Los líderes espirituales están llamados a liderar el desarrollo espiritual de los cristianos dentro de la comunidad. Su responsabilidad común es guiar al pueblo de Dios a asemejarse a Cristo, capacitarlos para ministrar según sus dones y unificarlos dentro de la comunidad. Los líderes espirituales cumplen su llamado al permanecer en la voluntad de Dios. Esto incluye un reconocimiento constante de los límites, las responsabilidades y el poder espiritual que definen su liderazgo. Cuando los líderes espirituales intentan amedrentar y controlar a otros en lugar de empoderarlos, abusan de esa autoridad, lo que conduce al abuso espiritual.
Las Asambleas de Dios condenan el abuso espiritual. La Fraternidad se formó reconociendo la necesidad de una mayor cooperación entre los pentecostales para cumplir la Gran Comisión de Mateo 28:19–20. El uso adecuado de la autoridad espiritual es esencial para cumplir este mandato de Jesús. El abuso espiritual pervierte nuestra capacidad de hacer discípulos.
La Biblia ofrece diversos modelos de liderazgo espiritual. El liderazgo espiritual puede ser ejercido por padres, abuelos y otros adultos dentro de las familias. Jueces, profetas, sacerdotes y reyes han asumido este rol sobre naciones. Escribas y consejeros reales han servido entre refugiados y exiliados. Una amplia variedad de líderes puede servir a diversas comunidades, ayudando a las personas a experimentar el crecimiento espiritual.
Se puede abusar de la autoridad. Los relatos bíblicos, desde jueces como Sansón (Jueces 14—16) hasta reyes como Saúl (1 Samuel 13—15), lo demuestran. El liderazgo espiritual se basa en la autoridad y la influencia espirituales que surgen de la obediencia fiel al llamado de Dios y de la representación de su voluntad ante la comunidad.
El liderazgo puede comprenderse y evaluarse a través de tres componentes: motivación, métodos y resultados. Un líder puede ser criticado duramente por un componente mientras que se le elogia por otro. Sin embargo, los tres componentes deben operar juntos dentro del liderazgo espiritual. Todo liderazgo espiritual comparte el mismo objetivo: el desarrollo espiritual saludable del pueblo de Dios, que solo se puede lograr mediante métodos espiritualmente sanos. Un líder espiritual no puede lograr los mejores resultados sin la motivación adecuada. Independientemente de los métodos adecuados, el desarrollo espiritual de una persona da forma a su metodología (Lucas 6:45).
Si bien este documento enfatiza el liderazgo como una responsabilidad individual, es importante reconocer que el liderazgo espiritual a menudo se expresa mediante el discernimiento comunitario, no solo mediante la asignación de cargos. En muchas culturas del mundo, incluyendo algunos pueblos indígenas de Norteamérica, el liderazgo es principalmente relacional, arraigado en la confianza mutua, la sabiduría que da la vida y el reconocimiento de los dones espirituales, más que en la jerarquía o el cargo formal. Un modelo bíblico de ministerio es similar a este marco: valora el consenso, el conocimiento contextual y el discernimiento compartido por encima de las estructuras de mando (Hechos 15:28).
Una comunidad que busca la salud espiritual necesita un liderazgo espiritual saludable. Los líderes espirituales son responsables de vivir de una manera que otros deseen seguir (Hebreos 13:7). Así como las comunidades son responsables de mantener a cuenta a sus líderes, también son responsables de mantenerse a cuenta ante el llamado del líder.
Sin embargo, algunos miembros de la comunidad pueden sentirse incómodos cuando los líderes espirituales ejercen bien su responsabilidad. A menudo, esto se debe a la incomodidad de tener que rendir cuentas. A pesar de la incomodidad, los líderes administran la autoridad para el bien de la comunidad y ayudando a otros a reconocer el propósito que Dios les ha dado. Por el contrario, el abuso de este liderazgo espiritual puede dañar a la comunidad y es contrario a la voluntad de Dios.
