Una respuesta de las asableas de dios a la teología reformada

(ADOPTADA POR EL PRESBITERIO GENERAL EN SESIÓN EL 1 Y 3 DE AGOSTO DE 2015)

La creciente popularidad de la teología reformada entre los ministros más jóvenes y los estudiantes que se preparan para el ministerio ha llamado la atención del movimiento contemporáneo evangélico en América y otras partes. Por un lado, el amor por la Escritura y la teología, junto con el fervor por Cristo y su obra, son una fuente de gran aliento. Por otro lado, hay cierta preocupación que, al adoptar la teología reformada apresuradamente, algunos individuos provenientes de trasfondos más wesleyianos y arminianos tal vez no hayan considerado con detenimiento las diferencias esenciales entre las respectivas tradiciones.

De hecho, hay un continuo debate filosófico en torno al equilibrio entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, que deriva de esta discusión. En un extremo, se afirma que Dios, el destino, o alguna otra fuerza es el único agente activo en el universo que ejerce su influencia sobre seres humanos impotentes. En el otro extremo, se argumenta que la humanidad puede hacer lo que quiere y no necesita justificarse ante ningún poder superior, pues ciertamente es posible que ni siquiera exista. El cristianismo rechaza con toda razón ambos extremos como contrarios a la Biblia. Al mismo tiempo, hay cristianos sinceros que reivindican diferentes perspectivas en cuanto al equilibro entre el control divino de Dios y la responsabilidad humana. En la actualidad, las dos posiciones fundamentales en el cristianismo protestante son generalmente etiquetadas como teología reformada y teología arminiana.

Debe notarse también la diversidad entre los grupos reformados y arminianos. Ambos grupos abarcan tanto carismáticos como secesionistas, y muchas otras expresiones teológicas diferentes. Para muchos, la expresión más notable e influyente de la teología reformada se da a través de aquellos que se denominan «neo-reformados».

Este documento tiene como fin identificar en un espíritu de respeto y conciliación las áreas de acuerdos y desacuerdos, ofreciendo una base para fomentar la conversación, la comprensión, y también los motivos de discrepancia. Muchos de nosotros hemos aprendido mucho al estudiar y dialogar con maestros y amigos de la tradición reformada que estimamos, apreciamos y admiramos, aunque hemos llegado a conclusiones diferentes sobre ciertos aspectos de la salvación personal.

¿Cómo comenzó todo?

A la teología reformada se la suele llamar calvinismo, en honor a Juan Calvino (1509–1564). Esta designación no es del todo precisa. Muchas ideas asociadas con el pensamiento reformado encuentran su expresión, más de mil años antes, en los escritos de Agustín. Calvino fue sucedido por Teodoro de Beza (1519–1605), quien reconstruyó considerablemente las ideas de Calvino. Luego de la muerte de Beza, el sínodo de Dort (1618–1619) dio a la teología reformada su forma fundamental y actual. Por tanto, una gran parte de lo que se denomina calvinismo, o teología reformada, se desarrolla en realidad luego de la muerte de Calvino. Es más, el concepto central de Calvino era la gracia de Dios. Para él, la soberanía de Dios se expresaba ante todo a partir de la gracia y no a través de la elección para la salvación y/o condenación. Muchos historiadores y teólogos, incluso un número que se autodenomina reformado, coinciden en que Calvino no sería necesariamente «calvinista», ya que no estaría del todo de acuerdo con la corriente principal de la teología reformada.

La posición que mantiene típicamente las Asambleas de Dios se denomina arminianismo, por Jacobo Arminio (1560–1609). El arminianismo fue luego desarrollado por Juan Wesley; algunos tal vez estén más familiarizados con el rótulo de wesleyianos en vez de arminianos, y receptivos a él. Arminio fue un elogiado estudiante de Beza. En el proceso de defender conceptos reformados, terminó discrepando con Calvino y Beza en los temas de la gracia irresistible, la predestinación, y el libre albedrío. Luego de su muerte, los seguidores de Arminio desarrollaron su pensamiento en más profundidad en Los cinco artículos de la oposición (también llamados Los cinco artículos de reproche) en 1610.

