La Misión y Acción Pacificadora De La Iglesia

(Adoptada por el Presbiterio General en sesión el 1 y 3 de agosto de 2015)

«El fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz» (Santiago 3:18, NVI)1.

Las Asambleas de Dios considera que la acción pacificadora es intrínseca a la misión de la Iglesia. Nuestra «razón principal de ser» es: (1) «Ser un organismo de Dios para evangelizar el mundo» (Hechos 1:8; Mateo 28:19–20; Marcos 16:15–16); (2) «Ser un organismo colectivo en el cual la persona pueda adorar a Dios» (1 Corintios 12:13); (3) «Ser un canal del propósito de Dios de edificar un cuerpo de santos que es perfeccionado en la imagen de su Hijo» (1 Corintios 12:28; 14:12; Efesios 4:11–16); y, (4) «Ser un pueblo que muestra el amor y la compasión de Dios por todo el mundo» (Salmo 112:9; Gálatas 2:10; 6:10; Santiago 1:27).

            La paz emana del carácter mismo del Dios trino, quien es el «Dios de paz» (Romanos 15:33). El evangelio, por tanto, es «el evangelio de la paz», que se proclama en la evangelización (Efesios 6:15), que permea el contexto relacional de la adoración auténtica, que provee valores esenciales para edificar el cuerpo de Cristo, y que se expresa y se extiende a través de la demostración del amor y la compasión de Dios por el mundo. El designio final de Dios para su mundo y todos sus habitantes es y siempre ha sido que ellos estén en paz con Él, cada uno consigo mismo, unos con otros y con su creación.

La paz interrumpida

            Al principio de la historia de la humanidad, Adán y Eva disfrutaban de una paz perfecta en torno a cuatro relaciones. Estaban en paz con Dios, con su propia persona, uno con el otro, y con el orden creado de Dios. A través de estas cuatro relaciones, Dios planeó que los seres humanos alcanzaran su propósito de adorar y servirle en un mundo hermoso, hospitalario, ordenado y tranquilo. Sin embargo, cuando Adán y Eva cedieron a la tentación, siguieron sus propios deseos y se rebelaron contra Dios; como resultado, su pecado dañó estas cuatro relaciones, y la humanidad cayó en la depravación y el conflicto. A partir de entonces, hasta el presente, y hasta que Jesucristo regrese a establecer su Reino, la humanidad caída ha estado, está y seguirá alienada de Dios, de sí misma, de otras personas y de la creación (Génesis 3:1–8). La paz es difícil de aprehender cuando se desconoce y se desatiende la Palabra de Dios y su voluntad.

La esperanza de la restauración de la paz

            En su significado más básico, la palabra «paz» describe la calidad de las relaciones. El término hebreo shalom, que a menudo se traduce por «paz», captura de forma analógica lo que concierne a la paz de Dios. Podría entenderse mejor como la manera de acceder a la «buena vida», una vida en la cual se cumplen las buenas intenciones de Dios para la humanidad. Shalom denota la ausencia de conflicto o guerra, una condición necesaria para que la humanidad progrese. Pero en un sentido más elemental, habla de armonía con Dios, con uno mismo, unos con otros y con la creación de Dios. Shalom, por ende, es una palabra profundamente espiritual, arraigada en la comprensión de que todas las bendiciones de la vida fluyen de Dios, el Creador.

La idealización humana e histórica del shalom aparece en un pasaje que se cita con frecuencia de la «edad de oro» de Israel: «Durante el reinado de Salomón, todos los habitantes de Judá y de Israel, desde Dan hasta Berseba, vivieron seguros [betaj] bajo su propia parra y su propia higuera» (1 Reyes 4:25). Pero como deja en claro el registro bíblico, el reinado espléndido y afluente de Salomón de ninguna manera representaba la plenitud del shalom, al cual el Dios de Israel deseaba introducir al pueblo de su antigua alianza y, en efecto, a toda la humanidad (Miqueas 4:4).

Aunque las personas que Dios creó se alienaron de él demasiado pronto y por voluntad propia, la promesa de una realización final y perfecta de shalom,no obstante, se encuentra a lo largo de las Escrituras. Inmediatamente después de la caída de nuestros primeros padres, aparece la promesa que la simiente de la mujer vencería algún día al engañador (Génesis 3:15). A ésta le sigue la promesa de Dios a Abraham y a su descendencia: «Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!» (Génesis 12:3). Un poco más tarde, Dios promete que el Mesías, un descendiente de David, vendría a establecer un reino de paz en toda la tierra (2 Samuel 7:12–13; 1 Reyes 8:20; 1 Crónicas 17:11–14; Isaías 9:6–7; 11:10–16).

