nos dan vida; nos llaman a alcanzar nuevas alturas, nos llaman a tal fidelidad, ministerio, amor y gozo que jamás ha entrado en nuestra mente e imaginación.

Pero debemos abrirnos al Espíritu. Debemos situarnos en la corriente de Dios. Como las hojas que vuelan en el otoño, la iglesia puede propagar su testimonio al mundo, en el nombre de Jesús y en el poder del Espíritu.

Los cinco llamados de Dios son el compuesto llamado del Espíritu. Por el Espíritu del Dios viviente, el pueblo de Cristo de hoy puede:

Este es lo que significa la santidad —la vida en el Espíritu en respuesta a los cinco llamados de Dios— en el mundo de hoy y dentro de las diversas culturas de la tierra. Tenemos que ser Santos, porque Dios dice que así cumple sus designios: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zacarías 4:6).

HOWARD A. SNYDER, Ph.D., profesor, presidente de Wesley Studies, Tyndale Seminary, Toronto, Ontario, Canadá

Este artículo ha sido adaptado de Howard A. Snyder, The Holiness Manifesto, Kevin W. Mannoia y Don Thorsen, eds., 2008. Wm. B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan. Reimpreso con permiso del publicador. Todos los derechos reservados.

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