Unos nueve años después, en el sínodo de Dort, los teólogos reformados respondieron en detalle con un documento denominado Los cánones de Dort. Esta respuesta contenía muchos «artículos» o «rechazos de errores» para cada uno de Los cinco artículos de la oposición. Un resumen más sucinto empezó a usarse a principios de 1900, el cual a menudo lleva la sigla de TULIP (por su sigla en inglés), y el cual también fue catalogado como Los cinco puntos del calvinismo. No todos los eruditos reformados concuerdan con la postura de que estos cinco puntos comunican con precisión los cánones, aunque sí creen que son un marco útil para expresar las diferencias fundamentales entre el arminianismo clásico y las posiciones reformadas.

A los primeros bautistas de Inglaterra en el siglo diecisiete se los calificó como «generales» por su enseñanza de la expiación «general» o ilimitada. Además, en términos generales, eran arminianos. Los «bautistas particulares», que se adherían más al pensamiento reformado, aparecieron un tiempo después. Juan y Carlos Wesley llegaron a ser partidarios destacados de la teología arminiana, introduciéndola como una posición dominante en la teología norteamericana. Por contraste, George Whitefield y Jonathan Edwards adoptaron el pensamiento reformado. Con todo, y a pesar de sus diferencias teológicas, Wesley y Whitefield eran amigos y compañeros de trabajo.

En el panorama denominacional norteamericano, casi todas las iglesias presbiterianas son exclusivamente reformadas, como también las denominaciones que llevan la palabra «reformada» en su nombre. La Iglesia Unida de Cristo es otra denominación norteamericana destacada que tiene una herencia reformada. Los metodistas, la mayoría de los bautistas (aparte de los bautistas «particulares» o «reformados»), y las denominaciones carismáticas y pentecostales tienden a ser arminianas. Muchas denominaciones, incluso los anglicanos o miembros de la iglesia Episcopal, incluyen una variedad de perspectivas. La mayoría de los bautistas del sur son arminianos, con algunos que se adhieren a la perseverancia de los santos («la seguridad eterna»). Otros son más reformados, una posición que se acepta cada vez más entre muchos pastores bautistas del sur más jóvenes.

Los pensadores reformados han producido más escritos, mayormente en torno a la teología. Esto es el resultado de lo que podría llamarse el «constructo» reformado. La teología arminiana o wesleyiana no exige un argumento filosófico complejo, ya que parece ajustarse de forma más natural a una lectura directa de la Biblia y de la vida real. Es decir, la experiencia humana y nuestra comprensión de Dios y de la Escritura coinciden con la postura arminiana en que no se requiere la creación de un sistema teológico complejo para justificar el llamado a la evangelización de todas las personas. El pensamiento reformado, por contraste, parte de una perspectiva teológica en torno a la naturaleza de Dios (en particular, a su soberanía, en contraposición con la inhabilidad humana) y luego construye un sistema en torno a esa idea.

Los distintivos teológicos «estándar»

Arminianismo (derivado de Los cinco artículos de reproche, 1610).

  • La salvación o condenación final de una persona está «condicionada» por —o es el resultado de— la fe que Dios da o la incredulidad de esa persona;
  • La expiación que Dios provee es suficiente para todas las personas pero sólo se aplica a aquellas que confían en Él. Por tanto, la expiación está limitada a los creyentes, aunque no por Dios, sino por la persona que confía o decide no hacerlo;
  • Ninguna persona puede salvarse a sí misma. Sin la ayuda del Espíritu Santo, nadie puede responder a la voluntad de Dios de que todos sean salvos;
  • La gracia de Dios, aplicada por el Espíritu Santo, es la única fuente de bien y de salvación humana, sin embargo, el hombre puede resistir esta gracia; y
  • La gracia de Dios en la vida del creyente permite que éste resista el pecado, y Cristo lo guarda de caer. «Debe determinarse con más cuidado» si la persona que ha experimentado esta gracia puede finalmente abandonar a Dios.