Estas condiciones se describen con belleza y poder en los escritos de los profetas del Antiguo Testamento, como un tiempo en que las naciones ya no guerrearán unas contra otras (Isaías 2:4) y en el que toda la creación estará en paz (Isaías 32:17–18). Entonces, finalmente, el pueblo de Dios gozará de la plenitud del shalom que Dios destinó desde el principio:

«Juzgará con justicia [el Vástago, es decir, el Mesías] a los desvalidos,
y dará un fallo justo en favor de los pobres de la tierra.
Destruirá la tierra con la vara de su boca;
matará al malvado con el aliento de sus labios.
La justicia será el cinto de sus lomos y la fidelidad el ceñidor de su cintura.
El lobo vivirá con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito,
y juntos andarán el ternero y el cachorro de león,
y un niño pequeño los guiará.
La vaca pastará con la osa,
sus crías se echarán juntas,
y el león comerá paja como el buey.
Jugará el niño de pecho junto a la cueva de la cobra,
y el recién destetado meterá la mano en el nido de la víbora.
No harán ningún daño ni estrago en todo mi monte santo,
porque rebosará la tierra con el conocimiento del Señor
como rebosa el mar con las aguas» (Isaías 11:4-9).

            El Nuevo Testamento continúa con este tema, reflejando con frecuencia el lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento, y asimismo declara que el reino eterno de Dios (Salmo 145:13), un reino de paz, será establecido sobre la tierra. Pero sólo llegará al finalizar el siglo presente, cuando Jesucristo venga como «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:11–16). El Apocalipsis describe vívidamente la llegada del milenio, un reinado de paz de mil años (Apocalipsis 20:4–10) que luego cede el paso a un cielo nuevo y una tierra nueva (Apocalipsis 21). También describe el descenso de la ciudad de Dios, cuando Él venga a morar por la eternidad en justicia y paz con su pueblo (Apocalipsis 21:1 a 22:5).

«¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir» (Apocalipsis 21:3–4).

La necesidad presente de la labor pacificadora

Lamentablemente, desde la caída de Adán y Eva hasta el presente, la paz ha sido muy precaria en nuestro planeta caído. Sin lugar a dudas, la historia de la humanidad ha tenido sus mejores momentos con el surgimiento de elevados ideales, muchos de las cuales se desarrollaron de manera exhaustiva durante la historia de nuestra propia nación y de otras, en el pasado y el presente. Sin embargo, y lamentablemente, la historia de la humanidad también está plagada de recuerdos de guerras, de regímenes déspotas y corruptos, de desorden o anarquía, de homicidio, de esclavitud, y hasta de genocidio. Lejos de haber evolucionado hacia un mundo más bondadoso y manso, los albores del siglo veintiuno están llenos de una incipiente y antigua mezcla de barbaries, de religiones militantes y de filosofías impías que parecen amenazar perennemente cualquier progreso moral alcanzado en generaciones anteriores.

            Pese a la turbulencia moral, y con más razón todavía, las Escrituras reiteran el imperativo de hacer la paz en cada generación. ¡Los años oscuros y los días malos no son una excusa para que los seguidores de Cristo dejen de representar con fidelidad al Príncipe de Paz! Aun así, con todo realismo, el Nuevo Testamento anticipa que la agitación continuará, e incluso aumentará al acercase el fin del siglo. En 2 Timoteo 3:1–5, Pablo anuncia «tiempos difíciles» que serán característicos de los «últimos días». Entre sus palabras descriptivas de la depravación humana encontramos términos como «amadores de sí mismos (egoístas)», «implacables» y «traicioneros». Todos estos términos identifican con precisión las características que militan contra la paz y la justicia, y que suelen corromper los esfuerzos mejor intencionados de la humanidad hacia esos fines. La Iglesia de nuestro tiempo, y de todos los tiempos, tiene el imperativo y el desafío de buscar la paz y la justicia en sociedades que con frecuencia son tumultuosas y conflictivas. Los grandes avivamientos de la fe y la moral cristiana a menudo han cambiado el rumbo de la historia de la humanidad, y esa posibilidad está siempre con aquellos que creen y que obran sobre la base de su fe.

