Desde los inicios de las Asambleas de Dios, la profecía se ha afirmado como un don espiritual para la Iglesia actual. Desde el día de Pentecostés, la Iglesia ha funcionado como una comunidad profética. Cualquier creyente lleno del Espíritu puede profetizar, mientras que el discernimiento y el juzgar la profecía pertenecen a todo el cuerpo de Cristo.
El extraordinario crecimiento del movimiento pentecostal en el siglo XX y el posterior auge del movimiento carismático llevaron a muchas tradiciones cristianas a aceptar el ministerio de los laicos a través de los dones espirituales y el uso de señales y prodigios en la evangelización. Gran parte del mundo evangélico, en particular, ha pasado del cesacionismo, la creencia de que los dones espirituales cesaron con la escritura del Nuevo Testamento, a la comprensión de que los dones del Espíritu Santo del Nuevo Testamento son vitales para la misión de la Iglesia.
Las Asambleas de Dios buscan mantener el equilibrio adecuado entre fomentar la profecía como don espiritual y corregir los abusos. Considerando que un profeta afirma hablar en nombre de Dios, pocos dones pueden causar más daño cuando se utilizan de manera indebida. Sin embargo, el abuso de la profecía no invalida el don de la profecía. La Iglesia debe reconocer y responder a la obra continua del Espíritu Santo a través del don de profecía otorgado a la Iglesia en nuestros días.
Los profetas tienen la responsabilidad única de proclamar la palabra de Dios. En el Antiguo Testamento, esa responsabilidad abarcaba una autoridad única porque la comunidad no tenía el mismo Espíritu de revelación que los profetas (Números 11:25–29). Además, la comunidad no siempre podía discernir fácilmente a los profetas verdaderos de entre los falsos.
El Antiguo Testamento ofrece algunos criterios para probar las profecías. Moisés dijo al pueblo que el profeta que hable en nombre de otros dioses era falso (Deuteronomio 18:20). Cuando un profeta habla en nombre del Señor, lo que profetiza debe cumplirse. De lo contrario, «será señal de que su mensaje no proviene del SEÑOR. Ese profeta habrá hablado con presunción» (Deuteronomio 18:21–22).1
¿Cómo podemos determinar quién es el verdadero profeta si los profetas hablan en nombre del Señor, pero dan mensajes contradictorios? (1 Reyes 22:23–24). Jeremías habló este consejo al encontrarse con el falso profeta Jananías (Jeremías 28:5–9). El receptor debe aceptar que el mensaje de juicio es verdadero por encima de un mensaje contrario de buenas nuevas hasta que se cumplan las buenas noticias que se han prometido. En otras palabras, un mensaje que Israel no quiere oír es más probable que sea una profecía verdadera que un mensaje que Israel quiere oír. Los verdaderos profetas a veces ofrecen buenas noticias (2 Reyes 14:25), pero los falsos profetas solo ofrecen lo que piensan que les ganará el favor de los demás (Lamentaciones 2:14; Miqueas 3:5).
En el Día de Pentecostés, toda la Iglesia recibió el espíritu de profecía y habló por el Espíritu Santo en otras lenguas (Hechos 2:4). Pedro también habló a la multitud en su idioma común (Hechos 2:14). Al mismo tiempo, algunos seguidores de Jesús fueron reconocidos como profetas según el Libro de los Hechos, incluidos los profetas de Antioquía (Hechos 13:1); Judas y Silas, que viajaban con Pablo (Hechos 15:32); las cuatro hijas de Felipe el Evangelista (Hechos 21:8–9); y Ágabo (Hechos 11:28; 21:10–14).
El apóstol Pablo aceptó las profecías de creyentes según leemos en el Libro de los Hechos. Cuando Ágabo predijo que iba a haber una gran hambre en el mundo romano, Bernabé y Pablo recaudaron fondos en Antioquía para ayudar a las iglesias de Judea (Hechos 11:28–30). Los profetas de Antioquía fueron probablemente la fuente de la directiva del Espíritu Santo de separar a Bernabé y Pablo para el ministerio apostólico (Hechos 13:1–2). Cuando Ágabo viajó de Judea a Cesarea y profetizó el inminente arresto de Pablo en Jerusalén (Hechos 21:10–13), Pablo lo consideró una confirmación de lo que ya él había decidido afrontar, en lugar de una orden de no ir. Pablo ofreció un ejemplo de cómo juzgar la profecía.