La teología reformada (con comentario):

La modalidad más conocida de la corriente principal de la teología reformada se expresa mediante el acrónimo TULIP (por su sigla en inglés), como se indica a continuación:

La «T» (Total Depravity) corresponde a la depravación total: toda persona es esclava del pecado, y nadie puede elegir a Dios. Esto no significa que cada persona llega a ser tan malvada como podría ser, o que hay una ausencia total de cualquier cosa que podríamos llamar «buena», sino que cada aspecto de la vida humana fue degradado por el pecado.

  • Tanto los pensadores arminianos como los reformados están de acuerdo en que el hombre es incapaz de salvarse a sí mismo. Ningún sistema principal de teología arminiana o wesleyiana cree que las personas pueden gozar de una buena relación con Dios por su propia decisión o esfuerzo.

La «U» (Unconditional Election) corresponde a la elección incondicional: Dios escogió desde la eternidad a aquellos que salvará. Esta elección está únicamente basada en su misericordia y no en el mérito o la fe previstos en los escogidos. Al no elegir a otros, Dios decide retener la misericordia de algunos, condenándolos así por esa elección.

  • Los teólogos reformados argumentan que todos los seres humanos son merecedores de la ira de Dios (véase «Depravación total»), y que la salvación de cualquier persona es, simple y llanamente, la demostración de la gracia de Dios. Los teólogos arminianos creen que la gracia de Dios es dada a todas las personas para que respondan con fe. En última instancia, todos los seres humanos serán responsables no sólo de su condición previa a esta respuesta, sino también por su aceptación o rechazo de esta gracia habilitante.

La «L» (Limited Atonement) corresponde a la expiación limitada: la muerte de Cristo pagó el precio sólo por los pecados de los elegidos. Esta limitación no implica que la expiación de Cristo no es suficiente para salvar a todos, sino que se ha destinado únicamente a los elegidos.

  • Ésta es una de las áreas de mayor divergencia entre los pensadores reformados modernos. Algunos afirman que la expiación benefició a todos pero que no provee la salvación eterna para todos. Otros, a veces rotulados «Calvinistas de cuatro puntos», no se suscriben en lo más mínimo a esta limitación de la expiación. En el sínodo de Dort, el consenso parece haber sido que la muerte de Cristo fue suficiente para todos pero sólo efectiva para algunos. Los arminianos argumentaron que la expiación es potencialmente efectiva para todos, y que su verdadera eficacia se basa en la decisión del individuo, que a su vez es habilitada por el Espíritu («la gracia preventiva») y por el conocimiento previo de Dios de esa decisión. Las personas que delinearon el sínodo de Dort argumentaron que la expiación es efectiva siempre y cuando esté basada en la elección de Dios.
  • Es importante notar que tanto los arminianos como los pensadores reformados de la corriente principal concuerdan que el evangelio debe ser predicado y ofrecido a todos. En la teología arminiana, esto se debe a que la presentación del evangelio es un elemento crucial para que la gracia de Dios sea habilitada. La mayoría de los pensadores reformados (con la excepción de aquellos que se designan «híper-calvinistas») creen que el evangelio debe ofrecerse a todos, dado que sólo Dios sabe quiénes son los elegidos.

La «I» (Irresistible Grace) corresponde a la gracia irresistible: las personas a quienes Dios determinó salvar se acercarán inevitablemente a la fe salvadora. En este sentido, y en última instancia, la obra del Espíritu Santo no puede ser resistida, aunque los elegidos sí pueden resistirla antes de su decisión final.

  • Esto coincide con la creencia de la elección incondicional, que en esencia niega la participación humana a la hora de responder al llamado de Dios a la salvación. Claramente, aquí la perspectiva arminiana es otra: la gracia sí puede ser resistida.

