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La persona y la obra del EspÍritu Santo

Distintivos de una vida llena del Espíritu

Por Russell E. Joyner

Los que crecimos en la tradición histórica de las iglesias pentecostales heredamos el concepto de que una vida llena del Espíritu debe ser normal en la vida cristiana. Sin embargo, no todos los segmentos de la iglesia entienden igualmente lo de “ser lleno del Espíritu”. Pero esto está cambiando.

Dieciséis años el misionero evangélico C. Peter Wagner sirvió fielmente en Bolivia, Sudamérica. El joven Wagner había sido adiestrado en la más noble tradición bíblica y evangélica. Se le había enseñado a creer en el poder del Espíritu Santo como medio para vivir una vida santa. Fue fiel en su servicio misionero, pero no creía en los milagros, y acusaba de fraude a los misioneros pentecostales. Pero todo esto cambió cuando fue sanado milagrosamente.1 Después el Dr. Wagner fue invitado a enseñar en el Seminario Teológico Fuller en California. Mientras enseñaba allí, los estudiantes internacionales influyeron en él y comenzó a cambiar su cosmovisión. Esos estudiantes de otros países testificaban de señales y milagros que acompañaban la proclamación de la Palabra en sus países de origen.

El profesor Wagner llegó a la realización de que la cultura occidental tiene una cosmovisión limitada, y percibe la realidad en dos ámbitos: (1) el mundo natural que opera conforme a leyes científicas comprobables, y (2) Dios que se limita a lo sobrenatural; es decir, lo interior y espiritual.

Esta perspectiva es el fundamento de las filosofías humanísticas seculares. Este doble concepto no representa la manera en que gran parte del mundo ve la realidad, y por cierto no es el punto de vista bíblico del mundo de Dios. Dios nos ha dado su Espíritu Santo con el propósito de derribar las falsas barreras entre lo natural y lo sobrenatural.

Fíjese en Esteban, un diácono llamado y ungido a servir a las mesas a favor de las viudas necesitadas, lleno del poder y la gracia de Dios, que hacía señales y milagros entre el pueblo (Hechos 6:8). ¿En qué momento Esteban cambió de lo “natural” a lo “sobrenatural”? No creo que había una barrera en la vida de Esteban entre lo natural y lo sobrenatural. Cuando la iglesia escogió diáconos para que distribuyeran el alimento diario a las viudas, los creyentes buscaron hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría.

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (Hechos 6:13). El diácono Esteban era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo (Hechos 6:5). Cuando el Sanedrín estaba por apedrearlo, él, nuevamente lleno del Espíritu Santo, tuvo una visión de Jesús y perdonó a sus verdugos. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hechos 7:55).

A fin de hacer una duradera y poderosa contribución por la causa del evangelio, nuestro corazón y nuestra vida tienen que ser formados por los propósitos de Dios, y no por metas humanas. Queremos experimentar el poder que sabemos que es parte de la obra del Espíritu Santo de Dios en nuestra vida. Considere algunos de los otros personajes bíblicos que cumplieron las metas que Dios había previsto.

Antes que nuestro Señor Jesús comenzara su ministerio público tuvo un encuentro en el desierto con el Adversario. “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lucas 4:1) para ser tentado por el diablo.

Varios años después, cuando Pedro fue encarcelado, tuvo un extraordinario encuentro con los gobernantes y ancianos judíos. “Se reunieron en Jerusalén los gobernantes… el sumo sacerdote Anás, y Caifás… poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto? Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel” (Hechos 4:6-8). Pedro entonces les predicó un sermón de salvación.

Antes que el gran apóstol Pablo comenzara su propio ministerio, recibió en Damasco el fiel servicio de Ananías. “Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hechos 9:17). Pablo recibió la vista y fue fortalecido, y comenzó a predicar poderosamente en las sinagogas de Damasco. Años más tarde, Pablo estaba en la isla de Chipre y fue confrontado por Elimas, el mago que resistía la Palabra de Dios. “Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos, dijo… he aquí la mano del Señor está contra ti” (Hechos 13:9-11).

Durante varios años Bernabé fue el compañero de viaje de Pablo. “[Bernabé] era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor” (Hechos 11:24).