En el Antiguo Testamento, Moisés se destaca como líder espiritual. Sobresalió en ese rol gracias a su fidelidad, obediencia y humildad. Las Escrituras lo describen como «más humilde que cualquier otro sobre la tierra» (Números 12:3)..1 Sin embargo, su liderazgo no fue perfecto. Debido a que Moisés no honró a Dios como santo ante el pueblo en Meribá Cades, murió antes de guiar a Israel a la Tierra Prometida (Números 20:12; 27:14; Deuteronomio 32:51–52).
Bajo el liderazgo de Moisés, Dios levantó un sacerdocio para velar por la adoración de Israel (Éxodo 28–31). También levantó levitas que proveían sacerdotes, cantores y músicos, guardias para el tabernáculo y obreros que lo desarmaban, transportaban y reconstruían a medida que Israel se desplazaba (Números 1–8, 18). La tribu de Leví era responsable de enseñar a Israel cómo tratar la presencia de Dios (Levítico 10:1–3) y podía ser castigada por abusar de su posición (1 Samuel 2:27–36).
Dios continuó proveyendo liderazgo después de Moisés, incluyendo a Josué, los jueces y los reyes. Estos líderes necesitaron el don del Espíritu de Dios para asumir el liderazgo de Israel (Números 11:16–29; 27:18; Deuteronomio 34:9; Jueces 3:10; 6:34; 11:29; 14:6; etc.). En ocasiones, Dios retiró su Espíritu de los líderes que no se sometieron a Él en su vida y liderazgo (Jueces 16:20; 1 Samuel 15:23; 2 Samuel 12:7–13; Salmos 51:11).
Desde el Éxodo hasta el exilio, Dios llamó a profetas para que hablaran por Él a Israel (Éxodo 4:11–12; 1 Samuel 3:10; Isaías 6:8; Malaquías 1:1; etc.). Él empoderó por el Espíritu (2 Reyes 2:15) a hombres y mujeres (Jueces 4:4; 2 Reyes 22:14) para comunicar su palabra a los líderes (2 Samuel 12:1) y al pueblo (Jeremías 1:4–10).
Como portavoces de Dios, los profetas enfrentaban un juicio severo si fallaban. Algunos profetas fallaron al desobedecer las órdenes de Dios (Números 22; 31:8; 1 Reyes 13:6–32). Otros fallaron al aceptar pagos indebidos como si fueran servicios prestados (2 Reyes 5:26–27). Y muchos fallaron al profetizar falsamente en nombre del Señor (1 Reyes 22:24–25; Jeremías 28:15–16). Incluso cuando los profetas se mostraron fieles a Dios, algunos enfrentaron la condenación del rey o del pueblo que rechazó la palabra de Dios (Lucas 13:33). Los profetas pudieron sufrir debido a su obediencia y soportaron el rechazo de personas infieles a Dios (1 Samuel 8:7).
Los líderes espirituales guiaron a las familias, las tribus y la nación para que actuaran como un solo pueblo fiel de Dios (Josué 24:15). Los líderes fallaron al no confiar en Dios (Números 20:12; 2 Samuel 24), al rechazar los límites a su autoridad (1 Samuel 13:7–13; 2 Crónicas 26:16), al usar su posición para aprovecharse del pueblo de Dios (1 Samuel 2:12–17; 2 Samuel 11; 1 Reyes 21:1–16) y al desviar a Israel de la voluntad de Dios (1 Reyes 12:26–33; 16:30-33; Ezequiel 13). Algunos líderes fallaron con tal frecuencia que Dios los destituyó por completo del poder. Eso les sucedió a los sacerdotes (1 Samuel 2:12–25), los reyes (1 Samuel 15:10–11, 23) y los profetas (1 Reyes 22:24–25).