La «P» (Perseverance of the Saints) corresponde a la perseverancia de los santos: todos aquellos que fueron elegidos por Dios (los «elegidos») permanecerán en la fe. Si alguno «se aleja», o bien nunca fue parte de los elegidos, o nunca se arrepentirá y volverá a la vida de la fe.

  • Mientras que los opositores (arminianos) eligieron no afirmar o descartar la posibilidad de abandonar a Dios a la larga, la mayoría de pensadores wesleyianos o arminianos actuales están de acuerdo en que, así como Dios no obliga a las personas a tener una relación con Él, tampoco obliga a aquellos que cambian de parecer a permanecer en esa relación.
  • Los pensadores arminianos no creen que la fe del individuo como tal lo salve. Es mas bien, la fe habilitada por el Espíritu la que acepta la salvación de Dios. Ésta no es una salvación basada en las obras, para el acceso a la vida cristiana (la «elección»), o para mantenerla (la «perseverancia»).
  • Las Asambleas de Dios no acepta la doctrina de «la seguridad eterna» y, en particular, la noción que deriva de esa enseñanza: «una vez salvo, siempre salvo». Al mismo tiempo, «la inseguridad eterna» (la idea de que uno debe ser salvo una y otra vez, o que siempre el individuo se arriesga a perder la salvación) no concuerda con la Escritura o con la creencia de las Asambleas de Dios. La salvación del creyente está segura en Cristo pero puede ser abandonada mediante una elección deliberada. (Véase la declaración oficial de la Asambleas de Dios respecto a este tema.)

Puntos de acuerdo

Siendo que la discrepancia principal y general entre creyentes reformados y arminianos concierne al participación de Dios y de los seres humanos en la salvación, ese es el enfoque de esta discusión sobre los puntos de acuerdo y desacuerdo en torno a este tema. Además, hay otros asuntos que trascienden a la soteriología y serán explorados bajo el título de «Desarrollos más recientes».

Es importante reconocer que ambos grupos, reformados y arminianos, en especial en sus expresiones moderadas, son plenamente cristianos. Ambos tienen la Escritura en alta estima, afirman que la humanidad necesita la salvación, que sólo Dios puede proveerla, y que Cristo es la provisión de Dios para nuestra necesidad. De hecho, los integrantes de ambos grupos suelen unirse en esfuerzos evangelísticos y de discipulado, aun cuando difieren en ciertos puntos teológicos.

Puntos de desacuerdo

La diferencia fundamental reside en lo que fácilmente podría interpretarse como la remoción de la responsabilidad humana (en particular, respecto a la gracia irresistible y la elección), la inferencia lógica es que el trabajo misionero no es necesario o deseable, que hay desesperanza en la condenación, y que la perseverancia es un acto de arrogancia.

El pensamiento reformado, en su expresión extrema, ha conducido a algunos a concluir que el evangelismo no es necesario, ya que es netamente una obra de Dios en la cual no participa el ser humano. Si la elección es de hecho incondicional y la gracia irresistible, los esfuerzos misioneros son irrelevantes. Esta creencia falla porque no refleja la vida y la actividad de la iglesia primitiva, y asimismo los mandamientos de Cristo de ir hasta lo último de la tierra para predicar el evangelio y hacer discípulos. Además, si la salvación y la reprobación son sólo actividades de Dios sin la decisión humana, entonces Dios es deshonrado y queda como injusto, y hasta cruel. ¿Por qué ofrecer un regalo que no puede aceptarse? Es difícil concebir como «bueno» a un supuesto Dios amoroso que elige a unos y pasa por alto a otros, o que incluso condena deliberadamente. Semejante perspectiva daña la imagen que la Biblia comunica acerca de Dios como alguien amoroso, amable y justo.

Si todo está predestinado, y la elección de Dios es el único agente activo en la salvación, podría argumentarse que el pecador no puede ser culpado por la decisión que Dios tomó de condenarlo. En semejante caso, la responsabilidad final parece recaer sobre Dios y no sobre la persona, ya que ella es incapaz de elegir y, por consiguiente, no debería sufrir por lo que se le impuso. La ausencia de capacidad para decidir conlleva la ausencia de responsabilidad.