Las directivas bíblicas para nuestra labor pacificadora

Las Escrituras están repletas de directivas para nuestra responsabilidad como pacificadores en medio de la injusticia y el caos. El salmista proclama respecto del justo: «Que se aparte del mal y haga el bien; que busque la paz y la siga» (Salmo 34:14). Los grandes profetas escritores del Antiguo Testamento condenaron con severidad la terrible explotación e injusticia social de los reinos de Israel y de Judá en sus años de prosperidad, en los cuales hubo deterioro. De este modo, Amós exhorta a un Israel religioso en apariencia pero idólatra y opresivo:

«Aleja de mí el bullicio de tus canciones;
no quiero oír la música de tus cítaras.
¡Pero que fluya el derecho como las aguas,
y la justicia como arroyo inagotable!» (5:23-24).

Asimismo, poco tiempo después, Isaías exhortó a Judá, también religiosa en apariencia pero corrompida públicamente por la injusticia y la idolatría:

«¡Dejen de hacer el mal!
¡Aprendan a hacer el bien!
¡Busquen la justicia y reprendan al opresor!
¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda!» (1:16-17).

Como sabemos muy bien, muchas de esas palabras entraron por un oído y salieron por el otro, y ambos reinos siguieron su camino de ceguera hacia la desintegración y el exilio.

Para los tiempos de Jesús, el pueblo de Dios ya no era una teocracia gobernada por un rey davídico, sino un estado vasallo gobernado por la Roma tiránica. En ese contexto opresivo, con el pueblo judío plagado de resentimiento y revueltas, Jesús predicó el siguiente mensaje profético: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9). Pablo escribe: «No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Romanos 12:17–18). En la misma epístola, más adelante, exhorta: «Esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación» (Romanos 14:19). El autor de la carta a los Hebreos ordena: «Busquen la paz con todos, y la santidad» (Hebreos 12:14). Y Santiago promete: «El fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz» (Santiago 3:18).

            Cuando Jesús bendice a aquellos que trabajan por la paz (Mateo 5:9), desafía y anima a sus seguidores a promover activamente la restauración de las relaciones. Para los creyentes que están muy envueltos en la vida de la congregación local, Pablo escribe: «Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz» (Efesios 4:3). ¡Ésta es una exhortación que casi nunca se tiene en cuenta en las congregaciones y comunidades quejumbrosas! No obstante, fomentar y mantener la paz son parte vital del «ministerio de la reconciliación» que Dios nos ha encomendado a través de Cristo (2 Corintios 5:18).

Es inspirador recordar que estas exhortaciones fueron dirigidas primero a creyentes que se esforzaban por ser pacificadores bajo condiciones mucho más peligrosas y difíciles que en las sociedades modernas avanzadas. Pero incluso hoy, hay muchos lugares en el mundo donde hay condiciones extremadamente peligrosas que amenazan la vida misma, y esto sin mencionar la obra pacificadora de los creyentes. Sin duda, para aquellos de nosotros que somos libres y que fuimos revestidos de poder para ofrecer la reconciliación y la esperanza a las diversas comunidades a nivel local y en el extranjero, el imperativo de hacer la paz es ineludible.

Los medios bíblicos para alcanzar la paz

Como hemos enfatizado repetidas veces, la paz genuina proviene sólo de Dios y a través de Él, quien es la fuente de paz. Como nota Pablo en Romanos 4:5 y 5:6, Dios dio el primer paso a la pacificación al ofrecer redención a través de Jesucristo, por quien «tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1). Esto incluye una paz personal y experiencial: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7). Jesús la personifica aun más al declarar que Él es Aquel que la da: «La paz les dejo; mi paz les doy» (Juan 14:27). Llevar a otros este evangelio de la paz que fomenta la reconciliación (Efesios 6:15) es, as su vez, el medio principal y fundamental de trabajar por la paz (Mateo 5:9).

Más allá de compartir el evangelio de la paz, las Escrituras no son unívocas acerca de otros medios de alcanzar la paz o lidiar con el conflicto. En el Antiguo Testamento, la voluntad de Dios para el comportamiento humano se expresa en los Diez Mandamientos (Éxodo 20:1–17; Deuteronomio 5:1–21) que se condensan en dos: el amor a Dios y al prójimo (Deuteronomio 6:5; Levítico 19:18; Mateo 22:37–40). Para resolver los conflictos, si era necesario, se utilizaba la fuerza. En el Nuevo Testamento, hay más énfasis en alcanzar la paz a través de medios no violentos. En el sermón de la montaña, Jesús aboga por una reacción no violenta ante el mal cuando nos instruye a poner la otra mejilla, a andar una segunda milla, o a renunciar a nuestra camisa cuando se demanda nuestra capa. Sin embargo, las Escrituras apoyan con firmeza la resolución de conflictos como un método adecuado para obtener paz cuando uno es objeto de una injusticia o causa una injusticia a otro (Mateo 5:23–26; 18:15–20; 1 Corintios 6:1–11, Efesios 2:14).