Para que nosotros experimentemos ese mismo poder también tenemos que ser llenos del Espíritu Santo de Dios. Entonces, ¿cuáles son algunos de los propósitos y las características de ser llenos del Espíritu? De vez en cuando, algunos se centran en el derramamiento del Espíritu Santo para enfatizar la bendición y la experiencia emocional que tienen su origen en ese derramamiento. Aunque esta realidad puede ser un resultado muy legítimo, tenemos que investigar lo que la Biblia explícitamente e implícitamente señala como el propósito de que seamos llenos con el Espíritu Santo.

SeÑalar a JesÚs

Jesús dio a sus seguidores la comisión de hacer discípulos a todas las naciones (yendo por todo el mundo, bautizándolos y enseñándoles; Mateo 28:19,20). En el primer Pentecostés después de la resurrección de Jesús, Dios inició en su iglesia el proceso de equipamiento. Varias semanas después de haber sido llenos con el Espíritu Santo, Pedro y Juan fueron encarcelados por su persistente y poderoso testimonio. Después de que los soltaran, regresaron a sus hermanos creyentes y tuvieron un poderoso culto de oración. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31).

Lo que explícitamente se afirmó como el resultado previsto de recibir el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:8) se enseña implícitamente en el relato descrito arriba (3:11-4:31). Sacamos la conclusión de que uno de los principales propósitos de la llenura del Espíritu Santo es para señalar a Jesús. Recibimos poder y fortaleza para hacer una osada, clara, y fiel proclamación de la persona y la misión de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Juan escribe: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). El Espíritu glorificará a Jesús. El Espíritu Santo no vino para atraer la atención en sí mismo, ni para atraer la atención en nosotros, sino para atraer la atención en Jesús. El Espíritu Santo nos hace concientes de “Jesús”, y no concientes del “Espíritu Santo”.

Poder para servir a Dios

Otro gran propósito de ser lleno con el Espíritu Santo es de recibir poder para servir a Dios. Las iglesias tradicionales enseñan esto, aunque en distinto grado. Juntamente con otros cristianos tenemos que afirmar que esta perspectiva del propósito del Espíritu es cierta. Quisiera señalar tres esferas en las que se manifiesta el poder: (1) poder para vivir en santidad; (2) poder para servir a Dios y su obra; y (3) poder para cumplir una misión o enfrentar un problema o crisis.

Poder para vivir en santidad

Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El apóstol Pablo escribió: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Se nos exhorta a vivir de manera digna del llamado que hemos recibido (Efesios 4:1). Pero en nuestra propia fuerza no podemos vivir en santidad, alumbrar la luz, y dar toda la gloria a Él. Si tratamos de hacerlo en nuestra propia fuerza, fracasamos. Nuevamente, el apóstol Pablo presenta este problema en su Epístola a los Romanos: “15 Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. 16 Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. 17 De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. 18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7). Pero Pablo también presenta la solución: por el poder de Dios, que nos ha sido dado por su Espíritu, podemos vivir en santidad, a lo cual hemos sido llamados: “9 Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. 12 Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; 13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8).

Poder para servir a Dios y hacer su obra

El siguiente aspecto en que necesitamos poder es en el ámbito de servicio. La predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40) fue un acto de servicio al Señor y de edificar a la iglesia (2:41), para lo cual fue necesaria la llenura del Espíritu Santo. Además, los diáconos de la iglesia primitiva fueron llenos del Espíritu a fin de cumplir el llamado de Dios para ellos de servir en la distribución de alimento. La palabra “diácono” literalmente significa “siervo”. El Espíritu nos llena para que podamos servir en satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Lo distintivo es el propósito: vivir por Dios.

Poder para cumplir un deber inmediato

El tercer aspecto de vivir por Dios es lo que se podría llamar poder para cumplir un deber inmediato (lo cual puede incluir un problema o crisis). El diácono Esteban nuevamente fue lleno con el Espíritu Santo justamente antes de ser apedreado debido a su proclamación. Esteban recibió poder para ver en una visión a Jesús y perdonar a sus verdugos. Cuando Pedro se enfrentó a la difícil situación del juicio ante el Sanedrín, nuevamente recibió poder, que lo equipó para esa necesidad inmediata (Hechos 4:8). Cuando Pablo tuvo que enfrentarse al poder de Satanás, presente en el mago llamado Elimas, Pablo recibió su llenura y afrontó la crisis con la presencia del Señor (Hechos 13:9). Pablo cumplió con poder su deber inmediato, y Elimas quedó ciego.

