Los cristianos están llamados a estar «en el mundo» aunque «no son del mundo» (Juan 17:11–16).1 Debemos aceptar nuestra identidad como ciudadanos cristianos, como testigos públicos y como sal y luz. Los cristianos también deben mantener su carácter piadoso mientras se dedican a la política. Damos prioridad a nuestro llamado en Cristo y no toleramos la demonización de nuestros conciudadanos con quienes no estamos de acuerdo. Tal conducta negativa puede restar valor a la misión de Cristo y a la misión establecida de las Asambleas de Dios (AD) de evangelizar, adorar a Dios, hacer discípulos y mostrar compasión.2
E la oración sacerdotal de Juan 17, Jesús reconoció que Él y sus seguidores no son de este mundo. Sin embargo, Jesús pidió al Padre que no los quite de este mundo (vv. 14–16). Esta oración es un punto de partida para argumentar la relación entre los cristianos y los sistemas cívicos o políticos. El término mundo en el Nuevo Testamento comprende más que los sistemas gubernamentales o políticos. No obstante, los incluye y está representado por ellos.3
La meta de este artículo es dar principios que ayuden a los cristianos a aprender a vivir
La Biblia da principios claros para ayudar a los cristianos a abordar el tema de la ciudadanía. El apóstol Pablo dijo a los filipenses que somos «ciudadanos del cielo» (Filipenses 3:20). Habló de una idea similar en Efesios 2:19. Sin embargo, otras ciudadanías también eran importantes. Ser ciudadano romano marcaba una diferencia clave para las personas en el mundo antiguo. Pablo entendía bien el valor de haber nacido ciudadano romano. Pablo utilizó los derechos de su ciudadanía para evitar un trato injusto (Hechos 22:22–29). Incluso apeló una sentencia ante César, como era su derecho (Hechos 25:11).
La ciudadanía era una cuestión de identidad esencial para Pablo. Los filipenses a quienes Pablo escribió comprendían bien la idea de la doble ciudadanía. Ellos tenían la ciudadanía de Filipos y de Roma, ciudades separadas por más de mil trescientos kilómetros. Su derecho al estatus y a la protección provenía de Roma, no de Filipos. La ciudadanía lejana tenía ventajas en sus vidas tanto en términos de beneficios como de obligaciones. De manera similar, los cristianos son ciudadanos de la tierra, pero también de una tierra lejana: el cielo. Al igual que los filipenses, la ciudadanía de los cristianos varía en calidad y en sus derechos como ciudadanos.
Pablo no llamó a los filipenses a desertar su ciudadanía terrenal. Se comparó a sí mismo (y a los cristianos de Filipos) con aquellos que viven como «enemigos de la cruz de Cristo» (Filipenses 3:18). Los enemigos de Cristo «solo piensan en lo terrenal» (3:19; compárese con Romanos 8:5–6 y Colosenses 3:2). Están en el mundo y son del mundo, por lo tanto, se conforman plenamente a las preocupaciones mundanas. Los seguidores de Pablo y Cristo, aunque viven en el mundo, no se dejan controlar por el mundo. La ciudadanía de estos cristianos es celestial.
Primera de Pedro 2:9–12 y Hebreos 11:13 también plantean la identidad cristiana. Estos pasajes describen a los cristianos como extranjeros y exiliados en esta tierra. La carta de Pedro también se refiere a los cristianos como un «pueblo elegido. Son scerdotes del Rey, una nación santa, posesión exclusiva de Dios» que viven como ejemplos de personas santas (1 Pedro 2:9, 11–12 NTV). El siguiente pasaje presenta otro tema importante en la relación entre los cristianos y el Estado: la sumisión y la obediencia a la autoridad (1 Pedro 2:13–14).
Después de hablar sobre la identidad cristiana, Pedro instó a sus lectores a someterse a toda autoridad humana (1 Pedro 2:13–17). Aunque no con tanta firmeza como lo hizo Pablo en Romanos 13, Pedro defendió el papel del gobierno en la afirmación del orden y la disuasión del mal. Los gobiernos son esenciales, y se espera que los cristianos cumplan la ley.