El Nuevo Testamento también reconoce y afirma el rol del gobierno de hacer y mantener la paz. «No hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él», y la autoridad «está al servicio de Dios para tu bien». La autoridad «lleva la espada, pues está al servicio de Dios para impartir justicia y castigar al malhechor» (Romanos 13:1,4). Si bien es cierto que estos versículos no expresan ilusión alguna de impecabilidad moral por parte de las autoridades o de su gobierno mismo, queda claro que el mandato divino para el gobierno es mantener la justicia y la paz, y defenderse del mal y castigarlo.

Los cristianos tienen el imperativo no sólo de apoyar el rol pacificador de su gobierno, sino también de emitir su voto como ciudadanos, elevar su voz, y ejercer su influencia para facilitar acciones justas y humanitarias a través de sus órganos de gobierno y de otras entidades sociales y comerciales. El testimonio evangélico siempre se demuestra cuando las personas compasivas y que aman la paz examinan con cuidado y en oración sus propios prejuicios, se informan acerca de los asuntos morales importantes de su tiempo, y participan de una manera que glorifique a Dios y comunique shalom a quienes son oprimidos y cuyos derechos son violados. Ciertamente, el comportamiento anárquico y brutal amenaza el bienestar y la paz de la sociedad en general, y asimismo el bienestar de los individuos en particular que experimentan de manera directa el abuso como resultado de semejantes conductas destructivos. Algunos religiosos tal vez justifiquen su decisión de dejar sin protección ni atención a los heridos que encuentran en el camino de la vida, pero esa no es una opción para quien ha sido llamados a trabajar por la paz y a mantenerla.

El énfasis de trabajar por la paz en las Asambleas de Dios

Mientras que las Escrituras enseñan enfáticamente la responsabilidad de los líderes y gobiernos de practicar la justicia y trabajar por la paz, el deber de pacificación es también un asunto profundamente personal, y siempre debería empezar con el individuo. La paz debe fluir de la relación con Dios, para afectar y mantener a la familia, a otros creyentes, a la comunidad inmediata, y a todas las estructuras y ministerios de la iglesia a nivel local y en el exterior. Como receptores de la paz, los creyentes deben ser un ejemplo, además de crear y fomentar contextos de justicia y paz en los diversos ámbitos de la vida y el ministerio.

En su compromiso de trabajar por la paz a nivel personal y colectivo, las Asambleas de Dios provee una amplia gama de oportunidades y recursos misioneros. Además de contar con organizaciones misioneras bien establecidas y financiadas en el país y en el exterior, manifiesta su posición y aliento a través de diversos documentos relacionados con su perspectiva sobre asuntos como la pena de muerte, la consejería, la protección ambiental, la justicia para las mujeres en la sociedad, y la iglesia. En un documento de perspectiva sobre el tráfico humano, se dan instrucciones holísticas para que las iglesias respondan a esta injusticia sistémica, entre ellas la oración, la concientización a través de la educación, la denuncia de esta atrocidad, y el ministerio personal para con las víctimas. Además, en un escrito de perspectiva sobre la desobediencia civil, se dan razones e instrucciones claras que fomentan la no violencia como una respuesta adecuada para contrarrestar los males sociales. Otro ejemplo se encuentra en la resolución 9 del Concilio General de 1989, que afirma lo siguiente: «El Concilio General… aprueba por todos los medios escriturales la participación en el movimiento a favor de la vida y desaprueba todo acto de sus ministros que carezca de respaldo bíblico. También deja a discreción de cada ministro hasta qué punto decidan participar en actos de intervención no violentos y de paz para prevenir “la matanza de los nonatos”».