Las cartas de Pablo se refieren a la presencia de profetas en las iglesias. En la iglesia en Corinto, Pablo reconoció la actividad de las profetisas (1 Corintios 11:5–6), animó la profecía en las reuniones de adoración (1 Corintios 14:1–5) e instruyó que se probaran las profecías por la enseñanza apostólica (1 Corintios 14:37–38). Exhortó a los romanos a ejercer el don de la profecía en «proporción» con su fe (Romanos 12:6). Pablo advirtió a los tesalonicenses: «no desprecien las profecías» (1 Tesalonicenses 5:20). Pablo habló de los profetas, juntamente con los apóstoles, como el fundamento para la Iglesia (Efesios 2:20) y, juntamente con los apóstoles, evangelistas, pastores y maestros, como dones que Cristo ha dado a la Iglesia (Efesios 4:11). Pablo exhortó a Timoteo a no descuidar el mensaje que recibió mediante la profecía, cuando los ancianos de la iglesia le impusieron las manos (1 Timoteo 4:14).
Una palabra profética que reconoce al Señor encarnado también sirve como prueba de una palabra inspirada por el Espíritu. Jesús prometió que el Espíritu Santo lo glorificaría (Juan 16:14). Según Pablo, nadie que esté hablando por el Espíritu de Dios puede maldecir a Jesús; ni nadie puede proclamar el señorío de Jesús excepto por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:3). Juan escribió que cualquier espíritu que reconozca que Jesús ha venido en carne es de Dios, mientras que cualquier espíritu que no reconozca a Jesús es el espíritu del anticristo (1 Juan 4:2–3).
Estos relatos dejan claro (1) el reconocimiento de los profetas en las primeras iglesias, (2) el reconocimiento tanto de hombres como de mujeres como profetas, (3) que los profetas viajaban en ocasiones, y (4) la validación de la autenticidad profética a través de declaraciones inspiradas fieles a las Escrituras, la enseñanza apostólica y la revelación de Jesús.
En 1 Corintios 12–14, leemos la enseñanza bíblica clave sobre el don de profecía. Pablo escribió que todos los creyentes pueden profetizar (1 Corintios 14:31). También dijo que no todos los creyentes son profetas ni serán usados regularmente por el Espíritu de esa manera (1 Corintios 12:28–29). Esto se da a entender al nombrar la profecía como un don separado del Espíritu. Al mismo tiempo, Pablo animó a todos los creyentes a desear «sobre todo el don de profecía» (1 Corintios 14:1), ya que el que profetiza habla a los demás para «edificarlos, animarlos y consolarlos» (1 Corintios 14:3). No hay prescripción de tiempo para el espíritu de profecía en la vida de la Iglesia.
La Iglesia necesita la función profética para fortalecer, animar y consolar a los creyentes. Una palabra profética puede advertir, corregir, predecir, confirmar y consolar. El funcionamiento profético adecuado sigue siendo esencial para el desarrollo, la salud y el bienestar de las iglesias actuales. Como don espiritual, el resultado principal de la profecía es la edificación del cuerpo de Cristo.
Cuando las personas actúan según el don profético, deben exaltar al Señor, no a sí mismas. No deben contradecir la Biblia. Hay muchas formas de comunicar un mensaje profético. Aquellos que tienen el don profético deben buscar a Dios para encontrar el método, el momento, el enfoque, el tono, el lugar y el público adecuado. Gran parte de la función profética es informal y no se realiza de manera estereotipada (como el “así dice el Señor”). Todos necesitamos pedir a Dios que abra nuestros oídos para escuchar lo que está diciendo en todas las situaciones. Además, una persona puede recibir una revelación profética que no necesariamente debe compartir como un mensaje, sino que debe ser una inquietud que lo mueva a la oración. Las personas que profetizan deben ser personas que oran siempre.
Una palabra profética se debe dar como un mensaje en contexto con un alcance limitado. Ninguna profecía actual tiene la autoridad o el peso de las Escrituras. El contexto de una palabra profética en 1 Corintios 14 es la congregación local, donde la persona que habla es más conocida y más responsable ante la congregación. No se puede dar ninguna palabra profética que esté separada del discernimiento o del juicio de una comunidad de creyentes que también tienen el Espíritu de Dios. Ningún profeta puede cubrirse tras títulos como «hombre de Dios» o «mujer de Dios» al hablar a otros hombres u otras mujeres de Dios llenos del Espíritu.
Pablo exhortó a las iglesias a probar o juzgar cuidadosamente las profecías (1 Corintios 14:29). Tal juicio debe comenzar por reconocer que la compleción del Nuevo Testamento no invalida la necesidad continua de la profecía como don espiritual para la Iglesia. A pesar de las afirmaciones de los cesacionistas, la profecía no terminó porque el Nuevo Testamento fue completado. Una de las razones por las que condenaron la profecía espontánea fue la creencia de que añade palabras de autoridad a las Escrituras, lo que degrada la autoridad de las Escrituras en general.