Sin embargo, los profetas del Antiguo Testamento hablaron de algo mejor. Describieron un líder justo que vendría y que sería identificado por la presencia del Espíritu de Dios (Isaías 11:1–5). El liderazgo espiritual en el Nuevo Testamento se centra en Cristo. Jesús encarnó la respuesta de Dios para la restauración del mundo (2 Corintios 5:19). Después de su muerte y resurrección, se sienta en el trono de Dios (Apocalipsis 5:6) y sirve como Cabeza de la iglesia (Colosenses 1:18).
Jesús escogió apóstoles para que sirvieran como sus representantes (Juan 20:21–23). Tras su ascensión, envió al Espíritu para fortalecer a la iglesia (Hechos 2:33). Además de los apóstoles, Cristo dio a la iglesia profetas, evangelistas, pastores y maestros. Juntos, capacitan a los creyentes para el ministerio hasta que la iglesia alcance la unidad en la fe y madure a la imagen de Cristo (Efesios 4:11–13).
Los apóstoles escogieron personas que supervisaran los ministerios de la iglesia (Hechos 6:6) y para dirigir en su ausencia (1 Timoteo 3:1–12). Se esperaba que estos líderes dirigieran como quienes siguen rindiendo cuentas a Dios (Hebreos 13:17). La iglesia primitiva consideraba a los ancianos como líderes espirituales de la comunidad junto con los apóstoles (Hechos 14:23; 15:6). Pablo nombró ancianos en las iglesias que fundó. También estableció requisitos para los diáconos y quienes supervisaban los recursos de la iglesia (1 Timoteo 3:1–13). Sin embargo, Pablo esperaba que todos usaran los dones espirituales de una manera que enalteciera a la comunidad (1 Corintios 12–14).
La comprensión del liderazgo espiritual en el Nuevo Testamento está profundamente conectada con la imagen de la iglesia como cuerpo de Cristo plenamente dotado. Los líderes espirituales son miembros de ese cuerpo cuya autoridad emana de la Cabeza exclusiva de la iglesia. Al unirse todos los miembros bajo Cristo, la iglesia trabaja en armonía para cumplir sus propósitos (1 Corintios 12:12–27; Efesios 4:11–16).
En las Asambleas de Dios, el liderazgo funciona dentro de una comunidad cooperativa voluntaria, no en un sistema jerárquico de rango espiritual. Cada ministro acreditado comparte una responsabilidad común ante Dios. Los cargos electos, como el de presbítero o superintendente, son funciones administrativas sobre áreas específicas. Quienes ocupan dichos cargos deben estar comprometidos, relacional o contextualmente, con las comunidades en las que se les ha confiado caminar y administrar en colaboración.
Diversos personajes del Nuevo Testamento son considerados líderes espirituales (Efesios 4:11–12; 1 Timoteo 3:1–13). Los pastores, también identificados como «obispos» en 1 Timoteo 3:1, son los líderes espirituales más reconocidos de la iglesia hoy en día. Sin embargo, otros pueden ocupar puestos de autoridad espiritual, cumpliendo como pastores respecto al cuidado espiritual de otros creyentes sin un pastorado formal [en el sentido sacerdotal].
La palabra pastor proviene del latín y se refiere a la «persona que guarda, guía y apacienta el ganado, especialmente el de ovejas». La imagen de «pastor» se convirtió en una descripción común del liderazgo espiritual en las Escrituras. En Ezequiel 34, Dios denunció a los líderes de Israel como pastores fracasados. Se cuidaban a sí mismos mientras ignoraban las necesidades del rebaño. Además, maltrataron severamente al rebaño y no lo buscaron cuando se dispersaron. Abandonaron sus responsabilidades y a su pueblo. En contraste, Dios prometió ser un buen pastor para Israel. Él busca a las ovejas perdidas, sana a las heridas y atiende las necesidades de todo el rebaño (Ezequiel 34:1–16).