Sin embargo, la sujeción es «por amor al Señor» (1 Pedro 2:13). El lenguaje que describe el deber de los cristianos hacia Dios es mucho más fuerte que el que describe su deber hacia las autoridades humanas. Los cristianos deben vivir «como esclavos de Dios» y «temer a Dios» (1 Pedro 2:16–17). Por otro lado, aunque no de la misma manera, les dice: «sométanse a toda autoridad humana» y «respeten al rey» (2:13, 17 NVI). Vivir como esclavos de Dios y temer a Dios son términos mucho más fuertes que los de sujeción (deferencia) y honor. La obediencia a la autoridad humana es importante, pero dicha obediencia está supeditada al contexto más amplio de la obediencia a Dios. Cuando la obediencia a las autoridades terrenales contradice los compromisos cristianos, la obediencia a Dios es la prioridad. Como dijo Pedro en Hechos 5:29 a las autoridades de Jerusalén cuando le ordenaron que dejara de enseñar en el nombre de Jesús: «¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!».
Pedro y Pablo describieron el papel de los cristianos en la sociedad con un objetivo común. Ambos expresaron su preocupación por el testimonio cristiano entre los no creyentes. Este concepto de testimonio proporciona otro tema importante para los cristianos y su relación con la vida cívica. Mateo 28:19–20 y Hechos 1:8 aclaran el papel de los cristianos en el mundo. Estos pasajes enseñan que los cristianos son representantes de Cristo en la tierra. Dan testimonio de la salvación y guían a los no creyentes a la obediencia que se sujeta al señorío de Cristo. Como explicó Pablo: «Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: “En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios”» (2 Corintios 5:20). Este texto enseña el papel principal que cumplen los cristianos en la sociedad.
Durante casi dos milenios, la Iglesia ha crecido en diversos contextos culturales y políticos. Cada contexto ofrecía una variedad de formas de gobierno y expectativas para sus ciudadanos. Del mismo modo, otras ramas de la Iglesia desarrollaron diversos modelos de relación con el Estado. Estos modelos dieron forma a una serie de expectativas sobre la responsabilidad cristiana hacia el Estado.
Los modelos que aquí se presentan son ilustrativos, pero no exhaustivos. Proporcionan un marco para comprender las diversas formas en que la Iglesia se ha relacionado con el Estado y dónde dichas formas podían fracasar.4
Estos modelos ofrecen ideales con ventajas y desventajas. Los pentecostales adoptaron un modelo sobre los demás en diferentes momentos. Dependiendo de su experiencia de opresión o apoyo político, encontraron que algunos modelos eran más útiles que otros.
En la primera mitad del siglo XX, las Asambleas de Dios en los Estados Unidos se mantuvieron apolíticas, pero conservaron una voz profética. A finales de siglo, las Asambleas de Dios expresó su apoyo por «los dos reinos» y las ideas de la reforma. En la América del siglo XXI, algunos miembros de las AD enfatizaron el poder político como una forma de promover los valores bíblicos.
Los artículos 10 y 11 de la «Declaración de Verdades Fundamentales» describen la misión de la Iglesia como evangelizar, adorar a Dios, edificar a los creyentes y mostrar compasión. Esta misión se enlaza con el mundo político y social. Sin embargo, los cristianos que aspiran glorificar a Dios y representar correctamente su reino deben manejar tales actividades según los principios de la misión.
Los modelos anteriores proporcionan un marco para cómo los cristianos participaban en la política de la sociedad. La meta era vivir su fe dentro del paradigma «en el mundo, pero no del mundo». Sin duda, los cristianos viven en el mundo. Trabajamos, participamos y adoramos dentro de sociedades que no siempre reflejan nuestras creencias o valores. Sin embargo, los cristianos no somos de este mundo. La Biblia llama a los cristianos a rechazar los sistemas del mundo y a ser transformados (Romanos 12:1–2). La fe cristiana transforma los asuntos en los que participamos y la forma en que lo hacemos.