Otro asunto se relaciona con la perseverancia llevada a un extremo, que a veces se identifica como «una vez salvo, siempre salvo». La postura oficial de las Asambleas de Dios respecto a la seguridad eterna amplía el tema sobre las problemáticas y los peligros de este extremo.

Debe notarse que hay peligros en las expresiones extremas de ambos grupos. Una forma extrema de arminianismo puede rotularse como pelagianismo, postura en la cual los creyentes básicamente se salvan a sí mismos por la calidad de su vida y de su fe. Una forma extrema de la teología reformada se ha denominado a veces híper- calvinismo, en la cual el individuo, como se señaló antes, no tiene participación alguna en la salvación o condenación. Ninguno de estos extremos tiene base bíblica, o una explicación satisfactoria para las realidades de la vida.

También debe notarse que no hay una expresión única del arminianismo o de la teología reformada que sea definitiva para quienes se identifican con un grupo o el otro. Por tanto, se aconseja cautela y que se evite estereotipar y denigrar a cualquiera de los dos grupos. Como se señaló antes, hay muchas cosas en común entre los creyentes que se identifican como reformados o arminianos, y hay una cooperación amplia, en particular en el mundo cristiano de habla inglesa. Esto era ya muy evidente en el siglo dieciocho con la cooperación entre los hermanos Wesley (arminianos) y Whitefield (reformado), y continúa hoy a través de las organizaciones paraeclesiales, como la Asociación Nacional de Evangélicos. También gozamos de un amplio consenso en torno a la doctrina de la Escritura, la trinidad, la encarnación, la naturaleza de la expiación, y otros puntos. Hay más puntos de acuerdo que de desacuerdo.

Desarrollos más recientes (o ramas del árbol)

Si bien la diferencia fundamental entre los pensadores reformados y arminianos (incluso las Asambleas de Dios, entre los últimos) concierne a la soteriología, hay otros puntos de divergencia que a menudo siguen la teología reformada y, en particular, el movimiento neo-reformado. Muchos de los pensadores denominados «jóvenes, preocupados y reformados», no se aferran con demasía a los cinco aspectos de TULIP, siendo la expiación limitada el principio que se cuestiona con más frecuencia. De este modo, algunos se identifican como calvinistas de 4 ó 3,5 puntos. Otros entre los neo-reformados son más estrictos en su soteriología que muchos calvinistas moderados, una vez más, teniendo en cuenta el peligro de considerar como un grupo homogéneo a todos los que se identifican como reformados.

Aunque los movimientos reformados en general han sido secesionistas en cuanto a la pneumatología, rechazando las manifestaciones actuales del Espíritu Santo, hay algunos entre los neo-reformados que están abiertos a los dones o que hablan en lenguas.

Una problemática bastante frecuente que promueven los neo-reformados es el complementarianismo, en algunos casos con el rechazo de cualquier participación ministerial para las mujeres y, en otros casos, con la limitación del ministerio de las mujeres a un ámbito muy limitado. Éste es un asunto con el que las Asambleas de Dios está en desacuerdo, como se expresa en nuestra declaración oficial sobre las mujeres en el ministerio.

Conclusión

Mientras que en asuntos teológicos hay claras diferencias entre los que se autodenominan arminianos y reformados, ciertamente es más lo que nos une que lo que nos separa. Los extremos de ambas posiciones deberían rechazarse. Si bien la enseñanza y la predicación de algunos pastores en particular de ambos grupos pudieran ser ocasionalmente controversiales, concordamos en el imperativo de presentar el evangelio a los perdidos. Cuando el pensamiento reformado se profundiza y se lleva al extremo de eliminar toda responsabilidad humana, debemos rechazarlo y permanecer fieles al llamado y ejemplo de Cristo y sus discípulos, de guiar a todos al Señor y ofrecerles salvación.