Cada una de estas situaciones de crisis fue seguida de un milagro. Generalmente, en esta clase de circunstancia (deber inmediato, problema, o crisis), suceden señales y maravillas. Dios se dedica a la “intervención en las crisis”. ¡Los dones no son para satisfacer nuestros deseos egoístas, sino para satisfacer nuestras necesidades! Dios quiere que su iglesia sea “edificada”, no en sentido de ser favorecida, por supuesto, sino en sentido de ser fortificada.

Fíjese lo que Pablo dice en Efesios: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15,16). En esos días malos necesitamos que Dios nos llene con el poder del Espíritu Santo para que (a) llevemos una vida santa contra la maldad que nos rodea; (b) sirvamos en lo práctico y lo espiritual; y (c) atendamos las crisis que se presentan.

Dios quiere que seamos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Romanos 8:37). “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Necesitamos comprender la voluntad de Dios y obrar conforme a lo que comprendemos: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (5:18).

Pablo presenta un fuerte contraste. Algunos interpretan este pasaje como si los carismáticos y pentecostales fuéramos borrachos espirituales. Pablo no dice que ser lleno es como embriagarse. Él no compara sino contrasta esas dos acciones. La embriaguez conduce a la pérdida de dominio propio. Aquí la disolución es excesiva sensualidad, una condición en que las personas no pueden controlarse o “salvarse” a sí mismas. Es una condición en que uno va de mal en peor. La condición contrastante es la plenitud del Espíritu, que no implica pérdida de dominio propio. En realidad, parte del fruto del Espíritu es dominio propio (Gálatas 5:23). El exceso de alcohol produce un comportamiento irrestringido. La plenitud del Espíritu conduce a una conducta restringida.

El resultado de estar bajo la influencia del alcohol es que nos hace como bestias; pero el Espíritu nos hace más como Cristo. Por tanto, ¡SEA LLENO! El verbo griego en este pasaje es plerousthe. Es un verbo en tiempo presente, voz pasiva, modo imperativo, segunda persona plural. Significa llenar, completar o llevar a cumplimiento. En este contexto se usa como metáfora de derramar. Sin embargo, más que la metáfora está el propósito.

El tiempo presente enfatiza el ahora y continuamente implica una y otra vez. Nótese: somos salvos una vez. Lo que llamamos bautismo del Espíritu Santo es la experiencia inicial de ser lleno con el Espíritu.2 Pero podemos ser llenos con el Espíritu Santo una y otra vez. Algunos se refieren al bautismo como la puerta de entrada, y las subsecuentes llenuras como la senda a seguir una vez que se pase por la puerta. Pedro fue lleno del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2:4) y nuevamente cuando habló ante el Sanedrín (4:8). Y “todos”, incluido Pedro, fueron “llenos del Espíritu Santo” después de orar (4:31). Ananías puso las manos en Pablo para que recobrara la vista y sea lleno del Espíritu Santo (Hechos 9:17). Entonces Pablo, “lleno del Espíritu Santo”, dijo a Elimas: “Hijo del diablo…” (Hechos 13:9-10). Los discípulos (incluido Pablo) sacudieron el polvo de sus pies y fueron “llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52). Esteban fue lleno antes de servir a las mesas, luego nuevamente antes de su visión y su muerte.

El significado de la voz pasiva es que Dios es quien origina la acción de llenar. Él es quien obra en nosotros, y por eso espera que seamos receptores dispuestos y rendidos.

El modo imperativo implica un mandato de Dios. En nuestro lenguaje hablado expresamos la orden imperativa por el vigor y el volumen de nuestra voz. Cuando escribimos un mandato en español, generalmente usamos un signo de exclamación. En el griego del Nuevo Testamento, sin embargo, una orden se escribe con las inflexiones del modo verbal que la distingue claramente de una orden declarativa o una posible sugerencia. No es una sugerencia que ha de discutirse. Como es una voz pasiva en imperativo, se debe traducir “permitir a ser lleno”. Para cumplir este mandato, tenemos que quitar cualquier barrera que impida la debida relación con Dios.

La segunda persona en plural significa “todos ustedes”. Por tanto, una preferida traducción del pasaje es: “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!”