Al igual que los filipenses, tenemos doble ciudadanía. Aunque somos ciudadanos terrenales, somos ante todo ciudadanos del reino superior de Cristo. Nuestra identidad principal no viene de un estado terrenal concreto. Proviene, más bien, de ser «uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). El compromiso principal, en términos de identificación, conducta y orientación hacia el mundo, debe ser la lealtad a Cristo. En el contexto de los Estados Unidos, esto significa que uno es cristiano primero que ciudadano estadounidense. Estas dos identidades, aunque no necesariamente en conflicto, nunca se deben confundir.
Los ciudadanos del cielo tienen una responsabilidad durante su tiempo como ciudadanos de este mundo. Dios llamó a los cristianos a someterse a los poderes terrenales. La ciudadanía responsable incluye el respeto a las autoridades gubernamentales, aunque no se esté de acuerdo con sus decisiones. Los ciudadanos con derecho a voto deben mantenerse bien informados. Es fundamental estar informados y evaluar lo que sucede en la comunidad. Los cristianos deben contribuir a mantener la paz en la sociedad, ya sea mediante la acción o el ejemplo, en persona o en línea. Se deben aprovechar las oportunidades que ofrece la ciudadanía: voto, postulación a cargos políticos, cumplir siendo parte de un jurado, etc.
Los cristianos deben apoyar la protección de la libertad religiosa. Ninguna figura política, partido o sistema tiene el poder de detener la expansión del reino de Dios. Además, ninguna figura política, partido o sistema tiene la autoridad para representar plenamente el reino de Dios. La libertad religiosa implica tanto la libertad de adorar a Dios plenamente como la libertad de rechazar a Dios. Nadie puede decir verdaderamente «sí» a Dios si no tiene también la posibilidad de decir «no». Debemos proteger la libertad de decir cualquiera de las dos cosas.
La identidad cristiana tiene prioridad sobre la identidad nacional. Del mismo modo, la obediencia cristiana a Cristo tiene prioridad sobre cualquier lealtad terrenal. La sumisión y la obediencia a Dios y al Estado no son idénticas y nunca se deben confundir. Ninguna de las cartas, 1 Pedro 2:13–17 y Romanos 13:7, argumentan que se debe adorar al Estado. Aunque los cristianos generalmente obedecen y se someten a las autoridades terrenales, estas no son absolutas. Todo sometimiento se produce bajo la lealtad cristiana a Dios. Su Persona y su reino no pueden compararse con, ni sujetarse a ningún poder terrenal.
Para los escritores del Nuevo Testamento, ser testigos de la obra reconciliadora de Dios en Cristo es una responsabilidad fundamental de los creyentes. Cualquier cosa que interfiera con esta obra se opone a la fe cristiana, sin importar la motivación. Actuar en nombre de Cristo mientras se socava la presentación del evangelio y la misión de la Iglesia conlleva el riesgo de desobedecer a Cristo (Mateo 28:19–20). Que no se diga que por culpa nuestra se blasfema el nombre de Cristo (Romanos 2:24).
Las áreas en las que se produce esta confusión son la política y el compromiso cívico. Los asuntos sociales son complejos y multifacéticos. Algunas entidades políticas y sociales exigen lealtad y presentan respuestas básicas que crean escenarios de «nosotros contra ellos». Con el deseo de marcar una diferencia positiva en el mundo, los cristianos bien intencionados a menudo eligen un partido y adoptan universalmente su postura en todas las problemáticas. Al hacerlo, pueden aislar a otros y dañar su capacidad de dar testimonio ante ellos. En el peor de los casos, el partido elegido podría revelarse como contrario a la fe y la virtud cristianas. Los cristianos deben tener cuidado al participar en cualquier sistema potencialmente contrario que no represente con precisión a Cristo o su reino.
Los cristianos deben asegurarse de que sus compromisos cívicos estén en armonía con su deber esencial: representar a Cristo ante el mundo. Perder la capacidad de dar testimonio nunca valdrá la pena. Esto no significa que los cristianos deban evitar la política o la esfera pública. Los cristianos deben adoptar posturas sobre cuestiones de moralidad importantes para Dios. Sin embargo, al hacerlo deben proceder con cautela y discernimiento, viviendo como sabios representantes del reino de Cristo.