Los pentecostales respondieron a esta acusación destacando la autoridad de las Escrituras al juzgar la profecía espontánea. Insistieron en seguir las normas de Pablo para ejercer la profecía y juzgaron el mensaje en relación con el conjunto de las Escrituras, de modo que no se aceptó ninguna profecía que contradijera la Biblia. Los pentecostales también limitaron el valor de las palabras proféticas al contexto o comunidad particular en el que se dan, en lugar de tratarlas como si tuvieran autoridad sobre toda la Iglesia. Con estas restricciones en la práctica y la presencia de señales y prodigios que acompañan a la proclamación del evangelio, más evangélicos han aceptado la posibilidad de la profecía moderna. Hoy en día, el cesacionismo tiene menos adeptos que en los primeros años del pentecostalismo.
Las Escrituras enseñan cómo debemos juzgar la profecía. Dentro de la iglesia, los profetas hablan para la edificación de la comunidad (1 Corintios 14:26). Si bien una palabra profética, al igual que las Escrituras se puede dar para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir (2 Timoteo 3:16 a 4:2), debe hacerse para el bien de la iglesia. El mensaje de un profeta no debe ser egoísta.
Una palabra profética también debe ejercerse de manera ordenada y no causar confusión innecesaria. Las personas pueden rechazar una palabra profética, pero la razón de la confusión o la controversia no debe ser el comportamiento descuidado del que profetiza. Nadie que dé una palabra profética debe actuar como si no tuviera control de sí mismo, porque los profetas deben saber cuándo y cómo guardar silencio por el bien de la comunidad (1 Corintios 14:29–33).
Una palabra profética también debe ser verdadera. Es posible que no todas las profecías proclamen predicción, pero serán informativas. Toda profecía inspirada por el Espíritu Santo será para la gloria y la verdad de Jesús (Juan 16:14; 1 Corintios 12:3; 1 Juan 4:2–3). Cualquier profecía que deshonre o ignore la autoridad de Jesús no puede provenir de Dios. Cualquier profecía que contradiga la clara enseñanza de las Escrituras no proviene de Dios. Ninguna profecía del Espíritu puede contradecir al Espíritu que inspiró las Escrituras. Si una palabra profética es predictiva, debemos ser cautelosos y vigilantes al evaluarla. Algunos pueden pronunciar palabras proféticas que anuncian cosas con una probabilidad del cincuenta por ciento. Otros pueden profetizar de manera errónea basándose en lo que ya se sabe. Debemos distinguir cuidadosamente entre una palabra profética y una «buena suposición». Si una palabra profética ofrece una predicción tan general que no se puede discernir como inválida o falsa, pase lo que pase, no debemos considerarla una profecía predictiva que se ha cumplido.
Algunas profecías predictivas pueden ser condicionales y se dan para generar una respuesta más que para simplemente predecir. Los ninivitas recibieron un mensaje de juicio, pero el arrepentimiento de ellos hizo que Dios cambiara su juicio (Jonás 3:10). Ezequías recibió un mensaje sobre su muerte inminente, pero por causa de sus ruegos, Dios le prometió sanidad (2 Reyes 20:1–5). Si la profecía de acontecimientos que están por venir no se cumple y no está condicionada a la respuesta de los destinatarios, entonces es falsa. Si la profecía conduce a un cambio hacia Dios, pero no se cumple, incluso así puede expresar la voluntad de Dios al momento de pronunciarse.
Se deben juzgar las profecías según:
Jesús advirtió sobre los falsos profetas que se disfrazan de inocencia, pero por dentro son lobos. Podemos distinguir los profetas verdaderos de los falsos por el fruto del Espíritu que dan (Mateo 7:15–20). Los falsos profetas suelen trabajar de forma independiente, procurando expandir su imperio sin tener la cobertura adecuada de la iglesia local. En lugar de apreciar el control y la moderación, a menudo rechazan la enseñanza y la corrección. Muchos apelan a los oídos ávidos de la gente y les dicen lo que quieren oír. Expanden su alcance y control más allá de la autorización de Dios.
Sin embargo, no debemos permitir que el temor a los falsos profetas nos impida reconocer el valor de la profecía como un don continuo del Espíritu Santo, ampliamente distribuido en toda una Iglesia receptiva hasta que Jesús vuelva. El Espíritu escoge y dirige soberanamente a las personas receptivas a sus dones e impulsos, y les otorga diversos dones de lengua. Tanto los hombres como las mujeres pueden esperar ejercer el don de profecía de diversas maneras, como vemos en el Nuevo Testamento, para la gloria de Jesús y la edificación de la Iglesia.
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