Usando la misma analogía, Jesús contrastó su liderazgo con el de los líderes espirituales de Israel en Juan 10. Los líderes actúan como asalariados cuando abandonan a las ovejas al peligro. Jesús encuentra, guía, protege y provee para las ovejas como el «Buen Pastor». Sacrificó su vida para cumplir esa función (Juan10:1–15).
La disposición a servir a los demás con sacrificio es fundamental en todo liderazgo cristiano. Jesús demostró su servicio dispuesto al sacrificio al ir voluntariamente a la cruz y negarse a usar su poder para usurpar la voluntad del Padre (Juan 5:19; Filipenses 2:6–8). Los pastores que están dispuestos a dar su vida por el rebaño siguen el ejemplo de Jesús. También siguen a Cristo al no ejercer su poder para dominar al rebaño. El liderazgo pastoral sigue siendo un ejercicio de sumisión (Efesios 5:21).
Los apóstoles advirtieron a los líderes de la iglesia que lideraran con sacrificio y sumisión. Pablo, al escribir a Timoteo y a Tito, les dio orientación. Les dijo que eligieran ancianos u obispos que fueran moderados, sensatos, no se enojaran, apacibles, no amantes del dinero ni presuntuosos (1 Timoteo 3:2–7; Tito 1:7–8). Pedro llamó a los ancianos a pastorear las comunidades con libertad y sin resentimiento. Deben comprometerse a servir, no a ser egoístas ni a ejercer su «señorío» sobre los demás (1 Pedro 5:3, LBLA).
La palabra griega para señor que Pedro uso aquí es la misma que usó Jesús en Mateo 20:25 y Marcos 10:42. Junto con Lucas 22:24, estos pasajes describen a los discípulos luchando por una posición. Jesús les advirtió que no dirigieran como «los gentiles» que ven el liderazgo como una manera de enseñorearse de otros. En cambio, un líder que imita a Jesús sirve y voluntariamente da su vida. Jesús estableció el modelo para el liderazgo espiritual. Él «no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28; Marcos 10:45).
El liderazgo espiritual no puede ser egoísta ni opresivo. Los pastores que se preocupan más por su propio beneficio que por su rebaño son malos pastores. Los pastores que no pueden controlar su temperamento y no reflejan mansedumbre ni bondad no son buenos pastores porque no exhiben el fruto del Espíritu, que caracteriza el crecimiento espiritual (Gálatas 5:22–23).
La amplitud del liderazgo pastoral nunca debe exceder la profundidad de la formación espiritual de un ministro (1 Timoteo 3:6). Jesús dejó un ejemplo de preparación para el ministerio. No comenzó su ministerio público hasta después de ganar la batalla contra Satanás en el desierto (Mateo 4:1–11). El carácter de un pastor debe ser lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de su influencia.
Si bien se encuentran ejemplos a lo largo de la historia de la iglesia, en las últimas décadas la iglesia ha señalado abiertamente el abuso espiritual como un problema. Las definiciones de abuso espiritual varían. Algunas se centran en el abuso a manos de líderes espirituales. Otras incluyen el abuso que sufren los líderes por parte de aquellos a quienes dirigen.2 La mayoría de las definiciones incluyen el uso de la autoridad (un cargo, una comunidad, las Escrituras, etc.) para controlar a una persona. El abuso espiritual (1) ocurre en un contexto espiritual, (2) está motivado por el deseo de ejercer la propia «autoridad» sobre los demás, (3) se caracteriza por un comportamiento persistente y (4) causa un daño real, intencional o no.
No toda acción que influye en otros en un contexto espiritual es abusiva. El uso adecuado de la autoridad espiritual conduce al enriquecimiento en lugar del abuso, aunque la experiencia de dicha autoridad pueda ser incómoda. Las comunidades cristianas necesitan autoridades espirituales que animen, confronten, enseñen, corrijan, edifiquen y reprendan (2 Timoteo 3:16 a 4:2)3. El apóstol Pablo dio un maravilloso ejemplo de un líder capaz de reprender con amor a través de sus cartas (Romanos 2; 1 Corintios 1; 2 Corintios 11; Gálatas 1). Un líder espiritual que corrige con amor sigue el llamado de Dios.