Una de las enseñanzas más conocidas de Jesús contiene dos metáforas sobre el compromiso cristiano con el mundo. Jesús dijo: «Ustedes son la sal de la tierra», y «Ustedes son la luz del mundo» (Mateo 5:13–14). En la medida adecuada, la sal mejora lo que toca. Del mismo modo, los cristianos mejoran su entorno. Consideremos esta prueba para determinar si el compromiso cristiano es válido: ¿Nuestra influencia mejora o empeora nuestro entorno?
Los lectores modernos pueden comprender más fácilmente la metáfora de la luz de Jesús. Él dijo: «Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Jesús espera que sus seguidores reflejen bondad que disipe la oscuridad del mal. La luz de sus buenas obras apunta al Padre, la fuente de la bondad. Provoca una alabanza genuina a Dios de quienes observan esas acciones de luz. Consideremos otra prueba clave para el compromiso cristiano: ¿Las personas se sienten atraídas a Dios por nuestras acciones y disposición públicas, o se alejan?
A Jesús le preguntaron: «De todos los mandamientos, ¿cuál es el más importante?» (Marcos 12:28). Él dio una respuesta sencilla y completa: ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y ama a tu prójimo como a ti mismo. El amor no es un complemento; la característica del amor define a quienes viven una fe cristiana auténtica (Juan 13:35).
Primera de Corintios 13 ofrece la mejor descripción del amor en la comunidad cristiana. Esta lista de características del amor refleja acciones en todos los ámbitos de la vida, incluida la vida pública. El amor bíblico plantea otra pregunta: ¿Cómo refleja nuestra participación en la política y otros deberes cívicos los criterios del amor, independientemente de nuestras intenciones?
Todos los cristianos deben buscar la guía del Espíritu Santo cuando participan en asuntos cívicos y políticos. Cada aspecto de la vida cristiana depende del Espíritu Santo. Al igual que en la vida de Jesús, el Espíritu Santo debe desempeñar un papel central en la guía, en la ayuda y en el fortalecimiento de la vida privada y pública de los cristianos. Los cristianos que participan en el trabajo de la ciudadanía por su cuenta corren el peligro al que se enfrentaron los gálatas. Ellos intentaron completar la obra de Dios impulsados por la carne (Gálatas 3:3). También debemos resistir la tentación de hacer un mal uso de los dones espirituales para obtener aprobación política. Hacerlo nos convertiría en personas no mejores que los profetas de la corte en tiempos de Jeremías, que solo profetizaban a favor del rey. ¿Estamos viviendo como ciudadanos de acuerdo con el fruto y los dones del Espíritu (Gálatas 5:22–23; 1 Corintios 12, etc.)?
Las Escrituras no determinan un modelo detallado para la participación cristiana en las esferas cívica y política. Como «la regla infalible e inapelable de fe y conducta»,5 la Biblia ofrece verdades poderosas que deben guiar la vida cívica y política de los cristianos. A lo largo de la historia, los cristianos han respondido lo mejor que han podido, en diferentes circunstancias políticas, al tratar de ser fieles a la Biblia en sus contextos únicos. De este importante debate resulta la siguiente conclusión, que debe ser objeto de una cuidadosa consideración.
Los cristianos deben ser conscientes de su identidad fundamental como pueblo de otro reino. La lealtad a Cristo como único Señor y el papel determinante como sus testigos es esencial. Cuando los cristianos actúan con amor y son como sal y luz, bajo la guía del Espíritu Santo, guían a otros a Dios, proclaman el evangelio y mejoran el mundo que les rodea.
Los movimientos políticos modernos no se centran en el destino de Dios para la humanidad, mas bien se centran en sus propios fines. Además, logran esos fines mediante maniobras de poder que se basan en el dominio efectivo de otros, en lugar de la cooperación con el Espíritu Santo.
En términos prácticos, como seguidores de Cristo y ministros del evangelio, debemos:
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