En Efesios 5:15-21, Pablo vincula esta plenitud con cuatro resultados: (1) hablar, (2) cantar, (3) alabar, y (4) someter. El primer énfasis está en hablar. Debemos hablarnos unos a otros; dar testimonio. En el primer siglo, cuando a personas que no estaban acostumbradas a hablar en público se les pedía que testificaran, a menudo recitaban una canción o un salmo (una composición ya familiar y conocida a la comunidad).3 Por eso, los testimonies podían expresar toda clase de sentimientos por medio de oraciones, cánticos, y recitaciones. En comunión de los hermanos se expresaban gritos de angustia, regocijo, y oraciones. Este hablar lleno del Espíritu no era sólo “conversación”, sino comunión dirigida por el Espíritu. Esta comunión se conducía por medio de tres clases de expresiones verbales: salmos, himnos, y cánticos espirituales.

Los salmos podían incluir alabanza, aliento, consuelo, agradecimiento, o historias de los patriarcas y profetas.4 El uso de los Salmos por la antigua Israel y la iglesia primitiva ha revelado por lo menos tres importante y amplias categorías que debemos usar hoy. Sirven como una guía en la adoración; nos ayudan a relacionarnos sinceramente con Dios; y ofrecen patrones de reflexión y meditación en las cosas que Dios ha hecho por nosotros.5

Los himnos son exposiciones o exégesis con melodías. Los himnos podían servir para instrucción, confesión, enseñanza, o exhortación. Varios pasajes del Nuevo Testamento se pueden considerar como himnos. Por ejemplo, Efesios 2:19-22 y 5:14, y Tito 3:4-7. Fíjese especialmente en los himnos que nos instruyen acerca de la persona de Cristo, como Juan 1:1-18; Filipenses 2:6-11; Colosenses 1:15-20; 1 Timoteo. 3:16; y Hebreos 1:1.6 Los cantos espirituales incluyen todo lo arriba mencionado. Colosenses 3:16 confirma que nosotros debemos usar los mismos tres (salmos, himnos, y cantos espirituales) como medios de enseñanza y exhortación unos a otros.

El segundo resultado de la plenitud del Espíritu es cantar en nuestro corazón al Señor (Efesios 5:19). Esto no se trata de adoración interior, privada. Algunos lo ven como un texto que prueba que Dios sólo acepta silenciosa y meditativa adoración. Este versículo no dice que el corazón es el lugar de adoración. Lo que enfatiza es la manera de adorar; es decir, “en el corazón” (por medio del corazón), y elevada (hacia el trono de la gracia). Hay tiempo de postración quieta y también tiempo de declaración exuberante. El Espíritu nos guiará a ambos, conforme a su plan y en su tiempo.

El tercer resultado de la plenitud del Espíritu es “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre” (Efesios 5:20). No se trata de agradecimiento selectivo. Hay que evitar el pecado de las quejas típicas de los israelitas. “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo” lleva el impacto de sumisión a la voluntad, la autoridad, el poder, y la naturaleza de Jesucristo. Es un agradecimiento que resulta en sumisión a la voluntad del Señor, dirigida por el Espíritu.

El cuarto resultado es “[someternos] unos a otros en el temor de Dios” (5:21). Esto significa que nos colocamos bajo (o después) de otro en reverencia porque deseamos conformarnos a la voluntad soberana. A este pasaje a veces se lo trata como una unidad de enseñanza aparte. Sin embargo, la sumisión es una de las características de la plenitud. Las siguientes instrucciones a las esposas, a los maridos, a los hijos, a los esclavos, y a los amos son ejemplos de la reverente sumisión que se nos ordena. Esta es una frase dependiente que ilustra el pensamiento previo: “someteos unos a otros en el temor de Dios”, que a su vez es una frase de participio, subordinada al principal imperativo: “sean continuamente llenos con el Espíritu”. El punto de enfoque de Pablo no está en que la esposa se someta al marido. En otras palabras, la sumisión por parte de la esposa es sólo una expresión de la mutua sumisión, que es un resultado de ser lleno con el Espíritu Santo.

Por medio de estos admirables efectos el Espíritu Santo se nos pone en la debida relación con Dios mediante la adoración y la alabanza (“cantando” y “alabando”); y en la debida relación unos con otros mediante la comunión y la mutua sumisión (“hablar” y “someter”).