La sanidad y la madurez son resultado del uso adecuado del liderazgo espiritual. Sin embargo, el liderazgo espiritualmente abusivo impacta negativamente el proceso de discipulado de las personas abusadas. Una herida espiritual generalmente no sana gracias al ministerio de los líderes que la infligieron.
Las personas que han sufrido abuso espiritual pueden experimentar episodios de miedo, ira, vergüenza, depresión y la posible necesidad de terapia. Pueden aislarse de los demás debido a su incapacidad para confiar en la comunidad. Sus constantes luchas espirituales pueden incluir dudas sobre su autoestima, la seguridad de la iglesia y la bondad de Dios.
Los patrones de comportamiento controlador a menudo revelan abuso espiritual.4 El abuso se vuelve espiritual cuando ocurre en un entorno espiritual y utiliza medios espirituales para ejercer control. Es abusivo debido al daño que la persona recibe como resultado del comportamiento controlador. El abuso espiritual no desarrolla discípulos. Deshace el trabajo realizado en quienes, de otro modo, podrían haberse convertido en discípulos sanos.5
El comportamiento controlador puede adoptar muchas formas. Una de ellas son las apelaciones inapropiadas a la autoridad de Dios (usando las Escrituras, la profecía personal, etc., para controlar). Puede manifestarse mediante elogios públicos falsos o vergüenza (por ejemplo, poner a alguien en ridículo como forma de manipulación). El comportamiento controlador también utiliza tácticas de intimidación para despertar el temor de perder el favor del líder o ser aislado de sus pares. Las prácticas excesivas de rendición de cuentas también controlan (por ejemplo, el exceso de programas para que las personas no puedan elegir cómo invertir su tiempo).6
Otra forma de abuso espiritual surge cuando los líderes, elevados por la elección o el nombramiento, suponen que su puesto los califica automáticamente para «enseñorearse» de su autoridad (Mateo 20:25) en entornos desconocidos del ministerio. Esto es particularmente dañino en los ministerios contextualizados donde la credibilidad se basa en las relaciones, la fluidez cultural y el reconocimiento espiritual por parte de la comunidad. El poder posicional siempre debe ser templado por la humildad comunitaria y la conciencia de que el Espíritu Santo a menudo habla a través de lo inesperado o de lo que se pasa por alto.
Los errores perjudiciales en el ministerio pueden reflejar inmadurez o incompetencia en lugar de ser signos de abuso espiritual. Incluso los líderes espiritual y profesionalmente maduros pueden fallar. Sin embargo, cuando se establece un patrón a través de errores repetidos, podría revelar un líder abusivo.
Los líderes abusivos pueden buscar control, pero no todos comparten la misma motivación. Los depredadores usan sus posiciones de influencia para devorar el rebaño, motivados por sus apetitos. Tales líderes dependen del secreto para la supervivencia. Los depredadores necesitan que otros no reconozcan su patrón de comportamiento. Se distancian de aquellos que podrían descubrir su actividad o naturaleza. Este tipo de abusador espiritual causa un daño inconfundible.
Los narcisistas controlan para alimentar su ego. Estos líderes ejercen el control de varias maneras. Dan responsabilidad pero no dan poder. Algunos retiran los elogios para mantener a las personas motivadas por su atención. Otros hacen que sea difícil cuestionar o hablar sobre sus decisiones. Construyen una estructura centrada en ellos mismos que prioriza la lealtad personal sobre la fidelidad bíblica.7
Algunos líderes, que no son depredadores ni narcisistas, son simplemente inseguros. La inseguridad los lleva a participar en comportamientos controladores para proteger su autoridad. Los líderes inseguros pueden rodearse de personas que ven como más débiles que ellos mismos en carisma, talento u otras formas. Se sienten amenazados por los dones de ministerio de los demás. Los líderes inseguros desaniman a aquellos que crecen más allá de su nivel de comodidad.vTodas las formas de liderazgo controlador pueden ser dictatoriales. Independientemente de la motivación, muchos líderes dictatoriales comparten la necesidad de construir estructuras donde ellos mismos son el centro. La lealtad a su autoridad tiene más peso que la fidelidad a la voluntad de Dios.