            La postura de las Asambleas de Dios respecto a la guerra debe aclararse en cualquier conversación sobre la pacificación. El documento de perspectiva oficial sobre la guerra y la objeción de consciencia deja en claro que «como movimiento, las Asambleas de Dios condena la guerra. Por tanto, estamos comprometidos a evitarla hasta donde lo permita nuestra obligación moral, sensibilidad y responsabilidad. Ésta será la postura necesaria hasta que Jesucristo, el Príncipe de Paz establezca su reino en este mundo, que ahora se caracteriza por la violencia, la maldad y la guerra». Al mismo tiempo, este escrito cita el Artículo XVII de los Reglamentos de la iglesia, dejando en claro que la iglesia no se identifica como pacifista: «Continuaremos insistiendo, como lo hemos hecho históricamente, en el derecho de cada miembro de declarar su posición como combatiente [uno que por voluntad propia sirve en posiciones de violencia], o no combatiente [uno que sirve sólo de maneras no violentas], u objetor de consciencia [uno que rehúsa participar en cualquier forma de servicio militar por convicciones personales acerca de la guerra]».

Es más, el documento de perspectiva también cita lo siguiente del Reglamento, artículo XVII: «Como movimiento ratificamos nuestra lealtad al gobierno de los Estados Unidos, ya sea en tiempo de guerra o de paz». De este modo, aunque respetamos la libertad de consciencia de los pacifistas y los animamos en su búsqueda apropiada de pacificación, las Asambleas de Dios también reconoce que la Biblia autoriza a las fuerza policial y el poder militar a brindar seguridad y protección al país (Romanos 13:1-5). Dados estos compromisos, es posible que los creyentes, cualquieras que sean sus creencias en tiempos de conflicto bélico, sirvan eficazmente como pacificadores en el lugar y la posición que hayan elegido a consciencia.

Evangelismo y pacificación

En vista de las advertencias de las Escrituras de buscar la paz en un mundo quebrantado, queda muy en claro la importancia y relevancia de llevar a cabo deliberadamente actividades que fomenten la paz. Al incluir los ministerios de compasión con la «declaración de su razón de ser», las Asambleas de Dios, como se ha notado, anima y da oportunidades para que sus miembros sean proactivos en el trabajo por la paz. Como pueblo del Espíritu, hemos visto una y otra vez la manera en que Dios levanta a creyentes talentosos para encabezar la formación de poderosos ministerios de pacificación en el país y en el exterior. De inmediato vienen ejemplos a la mente, tales como Teen Challenge [Desafío juvenil], Convoy of Hope [Convoy de esperanza], los ministerios militares y civiles de capellanía, y otros muchos ministerios a nivel local, nacional e internacional.

Lamentablemente, la historia también revela que de vez en cuando las personas y las iglesias, e incluso algunas denominaciones, convierten la justicia social y la pacificación en su misión primordial. Con cierta frecuencia, estos movimientos transformación bien intencionados de, que comenzaron con ideales cristianos elevados, en algún momento son absorbidos por sus intereses políticos e ideológicos y pierden su anclaje en el evangelio de Cristo. Sin darse cuenta, tal vez hasta llegan a formar parte de las estructuras opresivas sistémicas que en un principio intentaron reformar.

Siendo eso cierto, el énfasis y la función de trabajar por la paz y de otros ministerios sociales deben mantener siempre una correlación adecuada con la misión central de la iglesia de evangelizar y hacer discípulos de Jesucristo. Si bien los ministerios de compasión, de transformación social y de pacificación —que surgen de la proclamación del evangelio de Jesucristo, y retienen su conexión vital con él— extienden la misión de nuestro Dios en el mundo, debe haber un esfuerzo deliberado de permanecer en la misión.

Desde sus comienzos en 1914, el enfoque principal del ministerio de las Asambleas de Dios ha sido, y sigue siendo, el evangelismo y el discipulado mundial. Esta prioridad surge del propósito general del Nuevo Testamento y, en especial, del mandato final del Señor: «Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:19-20).

Conclusión

Mientras que el evangelismo y el discipulado siempre deben ser las tareas principales de la iglesia, el pueblo de Dios no puede permanecer al margen de las maldades e injusticias sociales de nuestro tiempo, contra las cuales habla poderosamente la Biblia. Mientras predicamos el evangelio de la paz —del Príncipe de Paz que hace milagros y da vida—, debemos estar atentos al quebranto y a los males sistémicos que rodea a las personas a las que ministramos. Si nos dedicamos a la oración y damos muestras de buena voluntad, nuestro Señor nos guiará mediante su Espíritu en todo nuestro ministerio como pacificadores (Mateo 5:9), para ayudar a los necesitados (Mateo 25:35-36), y para ministrar en amor y compasión, procurando obedecer todo lo que Él nos ha mandado.


1 Todas las citas de la Escritura son extraídas de la Nueva Versión Internacional (NVI), a menos que se indique lo contrario.