¿CÓmo podemos permitirnos a “ser llenos”?

No hay trucos. Para ser lleno con el Espíritu debemos comprender lo que Dios quiere, someternos a su señorío, y andar por fe.

Es necesario comprender que esto es la voluntad de Dios (Efesios 5:17). Es un mandato de Dios (5:18). Trate sinceramente y completamente con el pecado en su vida. No contriste al Espíritu Santo, sino permita que las Escrituras lo redarguyan (Efesios 4:30, 2 Timoteo 3:16).

En segundo lugar, tenga presente quién es Señor. Déle a Él el señorío en su vida. Ya no viva para sí mismo (Lucas 9:23; 2 Corintios 5:15). Sométase a Dios y a su voluntad mediante confesión y arrepentimiento (1 Juan 1:9). Sométase a Dios como sacrificio vivo (Romanos 6:13; 12:1,2). Ríndase, y sea celoso de buenas obras (Tito 2:14).

En tercer término, ande por fe. Apóyese en los hechos, no en sus sentimientos. Sólo obedezca la Palabra de Dios. Viva por el Espíritu y ande por el Espíritu (Gálatas 5:25). Acepte las promesas por la fe. No sea como un niño que constantemente rebusca en la tierra para ver si ha germinado la semilla que sembró. Déjale crecer y siga en su andar con Dios. La iglesia en Corinto es una solemne advertencia a nosotros. Ellos fueron bautizados con el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13) y fueron enriquecidos con dones carismáticos (1 Corintios 1:4-7). Sin embargo, Pablo los reprochó como poco espirituales, no llenos del Espíritu. La evidencia continua no son los dones (ellos tenían muchos), sino el fruto que va madurando (tenían poco).

Los dones carismáticos de la gracia de Dios no son joyas para portar alrededor del cuello, ni perfume para adornar el cuerpo con aire de espiritualidad. En cambio, son herramientas para la edificación de la Iglesia. Una que otra vez he trabajado como carpintero. Tengo herramientas que he escogido cuidadosamente a través de los años para cumplir diferentes tareas. Muchas veces uno tiene que ir al lugar de “construcción” para averiguar qué herramientas se requerirán para cierto trabajo. Quizás usted no descubra sus dones espirituales hasta que esté en medio de una labor de construcción y tenga que clamar a Dios para que le alcance el martillo espiritual, el papel de lija, o la goma de carpintero. De la misma manera, como la llenura del Espíritu también es con determinación, dejemos que Dios nos guíe primero en esos propósitos para que experimentemos el poder.

Al viajar a Centroamérica para enseñar a los mayas, tuve una guerra espiritual de una manera no acostumbrada. Comprendí, me sometí, luego anduve. Señales y maravillas acompañaron a la proclamación de la Palabra con el poder del Espíritu. La plenitud del Espíritu nos da poder para vencer la tentación (como Jesús), poder para proclamar osadamente a Jesucristo (como Pedro), poder para servir (como un buen diácono), poder para perdonar a los enemigos (como Esteban), poder para confrontar a las fuerzas de las tinieblas (como Pablo), y poder para alentar y enseñar (como Bernabé). “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!” La vida llena del Espíritu se caracteriza por la debida relación con Dios en adoración y alabanza, y por la debida relación con otros por medio de comunión y servicio dirigido por el Espíritu.

Russell E. Joyner, ha sido profesor asistente en la Valley Forge Christian College en Phoenixville, Pensilvania. Ahora es pastor de la iglesia Redeemer Assembly of God en Crozier, Virginia.

Notas

1. Véase el testimonio personal de Wagner “How I Learned About the Power”, 15-24, en The Third Wave of the Holy Spirit: Encountering the Power of Signs and Wonders Today (Ann Arbor, MI: Vine Books, 1988) y Look Out! The Pentecostals are Coming (Carol Stream, IL: Creation House, 1973; reimpreso en distinto formato que Spiritual Power and Church Growth, Altamonte Springs, Fla: Strang Communications, 1986).

2. Véase Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek (Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987) 11,12.

3. Véase Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, (Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983), p.16.

4. Para una lista de los salmos según el tipo y uso en la iglesia primitiva véase Anderson, 239ss.

5. Véase Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth (Grand Rapids: Zondervan), 184.

6. Véase Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, (Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982).

 

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