Sin embargo, algunos líderes dictatoriales no son depredadores, narcisistas ni inseguros en lo personal. Controlar o dominar a otros creyentes podría no ser la motivación principal de un líder. Sin embargo, algunos lideran a través del control como si fuera la única forma de ejercer el liderazgo. Algunos líderes no reconocen la diferencia que marca el liderazgo espiritual en la gestión de una organización, y tratan a las personas que lideran como poco más que herramientas que intentan usar para el bien de la organización.
Aún así, una motivación pura no justifica el uso de métodos de control espiritualmente abusivos. Los métodos de control conducirán a daños. Aunque bien intencionados, estos líderes no podrán edificar de buena manera el cuerpo de Cristo. Deben aprender a compartir el poder con otros a quienes Dios también ha llamado.
Las Asambleas de Dios instan a los ministros a establecer estructuras de responsabilidad. Sin embargo, esos procesos pueden fallar por una variedad de razones. Las personas que califican los patrones de comportamiento abusivo como incidentes aislados pueden causar esa falla. Los líderes anulan la responsabilidad cuando desestiman a quienes reclaman haber sufrido abuso o los culpan por haber sido heridos. Los procesos se fracturan cuando se muestra más preocupación por cómo se dio la queja que por la queja misma. Y el fracaso está cerca cuando las soluciones se centran en el perdón sin que haya cambio o reconciliación sin que haya arrepentimiento.8
Una comunidad cristiana sana pone estructuras que edifiquen a todos. Priorizan la transparencia de los líderes a través de los procesos y prácticas correctas. Las comunidades deben elegir líderes en función de su carácter en lugar de solo competencia. Comparten las responsabilidades del ministerio que pertenecen al cuerpo de Cristo. Los líderes deben permanecer responsables ante la comunidad en general por decisiones y comportamientos.
Para evitar que ocurra o continúe el abuso espiritual, a todas las comunidades cristianas se les debe enseñar lo siguiente:
Las Asambleas de Dios fueron fundadas como una fraternidad cooperativa que honra el llamado y los dones de todos los creyentes llenos de Espíritu, no como una jerarquía clerical. A medida que cultivamos un liderazgo espiritual saludable, debemos resistir cualquier desliz hacia la superioridad posicional y, en cambio, afirmar diversos modelos de liderazgo encontrados en toda la iglesia global. Para caminar con el Espíritu, debemos honrar las voces de aquellos que Dios ha levantado desde adentro, no solo aquellos con títulos. La naturaleza del liderazgo espiritual escucha, aprende y lidera el discernimiento dentro de la comunidad.
El desarrollo espiritual de las comunidades cristianas requiere liderazgo espiritual. El liderazgo espiritual está marcado por la voluntad de sacrificar, servir y poner a los demás primero por su bien y la gloria de Dios. Los líderes espirituales cuidan y empoderan a quienes bajo su cargo cumplen un servicio extraordinario para el pueblo de Dios. Su trabajo debe ser honrado (1 Tesalonicenses 5: 12–13; 1 Timoteo 5:17).
Por el contrario, abusar de la posición e influencia del liderazgo espiritual hace un gran daño al evangelio, a la reputación de la iglesia y a los creyentes. El liderazgo espiritual empodera y edifica a los creyentes; no coacciona ni controla teniendo en cuenta el interés superior del líder. El liderazgo espiritual fluye de la autoridad y del corazón de Cristo.